26 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 2/5)

A la intemperie, bajo las nevadas copas, Iván ya no necesitaba hablarles a sus perros. Alexéi lo observó mientras vagaban por el bosque, maravillándose ante el repertorio de signos que su tío empleaba para comunicarse con ambos cánidos.

—Pues sí que están entrenados —le dijo a Iván en tono de admiración.

—Son listos, muy listos. No iría a ninguna parte sin ellos.

Había tanto orgullo en las palabras del viejo que casi rayaba el amor. Alexéi supuso que eso era lo más cercano a dicha emoción que su tío podía llegar, exceptuando su afición al vodka.

Antes de partir, el médico le había echado un vistazo al cautivo. Éste se había puesto a gruñir y a dar saltos enfurecidos en su jaula, tratando de romperla. Pequeño o no, el animal tenía carácter...

Ahora los perros olfateaban la blanda nieve en busca de un olor similar al de la criaturita blanca. Por el momento no daban muestras de estar siguiendo pista alguna, pero Iván tenía fe en la capacidad de los chuchos.

—Apostaría los dedos que me quedan en los pies a que no fallarán —había dicho más temprano, y Alexéi no se atrevió a apostar en contra.

Aunque el cielo continuaba despejado, el frío era intenso. Iván y los perros parecían inmunes a él, pero Alexéi, a pesar de sus ropas, lo sintió en la piel. Debía ser una cuestión de hábitos.

De pronto los perros se excitaron y salieron disparados a toda velocidad, internándose más en la arboleda.

—¡Ja! ¡Te lo dije! —exclamó Iván, y corrió detrás de los animales. Alexéi fue tras ellos resoplando como una mula vieja. Hacía tiempo que no se ejercitaba tanto; si no moría congelado, seguramente sería bueno para su salud...

Los perros se detuvieron al borde de un círculo donde, a juzgar por las evidencias, había ocurrido una feroz pelea. Ramas rotas, huellas borrosas y manchas de sangre se mezclaban en forma caótica, y un olor como de almizcle lo impregnaba todo, tanto que aun los humanos lograron percibirlo.

Iván se adelantó, ordenando a sus perros que no se movieran. Alexéi también se quedó quieto, expectante.

—¿Qué ves? —le preguntó a su tío.

—Calla. Déjame pensar.

El viejo cazador examinó el círculo centímetro a centímetro, leyendo en él lo mismo que un libro. La expresión de su rostro cambió varias veces... y finalmente se convirtió en una mueca de contrariedad.

—Sí, ellos estuvieron aquí. Al menos dos. Pero también hay pisadas de lobos, y son más numerosas. Y éstas de aquí... son de algún ciervo solitario. Los lobos, el ciervo y los hombres de las nieves confluyeron aquí. Los depredadores se pelearon por el ciervo, y luego... luego...

Iván halló un sendero trazado por goterones rojos y marcas de arrastre. Las pisadas de las criaturas y de los lobos se confundían allí; el ermitaño las siguió mientras decía:

—Los hombres de las nieves se llevaron al ciervo y los lobos fueron en pos de ellos. ¡Ven, Alexéi! Las bestias levantaron en vilo al ciervo y siguieron caminando...

De esta manera llegaron a un río cubierto de hielo, donde las huellas y la sangre desaparecieron rápidamente.

—¡Maldición!

—Se fueron por el río para no cansarse tanto —acabó Alexéi en lugar de su tío, quien estaba demasiado enfadado como para decir otra cosa que juramentos. El viejo se calmó pronto, no obstante, y entonces anunció:

—Nosotros también iremos por el río. Mis perros descubrirán por dónde cruzaron al otro lado. ¡Adelante!

El hombre se echó a andar con un aire tan decidido que Alexéi lamentó por un instante haberse involucrado en aquella aventura. Pero la idea del dinero, quizás con un poco de fama incluida, no tardó en servirle de consuelo.

*****

Como guardia forestal, Iván disponía de varios refugios a lo largo y ancho del bosque por si una tormenta lo pillaba desprevenido. En uno de esos refugios se instalaron él y Alexéi para pasar la noche, porque habían recuperado el rastro y no querían perderlo.

