21 de noviembre de 2011

Feliz cumpleaños, hijo querido

Para Larissa y Tristán.

Tienes que dejarlo ir. Era la frase que Laura más detestaba, y la razón por la que acababa de tachar otro nombre en su lista. No le guardaba rencor a nadie por decirla, pero... era ella quien tenía que decidirlo, y su corazón apuntaba en la dirección contraria. ¿Y cómo podía ser de otra manera? Cuando alguien te arrebata lo más precioso que tienes, algo que para ti significa más que el aire o la luz, ¿no es natural que quieras aferrarte a ello hasta el final? Laura así lo pensaba.

Lo había intentado, sin embargo. No el primer año, cuando la pena era tan grande que lo veía todo gris incluso en los días soleados, pero sí los tres años siguientes, y siempre con el mismo resultado: el dolor no se iba, ni los recuerdos, ni el vacío que había quedado dentro de ella después del fatídico día. Había cosas que simplemente no se podían olvidar. El amor era más fuerte que la voluntad propia y las buenas intenciones ajenas.

Laura estaba a punto de marcar otro número cuando sonó el timbre de su puerta. La joven fue a abrir.

—Hola, amiga —saludó Mariluz, exhibiendo la sonrisa amigable que la caracterizaba—. Traje el pastel que prometí, recién hecho. Creo que todavía está un poco tibio.

—Hola, Mari, pasa. ¡Y gracias por el pastel! Tendré que ponerlo en el refri para mañana, ¿no?

—Exacto. Así quedará en su punto.

—¿Puedo verlo? ¿O quieres que sea una sorpresa?

—Adelante.

Mariluz depositó la bandeja en la mesa y Laura quitó la tapa. La decoración era hermosa: cobertura de chocolate, pequeñas flores de azúcar y un dibujo de ponis sobre las palabras "Feliz Cumpleaños Tomasito". Sin velas.

—Oh, está perfecto. ¡Me encanta! Gracias, gracias, gracias.

Laura le dio un beso a su amiga.

—Me alegra que te guste —replicó Mariluz—. Si vamos a hacer esto, vamos a hacerlo bien, ¿cierto?

—Cierto.

Mariluz sostuvo unos segundos la mano de su amiga, y la sonrisa en su cara dejó paso a una expresión más seria.

—Estás segura, ¿verdad? Ya te he visto sufrir tanto...

—Sí, estoy segura. Tengo que hacer esto. Ya sabes lo que creo.

—Sí, lo sé. —Mariluz sonrió de nuevo—. Entonces, ¿a qué hora será la fiesta?

Las dos mujeres rieron.

—A las siete —contestó Laura—. ¿Podrás llegar a tiempo?

—Claro que sí. Bueno, siempre y cuando ninguna de mis pacientes decida parir fuera de fecha. Algunas tienen la mala costumbre de arruinar mis planes...

—Si eso pasa, al menos quiero fotos del recién nacido, para compensar.

—Trato hecho. Me voy al hospital ahora, que se me hace tarde.

—Y yo tengo que seguir llamando por teléfono. Aunque ya no sé si quiero que venga más gente. Podría comerme ese pastel yo sola...

—¡No te atrevas! Me pasé toda la mañana haciéndolo y yo también quiero probarlo. Mmm, podrías no llamar a todos los demás... —Mariluz cambió de tono por segunda vez—. A él no lo vas a llamar, supongo.

—Ya sabes que no. ¿Y por qué iba a querer venir, de todas maneras? Nuestro hijo sólo era una obligación para él. Viste lo rápido que se esfumó después del accidente.

—Lo siento. No debí mencionarlo.

—No te preocupes, hace rato que no me importa.

—Así se habla. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

Mariluz subió a su auto y saludó con la mano antes de arrancar. Laura se quedó en la puerta un buen rato. La reconfortaba saber que por lo menos había una persona capaz de entender lo que ella sentía y que además no la juzgaba por eso. Mariluz nunca le había insinuado siquiera que dejara ir lo que Laura consideraba el pedazo más grande de su alma.

Todavía en la puerta, cerró los ojos y aspiró hondo, aferrándose al marco para no caer. De pronto los ruidos de la calle habían agitado esos recuerdos que ella sí deseaba borrar de su mente: la visión del automóvil avanzando hacia ella, el aguijonazo de horror al anticipar lo que vendría a continuación, incluso la mirada estúpida del conductor mientras soltaba su teléfono y giraba el volante a fin de evitar el choque. Laura recordaba haberse protegido el vientre con ambas manos, aunque no le había servido de nada. Hubiera dado cualquier cosa por volver atrás y cambiar lo sucedido, decirse a sí misma que no confiara en la luz verde del semáforo porque no todo el mundo respetaba las leyes de tránsito. Lástima que no fuera posible viajar en el tiempo. Lástima que no pudiera salvar a su hijo para celebrar su cumpleaños con él presente.

