11 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (6/6)

Eliana volvió del hospital una semana más tarde, pero no permaneció mucho tiempo en la casa. Sus crisis depresivas se hicieron más y más frecuentes, y por fin su marido, temiendo que esto afectara a Lorena, envió a la mujer a una institución para enfermos mentales. Él y la niña vieron cómo se la llevaban, y por la expresión en la cara del hombre, Lorena concluyó que su padre no tenía muchas esperanzas de que Eliana se recuperara.

La niña abrazó a su padre, quien se agachó para devolverle el abrazo. Ella cerró los ojos... y recordó.

Antes de entrar a la habitación supo que el sonido provenía de la cuna. Sujetando la vela con ambas manos, caminó hacia allí y se preparó para lo inesperado. Y lo que presenció fue en verdad inesperado...

Serafín se había echado sobre el bebé, y éste tenía sus bracitos alrededor del gato como si fuera un muñeco de peluche. Ambos dormían apaciblemente; Serafín se había pegado al niño en busca de calor, y al bebé debía reconfortarlo el ronroneo del animal, parecido quizás al murmullo del útero materno.

Lorena estrujó la vela hasta deshacerla. Se quemó las manos con la cera derretida, mas no le importó; una furia irracional se había apoderado de ella, haciendo que todo su campo visual se tornara rojo. Incluso llegó a rechinar los dientes, y con tal fuerza que más tarde le dolería la mandíbula.

Sus ojos fueron del gato al bebé, del bebé al gato y de vuelta al bebé, hasta que un pensamiento le dio forma a lo que sentía en esos momentos: sus enemigos se habían aliado en contra de ella para excluirla. Eran dos contra una. No; en realidad eran tres contra una, si contaba a Eliana, y quizás hasta cuatro contra una si metía a su padre en la ecuación, porque él también la había apartado de sí últimamente.

De repente el odio se materializó en acción: con una mano sujetó a Serafín por la piel del cogote y con la otra lo agarró por la espalda. No tuvo que levantarlo demasiado, apenas unos centímetros; luego lo apretó sobre la cara de Sebastián, inclinándose sobre la cuna para vencer con su propio peso los intentos del animal por zafarse.

La lucha duró cinco minutos. El bebé agitó los brazos inútilmente; el gato arañó las sábanas y el almohadón con tal de escapar. Lorena no aflojó la presión. Poco a poco los movimientos de Sebastián se hicieron más débiles, más lentos, y por último se detuvieron. Aun así, la niña retuvo al gato hasta estar segura de que el niño había muerto.

Cuando ella lo soltó, Serafín huyó de la habitación en un parpadeo. Presa de una rara indiferencia, Lorena se preguntó si el animal habría entendido lo que acababa de pasar... y entonces la conciencia del asesinato la golpeó como un bloque de hielo en el corazón.

Había matado a su hermano. A su propia sangre.

Emitiendo unos sollozos entrecortados que casi le impedían respirar, Lorena se arrastró a un rincón y permaneció ahí, con la cabeza sobre las rodillas flexionadas, hasta que Patricia regresó del hospital.

De nuevo en el presente, la niña ocultó el rostro en el hombro de su padre, pero se volvió un instante para ver partir a Eliana.

Sin proponérselo, una sonrisa fugaz asomó a sus labios. Ahora que la angustia había pasado, ahora que la memoria del crimen ya no era tan intensa, comenzaba a apreciar las ventajas de su acto: sin Eliana, sin el bebé y sin el gato volvían a ser ellos dos solamente, uno para el otro. Padre e hija, felices por siempre.

La niña tomó al hombre de la mano y suavemente, como un lazarillo, lo condujo al interior de la casa.

Gissel Escudero

Dos son compañía, cinco son multitud (5/6)

Lorena se encontraba en brazos de Patricia cuando los padres de la niña entraron a la casa. Habían visto la ambulancia, así que los rostros de ambas sólo confirmaron lo que la presencia del vehículo ya daba a entender: algo terrible había sucedido.

—¡Lorena! —exclamó el hombre—. ¿Estás bien?

La niña asintió a pesar de sus ojos hundidos y su extrema palidez. Patricia intentó hablar, pero las palabras se atascaron en su garganta.

Una ambulancia; Lorena y la niñera a salvo. Eso sólo dejaba una posibilidad...

—Sebastián —articuló Eliana llevándose una mano al pecho. Luego salió disparada hacia el cuarto del bebé, pero fue interceptada por un enfermero.

—Espere señora. Es mejor que no entre todav...

La mujer pegó un alarido y apartó al enfermero de su camino como si fuera una silueta de cartón. Del mismo modo se deshizo del paramédico y su asistente, y así llegó, seguida de cerca por su marido, hasta la cuna de su hijo. Segundos después, el grito de la mujer se escuchó por todo el vecindario.

