29 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 5/5)

La cabaña apareció detrás de una loma. Ahora daba una fuerte impresión de soledad, como las casas que han permanecido deshabitadas por meses o años. A Alexéi se le encogió el corazón: si el niño de las nieves estaba muerto, él pronto acabaría igual.

Iván no solía atrancar la puerta principal antes de salir, pero sí la del sótano secreto. Alexéi no se había molestado en recuperar la llave de ésta, aunque tuvo la oportunidad allá en el campamento de las criaturas. Quería que rompieran el cerrojo... para que luego no se les ocurriera encerrarlo ahí. Por algún motivo, cualquier muerte le parecía preferible a ésa.

Los hombres de las nieves, efectivamente, rompieron el cerrojo. Alexéi encendió la luz y enseguida vislumbró, en la jaula, al infante.

No se movía.

La madre del pequeño, pues no debía tratarse de otra, corrió hacia la jaula y arrancó el techo de un solo tirón. Luego tomó a su hijo en brazos... quien comenzó a despertar de su sueño. Con un gritito de alegría, aunque débil, el niño se prendió al cuello de su madre; ésta acarició al niño con sus garras, alisando el pelo enredado.

Aprovechando la distracción, Alexéi se deslizó hasta la escalera...

Una mano lo agarró por detrás y el hombre se vio lanzado a un rincón donde se golpeó dolorosamente contra unas cajas. Las criaturas, cuatro grandes y una pequeña, le echaron una última mirada de desprecio y subieron en fila los escalones de madera.

La puerta descendió, dejando a Alexéi en compañía de una pobre lamparita y los trofeos de su tío. Un sonido de arrastre le indicó que las bestias estaban apilando muebles sobre la puerta para que él no pudiera levantarla.

El hombre comenzó a gritar.

*****

Cuánto tiempo permaneció en el sótano, nunca lo supo. En todo caso, estaba muy sediento y con hambre cuando los muebles fueron removidos de su sitio, permitiéndole salir.

En la casa no había nadie. Ni un solo hombre de las nieves. Alexéi recorrió las habitaciones, y el único rastro consistió en un par de huellas húmedas que pronto se secaron.

El médico buscó las llaves de su camioneta, que había dejado en el vestíbulo, y emprendió la retirada. No planeaba mencionar lo sucedido, ni siquiera pensar en ello; se consideraría afortunado si aquel asunto se limitaba a repetirse en sus pesadillas por el resto de su vida. Con una mano temblorosa, aferró el picaporte y tiró de él.

Detrás de la puerta, sobre la nieve sucia, se hallaba la cabeza desfigurada de Iván.

Alexéi se sentó sobre el escalón y empezó a reír como loco. Rió y rió, alternando la risa con el llanto, hasta que el cielo se oscureció y una nevada borró las pisadas que, desde la cabeza humana, se internaban en lo más profundo del bosque.

Gissel Escudero

28 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 4/5)

Estaban en un pozo custodiado por dos hombres de las nieves. El hoyo debía haber sido excavado para los humanos, porque la tierra se notaba recién removida. Las criaturas habían usado sus garras para crearlo, y ahí donde asomaban rocas se distinguían las cuatro marcas paralelas de los arañazos.

Ahora, a media tarde y casi tres horas después de la captura, Alexéi vio que su compañero había recuperado el conocimiento. Lo ayudó a incorporarse y revisó sus signos vitales; poco más podía hacer sin su mochila, que una de las criaturas le había arrebatado.

—¿Estás bien, tío?

—No hagas preguntas idiotas. Claro que no estoy bien. ¿Qué hora es?

—Las cuatro y media, más o menos. Mi reloj se rompió.

Iván examinó los alrededores, asimilando la situación. Lo que observó no le gustó nada, por supuesto, y mucho menos la mirada de las criaturas que vigilaban desde arriba. El hombre le escupió a una de ellas; la bestia le rugió, pero luego se limpió la saliva y enseñó los dientes en una sonrisa sádica. A Alexéi se le puso la piel de gallina: esa expresión en particular resultaba chocante en el rostro peludo y blanco, como una aberración.

—¿Por qué no nos han liquidado aún? —murmuró Alexéi. Habló en voz muy baja, pues a estas alturas no estaba seguro de que las criaturas no pudieran entender su lenguaje. Iván, pensando quizás lo mismo, le respondió también en voz baja.

—No lo sé. Pero no presagia nada bueno... ¡Ah! Mi hombro me está matando...

—Déjame ver.

Alexéi le quitó el abrigo a su tío e inspeccionó la lesión. Era considerable: el zarpazo había atravesado cinco capas de ropa y un centímetro de carne.

—Sobrevivirás —dijo el médico—, aunque hay signos de infección. ¿Te duele algo más?

—La nuca.

Alexéi echó un vistazo.

—Ahí sólo tienes un enorme chichón.

Entonces advirtió que las criaturas estaban pendientes de sus movimientos y que se comunicaban entre sí por medio de ronquidos y señas.

—¿Qué crees que esté pasando? —le preguntó Iván.

—Ni idea.

Una de las bestias se retiró. Al cabo de diez minutos regresó con otras, una de las cuales bajó al pozo y agarró a Alexéi por la cintura, alzándolo con tanta facilidad que el hombre se sintió cual muñeco de trapo.

—¡Suéltame, maldito! ¡Quítame las manos de encima, bestia apestosa!

La criatura no le hizo caso, sino que se reunió con sus congéneres; a continuación el grupo se desplazó a una zona donde había troncos asegurados con tiras de cuero y barro helado, conjunto que formaba una choza bastante aceptable.

Dentro de la choza había más hombres de las nieves, incluso hembras con sus bebés, y unos cuantos lobos. A Alexéi lo depositaron en el suelo, y entonces comprendió por qué lo habían conducido hasta ahí: a pocos metros, sobre una cama de musgo, descansaba una bestia que tenía una herida de bala en la pierna, provocada sin duda por Iván durante la batalla en el refugio.

El hombre de las nieves que sujetaba a Alexéi le dio una palmada en el pecho y después señaló a su congénere tendido. El mensaje era evidente: "Es tu culpa. Cúralo." Alexéi estuvo a punto de decirle que se fuera al diablo... pero luego se le ocurrió que demostrar solidaridad podría sacarlos a él y a su tío del apuro. O por lo menos a él.

—Necesito mi mochila —dijo con tono seco y cortante, y tocó su espalda. La bestia a quien se había dirigido entrecerró los ojos, no por falta de comprensión sino tratando de adivinar las intenciones del humano. Alexéi se sorprendió una vez más ante la inteligencia de las criaturas... hecho que aumentó su preocupación. Los hombres de las nieves debían saber que él y su tío eran cazadores; ¿por qué razón, entonces, iban a liberarlos?

De todos modos, Alexéi se prestó a la tarea que le exigían. Con un poco de suerte, en el intelecto de las criaturas también habría lugar para el perdón.

La mochila le fue entregada. No había arma alguna en su interior y Alexéi llegó a ver, a unos pasos de él, cómo una de las bestias partía sus dos rifles en pedazos.

El médico comprobó el buen estado de su equipo de primeros auxilios y puso manos a la obra: se inclinó sobre la pierna afectada y extrajo los elementos necesarios para el tratamiento. Su primer impulso, a causa del hábito, fue coger el frasco de anestesia local; sin embargo, tras pensarlo mejor y considerando que las criaturas no debían conocer las bondades de tal droga, decidió que no tenía por qué ahorrarle dolor a su paciente. Así pues, cortó el pelo de la zona, usó un bisturí para profundizar en la carne y, con ayuda de sus pinzas, extrajo la bala que se había incrustado en el hueso. Alexéi disimuló su satisfacción al advertir que la criatura, a pesar de no emitir ningún gemido, cerraba los dedos hasta hacerse daño con sus propias garras. Finalmente el médico suturó la incisión, inyectó una dosis de antibiótico y vendó la herida. En el fondo deseó que la criatura contrajera tétanos... después de que Iván y él consiguieran huir.

El herido se levantó, y luego de apoyar tentativamente la pierna vendada pareció contento con el trabajo de Alexéi.

