7 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 2/7)

Una figura blanca cruzó el terreno de la mansión y entró a la misma de un salto, animando por un momento el lánguido terciopelo que separaba la luz diurna de la penumbra interior. Aun en la oscuridad el pelaje del gato relumbraba como si hubiera quedado impregnado de sol; sus ojos azules, por otro lado, contrastaban con el descolorido ambiente. Había una gran inteligencia en su mirada y se movía con aires de superioridad.

El pequeño animal recorrió las diversas habitaciones y pasillos, topándose en el camino con unos pocos sirvientes que lo ignoraron por completo, acostumbrados a su presencia. Además, tenían otras preocupaciones... asuntos de vida o muerte, quizás. Sí, se respiraba un aire de tragedia en aquella triste mansión, una tragedia que venía gestándose como un embrión deforme y que estaba próxima a acontecer. Los sirvientes lo sabían; el gato podía adivinarlo en sus gestos cotidianos.

Él tenía una mejor idea de lo que estaba ocurriendo... pero no le importaba. Era uno de esos seres afortunados que viven para sí mismos y que siempre logran escapar de cualquier embrollo, por complicado que sea.

Había vuelto a la casa porque era la hora de su siesta. A ver, ¿dónde dormiría? Arriba, tal vez, en algún cuarto vacío donde alguien se hubiera olvidado de cerrar las cortinas. Un sitio solitario y caliente...

El gato subió las escaleras imprimiendo en el polvo sus huellas redondas. Al cabo de un rato encontró una habitación iluminada... pero ya había alguien adentro. Era la dueña de la mansión. La mujer estaba de pie con la vista fija en el pueblo, en actitud reflexiva; las manos apoyadas en el alféizar, contraídas, y la tensión de su bello rostro delataban una gran ansiedad mental. Tenía una cabellera corta que la hacía parecer aun más alta y delgada.

En torno a ella revoloteaban unas voces que sólo el gato podía oír. Voces hablando un idioma ajeno a los simples mortales.

Sin una pizca de temor, el animal caminó hacia la mujer y se frotó contra su pierna, ronroneando. Ella lo acarició en el lomo y la cabeza, suavemente; ah, qué agradable era aquello. El contacto con la piel joven, el roce de los dedos, el olor de...

En un movimiento repentino, el gato mordió la mano que lo acariciaba en la parte carnosa bajo el pulgar. La mujer retrocedió con un pequeño grito.

Tres gotas de sangre cayeron al piso, tres monedas rojas que se expandieron sobre la madera. El gato las recogió con su lengua áspera, ronroneando más que antes.

La mujer entornó los párpados, suspicaz, y luego le propinó al felino un puntapié que lo hizo saltar medio metro hacia arriba y aterrizar de mala manera contra la pared. El animal, ileso pero enfadado, se incorporó y le siseó a su atacante. Por un instante sus ojos se tornaron del mismo color de la sangre que acababa de beber, arrojando chispas de furia como metal encendido. Ella lo amenazó nuevamente y el gato se retiró por donde había llegado.

La dueña de la mansión envolvió su mano en un pañuelo, susurrando en un lenguaje que el gato habría reconocido fácilmente. Cuando retiró el pañuelo, sus heridas habían desaparecido.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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