2 de noviembre de 2011

El faro (parte 5/8)

El pronóstico de Lucio fue acertado, porque cuando Pedro despertó y miró hacia afuera por una de las aberturas del cristal, el firmamento estaba tan rojo como las rosas recién abiertas. El sol era una bola colorada que apenas asomaba entre las nubes, y éstas continuaban espesándose, pasando del carmín al morado. Después de un rato se cerraron por completo y el muchacho pudo distinguir el resplandor azulado de los relámpagos.

Abajo, las aguas del Atlántico se agitaron en gruesas ondas. El chico pudo sentir en los pies la vibración que producían éstas al romper contra el acantilado; no obstante, pese al intenso viento, el faro no temblaba.

Sentado en su taburete, Lucio fumaba en una pipa de madera muy antigua. No se le movía ni un pelo.

—Más vale que desayunes bien, muchacho, porque no sé si más adelante tendrás la oportunidad de comer.

Pedro se volteó.

—¿Por qué? ¿Acaso nuestra labor no es cuidar que el faro permanezca encendido?

—¡Desde luego que sí, pedazo de idiota! Pero no es nuestra única misión. No querrás haber paleado basura para nada, ¿verdad?

—No comprendo.

—Ni falta que hace. Adelante, llena esas tripas.

Lucio había preparado un desayuno bastante aceptable: había tocino, huevos, fruta fresca y queso de cabra, y las viandas hasta olían bien. A Pedro le gimió el estómago, haciendo reír al viejo.

—¡Ja! —exclamó éste—. ¿Lo ves? ¡Te dije que te acostumbrarías!

La tormenta se desencadenó hacia el mediodía y con una ferocidad pavorosa. Las olas ganaron una altura de veinte metros, convirtiéndose en masas rugientes que habrían reducido cualquier barco a meras astillas, y cuando los rayos caían en el agua la hacían explotar como aceite hirviendo. El muchacho nunca había presenciado tales fenómenos. Persignándose, agradeció estar en la cima del acantilado, a salvo de la furia marina.

Ahora la vista era impresionante, y el chico no pudo menos que quedarse boquiabierto, con las manos y la frente apoyadas en el cristal. Lucio se puso de pie y dijo:

—Es hora de encender el faro. Haz los honores.

Pedro aferró la manivela y presionó hacia abajo, pero sólo consiguió desplazarla unos centímetros.

—Aguarda, chico, a veces se atasca. Le echaré un poco de aceite.

Lucio cogió una botella con pico terminado en punta y aplicó su contenido a varios ejes de la maquinaria.

—Inténtalo ahora.

El muchacho así lo hizo, y paulatinamente logró que la manivela diera una vuelta completa. Después fue más sencillo girarla con mayor rapidez; llegado cierto punto, Pedro descubrió que se movía por sí sola y la soltó. Los engranajes producían unos sonidos muy peculiares: zumbaban cual colmena de abejas en plena actividad al encajar unos en otros sus finos dientecillos. Finalmente los paneles de vidrio empezaron a emitir una luz muy blanca y fría. Pedro inclinó los ojos hacia el piso para no verla de frente cada vez que, en su rotación, el haz pasaba por encima de él. Aun así, su brillo deslumbraba. La luz atravesó la oscuridad de la tormenta como una aguja de esmeralda... revelando la presencia de unas figuras que surcaban el cielo y el mar, seres más grandes que albatros y con silueta de murciélago. Pedro retrocedió.

—¿Qué... qué son esas cosas? —preguntó el muchacho.

—Criaturas del fin del mundo, supongo —respondió Lucio detrás de él con tono sombrío—. Venidas del lugar donde el océano se derrama en cascada sobre el infinito, tal como afirmaban las supersticiones de antaño.

—¡Pero la Tierra es redonda, y de ese lado está América!

—No este día, Pedro Montes —dijo el encargado del faro, y apoyó su garfio en el hombro del chico—. No cuando hay tormenta.

De pronto se alzaron unos chillidos desde el acantilado, tan agudos que recorrieron la espalda del muchacho, erizándole los pelos. Fueran lo que fuesen, se aproximaban al faro.