Superado el momento de angustia, Laura cerró la puerta y volvió al teléfono. No le quedaban muchas llamadas por hacer. Tal vez consiguiera un par de invitados más para la fiesta... sobre todo si les mencionaba lo del pastel.

Mientras marcaba los últimos números, Laura contempló la imagen impresa que había enmarcado y puesto en una pared de la sala. Era lo más cercano que tenía a una foto de su hijo: una captura de la última ecografía antes del accidente, tomada por Mariluz en el hospital. Ahora que lo pensaba, su amiga también era la única que no llamaba "embriones" ni "fetos" a sus diminutos pacientes no nacidos; los llamaba "bebés en camino", o se refería a ellos directamente por los nombres que sus padres hubieran decidido. Era por eso que Mariluz entendía: su trabajo era cuidar esas pequeñas vidas desde el principio y asegurarse de que fueran amadas incluso antes de tener una cara.

Después del accidente, Mariluz había llorado con ella tras informarle que su Tomasito ya no vivía.

Finalmente la lista de invitados estuvo completa. O la lista de posibles invitados, más bien. Laura aún no estaba segura de que fueran a presentarse todos los que le habían dicho que sí. Tal vez decidieran en el último momento que no debían "seguirle la corriente en sus locas fantasías" o algo así. Pero a Laura ya no le afectaba que le dijeran esas barbaridades de frente o a sus espaldas. Sabía que estaba perfectamente cuerda. Ella había querido a su hijo desde su concepción, y el hecho de que no hubiera llegado a nacer no cambiaba nada. Él estaba en el cielo y ella iba a celebrar su cumpleaños en la fecha que más o menos le habían calculado para el parto. No era un acto de locura, sino de amor. Y que los demás pensaran lo que les diera la gana.

Laura pasó el resto de la tarde haciendo bocadillos para la fiesta. Tenía por acompañamiento el canto de los pájaros que revoloteaban por su pequeño jardín, muchos de ellos en pleno cortejo primaveral. Si el día siguiente era igual de bonito y soleado, sería una fiesta de cumpleaños perfecta.

Volvió a sonar el timbre de su casa. ¿Quién podía ser ahora? No esperaba a nadie más...

Al abrir la puerta, por un instante la joven se quedó sin aliento: de pie en el umbral se hallaba el hombre más hermoso que hubiera visto en toda su vida. No había nada fuera de lo normal en sus facciones, pero la expresión en su rostro era tan bondadosa que lo iluminaba por entero, haciéndolo resplandecer como los árboles y las flores en el jardín. Un chiquillo lo acompañaba. No debía tener más de cinco años, y su mirada inocente y pura también cortaba la respiración.

—Buenas tardes —dijo el hombre—. Mi auto acaba de estropearse y estamos esperando a que lo vengan a buscar. ¿Podría darle un vaso de agua a mi pequeño amigo?

A Laura le costó responder la pregunta. Se había quedado sin habla.

—Eh... sí... Un vaso de agua. Claro.

La joven dio media vuelta y se dirigió a la cocina; luego se percató de que había dejado la puerta abierta frente a un completo desconocido, pero en lugar de retroceder para cerrarla hizo algo todavía menos acostumbrado: les indicó al hombre y al niño que pasaran al interior de la casa.

—Siéntense por ahí —dijo ella—. Enseguida vuelvo.

¿Qué rayos le pasaba? De pronto sentía como si estuviera en las nubes, y ni siquiera se fijó en lo que hacía. Llenó un vaso con agua en forma automática, y de igual manera volvió a la sala.

—Aquí tienes, corazón —dijo Laura, y el niño le dedicó una sonrisa tan tierna que lo hizo parecer un angelito de pintura renacentista.

—¿Interrumpimos algo? —preguntó el hombre, señalando el paquete de globos y otras decoraciones que había en la mesa.

—No se preocupe. Estaba preparando una fiesta de cumpleaños, pero será mañana.

—Para un niño, supongo. O una niña.

—Un niño. Mi hijo. Cumplirá cinco años.

—Igual que mi pequeño amigo —dijo el hombre—. Justamente íbamos a su propia fiesta.

—¿En serio? ¡Qué coincidencia! —Laura se dirigió al niño, quien ya estaba terminando de beberse el agua—: ¿Te gustaría llevarte un globo, corazón? Tengo muchos.

El chiquillo aintió, siempre con la sonrisa tierna en sus labios. En verdad era un encanto, pensó Laura, sacando del paquete el globo más colorido. Lo infló en pocos segundos, le puso un cordel y se lo entregó al niño, quien a su vez le devolvió el vaso.