La luna se ocultó y poco después empezó una nevada ligera. Por encima del susurro del viento se escucharon unos aullidos...

—Están lejos —murmuró Iván, casi dormido, ante la mirada tensa de Alexéi y el sobresalto de los perros, que levantaron sus orejas. El médico, por si acaso, verificó que su arma estuviera pronta para disparar; de paso cargó el otro rifle, éste de aire comprimido, con un potente dardo tranquilizante. Había llenado la jeringa con suficiente droga para aturdir a un león, y ahora sólo esperaba que su futura víctima no cayera muerta de un paro cardíaco o respiratorio.

Iván y uno de los perros comenzaron a roncar. Alexéi y el segundo cánido asumieron la guardia; al cabo de dos horas, la tibieza que se apoderó del refugio también le provocó sueño al hombre, quien bostezó para mantenerse despierto. El perro lo contempló con franco desdén.

—Púdrete —lo insultó Alexéi, y recostó su cabeza contra las mantas que lo envolvían.

Fue cuando ocurrió el terremoto, o más bien esto les pareció a los ocupantes del refugio, porque toda la construcción se agitó de repente amenazando con venirse abajo.

¡Crac! ¡Crrraaac!

Recién al advertir que el suelo no se movía entendieron que alguien estaba sacudiendo el refugio desde afuera. Alexéi gritó de terror, los perros ladraron, y solamente Iván, quien no pertenecía al ejército como su sobrino ni tenía la fuerza física de sus mascotas, se mantuvo en calma y alzó su rifle. Cuando vio una sombra por entre las tablas flojas, oprimió el gatillo.

Entonces ocurrió una serie de acontecimientos: un fuerte rugido siguió al estampido del arma y el refugio se desplomó cual castillo de naipes; los perros se escabulleron del desastre con ánimos de defenderse o atacar, pero los humanos, no tan ágiles, tuvieron que bregar para salir de las ruinas. Y no les resultó fácil, porque abandonar el refugio caído significaba exponerse a las garras blancas que a su vez pretendían cogerlos. Uno de los zarpazos alcanzó a Iván en el hombro y el dolor lo hizo disparar de nuevo, a ciegas.

Los perros se abalanzaron sobre los atacantes, y la escaramuza levantó tanta nieve en polvo que ninguno de los humanos pudo ver quién llevaba la ventaja. Por unos instantes reinó la confusión, un enredo en el que Iván no osó emplear su rifle por miedo a herir a sus fieles chuchos.

Unas figuras peludas, del mismo color que los alrededores, se alejaron corriendo. Dos de ellas cargaban sendos cuerpos más oscuros que ladraban y se debatían.

—¡Mis perros! ¡Devuélvanme a mis perros! —chilló Iván, rojo de furia. Sin voltearse para ver si Alexéi lo acompañaba, fue tras las criaturas con el rifle en alto e intenciones homicidas. El bosque se lo tragó en menos de un parpadeo.

—¡Iván! —lo llamó su sobrino, quien de repente se encontró solo junto al refugio destrozado. Tardó unos minutos en recuperarse, pero como no era un cobarde, al cabo de ese lapso recogió sus armas y mochila y con ayuda de una linterna siguió las huellas de su tío.

En comparación con la pelea en la que acababa de participar, el bosque estaba tan callado que su propia respiración se le antojó estruendosa. Eso sí: el frío había dejado de molestarlo. Sus sentidos no tenían más propósito que conducirlo hasta Iván, y escudriñaban el entorno para que nada lo tomara por sorpresa.

Un crujido avanzó hacia él, retrocediendo por el camino de nieve aplastada. Alexéi, rifle en mano, se colocó detrás de un árbol.

—Soy yo, estúpido —dijo el ermitaño—. Deja de esconderte como un maldito conejo y ven conmigo. Apresúrate.

Alexéi se reunió con su tío en medio de una tormenta que poco a poco se hacía más intensa.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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