Entre las plumas del almohadón destrozado yacía Sebastián: cianótico, con la boca abierta y los ojos casi desorbitados. Muerto por asfixia. A su alrededor las sábanas mostraban unos desgarrones inconfundibles, y aunque las marcas no hubiesen sido tan reveladoras, había más evidencias en el rostro del bebé.

La cara de Sebastián estaba cubierta de pelos. Pelos de gato.

—¡Ahí estás! —dijo alguien en otra parte de la casa—. ¡Te tengo!

Todos, excepto Eliana, corrieron a la cocina. Allí un segundo enfermero había capturado a Serafín, quien se debatía entre sus manos cual serpiente.

—¡Por el amor de Dios, denle un calmante!

El paramédico, acostumbrado a actuar con rapidez, extrajo una jeringa y se la inyectó al gato a la primera oportunidad. Debió ser una dosis muy alta, porque el animal se rindió de inmediato y sus ojos adquirieron un brillo acuoso; pero aún respiraba, y el enfermero lo depositó sobre la mesa a falta de una mejor idea.

Los presentes se miraron sin saber qué hacer. Era evidente que alguien debía tomar una decisión, o por lo menos decir algo, lo que fuera; sin embargo, una estúpida parálisis había dominado la situación.

Fue en ese instante que Eliana entró a la cocina, y lo primero que vio fue al gato. Serafín reconoció sus pasos y giró débilmente la cabeza, implorando ayuda; en su expresión se leía la certeza de que su dueña lo sacaría del aprieto.

No hubo ayuda. Tampoco piedad. Eliana chilló de una manera completamente inhumana y se arrojó sobre el gato con las manos extendidas, curvando los dedos como garras. Apresando al animal por el cuello lo estranguló hasta romperle las vértebras, y no contenta con eso lo tiró al suelo y saltó sobre él hasta convertirlo en una pulpa sanguinolenta.

El padre de Lorena retrocedió, incapaz de creer lo que estaba pasando: aquélla no podía ser su esposa. Patricia soltó a Lorena y fue al baño a vomitar, mientras el paramédico, una vez recuperado de la impresión, cargaba otra jeringa con el mismo calmante que había empleado en Serafín.

Hicieron falta los cuatro hombres de bata blanca para separar a Eliana del gato. Simplemente no quería dejar de pisotearlo.

El padre de Lorena tomó a su hija en brazos y se dejó caer en el sofá de la sala. Alrededor de ambos el mundo entero parecía moverse en cámara lenta...

(Continuará...)

Gissel Escudero

10 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (4/6)

Sebastián empezó a llorar a las cuatro de la tarde. Se tomó un descanso a las cinco y media para comer, pero después de eso siguió llorando a intervalos hasta que apareció la niñera.

—Tal vez deberíamos suspender la salida —le dijo Eliana a su esposo. Mientras se ajustaba la corbata, él contestó:

—Sabes que el niño no tiene nada.

—Sí, pero...

—Escucha —dijo el hombre con el tono duro que había desarrollado en el correr de las últimas semanas—: hace más de un mes que no salimos de la casa. Ya hice las reservaciones y no pienso cancelarlas.

Eliana asintió con la cabeza y se colocó sus pendientes.

Patricia, la niñera, contempló la escena como si se tratara de un partido de tenis, esperando acaso que el diálogo terminara en una discusión. Lorena, por otro lado, no demostró el más mínimo interés; las peleas entre su padre y Eliana ya eran cosa de todos los días, así como el llanto interminable del bebé y los nervios permanentes de Serafín.

—Pórtate bien —le dijo el hombre a su hija—. Volveremos a las once, más o menos.

—Que se diviertan —respondió la niña con indiferencia, y tras besar a su padre volvió a concentrarse en el juego. Vagamente escuchó las recomendaciones que Eliana le dio a Patricia, aunque en el fondo envidiaba a la pareja: a ella también le habría gustado escapar por un rato de Sebastián y sus berridos.

Oh, bueno, al menos su estrategia de poner la mente en blanco funcionaba bastante bien; al cabo de un rato, el llanto del bebé se convertía en un mero ruido de fondo.

Patricia encendió el televisor y trató de mirar su programa favorito mientras balanceaba la cuna con el pie. No resultó. Sebastián continuó chillando, y por el color de su rostro ya daba la impresión de que iba a explotar. La niñera hizo todo lo posible por callarlo: lo cogió en brazos, le ofreció comida, hasta le cantó una canción. Nada sirvió.

—¿Es que este crío no se cansa? —preguntó la muchacha—. ¡Dios, si parece que estuviera ensayando para un concierto de heavy metal!

Lorena se encogió de hombros. Sí, el bebé estaba más molesto que de costumbre; por algo Serafín había abandonado su sitio junto a la estufa. El gato debía hallarse ahora en la cama del matrimonio, disfrutando de cierta paz... aunque no demasiada, porque la voz del niño era capaz de taladrar las paredes.

Patricia se dirigió a la niña.

—¿Qué hace tu madre para calmarlo?

—Es mi madrastra —apuntó Lorena automáticamente—. Pero no hace nada. Quiero decir, todo lo que hace es inútil.

—¿Y cómo lo aguantan?

Lorena se encogió de hombros otra vez.

La niñera resopló, pero luego, mirando hacia uno y otro lado como si temiera la presencia de cámaras ocultas, le preguntó a Lorena:

—¿Estaría muy mal si lo encierro en su dormitorio un rato?

—No lo creo. Es lo que hace mi papá cuando ya no lo soporta. Pero fíjate que Serafín no quede adentro; él odia a Sebastián.

—No me sorprende. Los gatos tienen buen oído...

Así, Patricia cargó al vociferante niño hasta su cuarto. Sebastián no dejó de llorar durante todo el proceso, y su llanto sólo se apagó ligeramente cuando hubo una puerta de por medio entre él y las chicas.

—Uf, así está mejor —suspiró Patricia—. Con tanto escándalo no podía ni pensar.

Serafín volvió a la sala con cara de pocos amigos y comenzó a pasearse de un lado a otro cual tigre enjaulado. Patricia no se fijó mucho en él, pero Lorena llegó a notar que su expresión era verdaderamente tétrica. La niña lo había visto así en otras ocasiones: cuando acechaba a un pájaro desde las sombras, con las orejas dobladas hacia atrás y su rabo azotando el aire a modo de látigo; después de eso, ¡zas!, ocurría la matanza. No era un espectáculo agradable...

A Lorena le dio un poco de miedo y se alejó de la estufa: no quería enfrentarse al animal si acaso éste resolvía echarse ahí.

A eso de las diez empezó una fuerte tormenta eléctrica y veinte minutos más tarde sonó el teléfono. Era para Patricia. La joven escuchó al principio con aire casual, pero luego frunció el ceño y su mirada se llenó de preocupación.

—¿Qué sucede? —le preguntó Lorena al final de la conversación.

—Mis padres tuvieron un accidente cuando volvían a casa en el auto. Mi madre está bien, pero mi padre se dio un fuerte golpe en la cabeza.

—¡Oh!

Patricia dio algunas vueltas por la habitación, indecisa. Por último sus ojos se posaron de nuevo en la niña.

—¿Crees que podrías cuidar a tu hermano un rato? Dice mi madre que mi padre no está grave, pero me gustaría ir a verlo.

—No sé...

A Lorena no le hacía gracia la idea de quedarse sola con el llorón de su hermano y Serafín. Y menos con una tormenta así de intensa: no podría salir en caso de que pasara... algo. Cualquier cosa.

—Regresaría en menos de una hora —insistió Patricia—. Cuarenta minutos, si me doy prisa. Por favor...

Aquí Lorena entendió que la niñera estaba realmente angustiada, y por un momento se puso en su lugar.

—Está bien —dijo al fin, aunque un poco a regañadientes.

—Gracias.

Patricia le dio un beso, descolgó su abrigo y se marchó en su pequeño auto amarillo, dejando a la niña con una fea sensación en el estómago. Disimuladamente le echó una ojeada a Serafín; éste le devolvió la mirada sin pestañear, clavando en ella sus ojos de un verde casi fosforescente.

Procurando no dar señales de aprensión, Lorena ocupó el hueco dejado por Patricia en el sofá. La película no le interesaba un pimiento, pero la ayudaba a distraerse de la tormenta, el llanto de Sebastián y la presencia asfixiante del gato. Después de dos o tres segmentos empezó a tranquilizarse... y de pronto un rayo descargó sus diez mil voltios sobre la casa.

El efecto se hizo sentir en toda la vivienda: el televisor arrojó una lluvia de chispas antes de que se cortara la electricidad, y por las ventanas se coló un intenso resplandor azulado; a continuación el trueno hizo vibrar las paredes de tal manera que varios cuadros se torcieron.

Al acabar el trueno hubo un segundo de silencio. Lorena llegó a advertir que tenía los pelos de punta, pero luego fueron los chillidos de Sebastián, redoblados en potencia, los que ocuparon su mente aturdida.

—¡Oh, cállate! ¡Cállate!

Sumida en la oscuridad, la niña empezó a temblar. ¿Dónde estaba Serafín? Se lo imaginó a pocos pasos de ella, agazapado, preparándose para atacarla como si fuera un gorrión, y tuvo que morderse la lengua para no gritar. Con las manos extendidas marchó a la cocina: allí se guardaban las velas.

El llanto de Sebastián era de lo más irritante, pensó Lorena mientras avanzaba a tientas por el corredor. ¿Cómo podía chillar así y no quedarse afónico? Y puestos en ello, ¿qué esperaba conseguir con sus chillidos? Seguro terminaría como Eliana: de pastilla en pastilla por el resto de su vida.