—Gracias —dijo el chiquillo—. ¿Puedo ir al baño?

—Claro que sí, tesoro. Está por allá, en la puerta que tiene el dibujo de un pez.

Laura asumió que el hombre se levantaría para acompañarlo, pero el niño marchó al baño él solito, muy confiado.

—Parece muy inteligente —observó la joven.

—Lo es —replicó el hombre—. Es el niño más inteligente y más cariñoso que he tenido que cuidar.

—¿A eso se dedica?

—Sí. Yo cuido a los niños que por un tiempo no pueden estar con sus padres, hasta que los padres por fin se reúnen con ellos.

A Laura le pareció una respuesta muy extraña, especialmente por el tono en que fue dicha. Pero todo en aquel hombre resultaba muy extraño.

—¿Usted viene de otro país? —inquirió la joven.

—Algo así. ¿A qué hora vendrá a casa su hijo? Sería lindo que mi amigo lo conociera.

Laura no estaba preparada para eso. Tardó bastante en responder, porque no quería mentirle a aquel hombre pero tampoco le resultaba fácil decirle la verdad sobre su hijo a un desconocido. La voz le tembló un poco al contestar:

—Él... no va a venir. Murió antes de nacer por un accidente de tráfico. Pero sé que está con Dios, así que voy a hacerle la fiesta para que la vea y sepa que no lo he olvidado.

Laura no desvió la mirada del hombre. Que frunciera el ceño, si quería, tal como la joven había visto hacer a muchas personas que no se molestaban en entenderla. El hombre, sin embargo, se limitó a asentir. La expresión en su rostro era de compasión.

—Lamento escuchar que su hijo murió —dijo él poco después—. Aunque si está con Dios, no podemos decir que haya muerto, ¿verdad?

—¿Entonces me comprende?

—La comprendo mucho mejor de lo que podría imaginar.

En el cuarto de baño se escuchó el sonido de la cadena y luego el del lavabo. Después se oyó el chasquido de la puerta... pero el niño no volvió a la sala. Pasaron varios minutos sin novedades.

—¿Por qué no va a buscar a mi amiguito? —le dijo el hombre a Laura—. Me da la impresión de que se ha entretenido por ahí. Es un poquito travieso.

Sintiéndose de nuevo como en las nubes, o quizás en un sueño, Laura caminó por el pasillo examinando las habitaciones. El niño no estaba en la cocina, tampoco en el baño ni en el cuarto de invitados. Sólo quedaba un lugar: el dormitorio de ella, detrás de la puerta entornada. Laura entró a la habitación conteniendo el aliento, porque de pronto tenía la sensación de que algo extraordinario, algo mágico y maravilloso, estaba a punto de suceder.

La joven coleccionaba animales de peluche y solía poner sus favoritos sobre la cama. Ahí se encontraba el niño, y tenía en sus brazos un unicornio blanco con pezuñas y cuerno de tela dorada. Laura empezó a llorar sin darse cuenta. ¿Por qué, entre todos los animales de peluche en la habitación, el niño había elegido precisamente el que más significado tenía para ella, y justo en ese día? ¿Podían existir semejantes coincidencias? Las manos del niño acariciaban las suaves crines del unicornio.

—¿Te... te gusta? —balbuceó la joven. El niño asintió. Laura se sentó junto a él en la cama—. Es muy especial. Se llama Alegre.

El niño no contestó. De pronto miraba a Laura con unos ojos muy grandes y dulces, pero algo tristes a la vez. Tocó una mejilla de la joven para secar las lágrimas que ella no había notado aún.

—¿Es verdad que hoy es tu cumpleaños? —preguntó la joven.

—Sí. Y yo quería estar con mi mamá. Por eso el señor brillante me dejó venir. Dijo que ella me extrañaba mucho.

—¿Señor brillante? ¿El hombre que te trajo aquí?

—No. Él me cuida a mí. El señor brillante nos cuida a todos, también a mi mamá.

Laura sintió un nudo en la garganta. Quería decir algo pero no sabía qué, y cerró los ojos un momento tratando de ordenar la confusión en su cabeza. Una parte de ella, la parte racional, suponía que el niño estaba hablando del director de un orfanato o algo así, pero otra parte aún más profunda, una que vivía en su corazón, le decía algo muy diferente. Laura abrió los ojos. Ella había imaginado cómo sería su Tomasito: sus ojos, su nariz, su boca, el color de su pelo. Mariluz la había ayudado con eso, sabiendo cuáles eran los rasgos más heredables.

El niño que Laura tenía enfrente se parecía mucho a la imagen que ella había creado de su propio hijo.

Laura abrazó al niño y él le echó los brazos al cuello. Estuvieron así un buen rato, sin hablar, y la joven deseó que ese instante durara para siempre. Podía escuchar los latidos del pequeño y fuerte corazón junto a ella, y sentir las manitos cálidas enredadas en su pelo. Era tan hermoso como lo había soñado.