Pero no hubo recompensa. El humano fue arrojado de nuevo al pozo.

—¿Y? ¿Qué pasó? —le preguntó Iván.

—Nada —replicó Alexéi. Si su tío se enteraba de lo que acababa de hacer, le daría un buen tortazo.

A llegar la noche, un resplandor rojizo disipó en parte la oscuridad. ¡Las criaturas habían encendido fuego! El sueño de cualquier antropólogo, reflexionó Alexéi, y se rió por lo bajo. Iván lo fulminó con la mirada.

Hacia la madrugada aumentó la actividad en el campamento. Alexéi y su tío fueron retirados del pozo y llevados hasta la hoguera, que chisporroteaba alegremente bajo un techo de coníferas. Los hombres se debatieron al suponer que pretendían arrojarlos al fuego, mas el propósito era otro.

Uno mucho más siniestro...

La bestia más grande, que debía ser el líder de la manada, se plantó frente a los humanos y empezó a gesticular, dirigiéndose a su grupo. No debía estar diciendo nada bueno, porque constantemente señalaba a los cazadores y efectuaba un ademán violento con su diestra, como si estuviera aplastando algo con el puño. Después estiró el brazo hacia un lado y una criatura, que hasta ese momento se había mantenido al margen, dio unos pasos al frente y enseñó a las demás un objeto que tintineaba: era una trampa de acero, una de las muchas que Iván usaba para las presas medianas. El hombre de las nieves colocó la trampa en el piso y la abrió, separando en un segundo las fauces metálicas que reflejaban las llamas.

El líder apuntó a Iván con su índice... y luego hacia la trampa. El ermitaño palideció.

—¡No! ¡No! —gritó mientras era empujado a cumplir su sentencia.

Las bestias lo obligaron a ponerse de rodillas y, agarrándolo del cuello, bajaron su cabeza al encuentro del acero.

—¡Nooo! ¡¡Aaaaahhhhh...!!

¡Clang-CRAC!

El grito de Iván quedó interrumpido en la mitad, pero el hombre no estaba muerto. Su cara yacía atrapada en el metal, prácticamente irreconocible, y su cráneo se había deformado; el cazador, no obstante, aún vivía, y sus manos tanteaban sin descanso la trampa de acero como si no supieran que el cuerpo al que estaban unidas ya no tenía salvación.

Las piernas le fallaron a Alexéi, quien contempló desde el suelo la agonía de su pariente. Alrededor del fuego, las criaturas y los lobos se relamieron.

Sacar de la trampa el cadáver de Iván y repartirlo entre los asistentes fue cosa de un minuto. Sosteniendo su porción de carne en alto, a modo de trofeo, cada hombre de las nieves bailó alrededor de la hoguera en una suerte de ritual primitivo y no menos aterrador. Los lobos lamieron la sangre del piso y aullaron al cielo, acompañando la fiesta con su música infernal.

Alexéi se orinó de puro miedo. ¿Cuál sería su destino?

Terminada la danza, el líder habló de nuevo y la criatura de la pierna herida caminó hacia el médico. Alexéi, desesperado, pensó que su perdón llegaría por intermedio de ese individuo... pero se equivocaba, porque éste sostenía en su mano el mismo bisturí que el médico había empleado en él, y lo blandía en zigzag a medida que se aproximaba al humano.

—¡El pequeño! —exclamó Alexéi sin proponérselo—. ¡Sé dónde está el pequeño!

El hombre levantó su mano a la altura de la bestia que continuaba encerrada en casa de Iván y luego dio unos saltos y gruñidos, imitándola.

Hubo un instante de silencio. Todas las criaturas lo miraron atentamente, sin moverse, incluso la del bisturí. El líder habló. Otros le contestaron. Se armó una discusión, que el líder acalló con un golpe de su pata en el suelo.

Una hembra se acercó al humano y lo levantó por la pechera del abrigo, clavando en él sus ojos pálidos y fríos...

(¿Conseguirá Alexéi escapar del embrollo? Lo sabremos en la última entrega, porque esto... continuará un poquito más.)

Gissel Escudero

27 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 3/5)

Con perros o sin ellos, Iván era un cazador nato y no tuvo dificultades para seguir el rastro de las criaturas... hasta que la nieve lo sepultó. Entonces tanto él como Alexéi quedaron desorientados. Iván sabía perfectamente bien dónde estaban, pues el bosque era su casa y además tenía una buena brújula, pero ¿en qué dirección se habían marchado las bestias que procuraba? Daba igual. En lo que a él concernía, no pensaba descansar hasta recuperar a sus perros y cobrar venganza por el secuestro, aunque no había renunciado a su propósito original. Mas el honor estaba primero...

A su sobrino, en cambio, la cuestión del honor lo traía sin cuidado, porque la tormenta arreciaba y pronto estarían en peligro a causa de ella. A él no le hacía ninguna gracia la idea de que alguien encontrara sus cuerpos helados en la primavera, como animales prehistóricos atrapados en una glaciación.

Iván se detuvo un momento con el cuello estirado y sus cejas y barba totalmente blancas. Sus manos enguantadas se cerraban sobre el rifle con mayor o menor fuerza según lo acometían oleadas de odio, y los ribetes peludos de su abrigo ondeaban al viento.

—Están cerca —dijo—. Puedo sentirlo...

Alexéi apenas lo escuchó. Había demasiado ruido: el que hacían los árboles al agitarse y el de la nieve que, tras acumularse en un lugar alto, finalmente cedía y se precipitaba al suelo en pequeñas avalanchas.

—¡Tío! ¡Tío, tenemos que...! —pero no llegó a terminar la frase, porque Iván lo agarró del brazo y echó a correr, arrastrándolo consigo, y él estaba tan cansado que no pudo resistirse al poder de su voluntad.

Así continuaron por más de una hora, hasta que Iván se paró en seco y soltó a Alexéi como si nada. El tiempo se paralizó en ese instante, y durante un lapso imposible de determinar, todo lo demás se volvió secundario para el viejo ermitaño.

Todo salvo los restos de sus perros que yacían frente a él, apenas rociados de nieve fresca.

Alexéi vio aquello y estuvo a punto de vomitar. Los cánidos habían sido convertidos en sendas masas de huesos descarnados, y sólo sus cabezas, en el centro de la carnicería, aún mostraban cierto parecido con las originales.

El médico extendió una mano hacia su tío. No alcanzó a tocarlo; con un grito que se elevó por encima de la tormenta, Iván salió de su aturdimiento y protagonizó un horrible ataque de ira y frustración, azotando los troncos con su rifle, pateando la nieve y profiriendo unos alaridos que hicieron pensar a su sobrino en una reunión de demonios.

Aquello no pintaba nada bien...

Alexéi recogió del suelo el gorro de su tío, que éste había arrojado al suelo para tirarse de los pelos, y esperó a que el hombre se calmara. Tuvo que esperar bastante... Finalmente pudo hacerse oír.

—Tío, tenemos que cobijarnos. La tormenta empeorará. Nos helaremos.

El médico dudó al principio que Iván fuera a atender razones, pero el viejo no era tan estúpido. Se había extraviado una vez, en su juventud, y los muñones de sus pies le recordaban a diario lo cruel que podía ser el invierno ruso. Todavía con el rostro morado, asintió en silencio.

—Hay una cueva por ahí —dijo luego, señalando con el dedo—. Aguardaremos en ella hasta que acabe la tempestad.

La cueva en cuestión era más bien un agujero entre las rocas, pero constituyó un excelente resguardo para los hombres por lo que restó de la noche y la nevada. Alexéi y su tío se abrazaron a fin de darse calor, compartiendo de vez en cuando unos tragos de vodka, y de no haber sido porque el primero tenía la nariz adormecida por el frío, se habría percatado de cuán raramente se bañaba el segundo.

El amanecer trajo consigo un cielo descolorido pero sin nubes, y los cazadores retomaron su empresa. Iván parecía de buen humor: su andar estaba cargado de energía y hasta se puso a tararear unos compases de Pedro y el lobo; sin embargo, Alexéi no se dejó engañar y mantuvo la boca cerrada. Nunca había visto a su tío tan enojado, y su semejanza con un oso no podía ser mayor. Incluso olfateaba el aire como tal mamífero, y el color marrón de las pieles que lo cubrían acentuaba el efecto.

