1 de noviembre de 2011

El faro (parte 1/8)

El faro de la isla Aurora era una mole plateada que se alzaba justo en el borde del acantilado, mirando al poniente. Unos cincuenta metros más abajo, el Atlántico golpeaba la roca formando numerosas cavernas con el paso de los años. Pero en la cima era el viento quien dominaba; el viento, que parecía celoso del porte digno del faro y por ello trataba de derribarlo a fuerza de soplidos. El faro, sin embargo, soportaba sin inmutarse el embate de sus ráfagas coléricas. Había estado allí desde antes que aparecieran los colonos, y quizás seguiría incólume hasta el fin de los tiempos.

Pero su función no era la de guiar a los barcos hacia el puerto, porque el puerto se hallaba muy lejos de ahí, en la costa oriental de la isla. El faro estaba en su sitio por una razón muy diferente... que los habitantes de Aurora mantenían en secreto.

*****

El carro tirado por dos caballos recorrió el largo camino de tierra que unía la ciudad con el faro. Entre un punto y otro el paisaje era de lo más monótono, y el joven Pedro Montes se sintió morir de puro aburrimiento. Bostezando apoyó la barbilla en su puño cerrado, viendo cómo el carro iba dejando atrás con exasperante lentitud el terreno sembrado de piedras y maleza.

¡Y todo por una estúpida riña en la cantina! Menuda manía tenían los adultos de exagerar las cosas...

Horacio, el padre del muchacho, conducía el carro en silencio mientras que su madre leía un libro amarillento. Ambos estaban muy enfadados, y en todo el día no le habían dirigido la palabra salvo para hablarle de su castigo.

—¿Qué castigo? —había preguntado el chico de mala gana mientras se levantaba de la cama. Aún le dolían las magulladuras producidas la noche anterior.

—Sólo vístete —gruñó su padre, manifestando a las claras que más le valía no discutir. El muchacho obedeció, aunque aquello le daba muy mala espina. Había una mirada en los ojos del hombre que...

Al bajar al comedor, otra sorpresa desagradable: Amalia, su madre, había empacado una bolsa de viaje.

—¿Acaso iremos a alguna parte?

—Cállate y come.

—Pero mamá...

—¿Qué parte de "cállate y come" no has entendido?

Así que Pedro tomó asiento y acabó su desayuno, embargado por una molesta sensación de abandono. Era la primera vez que sus padres lo trataban con tanta frialdad; por lo general eran muy tolerantes.

Y ahora estaban ahí, en el carro, rumbo al dichoso faro que todos conocían pero del que nadie hablaba. ¡Rayos! Si al menos la pelea en la cantina hubiera servido de algo...

Pedro se volteó al percibir el rumor de las olas deshaciéndose en espuma y entonces el faro apareció ante sus ojos, no precisamente bello pero sí imponente. Era más alto que la torre de la iglesia; sin embargo, aunque superaba en antigüedad cualquier otra construcción de la isla, ni una sola grieta perturbaba la solidez de su contorno. Coronaba el faro un prisma de cristal verde, haciendo suponer al muchacho que la luz producida allí debía teñirse del mismo color al proyectarse hacia afuera.

Horacio Montes detuvo el carro al tiempo que un hombre cojo se aproximaba para recibir a los visitantes. ¡Un verdadero espantajo, por cierto! El cabello gris le caía sobre la cara en mechones sucios; sus ropas estaban llenas de remiendos; y, como toque final, tenía un garfio en lugar de su mano izquierda y una pata de palo en la pierna derecha, desde la rodilla. Cuando llegó hasta el carro, el olor a podrido que despedía casi hizo desmayarse al muchacho, quien miró a sus padres en busca de compasión.

—Mamá, papá... —empezó, pero su padre lo interrumpió bruscamente.

—Ya es muy tarde para ofrecer disculpas, Pedro. Toma la bolsa y bájate.

—Además, las disculpas no repararán el daño, ¿verdad? —añadió el desconocido—. ¿Y qué es lo que ha hecho este joven tunante, si puede saberse?

El padre del muchacho apretó los labios, ceñudo y avergonzado; fue la mujer quien contestó:

—Bebió hasta embriagarse en la cantina, y luego se enzarzó a golpes con otros dos chicos por una vulgar ramera. —Aquí la dama miró severamente a su hijo—. Uno de ellos perdió un ojo, y el otro se fracturó el brazo. Por si fuera poco, su padre y yo tuvimos que pagar los daños.

—Vaya, vaya —dijo el viejo pestilente—. Así que eres todo un gamberro, ¿eh?

El muchacho apretó la bolsa contra su pecho, fingiendo no haberle escuchado.

—Pero no importa —les aseguró el encargado del faro a los padres del chico—. Un par de noches aquí lo volverán tan manso como un corderito, ya lo veréis. Y de paso hará algo útil, para variar. Sin duda un poco de trabajo le vendrá de perlas, porque tiene pinta de vago. ¿Estoy en lo correcto?

Horacio y Amalia Montes se abstuvieron de contestar. El tipo de la pata de palo emitió una risa baja y ronca que delataba su afición al tabaco.

—Idos ya —dijo después—. Cuidaré bien de vuestro hijo.

Pedro apenas pudo creerlo cuando el carro partió dejándolo a solas con aquel tétrico individuo. ¡Eso no podía estar pasando, no señor! ¡Imposible!

El muchacho soltó la bolsa, pero antes de que pudiera echarse a correr llamando a sus padres como un niño pequeño, el viejo lo agarró del brazo.

—Ni lo sueñes, muchacho. Ahora estás aquí, y aquí te quedarás hasta que sea hora de partir.

—¿Y... y cuándo será eso? —musitó Pedro.

—Pronto, creo. Se avecina una tormenta, lo siento en mis huesos; es en las tormentas cuando me hace falta ayuda, y el motivo por el que me envían desde la ciudad chicos sanos y revoltosos como tú. No sé si lo habrás notado, porque me da la impresión de que no eres muy listo, pero yo ya estoy algo viejo.

El hombre sonrió, mostrando unos pocos dientes ennegrecidos.

—Anda, gamberro, coge esa bolsa y muévete. Debemos prepararnos para la tormenta.

—¿Por qué? ¿Qué pasará en la tormenta?

El farero le dirigió una mirada entre pícara y obscena.

—Ya lo verás, muchacho, ya lo verás. A propósito: ¿cuál es tu nombre?

—Pedro. Pedro Montes.

—Yo soy Lucio Roble.

El hombre extendió una mano mugrienta hacia Pedro, quien se rehusó a estrecharla por miedo a contraer algún parásito. A Lucio no pareció molestarle; quizás estaba acostumbrado a la falta de cortesía. Cojeando sobre su pata de palo caminó hacia la puerta del faro, volteándose a mitad del sendero para ver si el muchacho lo seguía.

—¡Pero bueno!, ¿qué estás esperando, mequetrefe? ¿Acaso lo que te dije entró por un oído y salió por el otro?

Pedro suspiró, levantó la bolsa del suelo y marchó resignado a cumplir su penitencia.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios: