2 de noviembre de 2011

El faro (parte 7/8)

En el corazón del acantilado reinaba la violencia. Las criaturas se gruñían unas a otras y luchaban por los escasos restos de basura... o de algún congénere recién abatido por los dos humanos. Cada una de las monstruosidades evitaba ponerse al alcance de las armas de fuego, esperando al mismo tiempo que la muerte le llegara a alguien más. Llegó el momento, sin embargo, en que sólo quedaron partículas de alimento, aprovechables únicamente por los bichos similares a ratas. Los animales grandes comenzaron entonces a comerse a estos últimos, quienes al darse cuenta del peligro huyeron en desbandada o se escondieron en las grietas de las paredes.

Habían transcurrido quizás un par de horas desde el incidente en lo alto del faro. Pedro recién estaba saliendo de su conmoción, y al fijarse en Lucio notó cuán preocupado estaba él: la tormenta no cedía, y ya no había nada que retuviera allí a las bestias excepto la luz del faro. El muchacho dudaba que esto fuera suficiente, porque aquellos seres no parecían aún satisfechos.

—¿Y ahora qué? —preguntó el chico, observando la partida de algunos pájaros moteados.

—Tendré que avisar a los puestos de vigilancia en las afueras de la ciudad. ¡Maldición! ¡Grak! ¡Grak! ¿Dónde te has metido, gaviota endemoniada?

Pedro localizó al ave en un rincón, picoteando la médula de un hueso quebrado. Grak interrumpió de mala gana su actividad y voló al garfio de Lucio.

—Ve a dar la alarma. ¡Deprisa! —le ordenó el viejo, y la gaviota se perdió veloz en la tormenta. Por lo menos tendría viento de cola, reflexionó el chico.

Lucio se colgó la escopeta del hombro y dijo:

—Hay que dar cuerda a la máquina. Subamos; ya no tiene caso estar aquí.

Pedro asintió. Estaba muy cansado, con los nervios al límite de su resistencia y los pies mojados y fríos. En cuanto al viejo, su cojera se había acentuado. Tal vez le doliera el muñón de la pierna, así como a la abuela del muchacho la molestaba su artritis en los días húmedos. Claro que a Pedro le daba igual. Lo único que quería después de tanto ajetreo era un poco de silencio y un lugar seco donde tumbarse cinco minutos. Sí, una siesta no le vendría nada mal...

El sonido agudo que inundó de pronto las cuevas, idéntico al del cuerno que Lucio había roto, hizo olvidar al chico las ganas de dormir. De hecho, todo pensamiento se borró de su mente, sobrepasado por una oleada de terror.

Pero no se trataba de otra bestia con rostro humano... sino de algo mucho peor.

Lucio volvió a esgrimir su escopeta, que apenas terminó de cargar cuando en una de las aberturas del acantilado apareció una cabeza. El viejo casi dejó caer el arma y Pedro lanzó un grito: ambos habían visto seres parecidos en los cuadros de la iglesia, unas pinturas antiquísimas de autor desconocido que causaban repulsión.

Pinturas que estaban allí, colgadas en las santas paredes, para advertir a los feligreses sobre los horrores del infierno.

La cabeza que se introdujo en las cuevas medía unos dos metros de diámetro y estaba cubierta por lustrosas placas negras de las que se desprendía vapor. También salía vapor de las narinas de la cosa, ocultando de manera intermitente dos arcadas repletas de colmillos marrones. No había ojos dentro de las cuencas sino sendos globos luminosos que emitían chispas y relámpagos.

El resto del cuerpo de la bestia se hizo visible al atravesar el agujero de entrada: también estaba cubierto de placas y poseía cuatro pares de patas y una cola doble; las patas terminaban en garras, las puntas de la cola en aguijones. De los costados de la criatura surgían unas alas rudimentarias, sugiriendo quizás que aquel engendro no había alcanzado aún su madurez.