Alexéi no se atrevió a sugerir que regresaran. Estaba seguro de que Iván lo mataría, aun si intentaba volver solo.

Entonces lo hallaron: un rastro clarísimo, rompiendo la monotonía de la gruesa capa de nieve.

—Más vale que los lobos no se me adelanten —masculló Iván—, porque haré pagar caro a esos engendros por comerse a mis perros.

Alexéi agradeció para sus adentros no ser una de las criaturas blancas.

Ambos hombres siguieron la pista por horas, batallando con los montones de nieve que en ocasiones les llegaban a las rodillas. La helada sustancia también caía desde los árboles: una lluvia constante y molesta.

El médico empezaba a preocuparse. Daba la impresión de que la criatura se mantenía a propósito a cierta distancia de ellos, siempre la misma. Como si los estuviese guiando a alguna parte...

Los cazadores hicieron un alto para comer, sin decir palabra, y continuaron andando de igual manera. Poco después el primer hombre de las nieves apareció ante ellos. Iván y Alexéi lo observaron detenidamente desde unos arbustos.

Medía unos dos metros y medio de altura, y por lo tanto debía pesar alrededor de doscientos kilos. Su forma era básicamente humana, pero con brazos más largos de lo normal y sin orejas. Su cara recordaba la de un babuino; se movía, no obstante, como una pantera. En su mano llevaba un pedazo de carne.

Iván le hizo señas a su sobrino, indicándole que rodeara al animal: uno lo distraería y el otro le dispararía el dardo tranquilizante. Alexéi se mostró de acuerdo.

Antes de la separación ocurrió algo: la criatura se sentó y comenzó a devorar la carne con grandes y ruidosos mordiscos. En ese momento los hombres se dieron cuenta de que la carne era la pata trasera de uno de los perros, y poco faltó para que Iván, enfurecido, olvidara sus planes y liquidara a tiros a la bestia. Sólo la intervención de Alexéi evitó tal cosa; el médico retuvo a su tío por el brazo y le mostró el rifle de aire comprimido, recordándole que querían vivo al animal. Iván contuvo a duras penas sus ganas de atacar, apretando los dientes hasta que se puso violeta.

Alexéi describió un círculo alrededor de la bestia sin ser detectado. ¿Tendría mal oído la criatura? Quizás la falta de orejas y el pelo de la cabeza perjudicaban su audición...

El hombre atisbó por entre los árboles. La criatura estaba ahora de espaldas a él, ofreciéndole un blanco estupendo; si la dosis era adecuada, lo derribaría. Alexéi levantó el rifle y apuntó.

Tenía el índice en el gatillo, listo para tirar de él, cuando se armó un tremendo revuelo en el sitio donde Iván permanecía oculto: hubo rugidos, gritos, golpes y el crujido de las ramas al quebrarse. Unos segundos después, un brazo peludo rodeó el cuello de Alexéi, obligándolo a soltar el rifle.

De la nieve circundante surgieron, como por arte de magia, decenas de criaturas. A su vez, desde el bosque, se aproximaron varios animales grises: una jauría entera de lobos.

Iván y Alexéi fueron empujados hacia el lugar donde se hallaba la bestia que sostenía el pedazo de carne. El médico apenas podía respirar; su tío, por otro lado, no dejaba de retorcerse a pesar del castigo que había recibido, pero se quedó quieto cuando la criatura, con una sonrisa sanguinolenta, agitó la carne frente a su rostro y volvió a morderla en un gesto de desafío.

Iván redobló sus esfuerzos por soltarse, provocando que uno de sus captores le asestara un golpe en la nuca que lo dejó inconsciente. Los lobos quisieron entonces arrojarse sobre él, pero las criaturas se interpusieron, ordenándoles que se retiraran. Entre cuatro levantaron a los cazadores como habían hecho con los perros, y mientras era llevado a cuestas junto con su tío, Alexéi maldijo la estupidez de ambos: se habían dejado emboscar como dos palomas atolondradas... y ahora se convertirían en la cena de alguien más.

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 2/5)

A la intemperie, bajo las nevadas copas, Iván ya no necesitaba hablarles a sus perros. Alexéi lo observó mientras vagaban por el bosque, maravillándose ante el repertorio de signos que su tío empleaba para comunicarse con ambos cánidos.

—Pues sí que están entrenados —le dijo a Iván en tono de admiración.

—Son listos, muy listos. No iría a ninguna parte sin ellos.

Había tanto orgullo en las palabras del viejo que casi rayaba el amor. Alexéi supuso que eso era lo más cercano a dicha emoción que su tío podía llegar, exceptuando su afición al vodka.

Antes de partir, el médico le había echado un vistazo al cautivo. Éste se había puesto a gruñir y a dar saltos enfurecidos en su jaula, tratando de romperla. Pequeño o no, el animal tenía carácter...

Ahora los perros olfateaban la blanda nieve en busca de un olor similar al de la criaturita blanca. Por el momento no daban muestras de estar siguiendo pista alguna, pero Iván tenía fe en la capacidad de los chuchos.

—Apostaría los dedos que me quedan en los pies a que no fallarán —había dicho más temprano, y Alexéi no se atrevió a apostar en contra.

Aunque el cielo continuaba despejado, el frío era intenso. Iván y los perros parecían inmunes a él, pero Alexéi, a pesar de sus ropas, lo sintió en la piel. Debía ser una cuestión de hábitos.

De pronto los perros se excitaron y salieron disparados a toda velocidad, internándose más en la arboleda.

—¡Ja! ¡Te lo dije! —exclamó Iván, y corrió detrás de los animales. Alexéi fue tras ellos resoplando como una mula vieja. Hacía tiempo que no se ejercitaba tanto; si no moría congelado, seguramente sería bueno para su salud...

Los perros se detuvieron al borde de un círculo donde, a juzgar por las evidencias, había ocurrido una feroz pelea. Ramas rotas, huellas borrosas y manchas de sangre se mezclaban en forma caótica, y un olor como de almizcle lo impregnaba todo, tanto que aun los humanos lograron percibirlo.

Iván se adelantó, ordenando a sus perros que no se movieran. Alexéi también se quedó quieto, expectante.

—¿Qué ves? —le preguntó a su tío.

—Calla. Déjame pensar.

El viejo cazador examinó el círculo centímetro a centímetro, leyendo en él lo mismo que un libro. La expresión de su rostro cambió varias veces... y finalmente se convirtió en una mueca de contrariedad.

—Sí, ellos estuvieron aquí. Al menos dos. Pero también hay pisadas de lobos, y son más numerosas. Y éstas de aquí... son de algún ciervo solitario. Los lobos, el ciervo y los hombres de las nieves confluyeron aquí. Los depredadores se pelearon por el ciervo, y luego... luego...

Iván halló un sendero trazado por goterones rojos y marcas de arrastre. Las pisadas de las criaturas y de los lobos se confundían allí; el ermitaño las siguió mientras decía:

—Los hombres de las nieves se llevaron al ciervo y los lobos fueron en pos de ellos. ¡Ven, Alexéi! Las bestias levantaron en vilo al ciervo y siguieron caminando...

De esta manera llegaron a un río cubierto de hielo, donde las huellas y la sangre desaparecieron rápidamente.

—¡Maldición!

—Se fueron por el río para no cansarse tanto —acabó Alexéi en lugar de su tío, quien estaba demasiado enfadado como para decir otra cosa que juramentos. El viejo se calmó pronto, no obstante, y entonces anunció:

—Nosotros también iremos por el río. Mis perros descubrirán por dónde cruzaron al otro lado. ¡Adelante!

El hombre se echó a andar con un aire tan decidido que Alexéi lamentó por un instante haberse involucrado en aquella aventura. Pero la idea del dinero, quizás con un poco de fama incluida, no tardó en servirle de consuelo.

