7 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 1/7)

Dedico esta historia a mis amigas de Facebook María Martínez y Cristina Roswell, ya que les gusta escribir sobre vampiros :-) Hagan clic en sus nombres para leer sus respectivos blogs y saber más de ellas.

Faltaban aún cinco noches para la luna llena, pero el satélite ya relucía en lo alto opacando los demás astros. El bosque, plateado y frío, estaba en silencio excepto por los ruidos que hacía una liebre al masticar la hierba mojada de rocío. Era un poco tarde para estar afuera, pero el animal confiaba en su camuflaje y velocidad para mantenerse a salvo de los búhos y otros depredadores.

Uno de ellos, sin embargo, ya lo tenía a su alcance. El destino había marcado esa hora como la última del incauto herbívoro. Y su agonía sería violenta...

La brisa cambió de dirección llevando hasta la nariz de la liebre el olor de su enemigo. El animal reaccionó por instinto, escabulléndose rápidamente hacia unos arbustos, y en el lugar donde había estado un segundo antes cayó otro animal, uno de blancos colmillos, pelaje negro y ojos rojos que brillaban en la oscuridad. No hizo ruido al caer; se movía con el sigilo de la muerte que sorprende a su víctima durante el sueño. Sus ojos, sin embargo, se encendieron de rabia al perder de vista su objetivo, y como llamas rastrearon las sombras hasta localizarlo.

Allí estaba, entre unas matas espinosas. Su corazón latía a toda velocidad, aunque el resto del animal no se moviera en absoluto. Pero la parálisis del herbívoro no era suficiente para ocultarlo, porque el sonido de la sangre en sus venas lo delataba.

La criatura negra rodeó los arbustos. En su hocico lucía una especie de sonrisa traviesa y su rabo se azotaba de un lado a otro. La liebre no volvería a escapársele, nada escapaba de sus garras una vez que había decidido quién sería su cena.

Relamiéndose por anticipado, se internó en los arbustos y avanzó hacia la liebre, indiferente a los rasguños que las espinas dejaban en su piel. Centímetro a centímetro se deslizó como una serpiente, y cuando tuvo bastante cerca al lepórido alargó una pata y le propinó un zarpazo que llegó hasta los músculos del animal.

La liebre saltó de dolor. Asustada, salió a campo abierto con la esperanza de burlar a su perseguidor en una veloz carrera.

Vana esperanza, no obstante.

El herbívoro corrió y corrió, brincando con sus peludos pies sobre el terreno. Un zorro, un perro, incluso una lechuza en vuelo habrían quedado atrás de inmediato, pero la criatura de ardientes ojos era mucho más ágil y la liebre pronto sintió su mirada en la nuca.

De repente la tuvo frente a sí. Los dos seres se contemplaron un momento, pupilas verticales clavadas en pupilas redondas, y a pesar de su intelecto primitivo, la liebre comprendió que el otro ser era una aberración de la naturaleza. Su pequeña mente se llenó de terror, un terror agudo que la hizo voltearse y correr en otra dirección aun sabiendo que en realidad estaba condenada.

Una y otra vez el herbívoro huyó, y una y otra vez su enemigo se le plantó adelante, rápido e incansable. Era un juego cruel.

Finalmente la criatura negra apresó al lepórido, sujetándolo igual que a un pez con sus garras como anzuelos. Los esfuerzos del animal por soltarse le causaron diversión, así que lo dejó continuar a gusto, viendo cómo sus uñas rascaban el suelo en un pataleo desesperado. La lucha fue percibida incluso por los animales en sus madrigueras, cuyos cerebros dormidos comenzaron a elaborar pesadillas en las que ellos mismos eran cazados y devorados.

En el exterior, la criatura de los ojos rojos trepó sobre la liebre hasta arrojarle su aliento en los oídos. Permaneció así un instante, solazándose en el miedo de su víctima, y por último le desgarró el cuello con los dientes. La sangre brotó en surtidor de los vasos abiertos y fue a parar a su lengua, que lamió cada gota del líquido. La vida de la liebre se extinguió en unos labios sedientos.

El pataleo cesó; todas las funciones del herbívoro cesaron. Pero el animal no murió en paz: hasta el postrero aliento y más allá, su cara reflejó el temor que le infundía su asesino, con los incisivos expuestos en una mueca y los globos oculares a punto de saltar de sus órbitas. Sólo la descomposición borraría aquella terrible expresión de angustia.

La criatura se retiró, satisfecha... por ahora.

*****

Era una hermosa mañana: cielo claro, sol radiante y unas pocas nubes desfilando como borregos solitarios. No eran las condiciones más adecuadas para alentar pensamientos lúgubres; sin embargo, lo improbable sucedió.

Había un hombre caminando por el campo. Era viejo, pero su espalda aún se mantenía derecha y sus pasos no mostraban signos de debilidad. De su cuello colgaba una crucecita de plata, que solía tocar con sus manos cuando algo lo inquietaba. Y esa mañana, justamente, encontró durante su paseo un motivo de inquietud. Tropezó con ello en medio de la pradera que rodeaba el bosque, y por un buen rato permaneció inmóvil, meditando sobre su hallazgo.

A sus pies yacía el cadáver de una liebre, intacto salvo por las hormigas que empezaban a dar cuenta de su carne y por una fea herida en el cogote.

Marcas de dientes sobre la yugular...

El viejo se llevó instintivamente la diestra a su cruz de plata. Jamás había sido un hombre devoto, pero desde hacía unos años recurría cada vez más al símbolo religioso.

Desde el comienzo de las desapariciones, para ser exactos.

Se habían esfumado ya unas veinte personas durante el último lustro, sin dejar una sola pista detrás. La mayor parte eran mendigos o borrachos, pero varias muchachas jóvenes se contaban también en el grupo, criaturas cuya pérdida significaba un gran dolor para sus familias y la población en general.

Las desapariciones habían comenzado después de aquella noche tan extraña en la que se habían visto luces fantasmales por el pueblo y sus alrededores. Esa noche enfermaron todos los niños de pecho y los cultivos sucumbieron a merced de una plaga u otra.

Sin soltar la cruz, el hombre se volteó hacia el este. Allí, sobre una colina, se erguía la mansión: una silueta gris rodeada de pasto seco y árboles de formas tortuosas. Todas sus cortinas estaban cerradas a pesar del buen tiempo.

Una mujer y su hermano vivían ahí, más media docena de sirvientes que rara vez hablaban cuando iban de compras al pueblo. Conformaban un dúo misterioso, los dueños de la mansión; de ella se decía que coleccionaba libros de ocultismo, y de él que nunca salía mientras brillara el sol. Sus padres habían muerto a causa de un rayo que golpeó su carruaje el día que decidieron marcharse de la casa para no volver.

El viejo posó nuevamente sus ojos sobre la liebre, recordando antiguas supersticiones. Había seres que sólo salían de noche... y que bebían sangre para subsistir.

Tendría que informar al alcalde sobre esto. Al alcalde... y a la Iglesia.

Sí, ya era hora de erradicar el mal que habitaba en la colina.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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