1 de noviembre de 2011

El faro (parte 4/8)

Durante el resto de la tarde, Pedro tuvo que acometer la poco gratificante tarea de cortar las lonas y palear la comida podrida por el piso de las cuevas "para que se ventilara", según Lucio. El muchacho no veía mucho sentido en todo aquello, aunque era obvio que existía un propósito definido. Pero el viejo no soltaba prenda, como si quisiera que fuese una gran sorpresa de cumpleaños; y a Pedro eso no le gustaba en absoluto, porque no era su cumpleaños y dudaba mucho que se tratara de una sorpresa agradable.

Al cortar las ataduras de uno de los paquetes, lo que había en él hizo que el muchacho se quedara un tanto extrañado. Era un pez... o, mejor dicho, el tercio anterior de un pez. ¡Uno gigantesco! La pesca en las costas de Aurora y en las aguas rodeaban la isla era excelente, y de ello vivían sus pobladores. Este pez, sin embargo, superaba en dimensiones a los atunes que traían los barcos al puerto, y no pertenecía a dicha especie. Su color era dorado, con franjas negras como de tigre, y poseía unas escamas duras del tamaño de platos. Tenía una boca alargada... de la que asomaban unos terribles dientes de tiburón, aunque el animal tampoco era un tiburón.

Algo lo había partido a la mitad: una criatura varias veces mayor, a juzgar por las marcas en la carne desgarrada. ¿Una orca, tal vez? Eso era posible, pero ¿por qué Pedro no lo creía así?

Grak se posó en la cabeza del pez y comenzó a picotearle un ojo, reanudando la tarea iniciada por otras carroñeras en la playa donde seguramente habían hallado muerto al animal. El chico decidió no molestar a la mascota de Lucio; dijera lo que dijera el apestoso encargado del faro, la mirada del ave delataba su mal genio.

Una rata se le subió al pie por cuarta vez en lo que iba de la tarde. Pedro se la sacudió con una fuerte patada al aire, enviándola hacia una montaña de vegetales mohosos donde se hundió rápidamente. Mascullando para sí, el chico continuó paleando.

Grak interrumpió su cena para dar un graznido, sobresaltando al muchacho. Pero entonces el llamado de la gaviota fue respondido a coro, y de pronto Pedro se vio acosado por una bandada de aves cuyas alas lo rozaban al pasar junto a él. Eran unas doscientas gaviotas, quizás, que venían a repostar en las cuevas con un festín de basura.

El muchacho permaneció de pie, pala en mano, sintiendo algo de miedo. Muchas gaviotas lo miraban fijamente y luego a Grak, chillando como si le preguntaran quién era el desconocido. Grak, a su vez, les respondió con un cloqueo. El intercambio se parecía a una conversación humana... demasiado para la tranquilidad de Pedro. Sujetando con fuerza la pala por si acaso se veía en la necesidad de defenderse, el chico se retiró lentamente hacia la escaleras. Allí se topó con Lucio, cuya súbita aparición lo hizo dar un respingo a causa del susto.

—No exageres, mequetrefe —rezongó el hombre algo ofendido—; sé que soy feo, pero hay cosas más horrendas que yo en este mundo.

—Yo... lo siento. Es que...

—Ya, ya, olvídalo. —Lucio bajó las escaleras—. ¿Has hecho lo que te ordené?

—S-sí.

—Ajá. Pues déjame echar un vistazo para asegurarme. Quítate de en medio.

Lucio se adentró en las cuevas; el chico apoyó la pala contra la pared y se sentó en el peldaño más bajo, todavía con el corazón agitado.

—¡Vaya, Grak, veo que has traído a tus parientes! —escuchó decir al viejo—. ¿Están buenos esos gusanos, colegas?

¿Cuántos años llevaría ahí el viejo para tomarse las cosas con tanta naturalidad? Pedro se estremeció; había pensado que lo peor que podía pasarle a un hombre era acabar en prisión, pero en adelante pondría aquello al principio de su lista.

—¡Eh, muchacho, ven aquí!

Pedro siguió la voz de Lucio, esquivando a las voraces gaviotas, hasta una de las aberturas en la piedra.

—Deja esa pala, cobardica —lo amonestó el encargado del faro—. De aquí a poco los compinches de Grak serán el menor de tus problemas. Mira eso.

Lucio señaló hacia afuera. El sol se estaba poniendo, pero los colores del atardecer eran pálidos y había unos cuantos cúmulos algodonosos congregándose en el horizonte.

—¿Ves? —dijo el hombre—. Nada de rojo. El rojo lo veremos mañana al amanecer, si no se echa a llover antes. Pero las nubes vendrán del oeste, como siempre, y tardarán unas horas en organizarse. En fin, vamos arriba. Desde allí es más fácil vigilar el tiempo.

Pedro fue tras el viejo en silencio. Estaba molido, y los pasos del hombre tenían una cadencia que le producía sueño. Paf... ¡tac! Paf... ¡tac! Paf... ¡tac!

—¿Cómo fue que perdió la pierna y la mano? —le preguntó ya en lo alto mientras se acomodaba en un colchón apolillado. Lucio suspiró.

—Es una larga historia, muchacho. Una larga historia para la noche más larga de mi vida. Habría muerto, ¿sabes?, si no hubiesen venido unos granjeros al notar que la luz del faro estaba apagada. Pero no quiero hablar de eso ahora.

—¿Y cómo terminó dedicándose a esto?

—¿Cómo crees? —resopló el viejo—. Por la misma razón que te ha traído hasta aquí, mequetrefe: yo también era una oveja negra. Sólo que mi crimen fue bastante más grave que el tuyo, y por eso se me dio a elegir entre morir ahorcado, envejecer en la cárcel o pasar aquí el resto de mis días.

—¿Qué fue lo que hizo?

Los ojos de Lucio destellaron.

—¿De verdad quieres saberlo?

Pedro no contestó.

—Duérmete ya, pequeño entrometido. Debes reponer energías para mañana.

Lo último que vio Pedro antes de rendirse al cansancio fue el cielo, donde unas estrellas verdes le hacían guiños como burlándose de su suerte.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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