25 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 1/5)

El bosque, silencioso y frío, apenas daba señales de vida en la noche invernal excepto por los árboles, que resistían estoicamente las duras condiciones climáticas. Fue por eso que la aparición de una camioneta todoterreno, desplazándose con cautela por el resbaladizo camino, resultó casi un sacrilegio; nada en tal bosque hacía pensar que los humanos fuesen bienvenidos allí.

El cielo estaba despejado y la luna brillaba redonda en lo más alto de su trayectoria. Para el conductor de la camioneta esto fue un alivio: bastante difícil era mantener el rumbo en un camino tan poco definido como para tener que hacerlo en la oscuridad. Aun así se sentía inquieto, pero por otras razones.

"Ven de inmediato. Es importante. Trae tu maletín." Esto decía el mensaje de su tío Iván, que Alexéi había pegado junto al volante. ¿Qué demonios querría el viejo guardia forestal? ¿Estaría enfermo? Pero si Iván afirmaba que era importante, debía serlo; como Alexéi bien sabía, a su tío no le agradaban las visitas y sólo toleraba la presencia de otros seres humanos cuando no tenía más remedio.

Después de sortear varios troncos caídos y un número similar de pozos, por fin avistó la cabaña en medio del claro. No era una vivienda ruinosa y precaria, sino todo lo contrario: estaba construida con la mejor madera, y en su interior no faltaban las comodidades necesarias para un aislamiento prolongado. Iván podría ser un ermitaño recalcitrante, pero de masoquista no tenía un pelo...

Sin embargo, al bajar de la camioneta y sufrir el azote del aire helado en la cara, Alexéi se preguntó una vez más qué era lo que atraía a su pariente de semejante vida. Arrebujándose en su abrigo, corrió hacia la entrada antes de que todo el calor escapara de su cuerpo.

No llegó a tocar la puerta; unos perros lo escucharon acercarse y prorrumpieron en fieros ladridos de advertencia, que por lo graves delataban su tamaño.

—Ya, ya, cállense —se oyó desde adentro, y los perros guardaron silencio. Entonces la puerta se abrió.

El viejo Iván no había cambiado mucho en los últimos diez años. Su pelo y barba tenían más canas, pero aparte de eso era el mismo hombre sólido y curtido por los elementos a quien Alexéi había visitado poco antes de enrolarse en el ejército. Sus ojos, negros y penetrantes, yacían en unas cuencas profundas, y su rostro estaba marcado por una cicatriz desde la sien izquierda hasta la comisura de la boca. Cuando sonreía, lo cual no pasaba muy a menudo, dejaba entrever numerosas coronas metálicas. En general daba la imagen de un oso malhumorado y pulguiento.

—Vamos, muchacho, ¿piensas quedarte ahí hasta que mi trasero se congele? ¡Entra ya!

Alexéi entró, y muy pronto pudo quitarse el abrigo gracias al milagro de la calefacción. La cabaña estaba sucia y desordenada y además olía a rancio; el hombre se sentó en un sofá lleno de pelos y miró con recelo a las mascotas de Iván, desconocidas para él. Eran dos chuchos inmensos de raza indefinida y expresión inteligente, pero no parecían demasiado amistosos...

—Tranquilo, no te harán nada —lo tranquilizó Iván con su voz rasposa—. Están bien entrenados, saben quién manda aquí. Ahora —continuó, tomando asiento frente a Alexéi—, ¿qué tal el viaje? ¿Algún inconveniente?

—Ninguno —respondió Alexéi con precaución. Iván no era muy afecto a las conversaciones triviales, de modo que sus preguntas debían tener un objetivo concreto.

—¿Trajiste tu maletín, como te pedí?

—Siempre lo llevo conmigo. ¿Cuál es la urgencia?

—Bueno, resulta que...

Iván se levantó de su silla y comenzó a dar vueltas por la habitación, acompañado por uno de sus perros. El otro permaneció sobre la alfombra, pendiente de Alexéi.

El ermitaño se detuvo y miró fijamente a sus sobrino.

—He descubierto algo. Algo muy... peculiar. Te lo mostraré. Como siempre, tendrás que jurar discreción.

—Por supuesto.

Y más le valía. Él conocía los secretos sucios de su tío pero éste también conocía los suyos; siendo médico, no podía arriesgar su reputación.

Iván ponderó la respuesta de su sobrino y la tomó por sincera. A continuación, y con una sonrisa enigmática, le hizo señas a Alexéi.

—Sígueme. Ustedes no —dijo a los perros, que ya se habían pegado a su amo. Alexéi notó que ambos obedecían a regañadientes; lo que Iván ocultaba, pues, debía ser de su interés.