La niña entró a la cocina y encendió la vela más grande que pudo encontrar. Al sentir en sus dedos el calor de la llama se dio cuenta de que estaba helada, o más bien de que la casa estaba helada. Era una noche muy fría.

De vuelta en la sala, donde planeaba quedarse hasta que Patricia volviera del hospital, su pie izquierdo pisó un objeto firme y algo resbaloso. Un espantoso bufido le indicó que se trataba del gato, quien le mordió la pierna antes de salir corriendo; Lorena se llevó un susto tan grande que soltó la vela y cayó sentada, entrechocando los dientes por el impacto.

—¡Mierda! —exclamó. Era la primera vez que usaba una palabrota de adultos, una por la que su padre le habría dado una cachetada, pero le hizo mucho bien. En ese momento parecía un buen conjuro contra la adversidad.

Lorena recuperó la vela, regresó a la cocina y gastó un segundo fósforo para encenderla. Recién entonces tomó conciencia del dolor en su pierna; por ello, en lugar de dirigirse a la sala, entró al baño y se bajó el calcetín.

Genial. Ahora tenía un segundo juego de orificios idéntico a las cicatrices del tobillo derecho. Condenado gato...

La pequeña lavó su herida, le aplicó unos toques de iodo y se puso una vendita adhesiva. Perfecto. Ya podía ir a la sala y tenderse en el sofá, aunque esta vez con la mirada fija en el suelo para no tropezar con nada.

Se detuvo a pocos metros de su objetivo. Toda su confianza se desvaneció de repente, sustituida por un extraño escalofrío. Algo había cambiado. No era la tormenta, que proseguía sin descanso, ni la oscuridad, porque las luces continuaban apagadas.

Era el silencio dentro de la casa. El niño había dejado de llorar.

Lorena giró sobre sus talones y descubrió lo siguiente: la puerta del cuarto de Sebastián estaba abierta. Quizás Patricia no la había cerrado del todo, o la había cerrado mal y el trueno completó la tarea. De cualquier forma, el resultado era el mismo.

La niña avanzó como en un trance. Sebastián no producía ruido alguno, pero desde la habitación surgía un poderoso ronroneo...

(Continuará...)

Gissel Escudero

Dos son compañía, cinco son multitud (3/6)

La niña sintió que la sacudían suavemente y se arrebujó en las mantas, rehuyendo las manos que intentaban despertarla. Pero las manos no se detuvieron.

—Lorena. Lorena, levántate —dijo al fin su padre. Ella abrió los ojos.

—Todavía es de noche...

—Lo sé, pero Eliana va a tener al bebé. Debemos ir al hospital.

—Prefiero quedarme aquí.

—No puedo dejarte sola, cariño. Tienes que venir con nosotros.

Lorena se vistió a regañadientes. ¿Qué le importaba a ella el estúpido bebé de Eliana?

—Date prisa —le ordenó su padre desde la puerta.

Mientras subían al coche, la pequeña advirtió que el gato los observaba desde el muro. Sus pupilas relumbraban como espejos amarillos y tenían una expresión sarcástica que le sentó a Lorena como un vaso de leche agria. "Ya no serás hija única", parecían decirle. Ella desvió la mirada.

Cansada y molesta, la niña se acomodó en el asiento trasero lo más lejos posible de Eliana. Hubiera intentado dormir por el camino pero la mujer gritaba y resoplaba, resoplaba y gritaba, y así hasta que el vehículo llegó al estacionamiento del hospital. Después de eso, Lorena se vio obligada a correr detrás de su padre y su madrastra por los pasillos del edificio; y cuando los doctores se hicieron cargo de Eliana, igualmente la niña fue relegada: su padre quería ver el parto, así que la dejó con una enfermera. Ésta no era mala pero sí muy tonta, y le preguntó varias veces, con un exasperante tono infantil, si no estaba contenta porque pronto tendría un hermanito. Nueve años de vida no eran suficientes para desarrollar una vena sarcástica, pero de haberla tenido, Lorena hubiera contestado que en realidad prefería una tarántula.

La espera le resultó interminable. Se había sentado en una banca a tratar de pegar el ojo, pero el flujo de personas y sus voces la sobresaltaban constantemente. Muerta de sueño y aburrimiento, y aprovechando una distracción de la enfermera, Lorena dejó la banca y comenzó a explorar los alrededores.

El hospital era blanco, muy blanco, y por todos lados había doctoras, enfermeras y pacientes dando vueltas de un lado a otro. De pronto la niña notó algo raro: nadie la miraba. Ni una sola de esas personas se inclinó hacia ella para preguntarle qué hacía allí, sola y sin rumbo, y al parecer tampoco había lugares donde no la dejaran entrar.