—Mi padre no suele permitir que yo haga esto —dijo el hombre desde la puerta—. Pero tu amor y tu fe son tan profundos que me dio permiso de hacer una excepción.

—¿Puede... puede quedarse conmigo? —preguntó Laura entre sollozos.

—Sólo este día. Y nadie más debe saberlo.

—Claro. Son las reglas, ¿no? —La joven se las arregló para componer una sonrisa, enjugando sus lágrimas—. Pero un día está bien. Ya es más de lo que había tenido hasta ahora, y doy las gracias por eso.

El hombre devolvió la sonrisa y añadió:

—Él hubiera nacido en esta fecha.

—¿Ah, sí? —Laura se separó de su hijo y le dio un beso en la frente—. Feliz cumpleaños, mi Tomasito. ¿Vamos a celebrar? Una amiga mía hizo un pastel. Puedes traer a Alegre si quieres. No sé si lo sabes, pero lo había comprado para cuando nacieras. Por eso dije que era especial.

—Sí, lo sabía, mami. Te quiero.

La sonrisa de Laura se hizo más amplia, y volvió a estrechar a su hijo acariciándole la cabeza y la espalda como si pudiera fundirse con él. Seguía llorando, pero nunca se había sentido más feliz.

—Yo también te quiero, hijo mío. Te quiero más que nada, mi tesoro.

*****

Mariluz fue la primera en aparecer al día siguiente, vestida para la ocasión y trayendo las bebidas que había prometido. Encontró las decoraciones en su sitio... y un pastel diferente sobre la mesa.

—¡Eh!, ¿qué pasó con el mío? —preguntó ella después de saludar.

—No te preocupes, te guardé un pedazo bien grande —respondió Laura—. Es que ayer tuve unas visitas inesperadas. A un hombre se le rompió el auto, y justo iba con un niño que también cumplía años.

—Oh. Bueno.

—No estás enojada, ¿verdad?

—Oh, no. No te preocupes. ¿Estaba bueno el pastel?

—Te quedó delicioso. Hazme acordar de darte tu porción cuando te vayas.

—Está bien. Me alegra verte tan contenta, por cierto. Imagino que la pasaron bien.

—Fue genial. Ese niño era un verdadero angelito. —Laura sonrió como si acabara de hacer alguna especie de broma—. Por favor, pon las bebidas en el refri para que no se calienten. Varios invitados me llamaron esta mañana para confirmar que vendrían, ¿no es grandioso? Espérame aquí, voy a cambiarme.

—De acuerdo —respondió Mariluz, y enarcó las cejas mientras veía a su amiga alejarse por el pasillo. Había algo raro en su actitud, pero no sabía qué. Daba igual, supuso, y se dirigió a la cocina para guardar las botellas. Sería una fiesta estupenda, se dijo; una celebración de la vida y el amor que sobrevive a todo. La alegraba que Laura fuera feliz.

Mariluz cerró la puerta del refrigerador, y por un instante se quedó mirando las dos hojas de papel que había pegadas ahí con sendos imanes: una era el dibujo infantil de una mujer y un niño, tomados de la mano y flotando entre las nubes, y en la otra se veía la impresión de dos palmas, una grande y una pequeña, rodeadas por un corazón.

Afuera de la casa, los pájaros cantaban como un coro celestial.

Gissel Escudero

Larissa Orellana es mi amiga y también fundadora de Primavida Fundación, que ella define de esta manera:

Primavida es una fundación sin ánimos de lucro, apolítica y pro vida. Cabe aclarar que es ajena a los exabruptos comúnmente usados para defender dicha posición. Salvar vidas es una labor que pide alejarse para siempre de la violencia, a fin de manifestarse con la ternura y la pureza del amor.

[...]

La fundación ha sido creada por Larissa Orellana, quien es cristiana evangélica. Primavida incluye el mensaje bíblico. Sin embargo, no excluye a nadie que desee acercarse teniendo otras creencias.

[...]

El aborto lastima profundamente el alma de las mujeres, incluso cuando ellas se sentían seguras de su decisión. La fundación quiere ayudarlas e invitarlas a ayudar. Si estás embarazada en medio de una situación difícil, acércate a Primavida. Nadie levantará juicio en contra tuya. Se respetará tu intimidad.

En caso de que estés arrepentida por el aborto que te practicaste, no dudes en acercarte a Primavida. No serás criticada. No serás ofendida. Recibirás ayuda y podrás, tú misma, convertirte en abrazo para otras mujeres que están atravesando la situación espinosa que ya conoces.


Apoyo completamente la labor de Primavida Fundación. Espero que ustedes también :-)

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