La bestia ululó nuevamente. Pedro se tapó los oídos, sintiendo al mismo tiempo que la fuerza del viento se redoblaba. Los ojos del monstruo lanzaron ráfagas eléctricas, y sobre la punta del faro estalló un rayo que fulminó a varios bichos con ventosas.

La criatura acabó de meterse en el acantilado... después de lo cual fue seguida por otra. Ambas encararon a Lucio y Pedro y rugieron al unísono. Los humanos salieron despedidos y se estrellaron contra una pared, mientras que afuera una ola más alta que las demás reventaba contra el acantilado.

Lucio se levantó a duras penas y sujetó la escopeta, apuntando hacia una de las bestias.

—¡Dispara, muchacho, dispara! —gritó, y apretó el gatillo, pero los proyectiles se enclavaron inofensivamente en las placas negras. Pedro vació su pistola sin mayor éxito que el viejo y luego no se molestó en recargarla: simplemente arrojó el arma al piso y se refugió en el hueco más cercano. Allí encontró una docena de los pequeños seres peludos; todos miraban a las criaturas de ocho patas con sendas expresiones de miedo.

Lucio continuó disparando hasta agotar sus municiones. Las bestias no parecieron enfurecerse ante el ataque, sino que permanecieron quietas como si los esfuerzos inútiles del humano les resultaran divertidos. Cuando el hombre quedó indefenso se adelantaron lentamente lado a lado, bloqueándole cualquier ruta de escape. Sus colas azotaban el aire cual rabo de gato presto a brincar sobre un ratón acorralado.

El viejo estaba asustado pero no se dio por vencido. La mirada de sus ojos verdes se tornó resuelta, y abriéndose la camisa expuso con su garfio un colgante tallado en madera. Era una especie de símbolo: una figura idéntica a la que aparecía en varios lugares del faro. Lucio se arrancó el colgante, lo alargó hacia las criaturas y recitó con voz insegura pero fuerte:

Mír ed gâra lacri armkære! Mír mo dîre cris mo gála! Mír kaelo füm...!

Las criaturas no le permitieron acabar. Con cada palabra el símbolo de madera se encendía como metal incandescente, y cada palabra hacía chillar de dolor a las bestias, apagando la energía de los focos que tenían por ojos. Una de ellas, ahora sí enfurecida, lanzó un zarpazo que arrancó el colgante junto con el garfio de Lucio e hizo caer al hombre de cara contra unas rocas. El amuleto, o lo que fuera, se deslizó por un charco, deteniéndose a dos pasos del muchacho escondido.

Las bestias se aproximaron a Lucio con las fauces abiertas. El viejo las contempló desde el suelo con la resignación de quien presiente un final inevitable.

Pedro no meditó antes de actuar, lo cual fue una suerte porque de lo contrario no se habría movido ni un centímetro de donde estaba. El muchacho salió del hueco, recogió el símbolo del charco y con la mano libre asió una piedra que arrojó a la criatura a punto de zamparse a Lucio. La bestia se volteó hacia Pedro y su congénere la imitó.

—¡Lucio! ¡Atrápelo! —exclamó el chico, y le pasó el colgante al viejo. El objeto, sin embargo, fue interceptado a medio camino por la garra del primer monstruo y se desvió en su trayectoria hacia un rincón lejano.

Las dos criaturas decidieron de mutuo acuerdo liquidar a Pedro y dejar a Lucio para el postre.

El muchacho se echó hacia atrás, evitando esqueletos descarnados y algunas estalagmitas, superado en cada maniobra por las bestias de refulgente mirada. Éstas no iban a dejarlo huir, y los obstáculos que destrozaban a su paso eran un buen ejemplo de lo que le harían cuando por fin lo atraparan. La tormenta reflejaba todos sus gestos, retumbando cuando arañaban el piso, pulverizando las olas con cada gruñido y enviando infinidad de rayos sobre las aguas, el faro y los árboles cada vez que posaban la vista en el chico demostrando sus intenciones homicidas. El horizonte se tiñó de naranja como si hubiera surgido un volcán de las profundidades oceánicas.