*****

Como guardia forestal, Iván disponía de varios refugios a lo largo y ancho del bosque por si una tormenta lo pillaba desprevenido. En uno de esos refugios se instalaron él y Alexéi para pasar la noche, porque habían recuperado el rastro y no querían perderlo.

La luna se ocultó y poco después empezó una nevada ligera. Por encima del susurro del viento se escucharon unos aullidos...

—Están lejos —murmuró Iván, casi dormido, ante la mirada tensa de Alexéi y el sobresalto de los perros, que levantaron sus orejas. El médico, por si acaso, verificó que su arma estuviera pronta para disparar; de paso cargó el otro rifle, éste de aire comprimido, con un potente dardo tranquilizante. Había llenado la jeringa con suficiente droga para aturdir a un león, y ahora sólo esperaba que su futura víctima no cayera muerta de un paro cardíaco o respiratorio.

Iván y uno de los perros comenzaron a roncar. Alexéi y el segundo cánido asumieron la guardia; al cabo de dos horas, la tibieza que se apoderó del refugio también le provocó sueño al hombre, quien bostezó para mantenerse despierto. El perro lo contempló con franco desdén.

—Púdrete —lo insultó Alexéi, y recostó su cabeza contra las mantas que lo envolvían.

Fue cuando ocurrió el terremoto, o más bien esto les pareció a los ocupantes del refugio, porque toda la construcción se agitó de repente amenazando con venirse abajo.

¡Crac! ¡Crrraaac!

Recién al advertir que el suelo no se movía entendieron que alguien estaba sacudiendo el refugio desde afuera. Alexéi gritó de terror, los perros ladraron, y solamente Iván, quien no pertenecía al ejército como su sobrino ni tenía la fuerza física de sus mascotas, se mantuvo en calma y alzó su rifle. Cuando vio una sombra por entre las tablas flojas, oprimió el gatillo.

Entonces ocurrió una serie de acontecimientos: un fuerte rugido siguió al estampido del arma y el refugio se desplomó cual castillo de naipes; los perros se escabulleron del desastre con ánimos de defenderse o atacar, pero los humanos, no tan ágiles, tuvieron que bregar para salir de las ruinas. Y no les resultó fácil, porque abandonar el refugio caído significaba exponerse a las garras blancas que a su vez pretendían cogerlos. Uno de los zarpazos alcanzó a Iván en el hombro y el dolor lo hizo disparar de nuevo, a ciegas.

Los perros se abalanzaron sobre los atacantes, y la escaramuza levantó tanta nieve en polvo que ninguno de los humanos pudo ver quién llevaba la ventaja. Por unos instantes reinó la confusión, un enredo en el que Iván no osó emplear su rifle por miedo a herir a sus fieles chuchos.

Unas figuras peludas, del mismo color que los alrededores, se alejaron corriendo. Dos de ellas cargaban sendos cuerpos más oscuros que ladraban y se debatían.

—¡Mis perros! ¡Devuélvanme a mis perros! —chilló Iván, rojo de furia. Sin voltearse para ver si Alexéi lo acompañaba, fue tras las criaturas con el rifle en alto e intenciones homicidas. El bosque se lo tragó en menos de un parpadeo.

—¡Iván! —lo llamó su sobrino, quien de repente se encontró solo junto al refugio destrozado. Tardó unos minutos en recuperarse, pero como no era un cobarde, al cabo de ese lapso recogió sus armas y mochila y con ayuda de una linterna siguió las huellas de su tío.

En comparación con la pelea en la que acababa de participar, el bosque estaba tan callado que su propia respiración se le antojó estruendosa. Eso sí: el frío había dejado de molestarlo. Sus sentidos no tenían más propósito que conducirlo hasta Iván, y escudriñaban el entorno para que nada lo tomara por sorpresa.

Un crujido avanzó hacia él, retrocediendo por el camino de nieve aplastada. Alexéi, rifle en mano, se colocó detrás de un árbol.

—Soy yo, estúpido —dijo el ermitaño—. Deja de esconderte como un maldito conejo y ven conmigo. Apresúrate.

Alexéi se reunió con su tío en medio de una tormenta que poco a poco se hacía más intensa.

(Continuará...)

Gissel Escudero

25 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 1/5)

El bosque, silencioso y frío, apenas daba señales de vida en la noche invernal excepto por los árboles, que resistían estoicamente las duras condiciones climáticas. Fue por eso que la aparición de una camioneta todoterreno, desplazándose con cautela por el resbaladizo camino, resultó casi un sacrilegio; nada en tal bosque hacía pensar que los humanos fuesen bienvenidos allí.

El cielo estaba despejado y la luna brillaba redonda en lo más alto de su trayectoria. Para el conductor de la camioneta esto fue un alivio: bastante difícil era mantener el rumbo en un camino tan poco definido como para tener que hacerlo en la oscuridad. Aun así se sentía inquieto, pero por otras razones.

"Ven de inmediato. Es importante. Trae tu maletín." Esto decía el mensaje de su tío Iván, que Alexéi había pegado junto al volante. ¿Qué demonios querría el viejo guardia forestal? ¿Estaría enfermo? Pero si Iván afirmaba que era importante, debía serlo; como Alexéi bien sabía, a su tío no le agradaban las visitas y sólo toleraba la presencia de otros seres humanos cuando no tenía más remedio.

Después de sortear varios troncos caídos y un número similar de pozos, por fin avistó la cabaña en medio del claro. No era una vivienda ruinosa y precaria, sino todo lo contrario: estaba construida con la mejor madera, y en su interior no faltaban las comodidades necesarias para un aislamiento prolongado. Iván podría ser un ermitaño recalcitrante, pero de masoquista no tenía un pelo...

Sin embargo, al bajar de la camioneta y sufrir el azote del aire helado en la cara, Alexéi se preguntó una vez más qué era lo que atraía a su pariente de semejante vida. Arrebujándose en su abrigo, corrió hacia la entrada antes de que todo el calor escapara de su cuerpo.

No llegó a tocar la puerta; unos perros lo escucharon acercarse y prorrumpieron en fieros ladridos de advertencia, que por lo graves delataban su tamaño.

—Ya, ya, cállense —se oyó desde adentro, y los perros guardaron silencio. Entonces la puerta se abrió.

El viejo Iván no había cambiado mucho en los últimos diez años. Su pelo y barba tenían más canas, pero aparte de eso era el mismo hombre sólido y curtido por los elementos a quien Alexéi había visitado poco antes de enrolarse en el ejército. Sus ojos, negros y penetrantes, yacían en unas cuencas profundas, y su rostro estaba marcado por una cicatriz desde la sien izquierda hasta la comisura de la boca. Cuando sonreía, lo cual no pasaba muy a menudo, dejaba entrever numerosas coronas metálicas. En general daba la imagen de un oso malhumorado y pulguiento.

—Vamos, muchacho, ¿piensas quedarte ahí hasta que mi trasero se congele? ¡Entra ya!

Alexéi entró, y muy pronto pudo quitarse el abrigo gracias al milagro de la calefacción. La cabaña estaba sucia y desordenada y además olía a rancio; el hombre se sentó en un sofá lleno de pelos y miró con recelo a las mascotas de Iván, desconocidas para él. Eran dos chuchos inmensos de raza indefinida y expresión inteligente, pero no parecían demasiado amistosos...

—Tranquilo, no te harán nada —lo tranquilizó Iván con su voz rasposa—. Están bien entrenados, saben quién manda aquí. Ahora —continuó, tomando asiento frente a Alexéi—, ¿qué tal el viaje? ¿Algún inconveniente?

—Ninguno —respondió Alexéi con precaución. Iván no era muy afecto a las conversaciones triviales, de modo que sus preguntas debían tener un objetivo concreto.

—¿Trajiste tu maletín, como te pedí?

—Siempre lo llevo conmigo. ¿Cuál es la urgencia?

—Bueno, resulta que...

Iván se levantó de su silla y comenzó a dar vueltas por la habitación, acompañado por uno de sus perros. El otro permaneció sobre la alfombra, pendiente de Alexéi.

El ermitaño se detuvo y miró fijamente a sus sobrino.

—He descubierto algo. Algo muy... peculiar. Te lo mostraré. Como siempre, tendrás que jurar discreción.