Entonces llegó a un largo corredor al final del cual, en letras grandes y rojas, un cartel ponía "MATERNIDAD". Detrás de la doble puerta se escuchaban unos gritos que Lorena reconoció de inmediato: los de Eliana. Pero sonaban escalofriantes, como los gritos de una actriz en una película de terror.

La niña extendió las manos y empujó suavemente. Llegó a una sala apenas iluminada, en la que hombres y mujeres con batas verdes formaban un círculo alrededor de la cama donde yacía Eliana. Todos, salvo la parturienta, llevaban gorros y tapabocas, tal que Lorena no consiguió distinguir a su padre entre los presentes.

—Ya viene; empuje una vez más —dijo el obstetra.

Con el rostro morado por el esfuerzo, Eliana empujó... y un chillido sobrenatural llenó la sala. Pero no era ella quien chillaba, sino el niño en camino. Su cabeza peluda y empapada de sangre ya estaba en manos del doctor, aunque no se le veía la cara porque apuntaba hacia abajo. Lorena dio unos pasos al frente.

De pronto el bebé clavó en ella sus ojos verdes de pupila vertical. La niña retrocedió, horrorizada, y la criatura, que no era humana sino el propio Serafín, saltó hacia ella con las garras desenfundadas...

Lorena despertó en su cama, por la madrugada, y de inmediato se tapó con los brazos para evitar que el gato la arañara. Pero Serafín no estaba ahí, no podía estarlo: la niña le tenía tanta rabia al animal que siempre cerraba su puerta y ventanas antes de acostarse. Menos mal...

Maldita Eliana y maldito bebé. Esa misma tarde volverían del hospital, y a Lorena no le interesaba en absoluto su medio hermano: aunque el niño no tenía cara de gato, parecía un mono lampiño y ruidoso, como todos los recién nacidos.

La niña intentó dormirse pero sin éxito, y mucho más tarde su padre le avisó que ya era hora de ponerse en pie. Lorena, entonces, marchó a la cocina con el cabello revuelto y unas profundas ojeras, dispuesta a patear cualquier cosa que se atravesara en su camino, sobre todo al gato. Serafín estaba más insoportable que nunca por la ausencia de Eliana: se la pasaba maullando y arañando los muebles, y había monopolizado el sillón favorito de su dueña.

Mientras ambos comían, el padre de Lorena le preguntó:

—¿Por qué te ves tan malhumorada, princesa mía? Hoy vendrá a casa tu hermanito, ¿no estás contenta?

La pequeña se encogió de hombros.

—Vamos, cariño, alegra esa cara. Eliana se pondrá triste si la haces pensar que no quieres al bebé.

—A Eliana no le importa que yo quiera o no al bebé. No es mi mamá.

—Eso no es cierto. Eliana...

—Ella sí va a querer al bebé, porque es de ella. Pero a mí no. Eliana preferiría que yo no existiera.

El hombre bajó su tenedor, visiblemente consternado.

—Lorena, no hables así. Eso que acabas de decir es espantoso.

La niña se encogió de hombros por segunda vez. ¿Para qué le enseñaban a no mentir si la verdad era algo "espantoso"? ¡Qué ganas de confundirla! Sin embargo, no se atrevió a formular estos pensamientos en voz alta.

—Acaba tu desayuno —dijo el hombre con voz seca—. Y más te vale cambiar esa cara para cuando vuelva con Eliana.

Lorena arrojó la cuchara sobre la mesa y huyó de la cocina. Su padre no le ordenó que regresara ni fue a buscarla; en lugar de eso llamó a la niñera, y apenas llegó ésta, el hombre salió con rumbo al hospital sin despedirse de su hija.

En la soledad de su cuarto, Lorena escuchó el sonido del auto que se alejaba y sintió que se le rompía el corazón. Ahora tendría que compartir a su padre con dos personas, y por más que a ella el bebé le pareciera un mono, mucho temía que el hombre no pensaba lo mismo.

Después de llorar un largo rato, haciendo caso omiso de la niñera que llamaba a su puerta, Lorena llegó a una dolorosa conclusión: no le quedaba más remedio que tratar de querer a su medio hermano. "Si no puedes con ellos, úneteles", solía decir su padre, y aunque la sola idea le daba asco, haría lo posible por conseguirlo.

El automóvil regresó una hora después. Lorena salió de su dormitorio con cierto aire de resignación pero sin la cara de amargada que su padre le había visto en el desayuno; el hombre se percató del cambio y no dijo nada, dando por olvidada la discusión.

Eliana se veía demacrada. Su esposo la obligó a sentarse y puso al niño en su regazo; luego le hizo un gesto a Lorena, invitándola a acercarse.

—Ven, hija. Ven a conocer a Sebastián.

La niña se aproximó al sofá. El bebé ya no tenía un aspecto tan feo, y así dormido resultaba casi tolerable. De pronto se le antojó a Lorena acariciarle el pelo, sentir entre sus dedos aquella fina pelusa del mismo color que sus rizos, y estiró una mano... pero Eliana, en un acto reflejo, apretó al bebé contra su seno.

—Ve a lavarte. No quiero que le pegues tus microbios.

—¡Eliana! —protestó el hombre—. ¡Mi hija no es un foco séptico!

Todos somos focos sépticos. Ya escuchaste al doctor.

—Sí, sí, pero no creo que sea para tanto.

—¿Y si el bebé se enferma? Sólo tiene cuatro días.

Esto hizo dudar al hombre, quien terminó diciendo:

—Entonces todos nos lavaremos antes de tocar al niño. Vamos, hija.

Ya en el baño, mientras su padre le enseñaba a cepillarse bajo las uñas, la niña preguntó:

—¿Tendremos que hacer esto a cada rato?

—No hay que poner nerviosa a tu madre.

A Lorena le rechinó eso de "tu madre" y ya le dolían los dedos de tanto fregarlos, pero se armó de paciencia y mantuvo la boca cerrada.

Sin embargo, de vuelta en la sala, fue el hombre quien se enfadó, porque Eliana le estaba mostrando el niño a Serafín y éste tenía su nariz a pocos centímetros del bebé.

—¿Se puede saber por qué el gato no tiene que bañarse en agua hirviendo?

—Los gatos son limpios —dijo ella sin mirar a su esposo.

—Los gatos, querida, se lavan el trasero con la lengua y se pasan la lengua por todo el cuerpo.

—Pero Serafín no va a pasarle la lengua, sólo lo está olfateando.

—No me vengas con ésas.

Lorena sonrió para sus adentros: por una vez la mujer se había puesto en evidencia ante su marido.

Antes de que los adultos pudieran hacer o decir algo más, el bebé despertó. Su primera reacción ante el gato fue darle un golpe en el hocico, del que Serafín, veloz como siempre, se vengó con un zarpazo que dejó cuatro líneas en la mejilla del pequeño Sebastián.

¡La que se armó de repente! El bebé empezó a llorar con toda la fuerza de sus pulmones, que era considerable; Eliana y su marido se desesperaron tratando de calmarlo mientras subían al auto; y Lorena, que iba detrás, no salía de su sorpresa frente al inesperado giro de los acontecimientos. Ahora, ¿cómo castigaría la mujer a su precioso minino? ¡Se moría de ganas por saberlo!

A la vuelta del hospital Eliana se mostró, en efecto, muy enojada con Serafín, y tanto ella como el hombre se turnaron para acunar al bebé, quien seguía llorando a pesar de los analgésicos. En opinión de Lorena estaba exagerando, porque sus heridas eran leves y no habían requerido puntos de sutura, sólo un antiséptico. Molesta, se tapó los oídos pensando que Sebastián también había heredado las manías de Eliana.

Al menos tenía un consuelo: ella ya no sería el centro de atención en la casa, pero Serafín había perdido en un instante todos sus privilegios.

(Continuará...)

Gissel Escudero

9 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (2/6)

Lorena no estaba feliz con el cambio de situación. Detestaba la casa, el barrio y el colegio nuevos, y ya no tenía una sola amiga por culpa de la mudanza. Más que todo lo anterior, sin embargo, odiaba a su madrastra. ¿Por qué su padre había tenido que casarse, en primer lugar? Se suponía que el viaje era de negocios, ne-go-cios, no para buscar pareja.

A primera vista Eliana no estaba mal, y tenía un precioso gato de siete kilos con pelaje atigrado y ojos color esmeralda. Ella era muy bonita y extremadamente simpática, y la dulzura de su voz podía cautivar a cualquiera, incluso a Lorena.

Pero esto sólo ocurría cuando la mujer estaba en sus días buenos. Según el padre de Lorena, Eliana sufría un "ligero trastorno de la personalidad", y por eso tenía que tomar su "medicación" todos los días. La niña resumía la cuestión en términos más simples: Eliana estaba loca y las píldoras controlaban su histeria... la mayor parte del tiempo. El hombre era tan bueno y paciente que no perdía los estribos cada vez que su esposa le gritaba por alguna falta real o imaginaria; Lorena, en cambio, recelaba del carácter de su madrastra: se le antojaba demasiado impredecible.

Por si fuera poco, el maldito gato compartía las manías de su dueña. En opinión de Lorena, eran tal para cual. Serafín sólo quería a Eliana, la única persona a quien concedía el privilegio de tocarlo; para la mujer era "su bebé", y le hablaba con el tono más cursi del universo. Lorena y su padre se mantenían alejados del felino, pues habían aprendido a fuerza de arañazos lo antisocial que podía llegar a ser.

Algo bueno tenía el gato, no obstante: ayudaba a moderar las explosiones emocionales de su dueña. Poca cosa, sin duda, pero al menos se ganaba la comida.

Los empleados estaban acomodando los muebles nuevos y Lorena ya no sabía dónde meterse. Varias veces le habían propinado un codazo por no fijarse en ella o por mirar el trasero de Eliana, bien delineado bajo sus calzas, en lugar del camino. Pero si la niña estaba nerviosa, Eliana y Serafín se llevaban el premio: la voz de la mujer subía y bajaba de tono según el precio del mueble en cuestión y el riesgo de que se estropeara, y el gato, igual que Lorena, no encontraba refugio por ningún lado. En más de una ocasión les bufó a los desconocidos, aunque éstos ni se inmutaron.

Al final pasó lo inevitable: un empleado que se dirigía al dormitorio de la pareja con una mesita de luz no vio a la niña que trataba de llegar a la cocina; Lorena se llevó un golpe en el hombro con el mueble y al retroceder le dio con el pie a Serafín. La pequeña se había puesto zapatillas de lona y goma blanda, pero el gato chilló como si lo hubiesen pateado con una bota de hierro. En un ataque de rabia felina, se dio vuelta y clavó sus dientes en el tobillo de Lorena, quien profirió un chillido bastante similar al del gato.

Mientras Serafín huía a toda velocidad, Lorena se agachó para examinar la herida: era profunda y dolorosa, y la sangre había manchado el calcetín haciéndole recordar su historia favorita.

—No se ve bien, nena —le dijo otro de los empleados—. Lávate con jabón o se infectará.

—Y entonces tendrían que amputarte la pierna —bromeó el estúpido con la mesita de luz—. Te pondrían una pata de palo, ¿sabes?, como a los piratas.

Lorena abrió mucho los ojos, asustada, pero el empleado amable le dio un tortazo en la nuca a su compañero.

—No seas imbécil, Mario. Y ten más cuidado de ahora en adelante o le diré al jefe que te despida, por torpe.

Mario se alejó murmurando palabrotas. El empleado amable se volvió hacia la niña.

—No le hagas caso a ese idiota. Ve con tu madre.

—Gracias —dijo Lorena, y se las arregló para sonreír a pesar de las lágrimas.

Eliana estaba en la cocina guardando la vajilla. Lorena se aproximó a ella cojeando.

—Eli...

—¡¿Qué?!

La pequeña se echó hacia atrás.

—Perdona —dijo Eliana respirando hondo—. Todo este desorden me tiene enferma. ¿Qué pasa, linda?

—Serafín me mordió el tobillo.

Aquí la niña mostró su herida. Cualquier otra mujer se hubiera preocupado de inmediato; sin embargo, lo primero que Eliana dijo fue:

—¿Qué le hiciste a mi gato?

—¡Nada! Sólo lo empujé por accidente, y él me mordió.

—¿Segura que no lo pisaste? ¡Serafín! ¡Ven, gatito!

—¡Yo no lo pisé! —dijo Lorena, quien empezaba a enfurecerse—. Ya he dicho que sólo lo empujé. Él está bien.

—Bueno, siéntate ahí. Iré a buscar el iodo.

Mientras Lorena esperaba a su madrastra, el gato saltó desde afuera a la ventana de la cocina y la miró con los párpados entrecerrados, como si se burlara de ella.

—Te odio —murmuró la niña.

El animal comenzó a lavarse las uñas.

—¡Ahí estás, mi bebé!

Eliana dejó la botellita de iodo sobre la mesa y corrió a examinar a su mascota. Lorena resopló de fastidio; ya estaba arrepentida de haber acudido a la mujer, pues era evidente que su hijastra le importaba menos que el dichoso gato.

—Eli...

—Ya voy, ya voy. Mira que eres quejosa...

Eliana tardó un minuto más en revisar las patas de Serafín buscando fracturas. Recién entonces quedó satisfecha y pasó a atender la herida de Lorena, aunque con una expresión de disgusto muy mal disimulada.

—¡Ay, eso duele! —gritó la niña.

—No exageres, el iodo no arde.

—No me arde, duele.

—Pues muérdete la lengua.

—Pero...

Su madrastra le dio una cachetada. Fue muy leve, pero Lorena se quedó sin habla; nunca en su vida le habían pegado, y esta última ofensa, sumada a todas las pequeñas molestias del día, acabó por desbordar su paciencia. Empujando a Eliana para bajar de la silla, escapó de la cocina, salió a la calle y se sentó en el muro de los vecinos, llorando a todo trapo.

Por fin su padre regresó del trabajo, y apenas bajó del auto corrió a abrazarla.

—¡Mi princesa! ¿Qué sucede?

—Serafín me mordió el tobillo y Eliana me pegó.

—¿Qué?

La niña repitió sus palabras.

—Espérame aquí —dijo el hombre, y entró a la casa dando largas zancadas.

