1 de noviembre de 2011

El faro (parte 2/8)

En el interior del faro el hedor era tan intenso que el muchacho se quedó literalmente sin aliento. La bolsa resbaló de sus manos y sintió que las piernas le fallaban.

—Respira por la boca —le aconsejó Lucio—. Dejarás de notarlo en pocas horas.

—Eso... no... me lo creo —jadeó el chico mientras se tapaba la nariz con un pañuelo—. ¿Qué... rayos... es lo que... apesta de esa manera?

—Debajo del faro hay unas cuevas enormes que se usan para almacenar víveres. Eso es lo que hueles.

—¡Pero entonces... todo debe haberse... echado a perder!

—¡Ésa es la idea, chico! Anda, vamos arriba. Allí el olor no es tan denso; no me gustaría que te colapsaras, porque no estoy en condiciones de cargarte. Si no puedes con la bolsa, déjala aquí por ahora.

¿Poder con la bolsa? ¡Caray, si Pedro apenas podía consigo mismo! La escalera de caracol que llevaba a la punta del faro se le antojó interminable, y tuvo que arrastrarse por un buen trecho hasta que al fin le pareció que había un poco más de oxígeno en el aire contaminado. Aun así llegó a lo alto resollando como una mula vieja y asmática, aunque se consoló al ver que Lucio no se encontraba mucho mejor que él.

—Trato de no subir más de lo necesario —dijo el hombre al rato—. Con esta pata de palo, es difícil. Pero tú siéntate y descansa. La vista desde aquí es fabulosa, por si te apetece echar una ojeada.

Lucio se puso a trajinar en un rincón, así que Pedro, quien ya no tenía tantas ganas de vomitar, se aproximó a los ventanales.

No quedó demasiado impresionado. Hacia el oeste el paisaje se dividía en cielo y océano, y hacia el este en cielo y planicie. En matices de verde, por supuesto.

Lo que sí llamó su atención fue el aparato en el centro de la estancia, el que generaba la luz del faro. Era una estructura tosca, compuesta por ruedas dentadas y paneles de vidrio muy brillante. Al chico le pareció bastante extraña; en la isla no se empleaba aún la energía eléctrica, pero sí máquinas de vapor y motores de explosión, y esa cosa era por completo distinta a lo que él conocía.

—Tiene un aspecto primitivo —opinó sin querer.

El viejo se rió de espaldas a Pedro, adivinando a qué se refería.

—Eso te lo concedo, chico, pero no se ha descompuesto ni una sola vez. Es toda una maravilla, ¿sabes?

—¿Y cómo funciona?

—Sólo hay que girar la manivela hasta que la luz se enciende.

—Eso ya lo veo, pero ¿cuál es el mecanismo? ¿Por dónde se le echa el combustible?

Aquí Lucio se dio vuelta, rascándose la cabeza con el garfio.

—La verdad es que no tengo idea. Nadie lo sabe. Todo esto ya se encontraba aquí cuando llegaron nuestros antepasados desde España.

Pedro frunció el entrecejo.

—Entonces ¿quién construyó el faro?

—¿Y yo qué sé?

Lucio se sentó en un taburete con un plato en la mano y comenzó a ingerir su bocadillo de pan y queso. Al muchacho se le revolvió el estómago. ¿Cómo podía comer con ese olor?

—No me mires con esa cara, mequetrefe. Ya verás cuando te pique el gusanillo del hambre... En cuanto al faro, siempre he pensado que lo construyeron los habitantes de la Atlántida antes de que su continente se hundiera en el mar.

—Sí, claro.

—Ríete si quieres. Pero ten algo en cuenta: hubo una época en que la gente estaba convencida de que la Tierra era plana, y que el océano se precipitaba en un abismo. Y existían leyendas acerca del Rey Neptuno y las sirenas, y sobre muchas otras criaturas fantásticas.

—¿Qué tiene que ver eso con el faro? Son cuentos de hadas.

—Lo que tú digas, muchacho... A tu edad yo también creía saberlo todo.

Lucio siguió masticando con sus mandíbulas desdentadas, sin dejar de sonreír.

—Y dime —continuó—, ¿valía la pena meterse en líos por esa ramera? ¿Era muy guapa?

—Mucho —dijo Pedro, y se le iluminó la cara al pensar en ella: la hermosa Rubí, con su pelo negro y sus ardientes ojos castaños.

—Pues... debes haber peleado como un león para haber causado tantos destrozos. ¿Qué edad tienes?

—Quince —replicó Pedro distraídamente. Había notado una placa en el techo, de madera tallada, que lucía la siguiente inscripción:

Sóm Vire ed Cârmio Orckræsteh

—¿Qué significa eso?

—"Viento suave y mar tranquila"; es un conjuro.

—¿En qué idioma?

—No lo sé. Será el de la Atlántida.

Irritado por el tono sarcástico del viejo, Pedro inquirió:

—¿Cómo puede traducir la frase si no sabe en qué idioma está escrita?

Lucio se puso muy serio y sus ojos adquirieron la profundidad insondable del océano que retumbaba bajo el faro. El hombre dijo:

—Cuando uno ha pasado tanto tiempo como yo en este lugar olvidado de Dios, casi siempre solo, aprende cosas inimaginables.

Pedro no supo qué contestar a eso, y ambos permanecieron callados hasta que una especie de graznido interrumpió la tranquilidad.

Los cristales del faro tenían aberturas para la ventilación, y en una de ellas se había posado una gaviota. Pedro, sin embargo, jamás había visto una gaviota como aquélla, ni siquiera en el puerto de Aurora. Era grande, gris, con uñas muy afiladas en sus patas palmeadas y un largo pico aserrado. Le faltaba un ojo, y el que tenía era escarlata. Igualaba en fealdad al encargado del faro, y quizás hasta en años de vida.

—¡Eh, hola, amigo mío! —la saludó Lucio—. ¿Alguna novedad?

La gaviota repitió su graznido y se posó en el hombro de Lucio cual loro de pirata. El viejo le dio un pedazo de queso que fue devorado al instante.

—Él es Grak, mi gaviota mensajera. Horroroso y antipático, pero muy útil. Cuida tus dedos en su presencia y no lo hagas enfadar.

La gaviota posó su ojo solitario en Pedro, escrutándolo detenidamente.

—Ah... hola.

El ave lanzó un picotazo en dirección al muchacho, que sonó como un cuchillo partiendo hueso. Pedro retrocedió.

—Vamos, no es para tanto —dijo Lucio riendo—. Si tratas a Grak con respeto, todo saldrá bien. Pero su llegada significa que pronto tendremos visitas, y mucho que hacer. ¿Estás listo para volver abajo?

¿Abajo? ¿Volver abajo? ¿Sumergirse de nuevo en aquel hedor espantoso? Pedro hizo una mueca de disgusto.

—Esto te pasa por dejar que una muchacha bonita te haga perder el juicio —le dijo Lucio con tono paternal—. Ve aprendiendo la lección, mequetrefe, y recuerda mis palabras: la vida es una maestra frígida y perversa. Y yo mejor que nadie puedo afirmarlo.

El hombre inició el penoso descenso, y Pedro, después de solazarse unos minutos en su autocompasión, fue tras él murmurando maldiciones.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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