28 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 4/5)

Estaban en un pozo custodiado por dos hombres de las nieves. El hoyo debía haber sido excavado para los humanos, porque la tierra se notaba recién removida. Las criaturas habían usado sus garras para crearlo, y ahí donde asomaban rocas se distinguían las cuatro marcas paralelas de los arañazos.

Ahora, a media tarde y casi tres horas después de la captura, Alexéi vio que su compañero había recuperado el conocimiento. Lo ayudó a incorporarse y revisó sus signos vitales; poco más podía hacer sin su mochila, que una de las criaturas le había arrebatado.

—¿Estás bien, tío?

—No hagas preguntas idiotas. Claro que no estoy bien. ¿Qué hora es?

—Las cuatro y media, más o menos. Mi reloj se rompió.

Iván examinó los alrededores, asimilando la situación. Lo que observó no le gustó nada, por supuesto, y mucho menos la mirada de las criaturas que vigilaban desde arriba. El hombre le escupió a una de ellas; la bestia le rugió, pero luego se limpió la saliva y enseñó los dientes en una sonrisa sádica. A Alexéi se le puso la piel de gallina: esa expresión en particular resultaba chocante en el rostro peludo y blanco, como una aberración.

—¿Por qué no nos han liquidado aún? —murmuró Alexéi. Habló en voz muy baja, pues a estas alturas no estaba seguro de que las criaturas no pudieran entender su lenguaje. Iván, pensando quizás lo mismo, le respondió también en voz baja.

—No lo sé. Pero no presagia nada bueno... ¡Ah! Mi hombro me está matando...

—Déjame ver.

Alexéi le quitó el abrigo a su tío e inspeccionó la lesión. Era considerable: el zarpazo había atravesado cinco capas de ropa y un centímetro de carne.

—Sobrevivirás —dijo el médico—, aunque hay signos de infección. ¿Te duele algo más?

—La nuca.

Alexéi echó un vistazo.

—Ahí sólo tienes un enorme chichón.

Entonces advirtió que las criaturas estaban pendientes de sus movimientos y que se comunicaban entre sí por medio de ronquidos y señas.

—¿Qué crees que esté pasando? —le preguntó Iván.

—Ni idea.

Una de las bestias se retiró. Al cabo de diez minutos regresó con otras, una de las cuales bajó al pozo y agarró a Alexéi por la cintura, alzándolo con tanta facilidad que el hombre se sintió cual muñeco de trapo.

—¡Suéltame, maldito! ¡Quítame las manos de encima, bestia apestosa!

La criatura no le hizo caso, sino que se reunió con sus congéneres; a continuación el grupo se desplazó a una zona donde había troncos asegurados con tiras de cuero y barro helado, conjunto que formaba una choza bastante aceptable.

Dentro de la choza había más hombres de las nieves, incluso hembras con sus bebés, y unos cuantos lobos. A Alexéi lo depositaron en el suelo, y entonces comprendió por qué lo habían conducido hasta ahí: a pocos metros, sobre una cama de musgo, descansaba una bestia que tenía una herida de bala en la pierna, provocada sin duda por Iván durante la batalla en el refugio.

El hombre de las nieves que sujetaba a Alexéi le dio una palmada en el pecho y después señaló a su congénere tendido. El mensaje era evidente: "Es tu culpa. Cúralo." Alexéi estuvo a punto de decirle que se fuera al diablo... pero luego se le ocurrió que demostrar solidaridad podría sacarlos a él y a su tío del apuro. O por lo menos a él.

—Necesito mi mochila —dijo con tono seco y cortante, y tocó su espalda. La bestia a quien se había dirigido entrecerró los ojos, no por falta de comprensión sino tratando de adivinar las intenciones del humano. Alexéi se sorprendió una vez más ante la inteligencia de las criaturas... hecho que aumentó su preocupación. Los hombres de las nieves debían saber que él y su tío eran cazadores; ¿por qué razón, entonces, iban a liberarlos?

De todos modos, Alexéi se prestó a la tarea que le exigían. Con un poco de suerte, en el intelecto de las criaturas también habría lugar para el perdón.

La mochila le fue entregada. No había arma alguna en su interior y Alexéi llegó a ver, a unos pasos de él, cómo una de las bestias partía sus dos rifles en pedazos.