—Por supuesto.

Y más le valía. Él conocía los secretos sucios de su tío pero éste también conocía los suyos; siendo médico, no podía arriesgar su reputación.

Iván ponderó la respuesta de su sobrino y la tomó por sincera. A continuación, y con una sonrisa enigmática, le hizo señas a Alexéi.

—Sígueme. Ustedes no —dijo a los perros, que ya se habían pegado a su amo. Alexéi notó que ambos obedecían a regañadientes; lo que Iván ocultaba, pues, debía ser de su interés.

El médico caminó tras su tío, quien se dirigió a la habitación contigua. Ahí el viejo enrolló una alfombra peluda medio comida por las polillas, dejando a la vista una puerta camuflada que no era ningún misterio para Alexéi. Dicha puerta, que era de hierro, tenía un fuerte cerrojo; el viejo lo abrió con cuidado usando la llave que pendía de su cuello.

—No hagas alboroto —le indicó a Alexéi, y bajó por la escalera. Su sobrino lo imitó, presa de la curiosidad.

Una vez abajo, Iván encendió una lamparita que iluminó tenuemente la estancia, aunque la luz fue suficiente para revelar sus contenidos: aquí y allá, en cajas y bolsas que apestaban a naftalina, el hombre guardaba sus más recientes tesoros antes de mandarlos al mercado negro. A pesar de su puesto como guardia forestal, Iván pertenecía a una red de cazadores furtivos; por tal motivo Alexéi no se sorprendió al vislumbrar, en un rincón del sótano, una piel de tigre recién tratada que relucía con la promesa de un buen negocio.

Pero el hallazgo en cuestión era otro y se encontraba al fondo del sótano, en una jaula de acero.

Al principio Alexéi pensó que era un simio, un gorila albino. Pero ¿qué hacía un gorila en plena Rusia, tan lejos de su hábitat natural? Luego, observándolo con mayor detenimiento, comprendió que aquel ser no calificaba de gorila, y quizás tampoco de primate. Lo que sí estaba claro era la edad de la criatura: muy joven, a juzgar por sus proporciones; el equivalente a un niño de seis o siete años, aunque más robusto.

Los ojos pálidos del animal le devolvieron a Alexéi una mirada vidriosa, en la que el médico reconoció la obra de algún sedante.

—¿Qué... qué es eso? —le preguntó en susurros a su tío.

—Un hombre de las nieves, sin duda. Lo atrapé hace cuatro días. Justo después te envié mi carta. Está herido, ¿ves?, y necesito que me ayudes a mantenerlo vivo.

La criatura, en efecto, mostraba severas laceraciones en su brazo derecho producidas por una de las trampas de Iván. Otras heridas de menor consideración indicaban sus esfuerzos para escapar. El pequeño era fuerte: había rayado con sus uñas los barrotes de la jaula.

—Un hombre de las nieves... —repitió Alexéi, un tanto incrédulo. Sin embargo, lo que tenía ante sí no era un producto de su imaginación.

—Tuve que darle el doble de la dosis para bajarle los humos. No dejaba de morder y patalear, y no me hacía gracia que llamara a... mamá y papá.

Iván terminó la frase riendo entre dientes. Alexéi se volteó hacia él.

—¿Los has visto?

—Todavía no. Los he estado buscando, desde luego, pero son tan escurridizos... Ni siquiera sé cuándo se mudaron aquí. Es decir, me da la impresión de que son nómadas; seguramente se amparan en el frío, y por eso el mundo ignora su existencia. Aun así, justo ayer... ah, ayer seguí el rastro de un adulto. Nunca lo tuve a menos de doscientos metros, pero puedo asegurarte que era grande.

Alexéi hizo un gesto afirmativo y una sensación familiar lo recorrió de pies a cabeza: era la codicia, que igualmente reconoció en la mirada de su tío. Señalando la jaula, dijo:

—Sujétalo para que pueda anestesiarlo y lo atenderé arriba.

*****

La criatura aún dormía cuando Alexéi la devolvió a la jaula después de vendar sus heridas. Había aprovechado para examinarla bajo los efectos de la anestesia, y aunque no sabía mucho sobre anatomía animal, concluyó que era una especie muy diferente a las actuales. Quizás se tratara de un superviviente del Pleistoceno, época de los mastodontes y otros mamíferos raros. Imposible, sin embargo, determinarlo sin un estudio genético, aunque algo sí podía dar por sentado: aquella cosa, por su dentadura, era carnívora. Tenía unos preciosos colmillos de gato y muelas bien afiladas.

El hombre de las nieves, o niño de las nieves, en este caso, se hizo una bola dentro de la jaula y empezó a chuparse el pulgar del brazo sano.

—¿Cómo lo ves? —preguntó Iván a espaldas de Alexéi.

—Diría que el pronóstico es favorable. ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Notificar a la prensa?

Iván se acarició la barba, pensativo.

—Sí... pero antes me gustaría capturar un adulto, antes de que aparezcan esos estúpidos conservacionistas y me quiten la oportunidad de las manos. Dime, ¿cuánto crees que me pagaría un coleccionista?

—Bastante —replicó Alexéi mientras se incorporaba, sacudiéndose el polvo de las rodillas.

—¿Quieres sumarte al emprendimiento, como la otra vez? ¿Setenta a treinta?

—Sesenta a cuarenta.

Iván lo consideró un instante y extendió la mano. Alexéi la estrechó, y luego ambos hombres subieron a la casa a prepararlo todo para la cacería.

(Continuará...)

Gissel Escudero

21 de noviembre de 2011

Feliz cumpleaños, hijo querido

Para Larissa y Tristán.

Tienes que dejarlo ir. Era la frase que Laura más detestaba, y la razón por la que acababa de tachar otro nombre en su lista. No le guardaba rencor a nadie por decirla, pero... era ella quien tenía que decidirlo, y su corazón apuntaba en la dirección contraria. ¿Y cómo podía ser de otra manera? Cuando alguien te arrebata lo más precioso que tienes, algo que para ti significa más que el aire o la luz, ¿no es natural que quieras aferrarte a ello hasta el final? Laura así lo pensaba.

Lo había intentado, sin embargo. No el primer año, cuando la pena era tan grande que lo veía todo gris incluso en los días soleados, pero sí los tres años siguientes, y siempre con el mismo resultado: el dolor no se iba, ni los recuerdos, ni el vacío que había quedado dentro de ella después del fatídico día. Había cosas que simplemente no se podían olvidar. El amor era más fuerte que la voluntad propia y las buenas intenciones ajenas.

Laura estaba a punto de marcar otro número cuando sonó el timbre de su puerta. La joven fue a abrir.

—Hola, amiga —saludó Mariluz, exhibiendo la sonrisa amigable que la caracterizaba—. Traje el pastel que prometí, recién hecho. Creo que todavía está un poco tibio.

—Hola, Mari, pasa. ¡Y gracias por el pastel! Tendré que ponerlo en el refri para mañana, ¿no?

—Exacto. Así quedará en su punto.

—¿Puedo verlo? ¿O quieres que sea una sorpresa?

—Adelante.

Mariluz depositó la bandeja en la mesa y Laura quitó la tapa. La decoración era hermosa: cobertura de chocolate, pequeñas flores de azúcar y un dibujo de ponis sobre las palabras "Feliz Cumpleaños Tomasito". Sin velas.

—Oh, está perfecto. ¡Me encanta! Gracias, gracias, gracias.

Laura le dio un beso a su amiga.

—Me alegra que te guste —replicó Mariluz—. Si vamos a hacer esto, vamos a hacerlo bien, ¿cierto?

—Cierto.

Mariluz sostuvo unos segundos la mano de su amiga, y la sonrisa en su cara dejó paso a una expresión más seria.

—Estás segura, ¿verdad? Ya te he visto sufrir tanto...

—Sí, estoy segura. Tengo que hacer esto. Ya sabes lo que creo.

—Sí, lo sé. —Mariluz sonrió de nuevo—. Entonces, ¿a qué hora será la fiesta?

Las dos mujeres rieron.

—A las siete —contestó Laura—. ¿Podrás llegar a tiempo?

