2 de noviembre de 2011

El faro (parte 6/8)

Contrariamente a las expectativas del muchacho, abajo no estaba muy oscuro. Las antorchas se habían consumido, pero los rayos y relámpagos que estallaban cada pocos segundos eran suficientes para revelar lo que estaba ocurriendo allí. Y los ojos: cientos de pupilas fosforescentes que se clavaron en Pedro y Lucio apenas llegaron al final de las escaleras. Los humanos se atrincheraron en una grieta y las criaturas reanudaron sus peleas por la comida. Pero ya no quedaba mucha...

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó el muchacho en susurros.

—Hay que dispararle a los grandes. Uno o dos de ellos, así los otros los devorarán. Haz lo mismo que yo, ¿de acuerdo?

—¿Y si se unen para vengarse de nosotros?

—Relájate. Al igual que las gaviotas, no hay lealtad entre estos seres.

Lucio aspiró profundamente y levantó la escopeta. Tenía un pájaro moteado justo en la mira.

¡Blam!

La mitad derecha de la cabeza del ave desapareció en una explosión de sangre y hueso. Su chillido fue ensordecedor, agónico, pero la herida no lo mató al instante. La criatura tuvo tiempo de localizar a sus agresores y cargar en dirección a ellos con el evidente propósito de triturarlos.

—¡Vamos, chico, liquídalo! —gritó el viejo.

Pedro no reaccionó. Estaba paralizado. El ave, de cuyo cráneo abierto salía un reguero escarlata, lo miró con rabia, abrió el pico y...

¡Blam!

Los proyectiles entraron por la boca y salieron por el otro lado de la cabeza del pájaro, pulverizando el resto de su cerebro. El ave perdió pie y cayó despatarrada al suelo, resbalando unos metros antes de detenerse. Hubo un momento de silencio... y entonces los demás visitantes de las cuevas se abalanzaron sobre el cadáver. Entre ellos se contaban otros pájaros moteados, bichos con ventosas, insectos de cuerpo metálico y unos mamíferos que parecían ratas muy peludas con alas y colmillos.

El muchacho bajó la escopeta. Había disparado por puro reflejo.

—Muy bien —le dijo Lucio, dando un toque de orgullo a sus palabras—. Ahora recarga y espera.

Pedro volvió a cargar la escopeta con los cartuchos que el viejo sacó de su bolsa. Le temblaban las rodillas y su vejiga amenazaba con soltarse; sin embargo, tenía las manos firmes. Qué curioso.

El pájaro muerto fue descuartizado en menos de cinco minutos, convirtiéndose en una masa informe de plumas, tripas y huesos cubiertos de carne rosada. Las criaturas hambrientas se desentendieron de Lucio y Pedro, y por la manera en que tragaban y eructaban, debían estar disfrutando de lo lindo su acto de canibalismo.

Lucio le apuntó a uno de los bichos con ventosas que se separó del grupo. En esta ocasión no hizo falta que Pedro interviniera: la criatura se desplomó con un agujero en el corazón y sufrió el mismo destino que el pájaro decapitado.

—Debemos movernos —anunció el viejo de pronto agarrando al chico por la muñeca, quien se dejó llevar. De este modo se desplazaron, lenta y silenciosamente, contra las paredes musgosas, cruzándose con centenares de criaturas y disparando a las más grandes donde empezaba a escasear la basura. El miedo del muchacho fue sustituido por la euforia del cazador... aunque le preocupaba que se agotaran las municiones.

La lluvia y el viento se colaban por los hoyos en el acantilado, y a veces el agua de mar cuando golpeaba una ola especialmente alta. Con estos elementos llegaban más y más engendros, en una procesión interminable.

—Tírale a ése, que está bien gordo —ordenó Lucio, y Pedro le disparó a las antenas de un bicho que parecía una cruza entre langosta y ciempiés. La bestia no se detuvo, pero al haber perdido sus órganos de orientación fue presa fácil para los demás comensales.