Pronto el muchacho ya no tuvo espacio para retroceder: a sus espaldas se hallaba una de las aberturas y bajo sus pies el borde que separaba una muerte de otra. El viento y la lluvia sostenían su cuerpo en un precario equilibrio; ambos elementos lo congelaron hasta los huesos.

Entonces una de las bestias chilló y giró su horrible cabeza para quitarse de encima algo que la molestaba: uno de los bichos peludos, que mordía y desgarraba la membrana sensible de su ala izquierda. El animalito debía ser ponzoñoso, porque las heridas que producía se hinchaban rápidamente. Una por una, las demás cosas similares a ratas atacaron a las bestias eléctricas, y con tal saña que hizo pensar a Pedro en una revancha por largo tiempo anhelada.

Lucio, cuyo brazo mutilado colgaba en una posición anormal, aprovechó la distracción para recuperar el colgante.

Mír ed gâra lacri armkære! Mír mo dîre cris mo gála! Mír kaelo füm orîgara! Mír mokrælah cris mo gála!

El viejo recitó el encantamiento con una rabia que dio mayor énfasis a aquellas cuatro frases de idioma incierto pero igualmente efectivas: las criaturas, debilitadas por el veneno, se encogieron sobre sí mismas en una larga agonía que las dejó vientre arriba con las patas plegadas. Sus ojos se extinguieron dejando dos cuencas vacías, y el vapor que emanaban dejó de fluir. La tormenta se apaciguó, aunque todavía arreciaba.

Pedro se reunió con el viejo, quien se veía muy maltrecho.

—¿Está usted bien? —le preguntó.

—Sobreviviré, no te preocupes. Pero creo que mi hombro se dislocó. ¡Ay, Dios! Anda, hijo, ayúdame a ponerlo en su sitio.

El muchacho presionó allí donde Lucio le indicó que pusiera las manos, y el hueso encajó en la articulación con un crujido.

—¡Ay, ay! Demonios... Gracias, muchacho. Ven, siéntate junto a mí. Mira: el cielo se está despejando. Extraño, ¿no?

No más extraño que cualquier otro suceso de aquella maldita noche, pensó el chico, pero no lo dijo en voz alta. En cambio, preguntó:

—¿Qué es ese colgante?

—¿Esto? Me lo dio mi predecesor en este ingrato trabajo. También me enseñó el encantamiento correspondiente. —El viejo se rió por lo bajo—. Es la primera vez que me veo obligado a usarlo, ¿sabes? Y nunca pensé que serviría de algo. Creo que desde hoy en adelante tendré más fe en los crucifijos...

Los animales peludos se congregaron ante los humanos, comunicándose entre sí mediante silbidos y chasquidos. Muchos miraban de reojo a Pedro y Lucio, pero sin propósitos malignos.

—Nos salvaron —le susurró el muchacho a Lucio.

—Eso parece.

—¿Por qué lo harían? Usted dijo más temprano que estos seres no son leales a nadie.

—¿Acaso no puedo equivocarme?

A medida que la tormenta se calmaba y las nubes comenzaban a insinuar las estrellas, las criaturitas se fueron marchando en pequeños grupos. Muchas habían perecido durante su combate con las bestias negras, pero Lucio descubrió una cuya única lesión era un ala rota. Al aproximarse el viejo, el animal le siseó como un felino.

—Ve a darle un poco de cuerda a la máquina, por las dudas —le ordenó Lucio al muchacho—. Te alcanzaré en unos minutos...

Mientras subía las escaleras, Pedro oyó decir al encargado del faro:

—Vamos, vamos, no me gruñas así. Te llamaré... "Ruco". ¿Te gusta?

Eran las cuatro de la madrugada.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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