—Claro que sí. Bueno, siempre y cuando ninguna de mis pacientes decida parir fuera de fecha. Algunas tienen la mala costumbre de arruinar mis planes...

—Si eso pasa, al menos quiero fotos del recién nacido, para compensar.

—Trato hecho. Me voy al hospital ahora, que se me hace tarde.

—Y yo tengo que seguir llamando por teléfono. Aunque ya no sé si quiero que venga más gente. Podría comerme ese pastel yo sola...

—¡No te atrevas! Me pasé toda la mañana haciéndolo y yo también quiero probarlo. Mmm, podrías no llamar a todos los demás... —Mariluz cambió de tono por segunda vez—. A él no lo vas a llamar, supongo.

—Ya sabes que no. ¿Y por qué iba a querer venir, de todas maneras? Nuestro hijo sólo era una obligación para él. Viste lo rápido que se esfumó después del accidente.

—Lo siento. No debí mencionarlo.

—No te preocupes, hace rato que no me importa.

—Así se habla. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

Mariluz subió a su auto y saludó con la mano antes de arrancar. Laura se quedó en la puerta un buen rato. La reconfortaba saber que por lo menos había una persona capaz de entender lo que ella sentía y que además no la juzgaba por eso. Mariluz nunca le había insinuado siquiera que dejara ir lo que Laura consideraba el pedazo más grande de su alma.

Todavía en la puerta, cerró los ojos y aspiró hondo, aferrándose al marco para no caer. De pronto los ruidos de la calle habían agitado esos recuerdos que ella sí deseaba borrar de su mente: la visión del automóvil avanzando hacia ella, el aguijonazo de horror al anticipar lo que vendría a continuación, incluso la mirada estúpida del conductor mientras soltaba su teléfono y giraba el volante a fin de evitar el choque. Laura recordaba haberse protegido el vientre con ambas manos, aunque no le había servido de nada. Hubiera dado cualquier cosa por volver atrás y cambiar lo sucedido, decirse a sí misma que no confiara en la luz verde del semáforo porque no todo el mundo respetaba las leyes de tránsito. Lástima que no fuera posible viajar en el tiempo. Lástima que no pudiera salvar a su hijo para celebrar su cumpleaños con él presente.

Superado el momento de angustia, Laura cerró la puerta y volvió al teléfono. No le quedaban muchas llamadas por hacer. Tal vez consiguiera un par de invitados más para la fiesta... sobre todo si les mencionaba lo del pastel.

Mientras marcaba los últimos números, Laura contempló la imagen impresa que había enmarcado y puesto en una pared de la sala. Era lo más cercano que tenía a una foto de su hijo: una captura de la última ecografía antes del accidente, tomada por Mariluz en el hospital. Ahora que lo pensaba, su amiga también era la única que no llamaba "embriones" ni "fetos" a sus diminutos pacientes no nacidos; los llamaba "bebés en camino", o se refería a ellos directamente por los nombres que sus padres hubieran decidido. Era por eso que Mariluz entendía: su trabajo era cuidar esas pequeñas vidas desde el principio y asegurarse de que fueran amadas incluso antes de tener una cara.

Después del accidente, Mariluz había llorado con ella tras informarle que su Tomasito ya no vivía.

Finalmente la lista de invitados estuvo completa. O la lista de posibles invitados, más bien. Laura aún no estaba segura de que fueran a presentarse todos los que le habían dicho que sí. Tal vez decidieran en el último momento que no debían "seguirle la corriente en sus locas fantasías" o algo así. Pero a Laura ya no le afectaba que le dijeran esas barbaridades de frente o a sus espaldas. Sabía que estaba perfectamente cuerda. Ella había querido a su hijo desde su concepción, y el hecho de que no hubiera llegado a nacer no cambiaba nada. Él estaba en el cielo y ella iba a celebrar su cumpleaños en la fecha que más o menos le habían calculado para el parto. No era un acto de locura, sino de amor. Y que los demás pensaran lo que les diera la gana.

Laura pasó el resto de la tarde haciendo bocadillos para la fiesta. Tenía por acompañamiento el canto de los pájaros que revoloteaban por su pequeño jardín, muchos de ellos en pleno cortejo primaveral. Si el día siguiente era igual de bonito y soleado, sería una fiesta de cumpleaños perfecta.

Volvió a sonar el timbre de su casa. ¿Quién podía ser ahora? No esperaba a nadie más...

Al abrir la puerta, por un instante la joven se quedó sin aliento: de pie en el umbral se hallaba el hombre más hermoso que hubiera visto en toda su vida. No había nada fuera de lo normal en sus facciones, pero la expresión en su rostro era tan bondadosa que lo iluminaba por entero, haciéndolo resplandecer como los árboles y las flores en el jardín. Un chiquillo lo acompañaba. No debía tener más de cinco años, y su mirada inocente y pura también cortaba la respiración.

—Buenas tardes —dijo el hombre—. Mi auto acaba de estropearse y estamos esperando a que lo vengan a buscar. ¿Podría darle un vaso de agua a mi pequeño amigo?

A Laura le costó responder la pregunta. Se había quedado sin habla.

—Eh... sí... Un vaso de agua. Claro.

La joven dio media vuelta y se dirigió a la cocina; luego se percató de que había dejado la puerta abierta frente a un completo desconocido, pero en lugar de retroceder para cerrarla hizo algo todavía menos acostumbrado: les indicó al hombre y al niño que pasaran al interior de la casa.

—Siéntense por ahí —dijo ella—. Enseguida vuelvo.

¿Qué rayos le pasaba? De pronto sentía como si estuviera en las nubes, y ni siquiera se fijó en lo que hacía. Llenó un vaso con agua en forma automática, y de igual manera volvió a la sala.

—Aquí tienes, corazón —dijo Laura, y el niño le dedicó una sonrisa tan tierna que lo hizo parecer un angelito de pintura renacentista.

—¿Interrumpimos algo? —preguntó el hombre, señalando el paquete de globos y otras decoraciones que había en la mesa.

—No se preocupe. Estaba preparando una fiesta de cumpleaños, pero será mañana.

—Para un niño, supongo. O una niña.

—Un niño. Mi hijo. Cumplirá cinco años.

—Igual que mi pequeño amigo —dijo el hombre—. Justamente íbamos a su propia fiesta.

—¿En serio? ¡Qué coincidencia! —Laura se dirigió al niño, quien ya estaba terminando de beberse el agua—: ¿Te gustaría llevarte un globo, corazón? Tengo muchos.

El chiquillo aintió, siempre con la sonrisa tierna en sus labios. En verdad era un encanto, pensó Laura, sacando del paquete el globo más colorido. Lo infló en pocos segundos, le puso un cordel y se lo entregó al niño, quien a su vez le devolvió el vaso.

—Gracias —dijo el chiquillo—. ¿Puedo ir al baño?

—Claro que sí, tesoro. Está por allá, en la puerta que tiene el dibujo de un pez.

Laura asumió que el hombre se levantaría para acompañarlo, pero el niño marchó al baño él solito, muy confiado.

—Parece muy inteligente —observó la joven.

—Lo es —replicó el hombre—. Es el niño más inteligente y más cariñoso que he tenido que cuidar.

—¿A eso se dedica?

—Sí. Yo cuido a los niños que por un tiempo no pueden estar con sus padres, hasta que los padres por fin se reúnen con ellos.

A Laura le pareció una respuesta muy extraña, especialmente por el tono en que fue dicha. Pero todo en aquel hombre resultaba muy extraño.

—¿Usted viene de otro país? —inquirió la joven.

—Algo así. ¿A qué hora vendrá a casa su hijo? Sería lindo que mi amigo lo conociera.

Laura no estaba preparada para eso. Tardó bastante en responder, porque no quería mentirle a aquel hombre pero tampoco le resultaba fácil decirle la verdad sobre su hijo a un desconocido. La voz le tembló un poco al contestar:

—Él... no va a venir. Murió antes de nacer por un accidente de tráfico. Pero sé que está con Dios, así que voy a hacerle la fiesta para que la vea y sepa que no lo he olvidado.