Afuera se escucharon unos borboteos, y poco después apareció un tentáculo que se pegó al primer objeto sólido con el que hizo contacto. A este apéndice le sucedieron otros tres, y luego una bola gelatinosa tachonada de espinas. El animal terminó de arrastrar su cuerpo hacia el interior de las cuevas, y entonces los humanos pudieron apreciar su abdomen redondo y transparente, en el cual se distinguían las vísceras y algunos restos de pescado.

—¡Diantres! —exclamó Lucio—. ¡Hacía tiempo que no me topaba con uno de éstos!

—¿Debemos matarlo?

—Todavía no. A ver qué hace...

El bicho, que recordaba un poco a los calamares y las medusas, sacó una trompa de su cabeza con espinas y la usó para succionar el alimento putrefacto junto con cualquier otra cosa, viva o muerta, que se pusiera a su alcance. Todo lo ingerido iba a parar a su abdomen repleto de jugos digestivos; varios animales pequeños sucumbieron de este modo horrible, desintegrados en un baño corrosivo. La bestia con tentáculos comió y comió hasta quedar satisfecha y luego trató de volver al océano, pero había aumentado de volumen y sólo consiguió pasar la mitad de su cuerpo antes de quedar atascada en el agujero.

—Oh, rayos —dijo Lucio—. Hay que destapar esa abertura. —Pedro levantó su escopeta—. No, muchacho, así no. Esas cosas son como de caucho: las balas les rebotan. Tú ve arriba; bajo la escalera hay una caja llena de cuchillos afilados. Trae los más largos. Yo te protegeré.

El chico no protestó. Había superado esa etapa, y ya sólo lo impulsaba un ciego anhelo por sobrevivir a la situación. Sintiendo en su espalda la mirada vigilante de Lucio, presto a disparar si algo intentaba atacarlo, Pedro marchó hacia la puerta-trampa.

El agua le azotó la cara en el momento que salió de las cuevas. Escudriñando los alrededores, pronto descubrió el porqué: la única ventana del faro estaba abierta. ¿Un descuido de Lucio? No; la barra de acero que servía para atrancarla se encontraba en el suelo, doblada por la mitad. Algo debía haber golpeado los batientes desde afuera con mucha fuerza para lograr tal hazaña.

Pensando que una criatura tan poderosa debía ser inmensa, y por lo tanto incapaz de pasar a través de la ventana, el chico se limitó a cerrarla empleando un par de escobas y corrió a buscar los cuchillos. Eligió tres de ellos, que se ató al cinturón, y volvió con Lucio a toda prisa.

Dado que la entrada principal a las cuevas había sido bloqueada, las criaturas más impacientes levantaron el vuelo. La luz del faro las atraía como el fuego a las polillas... pero su hambre y aburrimiento también apremiaban, y poco a poco empezaron a preguntarse qué habría de bueno en el resto de la isla. Si la cosa con tentáculos no se iba, quizás se atrevieran a echar un vistazo...

Ya en las cuevas, Pedro se abrió paso a puntapiés para llegar junto a Lucio, porque los mamíferos como ratas eran cada vez más numerosos. Algunos le respondieron con gruñidos, pero después de ver el brillo del acero decidieron apartarse. El muchacho no pasó por alto estas muestras de inteligencia, y nuevamente sintió que el miedo lo acosaba.

—¡Por fin llegas, mequetrefe! —dijo Lucio—. ¡Te has tardado una eternidad! Dame un cuchillo y observa.

El viejo se colocó a un lado de la bestia transparente y clavó el arma efectuando un largo tajo horizontal. Se apartó enseguida, porque el chorro a presión que salió de la herida estaba cargado de un ácido tan potente que redujo a pulpa todo lo que halló en su recorrido. Pedro cortó la carne en otro sitio, y de esta manera lograron desinflar a la criatura. Al cabo de un rato, el agua del piso y la que entraba desde afuera diluyeron el ácido a concentraciones inofensivas, permitiendo que los recién llegados se regodearan incluso con los despojos del bicho transparente.

El muchacho perdió la batalla contra el asco y vomitó sobre sus zapatos. Pero ya no le quedaba nada en el estómago.

—Vamos arriba unos minutos —sugirió el encargado del faro—. Este glotón con trompa nos acaba de dar un respiro.