¡Plam!

Pedro dio un salto y se volvió hacia la fuente del ruido.

Adherido al cristal del faro por medio de las ventosas que tenía en los dedos, había un animal con alas membranosas y una cabeza alargada similar a la de un cocodrilo. La criatura miraba hacia adentro, contemplando a los humanos al tiempo que se pasaba la lengua por los labios. Aterrado, y sin mirar dónde pisaba en su afán por apartarse de aquel engendro, Pedro estuvo a punto de engancharse en la máquina que zumbaba junto a él. Lucio lo sujetó de los brazos.

—Tranquilo, no puede alcanzarnos aquí. El cristal es irrompible.

El muchacho abrió la boca, mas ningún sonido salió de su garganta. Otros dos seres se unieron al primero, ambos con la misma expresión entre curiosa y ávida; luego algo llamó su atención y los tres se retiraron volando en hilera.

Se oyó un golpe en la base del faro, contra la puerta-trampa que conducía a las cuevas. Pedro soltó un gemido.

—No temas —dijo Lucio—, cerré con un candado. Pero nos ignorarán mientras haya comida podrida abajo. Eso los atrae más que la carne fresca. Claro que yo no estoy muy fresco que digamos...

El hombre acabó la sentencia con una risa rasposa. Pedro, en cambio, estaba atónito. Encarando al viejo, exclamó:

—Usted... usted... ¡usted sabía que esas cosas iban a venir!

—¡Claro que lo sabía!

—¡Y no me lo dijo!

—¡Desde luego que no! Me habrías tomado por un lunático; o peor: de haberme creído, ya no estarías aquí sino de camino a la ciudad, corriendo como alma que lleva el Diablo. Y a mí no me convienen las deserciones, como sin duda imaginarás.

—Pero...

—Escucha, mequetrefe —le dijo Lucio gravemente—; escucha bien y no me falles ahora: tú y yo debemos mantener entretenidas a esas criaturas para que no vayan al resto de la isla y descubran la ciudad. El faro las llamará hasta aquí, y la comida que les pusimos hará el resto.

Pálido y tembloroso, Pedro inquirió:

—¿Y si la comida se acaba?

—Reza para que eso no suceda, porque entonces tendríamos que recurrir a medidas más drásticas. De momento, ocúpate de girar esa manivela apenas comience a debilitarse la luz. Eso ocurrirá en una hora, aproximadamente. ¿Has comprendido?

El chico asintió.

—¿Alguna pregunta? —continuó Lucio.

—¿C-cuándo se irán?

—Cuando acabe la tormenta.

—No... no sé si pueda...

—Claro que podrás —dijo Lucio, palmeándole la espalda al muchacho—. Si tuviste agallas para ganar una pelea, también las tendrás para salir de esto.

Más fácil decirlo que hacerlo, porque las siguientes dieciséis horas fueron las peores en toda la vida de Pedro, y por poco también en la de Lucio. Las cosas con alas de murciélago continuaron rondando el faro a medida que entraban y salían de las cuevas, y eventualmente se les fueron sumando monstruos aún más grotescos y amenazadores. El muchacho los vio acercarse por aire o agua, y aunque la tormenta difuminaba sus contornos, igualmente se notaba que no eran de origen terrenal.

Si acaso Pedro había pensado que no podían existir seres voladores de mayor tamaño que los bichos con ventosas, pronto tuvo que desistir de la idea, porque desde las mismas nubes surgieron unos pájaros moteados que debían medir diez metros de envergadura. Tenían picos en forma de daga, y con ellos ensartaban a cualquier criatura más pequeña que se les interpusiera. Los desafortunados caían al agua... donde eran despedazados de inmediato por unas fauces que asomaban lo bastante para insinuar las dimensiones colosales del animal que se hallaba debajo. Cada tanto alguna aleta cortaba las olas, o quizás una pinza de cangrejo o cola de anguila. Muchas de esas criaturas marinas podían abandonar su medio y levantar vuelo, o trepar por el acantilado con ayuda de garras que clavaban en la piedra; en ambos casos, su objetivo era alcanzar las cuevas.

