8 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (1/6)

—Cuéntame otra historia, papá.

—Cariño, ya es tarde.

—Por favooooor...

—Está bien, está bien. A ver, déjame pensar... —El hombre carraspeó como si se dispusiera a cantar una ópera—. Había una vez una niña de ocho años llamada Lorena, con grandes ojos castaños y bucles de pelo negro. Era bonita pero algo insoportable, y cada noche obligaba a su pobre padre viudo a contarle miles de historias para hacerla dormir. Así pasaron muchos, muchos, muchos años, y su padre ya tenía una larga barba blanca pero aún seguía contándole cuentos a su hijita, hasta que un día...

La niña, que había empezado a reír al escuchar su nombre, lo interrumpió diciendo:

—Papá, no seas payaso. Quiero un cuento de verdad. Cuéntame la historia de Blancanieves.

—¡Pero ésa te la sabes de memoria!

—No importa —replicó ella con aire decidido—. Me gusta.

—Oh, bueno —dijo el hombre, y volvió a carraspear—. Había una vez una hermosa reina que quería tener una hijita. Un día de invierno, mientras estaba bordando junto a la ventana, se pinchó un dedo con la aguja y varias gotitas de sangre cayeron a la nieve. La reina se dijo: "Desearía que mi hija tuviera unos labios tan rojos como la sangre y la piel tan blanca como la nieve." Las hadas concedieron a la reina su deseo, y cuando la niña por fin nació, sus padres la llamaron Blancanieves.

Y así continuó el hombre hasta el final de la historia. A Lorena nunca dejaba de impresionarla la parte donde la madrastra, envenenada por los celos, le ordenaba al cazador que le llevara el corazón de la princesa en un cofre, pero aplaudía cuando el príncipe besaba a Blancanieves para despertarla del hechizo. En esta ocasión, sin embargo, al terminar el cuento la niña se puso seria y pensativa. Su padre le apartó el flequillo de los ojos y preguntó:

—¿Qué tienes, mi pequeña?

Ella no respondió.

—Es por mi viaje, ¿verdad?

—No quiero que te vayas, papá.

—Sólo serán dos meses.

—Pero eso es mucho tiempo.

—Cariño, el tiempo pasa rápido. Además, estoy seguro de que te divertirás en casa de tus tíos.

—No lo creo. Ellos son viejos y aburridos.

La niña dijo esto con un mohín que al hombre le pareció graciosísimo, pero no se rió por miedo a ofenderla. En cambio, besó a su hija en la frente.

—En realidad yo tampoco quiero irme, pero este viaje es importante.

—¿De verdad no quieres irte?

—De verdad. ¿Acaso no somos los mejores amigos?

Lorena sonrió.

—Los mejores amigos del mundo —completó la niña, y ambos se abrazaron hasta que ella se durmió.

(Voy aclarando desde ya que éste será un cuento de horror. Agárrense de lo que puedan. Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario