9 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (2/6)

Lorena no estaba feliz con el cambio de situación. Detestaba la casa, el barrio y el colegio nuevos, y ya no tenía una sola amiga por culpa de la mudanza. Más que todo lo anterior, sin embargo, odiaba a su madrastra. ¿Por qué su padre había tenido que casarse, en primer lugar? Se suponía que el viaje era de negocios, ne-go-cios, no para buscar pareja.

A primera vista Eliana no estaba mal, y tenía un precioso gato de siete kilos con pelaje atigrado y ojos color esmeralda. Ella era muy bonita y extremadamente simpática, y la dulzura de su voz podía cautivar a cualquiera, incluso a Lorena.

Pero esto sólo ocurría cuando la mujer estaba en sus días buenos. Según el padre de Lorena, Eliana sufría un "ligero trastorno de la personalidad", y por eso tenía que tomar su "medicación" todos los días. La niña resumía la cuestión en términos más simples: Eliana estaba loca y las píldoras controlaban su histeria... la mayor parte del tiempo. El hombre era tan bueno y paciente que no perdía los estribos cada vez que su esposa le gritaba por alguna falta real o imaginaria; Lorena, en cambio, recelaba del carácter de su madrastra: se le antojaba demasiado impredecible.

Por si fuera poco, el maldito gato compartía las manías de su dueña. En opinión de Lorena, eran tal para cual. Serafín sólo quería a Eliana, la única persona a quien concedía el privilegio de tocarlo; para la mujer era "su bebé", y le hablaba con el tono más cursi del universo. Lorena y su padre se mantenían alejados del felino, pues habían aprendido a fuerza de arañazos lo antisocial que podía llegar a ser.

Algo bueno tenía el gato, no obstante: ayudaba a moderar las explosiones emocionales de su dueña. Poca cosa, sin duda, pero al menos se ganaba la comida.

Los empleados estaban acomodando los muebles nuevos y Lorena ya no sabía dónde meterse. Varias veces le habían propinado un codazo por no fijarse en ella o por mirar el trasero de Eliana, bien delineado bajo sus calzas, en lugar del camino. Pero si la niña estaba nerviosa, Eliana y Serafín se llevaban el premio: la voz de la mujer subía y bajaba de tono según el precio del mueble en cuestión y el riesgo de que se estropeara, y el gato, igual que Lorena, no encontraba refugio por ningún lado. En más de una ocasión les bufó a los desconocidos, aunque éstos ni se inmutaron.

Al final pasó lo inevitable: un empleado que se dirigía al dormitorio de la pareja con una mesita de luz no vio a la niña que trataba de llegar a la cocina; Lorena se llevó un golpe en el hombro con el mueble y al retroceder le dio con el pie a Serafín. La pequeña se había puesto zapatillas de lona y goma blanda, pero el gato chilló como si lo hubiesen pateado con una bota de hierro. En un ataque de rabia felina, se dio vuelta y clavó sus dientes en el tobillo de Lorena, quien profirió un chillido bastante similar al del gato.

Mientras Serafín huía a toda velocidad, Lorena se agachó para examinar la herida: era profunda y dolorosa, y la sangre había manchado el calcetín haciéndole recordar su historia favorita.

—No se ve bien, nena —le dijo otro de los empleados—. Lávate con jabón o se infectará.

—Y entonces tendrían que amputarte la pierna —bromeó el estúpido con la mesita de luz—. Te pondrían una pata de palo, ¿sabes?, como a los piratas.

Lorena abrió mucho los ojos, asustada, pero el empleado amable le dio un tortazo en la nuca a su compañero.

—No seas imbécil, Mario. Y ten más cuidado de ahora en adelante o le diré al jefe que te despida, por torpe.

Mario se alejó murmurando palabrotas. El empleado amable se volvió hacia la niña.

—No le hagas caso a ese idiota. Ve con tu madre.

—Gracias —dijo Lorena, y se las arregló para sonreír a pesar de las lágrimas.

Eliana estaba en la cocina guardando la vajilla. Lorena se aproximó a ella cojeando.

—Eli...

—¡¿Qué?!

La pequeña se echó hacia atrás.

—Perdona —dijo Eliana respirando hondo—. Todo este desorden me tiene enferma. ¿Qué pasa, linda?