En la base del faro el ruido de masticación llegó al nivel de lo insoportable. A Pedro le crispaba los nervios, porque de vez en cuando se escuchaba también un alarido y los crujidos de un esqueleto al ser aplastado por poderosas mandíbulas.

Dentro del prisma de cristal tampoco había mucha paz: los parientes de Grak decidieron refugiarse allí cuando el exterior se volvió demasiado hostil, y además de aguantar sus chillidos, había que andar con cuidado para no pisarlos. Sin embargo, como esto era imposible dada su abundancia, Pedro recibió unos cuantos picotazos en las pantorrillas. Ver que a Lucio sólo lo atacaban en la pata de palo no lo ayudó a mantener la calma.

—¿No puede decirles que me dejen tranquilo? —le preguntó el muchacho al encargado del faro.

—Lo siento, no puedo. A estos chicos no les agradan los jóvenes, ni siquiera los de su propia especie. Es por eso que no son muy prolíficos...

—Menos mal —replicó Pedro con tono sarcástico. El viejo se levantó y, mirando hacia afuera, frunció el entrecejo.

—Hay demasiados —murmuró—. Y la tormenta es más fuerte que de costumbre... —El hombre se acarició la barbilla—. Dale un poco más de cuerda a la máquina, muchacho; no quisiera que se apagara mientras estamos abajo.

—¿Qué? ¿Iremos abajo? ¿Está usted loco de remate?

—Tal vez, pero no con respecto a esto. Anda, date prisa.

Pedro obedeció, girando la manivela hasta que la luz recuperó su máxima intensidad. Después se volteó hacia el viejo, quien tenía dos escopetas bajo el brazo y varias pistolas en el cinturón. Le tendió al muchacho una de las primeras.

—Vamos —le dijo.

El chico negó con la cabeza, rehusándose a tomar el arma.

—Ah, no. Conmigo no cuente.

Entonces Lucio le apuntó a Pedro, sosteniendo el cañón con su garfio. El muchacho se fijó por primera vez en los ojos del hombre: eran de un verde descolorido pero claros y penetrantes, casi felinos, y los vasos inyectados en sangre acentuaban su expresión de furia.

—Mira, mequetrefe, no me hagas discutir porque no estoy de humor para ello. Si no quieres colaborar, nadie me culpará por pegarte un tiro... ni siquiera papi y mami, porque ellos saben lo que está en juego. Así que coge la escopeta y sígueme. Y no me vengas conque no sabes utilizarla; los chicos de tu calaña aprenden temprano esta clase de habilidades.

Pedro contempló la escopeta. Sí, él sabía disparar. De niño solía afinar su puntería derribando palomas con un tirachinas, ¡y cuántas veces su madre lo había reñido por eso! A los doce años dejó el tirachinas de lado... en favor de las partidas de caza. Él y sus amigos salían a matar cualquier cosa que se moviera, por simple diversión.

Pero ahora estaba en peligro su vida, de una forma u otra. ¿Cara o cruz? El dedo de Lucio comenzó a oprimir el gatillo...

—Está bien —dijo Pedro. El viejo le pasó la escopeta y se dirigió a la escalera de caracol.

—Ni se te ocurra dispararme por la espalda —le advirtió Lucio—. Tal vez creas que puedes huir, pero al llegar a la ciudad te lincharían por irresponsable. Ya ha pasado con anterioridad...

El chico no respondió. Estaba demasiado concentrado en impedir que lo invadiera el pánico a medida que bajaba detrás de Lucio y los sonidos de dientes entrechocando ganaban intensidad. Grak revoloteaba en torno a los dos humanos, resuelto quizás a no perderse la acción.

Lucio apoyó la oreja sobre la puerta-trampa. Luego abrió el candado y le dijo a Pedro:

—Yo iré adelante. Tú cúbreme.

Y el hombre descendió aferrando la escopeta. Pedro lo imitó y juntos se adentraron en las cuevas, sin olvidarse de cerrar la puerta desde adentro con un grueso pasador de hierro.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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