Laura no desvió la mirada del hombre. Que frunciera el ceño, si quería, tal como la joven había visto hacer a muchas personas que no se molestaban en entenderla. El hombre, sin embargo, se limitó a asentir. La expresión en su rostro era de compasión.

—Lamento escuchar que su hijo murió —dijo él poco después—. Aunque si está con Dios, no podemos decir que haya muerto, ¿verdad?

—¿Entonces me comprende?

—La comprendo mucho mejor de lo que podría imaginar.

En el cuarto de baño se escuchó el sonido de la cadena y luego el del lavabo. Después se oyó el chasquido de la puerta... pero el niño no volvió a la sala. Pasaron varios minutos sin novedades.

—¿Por qué no va a buscar a mi amiguito? —le dijo el hombre a Laura—. Me da la impresión de que se ha entretenido por ahí. Es un poquito travieso.

Sintiéndose de nuevo como en las nubes, o quizás en un sueño, Laura caminó por el pasillo examinando las habitaciones. El niño no estaba en la cocina, tampoco en el baño ni en el cuarto de invitados. Sólo quedaba un lugar: el dormitorio de ella, detrás de la puerta entornada. Laura entró a la habitación conteniendo el aliento, porque de pronto tenía la sensación de que algo extraordinario, algo mágico y maravilloso, estaba a punto de suceder.

La joven coleccionaba animales de peluche y solía poner sus favoritos sobre la cama. Ahí se encontraba el niño, y tenía en sus brazos un unicornio blanco con pezuñas y cuerno de tela dorada. Laura empezó a llorar sin darse cuenta. ¿Por qué, entre todos los animales de peluche en la habitación, el niño había elegido precisamente el que más significado tenía para ella, y justo en ese día? ¿Podían existir semejantes coincidencias? Las manos del niño acariciaban las suaves crines del unicornio.

—¿Te... te gusta? —balbuceó la joven. El niño asintió. Laura se sentó junto a él en la cama—. Es muy especial. Se llama Alegre.

El niño no contestó. De pronto miraba a Laura con unos ojos muy grandes y dulces, pero algo tristes a la vez. Tocó una mejilla de la joven para secar las lágrimas que ella no había notado aún.

—¿Es verdad que hoy es tu cumpleaños? —preguntó la joven.

—Sí. Y yo quería estar con mi mamá. Por eso el señor brillante me dejó venir. Dijo que ella me extrañaba mucho.

—¿Señor brillante? ¿El hombre que te trajo aquí?

—No. Él me cuida a mí. El señor brillante nos cuida a todos, también a mi mamá.

Laura sintió un nudo en la garganta. Quería decir algo pero no sabía qué, y cerró los ojos un momento tratando de ordenar la confusión en su cabeza. Una parte de ella, la parte racional, suponía que el niño estaba hablando del director de un orfanato o algo así, pero otra parte aún más profunda, una que vivía en su corazón, le decía algo muy diferente. Laura abrió los ojos. Ella había imaginado cómo sería su Tomasito: sus ojos, su nariz, su boca, el color de su pelo. Mariluz la había ayudado con eso, sabiendo cuáles eran los rasgos más heredables.

El niño que Laura tenía enfrente se parecía mucho a la imagen que ella había creado de su propio hijo.

Laura abrazó al niño y él le echó los brazos al cuello. Estuvieron así un buen rato, sin hablar, y la joven deseó que ese instante durara para siempre. Podía escuchar los latidos del pequeño y fuerte corazón junto a ella, y sentir las manitos cálidas enredadas en su pelo. Era tan hermoso como lo había soñado.

—Mi padre no suele permitir que yo haga esto —dijo el hombre desde la puerta—. Pero tu amor y tu fe son tan profundos que me dio permiso de hacer una excepción.

—¿Puede... puede quedarse conmigo? —preguntó Laura entre sollozos.

—Sólo este día. Y nadie más debe saberlo.

—Claro. Son las reglas, ¿no? —La joven se las arregló para componer una sonrisa, enjugando sus lágrimas—. Pero un día está bien. Ya es más de lo que había tenido hasta ahora, y doy las gracias por eso.

El hombre devolvió la sonrisa y añadió:

—Él hubiera nacido en esta fecha.

—¿Ah, sí? —Laura se separó de su hijo y le dio un beso en la frente—. Feliz cumpleaños, mi Tomasito. ¿Vamos a celebrar? Una amiga mía hizo un pastel. Puedes traer a Alegre si quieres. No sé si lo sabes, pero lo había comprado para cuando nacieras. Por eso dije que era especial.

—Sí, lo sabía, mami. Te quiero.

La sonrisa de Laura se hizo más amplia, y volvió a estrechar a su hijo acariciándole la cabeza y la espalda como si pudiera fundirse con él. Seguía llorando, pero nunca se había sentido más feliz.

—Yo también te quiero, hijo mío. Te quiero más que nada, mi tesoro.

*****

Mariluz fue la primera en aparecer al día siguiente, vestida para la ocasión y trayendo las bebidas que había prometido. Encontró las decoraciones en su sitio... y un pastel diferente sobre la mesa.

—¡Eh!, ¿qué pasó con el mío? —preguntó ella después de saludar.

—No te preocupes, te guardé un pedazo bien grande —respondió Laura—. Es que ayer tuve unas visitas inesperadas. A un hombre se le rompió el auto, y justo iba con un niño que también cumplía años.

—Oh. Bueno.

—No estás enojada, ¿verdad?

—Oh, no. No te preocupes. ¿Estaba bueno el pastel?

—Te quedó delicioso. Hazme acordar de darte tu porción cuando te vayas.

—Está bien. Me alegra verte tan contenta, por cierto. Imagino que la pasaron bien.

—Fue genial. Ese niño era un verdadero angelito. —Laura sonrió como si acabara de hacer alguna especie de broma—. Por favor, pon las bebidas en el refri para que no se calienten. Varios invitados me llamaron esta mañana para confirmar que vendrían, ¿no es grandioso? Espérame aquí, voy a cambiarme.

—De acuerdo —respondió Mariluz, y enarcó las cejas mientras veía a su amiga alejarse por el pasillo. Había algo raro en su actitud, pero no sabía qué. Daba igual, supuso, y se dirigió a la cocina para guardar las botellas. Sería una fiesta estupenda, se dijo; una celebración de la vida y el amor que sobrevive a todo. La alegraba que Laura fuera feliz.

Mariluz cerró la puerta del refrigerador, y por un instante se quedó mirando las dos hojas de papel que había pegadas ahí con sendos imanes: una era el dibujo infantil de una mujer y un niño, tomados de la mano y flotando entre las nubes, y en la otra se veía la impresión de dos palmas, una grande y una pequeña, rodeadas por un corazón.

Afuera de la casa, los pájaros cantaban como un coro celestial.

Gissel Escudero

Larissa Orellana es mi amiga y también fundadora de Primavida Fundación, que ella define de esta manera:

Primavida es una fundación sin ánimos de lucro, apolítica y pro vida. Cabe aclarar que es ajena a los exabruptos comúnmente usados para defender dicha posición. Salvar vidas es una labor que pide alejarse para siempre de la violencia, a fin de manifestarse con la ternura y la pureza del amor.

[...]

La fundación ha sido creada por Larissa Orellana, quien es cristiana evangélica. Primavida incluye el mensaje bíblico. Sin embargo, no excluye a nadie que desee acercarse teniendo otras creencias.

[...]

El aborto lastima profundamente el alma de las mujeres, incluso cuando ellas se sentían seguras de su decisión. La fundación quiere ayudarlas e invitarlas a ayudar. Si estás embarazada en medio de una situación difícil, acércate a Primavida. Nadie levantará juicio en contra tuya. Se respetará tu intimidad.

En caso de que estés arrepentida por el aborto que te practicaste, no dudes en acercarte a Primavida. No serás criticada. No serás ofendida. Recibirás ayuda y podrás, tú misma, convertirte en abrazo para otras mujeres que están atravesando la situación espinosa que ya conoces.