—Serafín me mordió el tobillo.

Aquí la niña mostró su herida. Cualquier otra mujer se hubiera preocupado de inmediato; sin embargo, lo primero que Eliana dijo fue:

—¿Qué le hiciste a mi gato?

—¡Nada! Sólo lo empujé por accidente, y él me mordió.

—¿Segura que no lo pisaste? ¡Serafín! ¡Ven, gatito!

—¡Yo no lo pisé! —dijo Lorena, quien empezaba a enfurecerse—. Ya he dicho que sólo lo empujé. Él está bien.

—Bueno, siéntate ahí. Iré a buscar el iodo.

Mientras Lorena esperaba a su madrastra, el gato saltó desde afuera a la ventana de la cocina y la miró con los párpados entrecerrados, como si se burlara de ella.

—Te odio —murmuró la niña.

El animal comenzó a lavarse las uñas.

—¡Ahí estás, mi bebé!

Eliana dejó la botellita de iodo sobre la mesa y corrió a examinar a su mascota. Lorena resopló de fastidio; ya estaba arrepentida de haber acudido a la mujer, pues era evidente que su hijastra le importaba menos que el dichoso gato.

—Eli...

—Ya voy, ya voy. Mira que eres quejosa...

Eliana tardó un minuto más en revisar las patas de Serafín buscando fracturas. Recién entonces quedó satisfecha y pasó a atender la herida de Lorena, aunque con una expresión de disgusto muy mal disimulada.

—¡Ay, eso duele! —gritó la niña.

—No exageres, el iodo no arde.

—No me arde, duele.

—Pues muérdete la lengua.

—Pero...

Su madrastra le dio una cachetada. Fue muy leve, pero Lorena se quedó sin habla; nunca en su vida le habían pegado, y esta última ofensa, sumada a todas las pequeñas molestias del día, acabó por desbordar su paciencia. Empujando a Eliana para bajar de la silla, escapó de la cocina, salió a la calle y se sentó en el muro de los vecinos, llorando a todo trapo.

Por fin su padre regresó del trabajo, y apenas bajó del auto corrió a abrazarla.

—¡Mi princesa! ¿Qué sucede?

—Serafín me mordió el tobillo y Eliana me pegó.

—¿Qué?

La niña repitió sus palabras.

—Espérame aquí —dijo el hombre, y entró a la casa dando largas zancadas.

Transcurrieron diez minutos sin novedades. Los empleados terminaron su labor y comenzaron a retirarse; Lorena no pasó por alto que dos de ellos hablaban en voz baja y se reían, echando miradas furtivas hacia la puerta de la vivienda.

El padre de la niña fue a buscarla. No parecía enojado.

—Eliana ya me ha contado lo que pasó, y dice que fue su culpa y que lo lamenta mucho. Anda, vamos adentro.

—Papá...

El hombre sostuvo la cara de su hija entre las manos.

—Lorena, debes comprender que Eliana tiene ese problema del que ya hemos hablado, y que todo esto de la mudanza no le ha sentado bien. Pero ella te quiere mucho y...

—¡No es cierto! ¡Ella no me quiere! Es... es... ¡es como la madrastra de Blancanieves!

Esta vez el hombre no pudo evitar una carcajada.

—¡Hablo en serio! —protestó ella.

—Lo sé, hija, lo sé. Perdona, no quise reírme. De verdad, Eliana te quiere. Ya te darás cuenta cuando esté más tranquila. Ahora vamos adentro.

Lorena negó con la cabeza.

—No podemos quedarnos aquí todo el día, cariño. Vamos.

Y los dos entraron a la casa.

Eliana se disculpó personalmente por la bofetada, y hacia la hora de la cena ya había vuelto a la normalidad. Entonces, mientras servía la comida haciendo alardes de buena esposa, el padre de Lorena miró a su hija como diciendo: "¿Ves cómo yo tenía razón?"

La niña hizo un gesto afirmativo, pero por dentro pensaba lo contrario. Serafín, además, la vigilaba desde un rincón con exasperante arrogancia; sus ojos verdes le prometían que siempre, siempre, haría lo posible para dejarla en segundo lugar.

Definitivamente, Lorena no estaba nada feliz con el cambio de situación.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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