Transcurrieron diez minutos sin novedades. Los empleados terminaron su labor y comenzaron a retirarse; Lorena no pasó por alto que dos de ellos hablaban en voz baja y se reían, echando miradas furtivas hacia la puerta de la vivienda.

El padre de la niña fue a buscarla. No parecía enojado.

—Eliana ya me ha contado lo que pasó, y dice que fue su culpa y que lo lamenta mucho. Anda, vamos adentro.

—Papá...

El hombre sostuvo la cara de su hija entre las manos.

—Lorena, debes comprender que Eliana tiene ese problema del que ya hemos hablado, y que todo esto de la mudanza no le ha sentado bien. Pero ella te quiere mucho y...

—¡No es cierto! ¡Ella no me quiere! Es... es... ¡es como la madrastra de Blancanieves!

Esta vez el hombre no pudo evitar una carcajada.

—¡Hablo en serio! —protestó ella.

—Lo sé, hija, lo sé. Perdona, no quise reírme. De verdad, Eliana te quiere. Ya te darás cuenta cuando esté más tranquila. Ahora vamos adentro.

Lorena negó con la cabeza.

—No podemos quedarnos aquí todo el día, cariño. Vamos.

Y los dos entraron a la casa.

Eliana se disculpó personalmente por la bofetada, y hacia la hora de la cena ya había vuelto a la normalidad. Entonces, mientras servía la comida haciendo alardes de buena esposa, el padre de Lorena miró a su hija como diciendo: "¿Ves cómo yo tenía razón?"

La niña hizo un gesto afirmativo, pero por dentro pensaba lo contrario. Serafín, además, la vigilaba desde un rincón con exasperante arrogancia; sus ojos verdes le prometían que siempre, siempre, haría lo posible para dejarla en segundo lugar.

Definitivamente, Lorena no estaba nada feliz con el cambio de situación.

(Continuará...)

Gissel Escudero

8 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (1/6)

—Cuéntame otra historia, papá.

—Cariño, ya es tarde.

—Por favooooor...

—Está bien, está bien. A ver, déjame pensar... —El hombre carraspeó como si se dispusiera a cantar una ópera—. Había una vez una niña de ocho años llamada Lorena, con grandes ojos castaños y bucles de pelo negro. Era bonita pero algo insoportable, y cada noche obligaba a su pobre padre viudo a contarle miles de historias para hacerla dormir. Así pasaron muchos, muchos, muchos años, y su padre ya tenía una larga barba blanca pero aún seguía contándole cuentos a su hijita, hasta que un día...

La niña, que había empezado a reír al escuchar su nombre, lo interrumpió diciendo:

—Papá, no seas payaso. Quiero un cuento de verdad. Cuéntame la historia de Blancanieves.

—¡Pero ésa te la sabes de memoria!

—No importa —replicó ella con aire decidido—. Me gusta.

—Oh, bueno —dijo el hombre, y volvió a carraspear—. Había una vez una hermosa reina que quería tener una hijita. Un día de invierno, mientras estaba bordando junto a la ventana, se pinchó un dedo con la aguja y varias gotitas de sangre cayeron a la nieve. La reina se dijo: "Desearía que mi hija tuviera unos labios tan rojos como la sangre y la piel tan blanca como la nieve." Las hadas concedieron a la reina su deseo, y cuando la niña por fin nació, sus padres la llamaron Blancanieves.

Y así continuó el hombre hasta el final de la historia. A Lorena nunca dejaba de impresionarla la parte donde la madrastra, envenenada por los celos, le ordenaba al cazador que le llevara el corazón de la princesa en un cofre, pero aplaudía cuando el príncipe besaba a Blancanieves para despertarla del hechizo. En esta ocasión, sin embargo, al terminar el cuento la niña se puso seria y pensativa. Su padre le apartó el flequillo de los ojos y preguntó:

—¿Qué tienes, mi pequeña?

Ella no respondió.

—Es por mi viaje, ¿verdad?

—No quiero que te vayas, papá.

—Sólo serán dos meses.

—Pero eso es mucho tiempo.

—Cariño, el tiempo pasa rápido. Además, estoy seguro de que te divertirás en casa de tus tíos.

—No lo creo. Ellos son viejos y aburridos.

La niña dijo esto con un mohín que al hombre le pareció graciosísimo, pero no se rió por miedo a ofenderla. En cambio, besó a su hija en la frente.

—En realidad yo tampoco quiero irme, pero este viaje es importante.

—¿De verdad no quieres irte?

—De verdad. ¿Acaso no somos los mejores amigos?

Lorena sonrió.

—Los mejores amigos del mundo —completó la niña, y ambos se abrazaron hasta que ella se durmió.

(Voy aclarando desde ya que éste será un cuento de horror. Agárrense de lo que puedan. Continuará...)

Gissel Escudero