1 de noviembre de 2011

El faro (parte 3/8)

Las carretas aparecieron unas dos horas más tarde, cargadas hasta el tope. Pedro advirtió que sus ocupantes usaban mascarillas y que hasta los bueyes parecían asqueados, mugiendo a causa de las moscas que los asediaban.

—Hola, Lucio —saludó el que iba al frente de la comitiva mientras hacía detenerse a los cansados animales—. Veo que ya tienes compañía. Tal vez te mande a mi sobrino uno de estos días; desde que mi hermano se casó de nuevo no hay quien aguante al muchacho.

—De acuerdo, Omar —replicó el aludido—. Pero, por lo que he escuchado acerca de tu sobrino, tendrá que quedarse aquí por lo menos un mes o dos si quieres que se corrija.

El hombre de la carreta soltó una carcajada a pesar de la mascarilla.

—Jamás entenderé cómo llegan a ti los chismes de la ciudad viviendo tan lejos.

—Tengo mis métodos —respondió Lucio, acariciando la pata de Grak—. Pero dime: ¿qué habéis traído?

—Un poco de todo. ¡Muchachos! ¡Descargad las carretas!

Pedro observó al grupo de hombres bajar al piso los paquetes envueltos en lona. Cada uno olía peor que el anterior, y por entre las costuras salían escarabajos y otros insectos.

—¿Qué hay en ellos? —preguntó el muchacho tímidamente, porque había notado que lo miraban con mala cara. Uno de los peones contestó:

—Pescado de hace tres días, fruta fermentada, jamones mal curados. Manjares de primera calidad, hijo, deberías probarlos en el almuerzo.

Pedro no dijo nada. Estaba sorprendido e indignado por la actitud grosera del desconocido. Éste agregó:

—¿Acaso te he ofendido? Pero tú no has de ser trigo limpio, de lo contrario no estarías aquí. Ahora hazte a un lado y no estorbes.

—¿Y tú por qué te das aires de superioridad, Mateo? —intervino Lucio—. Aún recuerdo cuando te trajeron a rastras, dándote de palos en el trasero. Habías robado un caballo, creo. ¿O fue una vaca? Tenía cuatro patas, en todo caso.

El tal Mateo emitió un bufido de desprecio y continuó descargando paquetes. El farero se inclinó sobre ellos y examinó su contenido.

—Ah, perfecto. Excelente.

Omar miró al horizonte y dijo:

—La tormenta no tardará en llegar.

—Claro que no —replicó Lucio—. Mis huesos nunca se equivocan. Tampoco Grak. Pero tú igual lo sabías, ¿no? —y se rió por lo bajo—. Una vez que has estado en medio de una, puedes predecir las siguientes.

El otro hombre asintió y a Pedro le dio la impresión de que lo recorría un escalofrío. Eso no debía ser buena señal...

—Bien, nos vamos —dijo Omar—. Vosotros dos, tened cuidado. Adiós, Lucio.

—Hasta la próxima.

Las carretas se marcharon, perdiéndose en el camino con una última frase que llegó a oídos de Pedro:

—¡Diablos, tendré que bañarme tres veces o mi mujer no me permitirá entrar a la casa!

El muchacho olfateó sus ropas y descubrió que el hedor se le había pegado a él también.

—¡Eh, mequetrefe! —le gritó Lucio desde la puerta del faro—. ¡Empieza a traer esos paquetes! Yo iré abajo a ocuparme de las luces.

Intrigado, pero ya sin ánimos de hacer preguntas, el chico obedeció, aunque al cabo de media hora ni siquiera tenía fuerzas para pensar. Los paquetes eran pesados, difíciles de manejar, y Pedro tuvo que transportarlos él solo desde el sitio de descarga hasta la entrada del faro, y luego a las cuevas de las que Lucio le había hablado. A ellas se accedía por unas escaleras de piedra, y en su interior la pestilencia se mezclaba con la brisa salada del Atlántico que entraba por unos agujeros en la pared del acantilado.

Lucio había encendido unas antorchas colocadas aquí y allá, pero su resplandor no bastaba para combatir la oscuridad. Pedro, sin embargo, pudo distinguir grandes montones de alimento en descomposición, e incluso los gusanos blancos que se retorcían en el piso. Grak bajó del hombro del viejo para zamparse algunos, renovando las náuseas del muchacho. Al cabo de un rato, éste dijo:

—Es todo.

—¿Ya no quedan más paquetes arriba?

Pedro negó con la cabeza, apoyando las manos en las rodillas. Le ardía la espalda por el esfuerzo.

—Creo que te has ganado unos minutos de reposo —dijo Lucio—. ¿Seguro que no tienes apetito?

—Lo sabré... cuando salgamos de aquí.

El viejo sonrió.

—Sí, un poco de aire fresco nos hará bien a ambos. Ayúdame a levantarme.

De vuelta en el exterior, Lucio y Pedro se sentaron sobre la hierba, frente al mar, y compartieron unas piezas de paloma asada y media botella de vino. Casi al final de la comida, el hombre dijo:

—Te advierto que luego tendrás que bajar y abrir los paquetes.

Pedro dejó escapar un suspiro de desaliento.

—Es demasiado trabajo. ¿Por qué no mandan más gente?

—Déjame aclararte algunos hechos, Pedro Montes: para empezar, se supone que esto es un castigo; en segundo lugar, lo que has realizado hasta ahora no es nada en comparación con lo que te espera, con lo que nos espera a ambos; y en tercer lugar, es mejor que no venga nadie más. Cuantos menos seamos aquí, menor el riesgo.

—¿Riesgo? ¿Riesgo de qué?

—Ya te enterarás. Ahora termina de comer; quiero que esos paquetes estén abiertos y desparramados antes de la puesta del sol. Y no más vino para ti. Te necesito sobrio.

Dicho esto, Lucio vació el resto de la botella en su garganta y dio un largo eructo que hizo ecos en el espacio que había ante él.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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