El médico caminó tras su tío, quien se dirigió a la habitación contigua. Ahí el viejo enrolló una alfombra peluda medio comida por las polillas, dejando a la vista una puerta camuflada que no era ningún misterio para Alexéi. Dicha puerta, que era de hierro, tenía un fuerte cerrojo; el viejo lo abrió con cuidado usando la llave que pendía de su cuello.

—No hagas alboroto —le indicó a Alexéi, y bajó por la escalera. Su sobrino lo imitó, presa de la curiosidad.

Una vez abajo, Iván encendió una lamparita que iluminó tenuemente la estancia, aunque la luz fue suficiente para revelar sus contenidos: aquí y allá, en cajas y bolsas que apestaban a naftalina, el hombre guardaba sus más recientes tesoros antes de mandarlos al mercado negro. A pesar de su puesto como guardia forestal, Iván pertenecía a una red de cazadores furtivos; por tal motivo Alexéi no se sorprendió al vislumbrar, en un rincón del sótano, una piel de tigre recién tratada que relucía con la promesa de un buen negocio.

Pero el hallazgo en cuestión era otro y se encontraba al fondo del sótano, en una jaula de acero.

Al principio Alexéi pensó que era un simio, un gorila albino. Pero ¿qué hacía un gorila en plena Rusia, tan lejos de su hábitat natural? Luego, observándolo con mayor detenimiento, comprendió que aquel ser no calificaba de gorila, y quizás tampoco de primate. Lo que sí estaba claro era la edad de la criatura: muy joven, a juzgar por sus proporciones; el equivalente a un niño de seis o siete años, aunque más robusto.

Los ojos pálidos del animal le devolvieron a Alexéi una mirada vidriosa, en la que el médico reconoció la obra de algún sedante.

—¿Qué... qué es eso? —le preguntó en susurros a su tío.

—Un hombre de las nieves, sin duda. Lo atrapé hace cuatro días. Justo después te envié mi carta. Está herido, ¿ves?, y necesito que me ayudes a mantenerlo vivo.

La criatura, en efecto, mostraba severas laceraciones en su brazo derecho producidas por una de las trampas de Iván. Otras heridas de menor consideración indicaban sus esfuerzos para escapar. El pequeño era fuerte: había rayado con sus uñas los barrotes de la jaula.

—Un hombre de las nieves... —repitió Alexéi, un tanto incrédulo. Sin embargo, lo que tenía ante sí no era un producto de su imaginación.

—Tuve que darle el doble de la dosis para bajarle los humos. No dejaba de morder y patalear, y no me hacía gracia que llamara a... mamá y papá.

Iván terminó la frase riendo entre dientes. Alexéi se volteó hacia él.

—¿Los has visto?

—Todavía no. Los he estado buscando, desde luego, pero son tan escurridizos... Ni siquiera sé cuándo se mudaron aquí. Es decir, me da la impresión de que son nómadas; seguramente se amparan en el frío, y por eso el mundo ignora su existencia. Aun así, justo ayer... ah, ayer seguí el rastro de un adulto. Nunca lo tuve a menos de doscientos metros, pero puedo asegurarte que era grande.

Alexéi hizo un gesto afirmativo y una sensación familiar lo recorrió de pies a cabeza: era la codicia, que igualmente reconoció en la mirada de su tío. Señalando la jaula, dijo:

—Sujétalo para que pueda anestesiarlo y lo atenderé arriba.

*****

La criatura aún dormía cuando Alexéi la devolvió a la jaula después de vendar sus heridas. Había aprovechado para examinarla bajo los efectos de la anestesia, y aunque no sabía mucho sobre anatomía animal, concluyó que era una especie muy diferente a las actuales. Quizás se tratara de un superviviente del Pleistoceno, época de los mastodontes y otros mamíferos raros. Imposible, sin embargo, determinarlo sin un estudio genético, aunque algo sí podía dar por sentado: aquella cosa, por su dentadura, era carnívora. Tenía unos preciosos colmillos de gato y muelas bien afiladas.

El hombre de las nieves, o niño de las nieves, en este caso, se hizo una bola dentro de la jaula y empezó a chuparse el pulgar del brazo sano.

—¿Cómo lo ves? —preguntó Iván a espaldas de Alexéi.

—Diría que el pronóstico es favorable. ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Notificar a la prensa?

Iván se acarició la barba, pensativo.

—Sí... pero antes me gustaría capturar un adulto, antes de que aparezcan esos estúpidos conservacionistas y me quiten la oportunidad de las manos. Dime, ¿cuánto crees que me pagaría un coleccionista?

—Bastante —replicó Alexéi mientras se incorporaba, sacudiéndose el polvo de las rodillas.

—¿Quieres sumarte al emprendimiento, como la otra vez? ¿Setenta a treinta?

—Sesenta a cuarenta.

Iván lo consideró un instante y extendió la mano. Alexéi la estrechó, y luego ambos hombres subieron a la casa a prepararlo todo para la cacería.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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