8 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 4/7)

El sol se escondió tras el horizonte y con su partida cobraron vida los seres nocturnos, entre ellos el gato y el hombre en el cuarto más recóndito de la mansión. Al igual que el cielo, el gato había mudado su color pasando de blanco a negro; sus ojos eran ahora amarillos como topacios. El animal se estiró sobre la cama, prendiéndose con sus garras a las sábanas revueltas.

El humano salió muy despacio de entre las mantas, con un crujido de articulaciones y el hedor de lo que ha permanecido varios días en la tumba. Sus labios estaban retraídos en una mueca que enseñaba los dientes... ¿o sería quizás una sonrisa?

La diestra descarnada del hombre pasó sobre el cuerpo de su acompañante felino, quien se apretó contra ella ronroneando de placer. Después de todo sí había algo de amor entre aquellos dos seres, aunque fuese un amor interesado.

El hombre inclinó la cabeza hacia el animal y le dijo unas palabras al oído. El gato escuchó atentamente, comprendiendo el significado de las instrucciones, y en muda respuesta sus ojos adoptaron el color de los rubíes. ¡Eran órdenes que obedecería de muy buena gana!

El gato se marchó de la misma manera en que había entrado a la habitación y salió de la casa en dirección al pueblo. Se cruzó entonces con una figura encapuchada, y la curiosidad lo llevó a seguirla a fin de conocer sus intenciones.

La figura, una mujer, también se dirigió al pueblo, pero encontró lo que buscaba mucho antes de llegar a él. El gato la observó desde unos matorrales, quieto y callado como una estatua de bronce oscurecida por los años. ¿Se proponía ella lo que él imaginaba?

Había un indigente en el hueco de un árbol, un anciano de escasa dentadura y salud aún más precaria. Se incorporó de un salto cuando vio a la mujer, pero ella lo retuvo con el poder de su mirada. La mente débil y enferma del anciano cedió a la hipnosis; su voluntad quedó anulada ante el hechizo de la desconocida, y enseguida estuvo dispuesto a ir con ella hasta el fin del mundo.

Al gato todo esto se le antojó interesante. Era la primera vez que coincidía con la mujer en la misma tarea, y ya tenía deseos de saber qué pasaría cuando volvieran a la mansión. Pero claro, si quería llegar a tiempo debía apresurarse, de modo que hizo trotando el resto del camino.

El gato se internó en el pueblo iluminado apenas por las farolas de la calle. Muchas puertas y ventanas estaban adornadas con crucifijos: inútil defensa contra las fuerzas demoníacas. El animal entró tranquilamente a todas partes y por último escogió a su víctima del día.

La muchacha, bella e inocente cual delicada flor, dormía en su cama con una mano cerca del rostro. Tendría unos quince años y era perfecta.

El gato se tendió sobre el pecho de la joven y la mordisqueó suavemente en la base del cuello para despertarla. Cuando así sucedió, y antes de que la chica pudiera defenderse, el gato hizo lo mismo que la mujer con el mendigo: la paralizó con una mirada. Listo. Ya podía llevársela.

El animal saltó al piso y caminó hacia la puerta seguido por la muchacha sonámbula. Así salieron de la pequeña casa: ambos sobre pies descalzos, en completo silencio. Afuera no había nadie que pudiese verlos, aunque cualquier intento de rescate hubiera sido en vano; se aprendían muchos trucos en la mansión de la colina...

La joven fue tras el gato por el bosque y la pradera. Su camisón ondulaba en la brisa como el velo de un fantasma, y su cabello dorado parecía blanco bajo la luna. Una hora después llegaron al pasaje secreto, que el felino abrió con tocar únicamente el bloque de piedra que lo disimulaba. El pasaje era estrecho, de barro y ladrillo; algunas raíces asomaban de las paredes y en otros sitios caían gotas de agua sucia. Al fondo había una puerta de metal que conducía al sótano de la mansión.

El hombre los esperaba ahí, todavía solo, recostado en un antiguo sofá.

Era espantoso por donde se lo mirara. Unos pocos pelos le colgaban del apergaminado cuero cabelludo; su cara no podía ser más repugnante, con los ojos hundidos y empañados, la nariz carcomida y cientos de arrugas en la frente y las mejillas; y aunque el resto de su cuerpo estaba cubierto, lo que las ropas insinuaban era más que suficiente para causar horror.

