2 de noviembre de 2011

El faro (parte 8/8)

Horacio y Amalia Montes llegaron al faro poco después del amanecer. Casi no hablaron por el camino: estaban demasiado preocupados. La tormenta no sólo había sido terrible, sino que el faro se había apagado una vez durante la jornada... indicio seguro de problemas graves. Por si fuera poco, lo que les habían dicho en el puesto de vigilancia no hizo más acrecentar su nerviosismo.

La campiña que precedía el faro lucía devastada: arbustos arrancados de cuajo, piedras vueltas del revés, barro... y muchas huellas. Pero el faro en sí estaba intacto, y sentado en la puerta se hallaba el hombre de la pata de palo.

No había señales de Pedro. Amalia retorció la falda de su vestido al tiempo que Horacio paraba el carro.

—Vaya noche, ¿eh? —dijo Lucio mientras cojeaba hacia ellos—. Espero que no vuelva a repetirse. ¿Cómo os fue en la ciudad?

Sobre el garfio del viejo había una espantosa alimaña peluda con un vendaje alrededor del cuerpo. Horacio respondió la pregunta sin apartar la mirada del bicho, cuyos ojos azules llamaban mucho la atención.

—El viento ocasionó unos cuantos desperfectos. Nada más. Pero en el puesto de vigilancia por el que pasamos nos informaron que apareció un... ya sabe, de ésos que se pegan con los dedos.

—¡Ah, sí! Un dacrî. Son muy comunes.

—Ajá. Bueno, pues resulta que tuvieron que matarlo. Fue el único incidente.

—Tuvieron suerte, entonces. Aquí la cosa estuvo fea. Pero recuerdo una vez...

—Por favor —lo interrumpió Amalia en un tono que delataba su angustia—, ¿dónde está mi hijo?

—¿El muchacho? Él...

Desde el faro se oyó una voz juvenil.

—¡Mamá! ¡Papá!

Pedro corrió hacia sus padres, quienes lo recibieron con los brazos abiertos. El chico estaba sucio, olía mal y tenía numerosas cortadas y moretones, pero era su hijo, y tanto Amalia como Horacio suspiraron de alivio al constatar que no había sufrido daños de consideración.

El muchacho levantó la cara del hombro de su madre. Ahora había dos surcos pálidos en sus mejillas, que la mujer secó amorosamente con su pañuelo.

—¿Cómo te encuentras, hijo? —preguntó Horacio. Quiso sonar serio e indiferente, pero la voz le temblaba. El chico, sin embargo, no se dio cuenta.

—Bien —respondió—. ¿Ya puedo regresar a casa?

El hombre pasó la mano por la cabeza de su hijo.

—Claro que puedes volver.

—Si prometes portarte como es debido, naturalmente —agregó Lucio. Detestaba cuando los padres se ponían sentimentales; eran capaces de echarlo todo a perder.

Pedro se estremeció y escondió el rostro en el pecho de Horacio, aunque era casi tan alto como él.

—Lo prometo. Lo prometo —dijo—. ¿Nos vamos ya?

—Sube al carro, Pedro.

El muchacho no se hizo repetir la orden.

Mientras Lucio le entregaba a la pareja la bolsa que el chico había olvidado en su afán por marcharse, dejó escapar una especie de graznido triste.

—Trabajó muy bien anoche —susurró—. Mejor que la mayoría. Diría que ha aprendido su lección... lo cual significa no volveré a verlo por estos rumbos. Qué pena.

El viejo se enderezó y cambió su actitud melancólica por una menos cordial.

—Pero no le digáis nada de esto, ¿entendido? ¡Lo que menos me conviene es que se piense de mí que me agradan los mequetrefes!

Horacio asintió con la cabeza. Él y Amalia se despidieron brevemente antes de subir al carro, pero antes de que éste se alejara hacia el horizonte, Pedro se dio vuelta y alzó una mano para saludar a Lucio, quien correspondió al gesto con su diestra. El hombre no sonreía... por muy poco.

—Mira nada más —le dijo a Ruco—. ¡Tal vez sí venga de visita después de todo!

Una silueta gris se cruzó con el carro en movimiento, dio unas vueltas alrededor del prisma de cristal y aterrizó a los pies de Lucio.

—¡Hola, Grak! ¡Ya era hora de que volvieras! Colega, te presento a Ruco.

Ambos animales se contemplaron de manera hostil y demostraron su desagrado erizando pelos y plumas.

—Creo que éste será el comienzo de una hermosa relación —sentenció el viejo, y atravesó la puerta del faro silbando para sí.

Gissel Escudero

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