Aunque al viejo le faltaba una pierna, fue él quien tuvo que sostener a Pedro para que no se desmayara. Una vez del otro lado de la puerta-trampa, el chico se sintió mejor y hasta pudo comer un pedazo de pan a fin de apaciguar sus náuseas.

—Menuda aventura, ¿eh? —dijo Lucio sonriendo.

El chico resopló y se abstuvo de contestar, pero después de reflexionar unos minutos le vino a la mente una pregunta.

—¿Ellos no saben que existe la ciudad?

—Si lo supieran ya no existiría, créeme. He leído historias del pasado... historias que no terminaron con un final feliz. Hasta que los navegantes no entendieron para qué servía el faro, ningún intento de colonizar Aurora prosperó. Y las cosas seguirán como hasta ahora mientras esas criaturas no sospechen que hay más de dos humanos en la isla.

—Pero ¿ellos no reconocen...?

El viejo hizo un ademán negativo.

—Tú no distingues una hormiga de otra, ¿verdad? Ellos tampoco distinguen entre nosotros. ¿No dicen que cuanto más grandes, más tontos?

—¿Y qué hay de los pequeños? Seres como Grak, o los bichos peludos allá abajo.

—Ésos son más listos, pero basta con engañar a los gigantes.

En ese instante se oyó un chirrido... y la luz del faro se apagó por completo.

—¡Demonios! —gritó Lucio—. ¡Ve a ver qué pasa! ¡Apresúrate!

Pedro obedeció automáticamente al viejo: corrió escaleras arriba, y tan rápido que no notó las huellas de barro en los peldaños... huellas que no eran de zapatos. El muchacho llegó a lo alto con los músculos de las piernas adoloridos y el corazón latiendo a trompicones; sin embargo, la sorpresa interrumpió por un instante sus jadeos de locomotora.

En el prisma de cristal aún había cientos de gaviotas, excepto que ahora se hallaban dentro de la maquinaria del faro, atascando los engranajes con sus huesos y plumas. Las aves estaban completamente destrozadas, algunas con los ojos reventados por la presión, y su sangre chorreaba desde las piezas metálicas hasta el piso, creando ondas en un charco cada vez más amplio.

Afuera, las criaturas voladoras comenzaron a dispersarse.

Sin detenerse a pensar que aquello no podía haber ocurrido por accidente, Pedro se valió del cuchillo para despejar el mecanismo atrancado. En ningún momento dejó de prestar atención a las ruedas dentadas, sabiendo que si llegaban a ponerse en movimiento teniendo él sus manos entre ellas, bien podía llegar a perder unos cuantos dedos. El enredo era tal que tuvo que sacar las gaviotas a pedazos, y muy pronto se ensució hasta los codos. Las aves, o más bien sus fragmentos, se fueron apilando a sus pies.

Tan concentrado estaba en la tarea que no vio al ser colgado del techo hasta que éste se arrojó sobre él. Pedro sintió que algo lo golpeaba y se apartó, rodando por el piso. Varios utensilios de cocina se derramaron sobre su cuerpo cuando chocó contra una estantería, causándole numerosas contusiones. Se salvó por muy poco de que un tenedor le rasguñara el cuello, mientras oía por todos lados el retintín de la vajilla caída y un sonido más pesado, orgánico, que se deslizaba de un lado a otro. Y después un repiqueteo como de serpiente de cascabel...

Al levantarse, Pedro se enfrentó a una criatura que superaba en fealdad a todas las que había conocido ese día. Y no fueron sus espinas las que le causaron pavor, ni sus aletas cortantes, o sus dedos tan largos que semejaban patas de araña; era el rostro casi humano, marcado por una cicatriz en la frente, lo que inspiraba miedo: había un odio asesino en cada rasgo de aquellas facciones. Al chico jamás lo habían mirado así.

El monstruo abrió la boca, que nada tenía que envidiar a la de una piraña, y emitió de nuevo su repiqueteo antes de atacar al muchacho. Pedro recuperó el cuchillo entre el montón de utensilios y lo esgrimió contra su enemigo, pero éste le rozó la diestra con una de sus aletas y el arma salió despedida dando giros mortales en el aire.

