8 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 3/7)

Aún molesto por el puntapié, pero con un delicioso sabor cobrizo en su boca para compensar, el gato bajó las escaleras que conducían a las habitaciones subterráneas de la casa. Ahí se notaba más la falta de limpieza, ya que de todas partes colgaban telarañas; sin embargo, no era por negligencia de la servidumbre, sino por órdenes específicas de la señora en el sentido de que nadie debía perturbar el descanso de su hermano. Lo gracioso del asunto era que ningún sirviente había pensado acudir allí en primer lugar, y que el mandato de hacerlo habría provocado una renuncia inmediata.

Por el contrario, al gato le eran indiferentes las telarañas, la idea de entrar en la habitación al fondo del corredor no lo asustaba y además era bienvenido por su ocupante.

La gruesa puerta estaba atrancada. Eso no era un problema. El felino simplemente se paró ante ella, la tocó con su pata y el pestillo se corrió por sí solo, permitiéndole el acceso. Una vez que el gato estuvo adentro, la puerta se cerró sin ayuda.

El hombre (si así podía llamársele) que yacía en la cama de baldaquín apenas respiraba. Llevaba así más de una semana; ni siquiera había abierto los ojos durante ese lapso. Oculto bajo las sábanas, permanecía sumergido en un profundo sueño, y sólo su mano quedaba a la vista.

La mano era como la garra de una momia: uñas largas y amarillas, piel ulcerada que dejaba traslucir los huesos, tendones secos, pelos retorcidos y opacos. Despedía un olor a putrefacción que no le gustaba demasiado al gato, pero que solía tolerar por una cuestión de convivencia. El hombre y él no eran precisamente amigos, mucho menos amo y mascota. No obstante, existía entre ambos la conexión intensa de dos organismos en simbiosis.

No había sido así al principio, en aquel otro país. Por ese entonces el felino subsistía en una granja, alimentándose de aves y ratones igual que sus semejantes, y el hombre era un muchacho que había ido allí de visita. Una tarde, el joven compartió unos pedazos de carne con el gato y desde ese día anduvieron juntos... hasta que el muchacho cayó gravemente enfermo.

El gato recordaba muy bien el viaje a la mansión, una alocada carrera a través de valles y montañas. Una vez el carruaje estuvo muy cerca de despeñarse, y en otra ocasión las ruedas se atascaron en un lodazal. El animal permaneció todo ese tiempo junto al humano moribundo, sintiendo que la muerte se avecinaba. Era una enfermedad de los pulmones, y con cada acceso de tos, cada pico de fiebre y flema sanguinolenta, la vida escapaba un poco más del cuerpo agotado.

Llegaron a la mansión en el último minuto, literalmente. La hermana del enfermo salió a recibirlos y el muchacho fue conducido a una habitación que la mujer cerró con llave. Adentro sólo quedaron ella y su hermano... y el gato, que había logrado colarse sin ser visto.

A lo largo de esa noche, una noche que pareció eterna, la mujer vertió en los labios de su hermano varias gotas de una pócima violeta, cantando y hablando en ese idioma que al gato pronto le resultaría familiar. Lo que ella hacía mejoraba por momentos el estado del enfermo... pero se lo habían traído demasiado tarde, y finalmente expiró.

La mujer se echó a llorar con una desesperación y un abandono que llegaron a conmover al gato, a quien las penas humanas no solían afectar en lo más mínimo.

Después de un rato, la mujer dejó de llorar y en sus ojos apareció una mirada resuelta. El tono de sus cánticos varió: se hizo grave y tenebroso. Al felino le sonó como si estuviera llamando a alguien...

Entonces apareció la Cosa. Sus ojos eran rojos, olía a agua de pantano y su esencia llenó la habitación lo mismo que un gas venenoso. El gato estornudó varias veces; respirar los vapores de la Cosa producía escozor en la nariz.

La mujer sacó un puñal de su cinturón, abrió la camisa del muerto y grabó en su pecho inerte unos símbolos prohibidos. La Cosa, relamiéndose los labios con su lengua de punta doble, se metió en el humano a través de los cortes y lo llenó por completo, circulando por sus venas y arterias hasta llegar al corazón.

El órgano en silencio comenzó a palpitar de nuevo, y la Cosa salió del hombre al expulsar éste con una espiración los últimos restos de su enfermedad. Había vuelto a la vida... o algo similar.

La mujer reanudó sus cánticos y la Cosa se marchó. Pero otros seres habían despertado al escuchar sus conjuros: el gato pudo verlos a través de la ventana, flotando sobre el paisaje. Eran seres muy voraces y causaron enormes estragos.

Lentamente la calma nocturna desplazó a los espectros, que regresaron a su mundo. El joven resucitado se incorporó, tocándose el pecho herido, pero al sentirse bien de nuevo una sonrisa afloró a sus labios. Él y su hermana se abrazaron. Fue el último gesto de amor que hubo entre ellos, antes de que el muchacho descubriera en qué se había convertido.

La mente del gato volvió al presente. Bostezando se acomodó junto al hombre, cuyo cuerpo estaba frío como el de un cadáver. Se despertaría sediento, sin duda, y entonces le tocaría al animal cumplir su parte del acuerdo simbiótico.

Ocurriría esa noche, seguramente. Y, como siempre, sería muy entretenido...

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario