9 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 6/7)

Al atardecer, los sirvientes de la mansión escucharon los gritos de la multitud que se aproximaba y abandonaron sus puestos sin cobrar un centavo. Tampoco se llevaron sus pertenencias; simplemente huyeron por una puerta trasera y nadie los volvió a ver.

El gato también escuchó los gritos y comprendió su significado al instante: la fiesta había terminado.

¿O más bien acababa de iniciar?

El animal saltó de la cama y se escondió bajo un armario al tiempo que la puerta principal era derribada con un ariete. El dueño de casa también se incorporó, y aunque era un poco temprano para él, la somnolencia dejó paso enseguida a una actitud de combate. Habían venido a liquidarlo... y también a su hermana. De hecho, los gemidos de ella le indicaron que los atacantes ya la tenían en su poder.

Con un rugido que estremeció la vivienda, el hombre se precipitó fuera de la habitación para auxiliar a la mujer, olvidándose por entero del gato. Éste se debatió unos segundos en su refugio: ¿debía seguir al humano o buscar un lugar más seguro?

¡Pero qué locura! ¿Cómo iba a perderse la acción?

Procurando no ser visto, el felino se dirigió a donde los ruidos eran más intensos, esquivando peligrosas botas y objetos que caían al suelo en el fragor de la batalla. La escena que llegó a contemplar no lo decepcionó: el hombre estaba peleando con la gente del pueblo, tronchando cuellos y cortando gargantas con tal de liberar a su hermana, a quien sujetaban entre varios. La sangre cubría el piso en charcos resbalosos, había por lo menos diez cadáveres mutilados en torno al centro de la refriega, y mientras unos lidiaban con los hermanos, otros se dedicaban a romper el mobiliario y los cristales de las ventanas. Entre la muchedumbre destacaba un extranjero, a quien el gato no necesitó mirar dos veces para adivinar que era de cuidado.

La dueña de la mansión empezó a recitar, llamando a las criaturas que eran como la Cosa y otras aun más siniestras. Y las criaturas obedecieron: en el aire se abrieron decenas de ojos, todos de expresión malévola, y cada palabra del conjuro realzaba sus contornos, dibujando al fin unas monstruosidades que le ganaban en fealdad a cualquier alucinación. Las criaturas se lanzaron sobre los invasores, rápidas y deseosas de causar daño; quienes eran tocados por ellas comenzaron a morir terriblemente, sufriendo convulsiones o parálisis, dolor y combustión espontánea, o desintegrándose de afuera hacia adentro hasta convertirse en masas informes de carne humana.

El extranjero, a quien los demonios no podían herir por alguna razón desconocida, actuó para detener la masacre: un movimiento de su cuchillo cercenó la lengua de la bruja y el contrahechizo que leyó de un libro envió a las criaturas a su lugar de origen, rechinando de frustración.

Mientras tanto, los demás habitantes del pueblo habían conseguido apresar al vampiro y lo amarraron hasta inmovilizarlo por completo. Los hermanos fueron entonces empujados al exterior, y el sacerdote dio la orden de quemar la casa en su totalidad. Las antorchas prendieron fuego a las cortinas, tapices y muebles; la mansión no tardó en arder como un pajar, devorada por llamas gigantescas.

Afuera, y ante la vista del gato, los hermanos fueron aporreados sin misericordia. Para el hombre hicieron una cruz y allí lo clavaron con estacas, porque el sacerdote había dicho que sólo la luz del sol podría aniquilarlo definitivamente. A la mujer, en cambio, la desnudaron y ataron a un árbol para quemarla igual que a la casa. Aún vivía, aunque le habían roto varios huesos, y cuando el fuego envolvió su cuerpo gritó de tal manera que varios de los presentes quedaron sordos para siempre. Pero pronto dejó de gritar, y su cuerpo fue consumido por voraces llamaradas.

Aquellos que custodiaban al vampiro estaban tan distraídos mirando la ejecución de la mujer que no vieron al gato trepar por la cruz hasta la cabeza del hombre. Éste no lloraba por su hermana y menos por sí mismo; había sabido desde el comienzo que tarde o temprano moriría así. Entonces el gato rozó su cuello y bebió la sangre que le brotaba de una oreja.

El hombre no se sobresaltó cuando los dientes del felino le traspasaron la yugular, ni trató de espantar al gato. En lugar de eso, se echó a reír. El hombre rió y rió, y su risa se prolongó hasta el final. Su corazón paró de bombear, la cabeza perdió tono y se inclinó hacia adelante, y la vida que había robado de la muchacha escapó de su organismo dejándolo tan demacrado como antes.

Su risa había atraído la atención del sacerdote y otras personas, quienes no llegaron a entender por qué reía el vampiro. No obstante, sí distinguieron al gato... o mejor dicho la imagen de un ser enorme, de pelaje negro, ojos rojos y patas con siete garras, que en lo alto de la cruz lamía la sangre del difunto.

El ser bajó de la cruz y la imagen se esfumó, revelando al pequeño felino. El sacerdote advirtió el engaño y se estiró para atraparlo, y aunque el gato era ágil, la sangre lo había vuelto pesado: el hombre consiguió agarrarlo por la cola y luego de la nuca. De esta manera lo alzó hasta tenerlo cara a cara, y ambos se escudriñaron mutuamente viendo en el otro a su opuesto.

El sacerdote sacó su cuchillo para matar al felino. Éste se retorció como una anguila, bufando, y a la vez que el humano le producía un corte en la mejilla, el animal le dio un zarpazo en la frente que lo dejaría marcado por el resto de su vida. El gato consiguió zafarse de su captor y desapareció en la noche como si ésta se lo hubiese tragado. Hirviendo de cólera, el sacerdote lo buscó inútilmente por prados, bosque y callejones, explorando hasta el más mínimo rincón; recién al alba llegó a admitir su derrota, e informó a los del pueblo sobre la existencia del felino porque no podían quedar cabos sueltos.

La bruja y la mansión ya no eran más que cenizas. El sol apareció sobre las ruinas de la casa, y antes de que hubiera asomado la mitad de su circunferencia, el hombre crucificado se transformó en una pila de polvo que voló con el viento.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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