27 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 3/5)

Con perros o sin ellos, Iván era un cazador nato y no tuvo dificultades para seguir el rastro de las criaturas... hasta que la nieve lo sepultó. Entonces tanto él como Alexéi quedaron desorientados. Iván sabía perfectamente bien dónde estaban, pues el bosque era su casa y además tenía una buena brújula, pero ¿en qué dirección se habían marchado las bestias que procuraba? Daba igual. En lo que a él concernía, no pensaba descansar hasta recuperar a sus perros y cobrar venganza por el secuestro, aunque no había renunciado a su propósito original. Mas el honor estaba primero...

A su sobrino, en cambio, la cuestión del honor lo traía sin cuidado, porque la tormenta arreciaba y pronto estarían en peligro a causa de ella. A él no le hacía ninguna gracia la idea de que alguien encontrara sus cuerpos helados en la primavera, como animales prehistóricos atrapados en una glaciación.

Iván se detuvo un momento con el cuello estirado y sus cejas y barba totalmente blancas. Sus manos enguantadas se cerraban sobre el rifle con mayor o menor fuerza según lo acometían oleadas de odio, y los ribetes peludos de su abrigo ondeaban al viento.

—Están cerca —dijo—. Puedo sentirlo...

Alexéi apenas lo escuchó. Había demasiado ruido: el que hacían los árboles al agitarse y el de la nieve que, tras acumularse en un lugar alto, finalmente cedía y se precipitaba al suelo en pequeñas avalanchas.

—¡Tío! ¡Tío, tenemos que...! —pero no llegó a terminar la frase, porque Iván lo agarró del brazo y echó a correr, arrastrándolo consigo, y él estaba tan cansado que no pudo resistirse al poder de su voluntad.

Así continuaron por más de una hora, hasta que Iván se paró en seco y soltó a Alexéi como si nada. El tiempo se paralizó en ese instante, y durante un lapso imposible de determinar, todo lo demás se volvió secundario para el viejo ermitaño.

Todo salvo los restos de sus perros que yacían frente a él, apenas rociados de nieve fresca.

Alexéi vio aquello y estuvo a punto de vomitar. Los cánidos habían sido convertidos en sendas masas de huesos descarnados, y sólo sus cabezas, en el centro de la carnicería, aún mostraban cierto parecido con las originales.

El médico extendió una mano hacia su tío. No alcanzó a tocarlo; con un grito que se elevó por encima de la tormenta, Iván salió de su aturdimiento y protagonizó un horrible ataque de ira y frustración, azotando los troncos con su rifle, pateando la nieve y profiriendo unos alaridos que hicieron pensar a su sobrino en una reunión de demonios.

Aquello no pintaba nada bien...

Alexéi recogió del suelo el gorro de su tío, que éste había arrojado al suelo para tirarse de los pelos, y esperó a que el hombre se calmara. Tuvo que esperar bastante... Finalmente pudo hacerse oír.

—Tío, tenemos que cobijarnos. La tormenta empeorará. Nos helaremos.

El médico dudó al principio que Iván fuera a atender razones, pero el viejo no era tan estúpido. Se había extraviado una vez, en su juventud, y los muñones de sus pies le recordaban a diario lo cruel que podía ser el invierno ruso. Todavía con el rostro morado, asintió en silencio.

—Hay una cueva por ahí —dijo luego, señalando con el dedo—. Aguardaremos en ella hasta que acabe la tempestad.

La cueva en cuestión era más bien un agujero entre las rocas, pero constituyó un excelente resguardo para los hombres por lo que restó de la noche y la nevada. Alexéi y su tío se abrazaron a fin de darse calor, compartiendo de vez en cuando unos tragos de vodka, y de no haber sido porque el primero tenía la nariz adormecida por el frío, se habría percatado de cuán raramente se bañaba el segundo.

El amanecer trajo consigo un cielo descolorido pero sin nubes, y los cazadores retomaron su empresa. Iván parecía de buen humor: su andar estaba cargado de energía y hasta se puso a tararear unos compases de Pedro y el lobo; sin embargo, Alexéi no se dejó engañar y mantuvo la boca cerrada. Nunca había visto a su tío tan enojado, y su semejanza con un oso no podía ser mayor. Incluso olfateaba el aire como tal mamífero, y el color marrón de las pieles que lo cubrían acentuaba el efecto.

Alexéi no se atrevió a sugerir que regresaran. Estaba seguro de que Iván lo mataría, aun si intentaba volver solo.

Entonces lo hallaron: un rastro clarísimo, rompiendo la monotonía de la gruesa capa de nieve.

—Más vale que los lobos no se me adelanten —masculló Iván—, porque haré pagar caro a esos engendros por comerse a mis perros.

Alexéi agradeció para sus adentros no ser una de las criaturas blancas.

Ambos hombres siguieron la pista por horas, batallando con los montones de nieve que en ocasiones les llegaban a las rodillas. La helada sustancia también caía desde los árboles: una lluvia constante y molesta.

El médico empezaba a preocuparse. Daba la impresión de que la criatura se mantenía a propósito a cierta distancia de ellos, siempre la misma. Como si los estuviese guiando a alguna parte...

Los cazadores hicieron un alto para comer, sin decir palabra, y continuaron andando de igual manera. Poco después el primer hombre de las nieves apareció ante ellos. Iván y Alexéi lo observaron detenidamente desde unos arbustos.

Medía unos dos metros y medio de altura, y por lo tanto debía pesar alrededor de doscientos kilos. Su forma era básicamente humana, pero con brazos más largos de lo normal y sin orejas. Su cara recordaba la de un babuino; se movía, no obstante, como una pantera. En su mano llevaba un pedazo de carne.

Iván le hizo señas a su sobrino, indicándole que rodeara al animal: uno lo distraería y el otro le dispararía el dardo tranquilizante. Alexéi se mostró de acuerdo.

Antes de la separación ocurrió algo: la criatura se sentó y comenzó a devorar la carne con grandes y ruidosos mordiscos. En ese momento los hombres se dieron cuenta de que la carne era la pata trasera de uno de los perros, y poco faltó para que Iván, enfurecido, olvidara sus planes y liquidara a tiros a la bestia. Sólo la intervención de Alexéi evitó tal cosa; el médico retuvo a su tío por el brazo y le mostró el rifle de aire comprimido, recordándole que querían vivo al animal. Iván contuvo a duras penas sus ganas de atacar, apretando los dientes hasta que se puso violeta.

Alexéi describió un círculo alrededor de la bestia sin ser detectado. ¿Tendría mal oído la criatura? Quizás la falta de orejas y el pelo de la cabeza perjudicaban su audición...

El hombre atisbó por entre los árboles. La criatura estaba ahora de espaldas a él, ofreciéndole un blanco estupendo; si la dosis era adecuada, lo derribaría. Alexéi levantó el rifle y apuntó.

Tenía el índice en el gatillo, listo para tirar de él, cuando se armó un tremendo revuelo en el sitio donde Iván permanecía oculto: hubo rugidos, gritos, golpes y el crujido de las ramas al quebrarse. Unos segundos después, un brazo peludo rodeó el cuello de Alexéi, obligándolo a soltar el rifle.

De la nieve circundante surgieron, como por arte de magia, decenas de criaturas. A su vez, desde el bosque, se aproximaron varios animales grises: una jauría entera de lobos.

Iván y Alexéi fueron empujados hacia el lugar donde se hallaba la bestia que sostenía el pedazo de carne. El médico apenas podía respirar; su tío, por otro lado, no dejaba de retorcerse a pesar del castigo que había recibido, pero se quedó quieto cuando la criatura, con una sonrisa sanguinolenta, agitó la carne frente a su rostro y volvió a morderla en un gesto de desafío.

Iván redobló sus esfuerzos por soltarse, provocando que uno de sus captores le asestara un golpe en la nuca que lo dejó inconsciente. Los lobos quisieron entonces arrojarse sobre él, pero las criaturas se interpusieron, ordenándoles que se retiraran. Entre cuatro levantaron a los cazadores como habían hecho con los perros, y mientras era llevado a cuestas junto con su tío, Alexéi maldijo la estupidez de ambos: se habían dejado emboscar como dos palomas atolondradas... y ahora se convertirían en la cena de alguien más.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario