8 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 5/7)

Para los habitantes del pueblo, la desaparición de dos personas al mismo tiempo, una de ellas poco más que una niña, fue lo máximo que pudieron soportar. Tristes y enojados a la vez, se congregaron frente a la casa del alcalde exigiéndole tomar las riendas del asunto: la muchacha debía ser encontrada, viva o muerta; los demás desaparecidos merecían justicia, incluso los pobres mendigos. En los gritos y las protestas estaba implícita la amenaza de una rebelión si no se hacía algo pronto.

Como en la mansión de la colina, también en el pueblo reinaba ahora la sed: una sed de venganza.

El alcalde salió a la calle a fin de tranquilizar a la exaltada muchedumbre, pero no estaba solo. Hacía unos meses, explicó, él había enviado una carta a la ciudad, y en la ciudad se habían movido para ponerlo en contacto con las personas adecuadas. Quien se hallaba a su lado era una de esas personas, y venía con la intención de ayudar.

El aludido se adelantó unos pasos. Se trataba de un sacerdote. Haciendo un gesto con las manos, pidió tranquilidad en tono grave y conciliador. La multitud se apaciguó.

Tras medio minuto de silencio, una mujer preguntó si el sacerdote pertenecía a la Santa Inquisición. No, no pertenecía a la Santa Inquisición, replicó el sacerdote, y sí a una secta independiente, milenaria, que actuaba con el permiso de la Iglesia.

Los presentes se miraron entre sí sin saber qué pensar. El aspecto del sacerdote era un tanto sombrío, con sus ojos castaños y una espesa barba negra veteada de gris, pero aunque no medía más de cinco pies, la actitud del hombre imponía respeto. Su vestimenta dejaba entrever numerosas armas, algunas totalmente desconocidas, haciéndolo parecer más un guerrero que un eclesiástico. ¿Sería, pues, un soldado de Dios?

El sacerdote pidió ver la casa de la muchacha extraviada, y hacia allí lo condujeron entre miradas escépticas y susurros. Habrían aceptado sin titubear a un inquisidor, o por lo menos a alguien de apariencia más... convencional. Pero aquel hombre no llevaba un solo crucifijo...

Habían llegado a la casa, donde el padre de la joven se mesaba los cabellos por el dolor y la madre lloraba inconsolablemente. El sacerdote (o lo que fuera) se dirigió al dormitorio vacío y contempló unos instantes la cama sin arreglar. Entonces empezó a hablar en latín y en rumano, elevando las manos al cielo y tocando luego las sábanas en medio de rimas ininteligibles. Sin dejar de hablar, sacó de su bolsillo una pequeña botella de vidrio cuyo contenido vació sobre el colchón. El líquido humeaba; debía ser algún tipo de ácido, porque empezó a corroer la tela allí donde había caído.

Lo que pasó a continuación, sin embargo, disipó las dudas de la concurrencia sobre la capacidad del extranjero para manejar la situación. El humo del ácido formó una columna verde que se extendió por el suelo, moviéndose como un gusano en una dirección determinada. Salió de la habitación revelando a su paso dos conjuntos de huellas: las de unos pies humanos, que pertenecían a la muchacha, y las de un cuadrúpedo. Era imposible afirmar a qué animal correspondían estas últimas, porque eran del todo anormales, monstruosas; superaban en tamaño a las de un perro grande, y cada una poseía siete largas garras que en algunos lugares habían chamuscado la madera del piso.

Salían voces de las huellas... murmullos de carácter perverso.

Los presentes se apartaron del camino del humo, persignándose en señal de temor, pero el sacerdote conservó la calma como si el fenómeno fuera cosa rutina para él. Había que seguir el rastro, dijo, pues los conduciría a la fuente del poder diabólico que existía en la región. Harían falta antorchas y toda el agua bendita que estuviera disponible; el fuego y el agua se encargarían de purificar aquello que los hombres no pudiesen destruir.

A nadie le gustó en un principio la idea de enfrentarse a un poder diabólico, pero cuando el padre de la joven esgrimió un hacha, y llevándola en alto corrió detrás del humo, los ánimos se enardecieron y el valor recorrió a la multitud cual reguero de pólvora.

Aniquilarían a los culpables, oh sí... y como ya sospechaban quiénes eran, nadie se sorprendió al ver que el humo se dirigía hacia el este. Durante muchos años habían existido indicios de maldad en la vieja mansión: demasiado misterio, demasiados secretos; rumores que circulaban por el pueblo en voz baja y que sabían a ciertos.

A medida que transitaban por las calles, las personas se fueron apoderando de cuchillos, garrotes, azadones y otros elementos contundentes, y para cuando salieron al campo ya conformaban una turba enfurecida dispuesta a matar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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