El médico comprobó el buen estado de su equipo de primeros auxilios y puso manos a la obra: se inclinó sobre la pierna afectada y extrajo los elementos necesarios para el tratamiento. Su primer impulso, a causa del hábito, fue coger el frasco de anestesia local; sin embargo, tras pensarlo mejor y considerando que las criaturas no debían conocer las bondades de tal droga, decidió que no tenía por qué ahorrarle dolor a su paciente. Así pues, cortó el pelo de la zona, usó un bisturí para profundizar en la carne y, con ayuda de sus pinzas, extrajo la bala que se había incrustado en el hueso. Alexéi disimuló su satisfacción al advertir que la criatura, a pesar de no emitir ningún gemido, cerraba los dedos hasta hacerse daño con sus propias garras. Finalmente el médico suturó la incisión, inyectó una dosis de antibiótico y vendó la herida. En el fondo deseó que la criatura contrajera tétanos... después de que Iván y él consiguieran huir.

El herido se levantó, y luego de apoyar tentativamente la pierna vendada pareció contento con el trabajo de Alexéi.

Pero no hubo recompensa. El humano fue arrojado de nuevo al pozo.

—¿Y? ¿Qué pasó? —le preguntó Iván.

—Nada —replicó Alexéi. Si su tío se enteraba de lo que acababa de hacer, le daría un buen tortazo.

A llegar la noche, un resplandor rojizo disipó en parte la oscuridad. ¡Las criaturas habían encendido fuego! El sueño de cualquier antropólogo, reflexionó Alexéi, y se rió por lo bajo. Iván lo fulminó con la mirada.

Hacia la madrugada aumentó la actividad en el campamento. Alexéi y su tío fueron retirados del pozo y llevados hasta la hoguera, que chisporroteaba alegremente bajo un techo de coníferas. Los hombres se debatieron al suponer que pretendían arrojarlos al fuego, mas el propósito era otro.

Uno mucho más siniestro...

La bestia más grande, que debía ser el líder de la manada, se plantó frente a los humanos y empezó a gesticular, dirigiéndose a su grupo. No debía estar diciendo nada bueno, porque constantemente señalaba a los cazadores y efectuaba un ademán violento con su diestra, como si estuviera aplastando algo con el puño. Después estiró el brazo hacia un lado y una criatura, que hasta ese momento se había mantenido al margen, dio unos pasos al frente y enseñó a las demás un objeto que tintineaba: era una trampa de acero, una de las muchas que Iván usaba para las presas medianas. El hombre de las nieves colocó la trampa en el piso y la abrió, separando en un segundo las fauces metálicas que reflejaban las llamas.

El líder apuntó a Iván con su índice... y luego hacia la trampa. El ermitaño palideció.

—¡No! ¡No! —gritó mientras era empujado a cumplir su sentencia.

Las bestias lo obligaron a ponerse de rodillas y, agarrándolo del cuello, bajaron su cabeza al encuentro del acero.

—¡Nooo! ¡¡Aaaaahhhhh...!!

¡Clang-CRAC!

El grito de Iván quedó interrumpido en la mitad, pero el hombre no estaba muerto. Su cara yacía atrapada en el metal, prácticamente irreconocible, y su cráneo se había deformado; el cazador, no obstante, aún vivía, y sus manos tanteaban sin descanso la trampa de acero como si no supieran que el cuerpo al que estaban unidas ya no tenía salvación.

Las piernas le fallaron a Alexéi, quien contempló desde el suelo la agonía de su pariente. Alrededor del fuego, las criaturas y los lobos se relamieron.

Sacar de la trampa el cadáver de Iván y repartirlo entre los asistentes fue cosa de un minuto. Sosteniendo su porción de carne en alto, a modo de trofeo, cada hombre de las nieves bailó alrededor de la hoguera en una suerte de ritual primitivo y no menos aterrador. Los lobos lamieron la sangre del piso y aullaron al cielo, acompañando la fiesta con su música infernal.

Alexéi se orinó de puro miedo. ¿Cuál sería su destino?

Terminada la danza, el líder habló de nuevo y la criatura de la pierna herida caminó hacia el médico. Alexéi, desesperado, pensó que su perdón llegaría por intermedio de ese individuo... pero se equivocaba, porque éste sostenía en su mano el mismo bisturí que el médico había empleado en él, y lo blandía en zigzag a medida que se aproximaba al humano.

—¡El pequeño! —exclamó Alexéi sin proponérselo—. ¡Sé dónde está el pequeño!

El hombre levantó su mano a la altura de la bestia que continuaba encerrada en casa de Iván y luego dio unos saltos y gruñidos, imitándola.

Hubo un instante de silencio. Todas las criaturas lo miraron atentamente, sin moverse, incluso la del bisturí. El líder habló. Otros le contestaron. Se armó una discusión, que el líder acalló con un golpe de su pata en el suelo.

Una hembra se acercó al humano y lo levantó por la pechera del abrigo, clavando en él sus ojos pálidos y fríos...

(¿Conseguirá Alexéi escapar del embrollo? Lo sabremos en la última entrega, porque esto... continuará un poquito más.)

Gissel Escudero

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