29 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 5/5)

La cabaña apareció detrás de una loma. Ahora daba una fuerte impresión de soledad, como las casas que han permanecido deshabitadas por meses o años. A Alexéi se le encogió el corazón: si el niño de las nieves estaba muerto, él pronto acabaría igual.

Iván no solía atrancar la puerta principal antes de salir, pero sí la del sótano secreto. Alexéi no se había molestado en recuperar la llave de ésta, aunque tuvo la oportunidad allá en el campamento de las criaturas. Quería que rompieran el cerrojo... para que luego no se les ocurriera encerrarlo ahí. Por algún motivo, cualquier muerte le parecía preferible a ésa.

Los hombres de las nieves, efectivamente, rompieron el cerrojo. Alexéi encendió la luz y enseguida vislumbró, en la jaula, al infante.

No se movía.

La madre del pequeño, pues no debía tratarse de otra, corrió hacia la jaula y arrancó el techo de un solo tirón. Luego tomó a su hijo en brazos... quien comenzó a despertar de su sueño. Con un gritito de alegría, aunque débil, el niño se prendió al cuello de su madre; ésta acarició al niño con sus garras, alisando el pelo enredado.

Aprovechando la distracción, Alexéi se deslizó hasta la escalera...

Una mano lo agarró por detrás y el hombre se vio lanzado a un rincón donde se golpeó dolorosamente contra unas cajas. Las criaturas, cuatro grandes y una pequeña, le echaron una última mirada de desprecio y subieron en fila los escalones de madera.

La puerta descendió, dejando a Alexéi en compañía de una pobre lamparita y los trofeos de su tío. Un sonido de arrastre le indicó que las bestias estaban apilando muebles sobre la puerta para que él no pudiera levantarla.

El hombre comenzó a gritar.

*****

Cuánto tiempo permaneció en el sótano, nunca lo supo. En todo caso, estaba muy sediento y con hambre cuando los muebles fueron removidos de su sitio, permitiéndole salir.

En la casa no había nadie. Ni un solo hombre de las nieves. Alexéi recorrió las habitaciones, y el único rastro consistió en un par de huellas húmedas que pronto se secaron.

El médico buscó las llaves de su camioneta, que había dejado en el vestíbulo, y emprendió la retirada. No planeaba mencionar lo sucedido, ni siquiera pensar en ello; se consideraría afortunado si aquel asunto se limitaba a repetirse en sus pesadillas por el resto de su vida. Con una mano temblorosa, aferró el picaporte y tiró de él.

Detrás de la puerta, sobre la nieve sucia, se hallaba la cabeza desfigurada de Iván.

Alexéi se sentó sobre el escalón y empezó a reír como loco. Rió y rió, alternando la risa con el llanto, hasta que el cielo se oscureció y una nevada borró las pisadas que, desde la cabeza humana, se internaban en lo más profundo del bosque.

Gissel Escudero

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