9 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 7/7)

El viejo despertó más temprano que de costumbre a causa de los maullidos en su puerta. Restregándose los ojos y tratando de no golpearse contra los muebles en la oscuridad de su casa, se dirigió a la entrada. ¿Qué diantres querría de él un gato callejero?

Habían pasado tres días desde la masacre en la colina. Él creía todo lo que le contaron al respecto a pesar de no haber estado ahí, porque las distintas versiones formaban un conjunto coherente y nadie parecía estar exagerando los hechos... ni siquiera en referencia a los demonios, la bruja o el vampiro. Gracias a Dios, ninguno de aquellos seres volvería a hacer de las suyas.

La criatura de los ojos rojos, en cambio, había huido. El sacerdote insistía en la búsqueda, pero a estas alturas la gente del pueblo no la tomaba muy en serio al suponer que dicho engendro debía estar ya muy lejos.

Ojalá fuera así...

El hombre abrió la puerta y se enfrentó al gato que maullaba al pie de las escaleras. Era pequeño y blanco, muy bonito y con cara de hambre. Tenía un arañazo en la mejilla, producto sin duda de una pelea con otro de su especie.

Se inclinó para acariciarlo; sin embargo, todavía recordaba lo que había dicho el sacerdote acerca de que el monstruo podía disfrazarse de gato negro, por lo que decidió hacer una prueba: con dedos un poco torpes se quitó la cadena del cuello y le mostró al felino la crucecita de plata, esperando su reacción.

El gato, muy contento, se puso a manotear la cadena y la cruz igual que un bebé juguetón. ¡Qué ternura! El viejo se reprendió a sí mismo por ser tan suspicaz; era un animalito común y corriente, y además blanco. No había nada que temer. Sonriendo, le hizo un gesto de invitación.

El felino entró a la casa, olfateó los muebles y aceptó la comida que el humano le ofreció. Pero no tocó la leche; sólo devoró la carne cruda y luego limpió a lengüetazos la sangre del plato. Más tarde se tumbó en el regazo del hombre mientras éste leía un libro y le concedió el privilegio de rascarle la barbilla.

Al caer la noche, el gato salió al exterior por una ventana sin perturbar el sueño del anciano. Su pelo se había vuelto negro y sus ojos eran ahora amarillos.

Tenía sed... mucha sed... una sed tan grande que no guardaba proporción con el tamaño de su cuerpo.

El animal anduvo por las calles desiertas, alejándose lo más posible de la casa de su anfitrión porque no quería llamar la atención sobre su nueva residencia. De lo contrario, el sacerdote lo detectaría en poco tiempo, y prefería reservar ese encuentro para más adelante... cuando su poder fuera aún mayor. De ese modo aseguraría su victoria.

Una lechuza divisó al gato desde la torre de la iglesia y se le erizaron las plumas; en un callejón, ratones y ratas escaparon de él a toda velocidad, aunque el gato buscaba una presa más sustanciosa que unos raquíticos roedores. Y por fin dio con ella...

La ventana estaba cerrada, pero el gato la abrió con un roce de sus bigotes y se metió en la habitación del niño. Allí estaba él: dormido en su cama y chupándose el pulgar. Procurando no despertarlo, el gato lo observó unos momentos con el afecto de un hombre gordo ante una mesa repleta de víveres.

Enseñando unos terribles colmillos, mordió al niño en su frágil cuello, puncionándole las venas y apretando a la vez su garganta para impedirle respirar o gritar. El chiquillo despertó y sacudió sus brazos y piernas, pero era débil y la lucha no duró más de dos minutos: un lapso muy largo para el niño y demasiado corto para su asesino. Cuando el gato acabó, el pequeño cuerpo humano yacía quieto sobre las sábanas, con los labios azules, la lengua afuera y los ojos abiertos y aterrorizados.

El felino bajó de la cama. La casa seguía en silencio. ¿Cuántas personas más habría en su interior? ¡Ya que estaba ahí, debía aprovechar al máximo la visita!

La noche volvió a recibir al gato, quien había dejado atrás un hogar cuyo silencio podía calificarse ahora de sepulcral. Su barriga estaba tensa como la de una sanguijuela recién desprendida de su víctima... pero pronto tendría sed otra vez. Menos mal que el pueblo era grande.

Al pensar en todas esas personas, los ojos del gato destellaron en rojo intenso como la luna en el cielo.

Era tiempo de cazar...

Gissel Escudero

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