10 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (3/6)

La niña sintió que la sacudían suavemente y se arrebujó en las mantas, rehuyendo las manos que intentaban despertarla. Pero las manos no se detuvieron.

—Lorena. Lorena, levántate —dijo al fin su padre. Ella abrió los ojos.

—Todavía es de noche...

—Lo sé, pero Eliana va a tener al bebé. Debemos ir al hospital.

—Prefiero quedarme aquí.

—No puedo dejarte sola, cariño. Tienes que venir con nosotros.

Lorena se vistió a regañadientes. ¿Qué le importaba a ella el estúpido bebé de Eliana?

—Date prisa —le ordenó su padre desde la puerta.

Mientras subían al coche, la pequeña advirtió que el gato los observaba desde el muro. Sus pupilas relumbraban como espejos amarillos y tenían una expresión sarcástica que le sentó a Lorena como un vaso de leche agria. "Ya no serás hija única", parecían decirle. Ella desvió la mirada.

Cansada y molesta, la niña se acomodó en el asiento trasero lo más lejos posible de Eliana. Hubiera intentado dormir por el camino pero la mujer gritaba y resoplaba, resoplaba y gritaba, y así hasta que el vehículo llegó al estacionamiento del hospital. Después de eso, Lorena se vio obligada a correr detrás de su padre y su madrastra por los pasillos del edificio; y cuando los doctores se hicieron cargo de Eliana, igualmente la niña fue relegada: su padre quería ver el parto, así que la dejó con una enfermera. Ésta no era mala pero sí muy tonta, y le preguntó varias veces, con un exasperante tono infantil, si no estaba contenta porque pronto tendría un hermanito. Nueve años de vida no eran suficientes para desarrollar una vena sarcástica, pero de haberla tenido, Lorena hubiera contestado que en realidad prefería una tarántula.

La espera le resultó interminable. Se había sentado en una banca a tratar de pegar el ojo, pero el flujo de personas y sus voces la sobresaltaban constantemente. Muerta de sueño y aburrimiento, y aprovechando una distracción de la enfermera, Lorena dejó la banca y comenzó a explorar los alrededores.

El hospital era blanco, muy blanco, y por todos lados había doctoras, enfermeras y pacientes dando vueltas de un lado a otro. De pronto la niña notó algo raro: nadie la miraba. Ni una sola de esas personas se inclinó hacia ella para preguntarle qué hacía allí, sola y sin rumbo, y al parecer tampoco había lugares donde no la dejaran entrar.

Entonces llegó a un largo corredor al final del cual, en letras grandes y rojas, un cartel ponía "MATERNIDAD". Detrás de la doble puerta se escuchaban unos gritos que Lorena reconoció de inmediato: los de Eliana. Pero sonaban escalofriantes, como los gritos de una actriz en una película de terror.

La niña extendió las manos y empujó suavemente. Llegó a una sala apenas iluminada, en la que hombres y mujeres con batas verdes formaban un círculo alrededor de la cama donde yacía Eliana. Todos, salvo la parturienta, llevaban gorros y tapabocas, tal que Lorena no consiguió distinguir a su padre entre los presentes.

—Ya viene; empuje una vez más —dijo el obstetra.

Con el rostro morado por el esfuerzo, Eliana empujó... y un chillido sobrenatural llenó la sala. Pero no era ella quien chillaba, sino el niño en camino. Su cabeza peluda y empapada de sangre ya estaba en manos del doctor, aunque no se le veía la cara porque apuntaba hacia abajo. Lorena dio unos pasos al frente.

De pronto el bebé clavó en ella sus ojos verdes de pupila vertical. La niña retrocedió, horrorizada, y la criatura, que no era humana sino el propio Serafín, saltó hacia ella con las garras desenfundadas...

Lorena despertó en su cama, por la madrugada, y de inmediato se tapó con los brazos para evitar que el gato la arañara. Pero Serafín no estaba ahí, no podía estarlo: la niña le tenía tanta rabia al animal que siempre cerraba su puerta y ventanas antes de acostarse. Menos mal...

Maldita Eliana y maldito bebé. Esa misma tarde volverían del hospital, y a Lorena no le interesaba en absoluto su medio hermano: aunque el niño no tenía cara de gato, parecía un mono lampiño y ruidoso, como todos los recién nacidos.

La niña intentó dormirse pero sin éxito, y mucho más tarde su padre le avisó que ya era hora de ponerse en pie. Lorena, entonces, marchó a la cocina con el cabello revuelto y unas profundas ojeras, dispuesta a patear cualquier cosa que se atravesara en su camino, sobre todo al gato. Serafín estaba más insoportable que nunca por la ausencia de Eliana: se la pasaba maullando y arañando los muebles, y había monopolizado el sillón favorito de su dueña.

Mientras ambos comían, el padre de Lorena le preguntó:

—¿Por qué te ves tan malhumorada, princesa mía? Hoy vendrá a casa tu hermanito, ¿no estás contenta?

La pequeña se encogió de hombros.

—Vamos, cariño, alegra esa cara. Eliana se pondrá triste si la haces pensar que no quieres al bebé.

—A Eliana no le importa que yo quiera o no al bebé. No es mi mamá.

—Eso no es cierto. Eliana...