El hombre avanzó con dificultad hasta la muchacha, quien continuaba catatónica. Él no podía verla muy bien por culpa de sus córneas opacas; sin embargo, en su rostro apareció una expresión de nostalgia al intuir que era hermosa. Con sus dedos engarfiados palpó las facciones de la joven y luego las curvas de sus hombros. De ahí las manos se desplazaron por la cintura y las caderas, y de nuevo hacia arriba para acariciar los senos. Había más que lujuria en la exploración; el hombre hubiera dado cualquier cosa por retroceder en el tiempo y poseer a la muchacha de la forma en que realmente deseaba, pero ya no le quedaba nada para entregar. Sólo la sed... y ésta no daba, recibía.

Una de las manos se apartó de la joven y aferró el cuchillo que había sobre una mesa cercana. Fue cuando ella volvió en sí.

Al ver el engendro que tenía enfrente, un grito de terror nació en el pecho de la infortunada, pero jamás llegó a salir de ahí. El hombre esgrimió el cuchillo, le abrió la garganta de un solo tajo y aplicó sus labios a la abertura para beber. La joven luchó por liberarse, llorando y golpeando con sus frágiles puños a la bestia que le arrancaba la vida con cada trago, y cuando su corazón empezó a detenerse, dejó caer los brazos y su alma se rindió al destino que le había tocado. El flujo de sangre se agotó; el cuerpo laxo de la muchacha se desplomó como una muñeca de trapo.

El hombre echó la cabeza hacia atrás, empapado en la roja sustancia que había ingerido. Poco a poco se operó la transformación: le creció una cabellera nueva, su piel se estiró y acudieron carne y grasa a rellenar los huecos donde se apreciaban los contornos del esqueleto. Unos minutos más tarde, el hombre había recobrado la apariencia de un auténtico ser vivo.

Sonrió. ¿Cómo no disfrutar el efecto de la sangre fresca? Sus bondades estaban a la vista, aunque no se reflejaran en el espejo que colgaba de una pared.

El felino se restregó contra las piernas del humano, ansioso por obtener su parte. El hombre se puso en cuclillas y le ofreció a su compañero la piel tierna del antebrazo; el gato lo mordió en la muñeca, y unidos permanecieron hasta que la otra puerta de la habitación se abrió sin previo aviso.

Era la dueña de la mansión, que había traído consigo al indigente. Al ver a la muchacha en el suelo profirió un gemido de consternación, y después, furiosa, encaró a su hermano para reprocharle su estupidez.

El gato se hizo a un lado y contempló satisfecho la situación. El hombre y su hermana estaban peleando a gritos, diciéndose una y otra vez lo que ya habían discutido hasta el cansancio en otras ocasiones. ¿Acaso no entendía la mujer que los ancianos y los enfermos no le bastaban al hombre? ¿Y no comprendía él que si seguía asesinando muchachas, tarde o temprano se enterarían los del pueblo y vendrían a cazarlo como a un animal? Luego él le espetó un insulto y ella lo abofeteó. ¡Menudo espectáculo...!

Mientras tanto, el olvidado mendigo había recuperado la conciencia, y aunque estaba loco no pudo pasar por alto el cadáver de la chica... ni el pozo abierto en el centro de la habitación. Aprovechando la distracción de los hermanos, optó por una discreta retirada...

Demasiado tarde. Imposiblemente veloz, el otro hombre abandonó la disputa y se arrojó sobre él, quebrándole la espalda por la fuerza del impacto. Pero no bebió su sangre. Era sangre vieja en un cuerpo viejo e infestado de parásitos. De muy poco le serviría, considerando además que ya había probado a la muchacha.

Los hermanos se pusieron de acuerdo temporalmente para tirar los cadáveres al pozo. Éste consistía en un agujero rodeado de inscripciones; en el fondo se veía una luz anaranjada, y desde allí surgían voces y gruñidos. Cuando los cuerpos de la joven y el mendigo desaparecieron en el hoyo, ambos sonidos fueron reemplazados por chasquidos de mandíbulas.

El gato escuchó con una mezcla de asco y fascinación. Menos mal que los habitantes del pozo no podían salir de ahí debido a las inscripciones, porque debían ser en extremo repelentes...

La mujer quiso decirle algo más a su hermano, pero él la rechazó y se fue del recinto por el pasaje secreto. El gato, en cambio, buscó un lugar mullido. Nada como una buena siesta para hacer la digestión...

(Continuará...)

Gissel Escudero

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