El chico gritó: la aleta le había producido una fea herida en el dorso de la mano. Soltando un gemido de angustia se dirigió a la escalera, pero la criatura fue más rápida que él y de un salto se interpuso en su camino. Pedro supo entonces que aquel ser pretendía matarlo, y de la manera más lenta y dolorosa posible. Se le veía en la cara.

La criatura utilizó su cola para arrancar el cuchillo de la pared donde se había clavado y sonrió al comprobar que era tan letal como sus aletas. Moviéndose en zigzag con la agilidad de una foca en el agua, se acercó al muchacho desplegando todas sus armas.

Antes de que Pedro lograra reaccionar, se oyó un estampido y la criatura chilló, volteándose rápidamente hacia la escalera. Lucio estaba allí y sostenía una pistola humeante que apuntaba hacia el monstruo.

—Conque has vuelto, ¿eh? Estaba seguro de que regresarías tarde o temprano. Amrî oosüm cadmen crai, ené? Grînkæ!

Por la forma en que la criatura siseó ante esta última palabra, el muchacho dedujo que debía tratarse de un insulto. Pero Lucio no le dio tiempo a su oponente de castigarlo por la ofensa, sino que disparó varias veces más, llenándolo de agujeros. Algunas balas rebotaron en el cristal; una de ellas pasó a centímetros de la oreja de Pedro, agitándole el cabello. El monstruo se desplomó derramando un fluido verdoso.

Lucio se paró frente al ser moribundo, cuya expresión delataba un profundo rencor. La cosa, no obstante, enseñó su dentadura en una mueca sarcástica y luego se llevó a los labios un pequeño cuerno que le colgaba del cuello, donde sopló su último aliento. El objeto convirtió el aire en un sonido largo y agudo, que se extendió a los cuatro vientos antes de que Lucio destrozara el cuerno con un golpe de su pata de palo. Usando el garfio para afirmar la pistola, remató a la criatura mediante un único tiro en la frente.

—Esto es por rebanarme la pierna, maldito desgraciado —murmuró.

El viejo se guardó la pistola y le dijo a Pedro:

—Y tú, ¿qué estás esperando? ¡Pon a marchar esa máquina, mequetrefe!

El chico terminó de limpiar los engranajes y poco a poco el mecanismo se echó a andar sin grandes dificultades. Pedro giró la manivela, un tanto resbaladiza por la sangre de las gaviotas y la suya, y al encenderse la luz por completo, los engendros afuera se congregaron una vez más en torno a ella. Exhausto, el muchacho se tendió en un rincón abrazándose las rodillas.

—No es hora de descansar —lo amonestó Lucio—. Debemos volver a las cuevas.

Pedro hizo un ademán negativo.

—¿Cómo que no? ¿Acaso no has entendido lo que acabo de decir?

—Sí, pero... ya no puedo... no puedo seguir. Lo siento.

El chico tenía lágrimas en las mejillas y no dejaba de presionarse la herida de la mano. Pero Lucio, en lugar de mostrar simpatía, avanzó hasta él en tres zancadas, lo obligó a levantarse halándolo del brazo y le habló cara a cara, rociándolo de saliva.

—No me hagas perder la paciencia, muchacho. La tormenta aún no está ni así de cerca de amainar, y no me dejarás cargar el fardo yo solo. Si quieres lloriquear como una niñita, adelante, pero ahora vendrás conmigo y me ayudarás a controlar a esas pestes comilonas. ¿O prefieres que vayan a la ciudad a cebarse con tu familia? ¿Eh? ¿Es eso lo que quieres, mequetrefe?

El chico sacudió la cabeza de un lado a otro.

—¿Has comprendido entonces? —insistió Lucio.

Pedro afirmó y el viejo le entregó otra de sus pistolas.

—Muy bien. Y agradece que no me haya tropezado cuando subía para rescatarte, de lo contrario ya no quedaría mucho de ti. Vamos.

Lucio y Pedro regresaron a las cuevas. En el exterior, entre rayos, truenos, olas encrespadas y monstruos acuáticos, la tormenta proseguía en todo su apogeo.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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