—Ella sí va a querer al bebé, porque es de ella. Pero a mí no. Eliana preferiría que yo no existiera.

El hombre bajó su tenedor, visiblemente consternado.

—Lorena, no hables así. Eso que acabas de decir es espantoso.

La niña se encogió de hombros por segunda vez. ¿Para qué le enseñaban a no mentir si la verdad era algo "espantoso"? ¡Qué ganas de confundirla! Sin embargo, no se atrevió a formular estos pensamientos en voz alta.

—Acaba tu desayuno —dijo el hombre con voz seca—. Y más te vale cambiar esa cara para cuando vuelva con Eliana.

Lorena arrojó la cuchara sobre la mesa y huyó de la cocina. Su padre no le ordenó que regresara ni fue a buscarla; en lugar de eso llamó a la niñera, y apenas llegó ésta, el hombre salió con rumbo al hospital sin despedirse de su hija.

En la soledad de su cuarto, Lorena escuchó el sonido del auto que se alejaba y sintió que se le rompía el corazón. Ahora tendría que compartir a su padre con dos personas, y por más que a ella el bebé le pareciera un mono, mucho temía que el hombre no pensaba lo mismo.

Después de llorar un largo rato, haciendo caso omiso de la niñera que llamaba a su puerta, Lorena llegó a una dolorosa conclusión: no le quedaba más remedio que tratar de querer a su medio hermano. "Si no puedes con ellos, úneteles", solía decir su padre, y aunque la sola idea le daba asco, haría lo posible por conseguirlo.

El automóvil regresó una hora después. Lorena salió de su dormitorio con cierto aire de resignación pero sin la cara de amargada que su padre le había visto en el desayuno; el hombre se percató del cambio y no dijo nada, dando por olvidada la discusión.

Eliana se veía demacrada. Su esposo la obligó a sentarse y puso al niño en su regazo; luego le hizo un gesto a Lorena, invitándola a acercarse.

—Ven, hija. Ven a conocer a Sebastián.

La niña se aproximó al sofá. El bebé ya no tenía un aspecto tan feo, y así dormido resultaba casi tolerable. De pronto se le antojó a Lorena acariciarle el pelo, sentir entre sus dedos aquella fina pelusa del mismo color que sus rizos, y estiró una mano... pero Eliana, en un acto reflejo, apretó al bebé contra su seno.

—Ve a lavarte. No quiero que le pegues tus microbios.

—¡Eliana! —protestó el hombre—. ¡Mi hija no es un foco séptico!

Todos somos focos sépticos. Ya escuchaste al doctor.

—Sí, sí, pero no creo que sea para tanto.

—¿Y si el bebé se enferma? Sólo tiene cuatro días.

Esto hizo dudar al hombre, quien terminó diciendo:

—Entonces todos nos lavaremos antes de tocar al niño. Vamos, hija.

Ya en el baño, mientras su padre le enseñaba a cepillarse bajo las uñas, la niña preguntó:

—¿Tendremos que hacer esto a cada rato?

—No hay que poner nerviosa a tu madre.

A Lorena le rechinó eso de "tu madre" y ya le dolían los dedos de tanto fregarlos, pero se armó de paciencia y mantuvo la boca cerrada.

Sin embargo, de vuelta en la sala, fue el hombre quien se enfadó, porque Eliana le estaba mostrando el niño a Serafín y éste tenía su nariz a pocos centímetros del bebé.

—¿Se puede saber por qué el gato no tiene que bañarse en agua hirviendo?

—Los gatos son limpios —dijo ella sin mirar a su esposo.

—Los gatos, querida, se lavan el trasero con la lengua y se pasan la lengua por todo el cuerpo.

—Pero Serafín no va a pasarle la lengua, sólo lo está olfateando.

—No me vengas con ésas.

Lorena sonrió para sus adentros: por una vez la mujer se había puesto en evidencia ante su marido.

Antes de que los adultos pudieran hacer o decir algo más, el bebé despertó. Su primera reacción ante el gato fue darle un golpe en el hocico, del que Serafín, veloz como siempre, se vengó con un zarpazo que dejó cuatro líneas en la mejilla del pequeño Sebastián.

¡La que se armó de repente! El bebé empezó a llorar con toda la fuerza de sus pulmones, que era considerable; Eliana y su marido se desesperaron tratando de calmarlo mientras subían al auto; y Lorena, que iba detrás, no salía de su sorpresa frente al inesperado giro de los acontecimientos. Ahora, ¿cómo castigaría la mujer a su precioso minino? ¡Se moría de ganas por saberlo!

A la vuelta del hospital Eliana se mostró, en efecto, muy enojada con Serafín, y tanto ella como el hombre se turnaron para acunar al bebé, quien seguía llorando a pesar de los analgésicos. En opinión de Lorena estaba exagerando, porque sus heridas eran leves y no habían requerido puntos de sutura, sólo un antiséptico. Molesta, se tapó los oídos pensando que Sebastián también había heredado las manías de Eliana.

Al menos tenía un consuelo: ella ya no sería el centro de atención en la casa, pero Serafín había perdido en un instante todos sus privilegios.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. me encanta ese gato maligno.

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  2. Pues ya verás como acaba el minino :-D ¡Gracias por pasarte por aquí!

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