Apoyo completamente la labor de Primavida Fundación. Espero que ustedes también :-)

9 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 7/7)

El viejo despertó más temprano que de costumbre a causa de los maullidos en su puerta. Restregándose los ojos y tratando de no golpearse contra los muebles en la oscuridad de su casa, se dirigió a la entrada. ¿Qué diantres querría de él un gato callejero?

Habían pasado tres días desde la masacre en la colina. Él creía todo lo que le contaron al respecto a pesar de no haber estado ahí, porque las distintas versiones formaban un conjunto coherente y nadie parecía estar exagerando los hechos... ni siquiera en referencia a los demonios, la bruja o el vampiro. Gracias a Dios, ninguno de aquellos seres volvería a hacer de las suyas.

La criatura de los ojos rojos, en cambio, había huido. El sacerdote insistía en la búsqueda, pero a estas alturas la gente del pueblo no la tomaba muy en serio al suponer que dicho engendro debía estar ya muy lejos.

Ojalá fuera así...

El hombre abrió la puerta y se enfrentó al gato que maullaba al pie de las escaleras. Era pequeño y blanco, muy bonito y con cara de hambre. Tenía un arañazo en la mejilla, producto sin duda de una pelea con otro de su especie.

Se inclinó para acariciarlo; sin embargo, todavía recordaba lo que había dicho el sacerdote acerca de que el monstruo podía disfrazarse de gato negro, por lo que decidió hacer una prueba: con dedos un poco torpes se quitó la cadena del cuello y le mostró al felino la crucecita de plata, esperando su reacción.

El gato, muy contento, se puso a manotear la cadena y la cruz igual que un bebé juguetón. ¡Qué ternura! El viejo se reprendió a sí mismo por ser tan suspicaz; era un animalito común y corriente, y además blanco. No había nada que temer. Sonriendo, le hizo un gesto de invitación.

El felino entró a la casa, olfateó los muebles y aceptó la comida que el humano le ofreció. Pero no tocó la leche; sólo devoró la carne cruda y luego limpió a lengüetazos la sangre del plato. Más tarde se tumbó en el regazo del hombre mientras éste leía un libro y le concedió el privilegio de rascarle la barbilla.

Al caer la noche, el gato salió al exterior por una ventana sin perturbar el sueño del anciano. Su pelo se había vuelto negro y sus ojos eran ahora amarillos.

Tenía sed... mucha sed... una sed tan grande que no guardaba proporción con el tamaño de su cuerpo.

El animal anduvo por las calles desiertas, alejándose lo más posible de la casa de su anfitrión porque no quería llamar la atención sobre su nueva residencia. De lo contrario, el sacerdote lo detectaría en poco tiempo, y prefería reservar ese encuentro para más adelante... cuando su poder fuera aún mayor. De ese modo aseguraría su victoria.

Una lechuza divisó al gato desde la torre de la iglesia y se le erizaron las plumas; en un callejón, ratones y ratas escaparon de él a toda velocidad, aunque el gato buscaba una presa más sustanciosa que unos raquíticos roedores. Y por fin dio con ella...

La ventana estaba cerrada, pero el gato la abrió con un roce de sus bigotes y se metió en la habitación del niño. Allí estaba él: dormido en su cama y chupándose el pulgar. Procurando no despertarlo, el gato lo observó unos momentos con el afecto de un hombre gordo ante una mesa repleta de víveres.

Enseñando unos terribles colmillos, mordió al niño en su frágil cuello, puncionándole las venas y apretando a la vez su garganta para impedirle respirar o gritar. El chiquillo despertó y sacudió sus brazos y piernas, pero era débil y la lucha no duró más de dos minutos: un lapso muy largo para el niño y demasiado corto para su asesino. Cuando el gato acabó, el pequeño cuerpo humano yacía quieto sobre las sábanas, con los labios azules, la lengua afuera y los ojos abiertos y aterrorizados.

El felino bajó de la cama. La casa seguía en silencio. ¿Cuántas personas más habría en su interior? ¡Ya que estaba ahí, debía aprovechar al máximo la visita!

La noche volvió a recibir al gato, quien había dejado atrás un hogar cuyo silencio podía calificarse ahora de sepulcral. Su barriga estaba tensa como la de una sanguijuela recién desprendida de su víctima... pero pronto tendría sed otra vez. Menos mal que el pueblo era grande.

Al pensar en todas esas personas, los ojos del gato destellaron en rojo intenso como la luna en el cielo.

Era tiempo de cazar...

Gissel Escudero

Luna de sangre (parte 6/7)

Al atardecer, los sirvientes de la mansión escucharon los gritos de la multitud que se aproximaba y abandonaron sus puestos sin cobrar un centavo. Tampoco se llevaron sus pertenencias; simplemente huyeron por una puerta trasera y nadie los volvió a ver.

El gato también escuchó los gritos y comprendió su significado al instante: la fiesta había terminado.

¿O más bien acababa de iniciar?

El animal saltó de la cama y se escondió bajo un armario al tiempo que la puerta principal era derribada con un ariete. El dueño de casa también se incorporó, y aunque era un poco temprano para él, la somnolencia dejó paso enseguida a una actitud de combate. Habían venido a liquidarlo... y también a su hermana. De hecho, los gemidos de ella le indicaron que los atacantes ya la tenían en su poder.

Con un rugido que estremeció la vivienda, el hombre se precipitó fuera de la habitación para auxiliar a la mujer, olvidándose por entero del gato. Éste se debatió unos segundos en su refugio: ¿debía seguir al humano o buscar un lugar más seguro?

¡Pero qué locura! ¿Cómo iba a perderse la acción?

Procurando no ser visto, el felino se dirigió a donde los ruidos eran más intensos, esquivando peligrosas botas y objetos que caían al suelo en el fragor de la batalla. La escena que llegó a contemplar no lo decepcionó: el hombre estaba peleando con la gente del pueblo, tronchando cuellos y cortando gargantas con tal de liberar a su hermana, a quien sujetaban entre varios. La sangre cubría el piso en charcos resbalosos, había por lo menos diez cadáveres mutilados en torno al centro de la refriega, y mientras unos lidiaban con los hermanos, otros se dedicaban a romper el mobiliario y los cristales de las ventanas. Entre la muchedumbre destacaba un extranjero, a quien el gato no necesitó mirar dos veces para adivinar que era de cuidado.

La dueña de la mansión empezó a recitar, llamando a las criaturas que eran como la Cosa y otras aun más siniestras. Y las criaturas obedecieron: en el aire se abrieron decenas de ojos, todos de expresión malévola, y cada palabra del conjuro realzaba sus contornos, dibujando al fin unas monstruosidades que le ganaban en fealdad a cualquier alucinación. Las criaturas se lanzaron sobre los invasores, rápidas y deseosas de causar daño; quienes eran tocados por ellas comenzaron a morir terriblemente, sufriendo convulsiones o parálisis, dolor y combustión espontánea, o desintegrándose de afuera hacia adentro hasta convertirse en masas informes de carne humana.

El extranjero, a quien los demonios no podían herir por alguna razón desconocida, actuó para detener la masacre: un movimiento de su cuchillo cercenó la lengua de la bruja y el contrahechizo que leyó de un libro envió a las criaturas a su lugar de origen, rechinando de frustración.

Mientras tanto, los demás habitantes del pueblo habían conseguido apresar al vampiro y lo amarraron hasta inmovilizarlo por completo. Los hermanos fueron entonces empujados al exterior, y el sacerdote dio la orden de quemar la casa en su totalidad. Las antorchas prendieron fuego a las cortinas, tapices y muebles; la mansión no tardó en arder como un pajar, devorada por llamas gigantescas.

Afuera, y ante la vista del gato, los hermanos fueron aporreados sin misericordia. Para el hombre hicieron una cruz y allí lo clavaron con estacas, porque el sacerdote había dicho que sólo la luz del sol podría aniquilarlo definitivamente. A la mujer, en cambio, la desnudaron y ataron a un árbol para quemarla igual que a la casa. Aún vivía, aunque le habían roto varios huesos, y cuando el fuego envolvió su cuerpo gritó de tal manera que varios de los presentes quedaron sordos para siempre. Pero pronto dejó de gritar, y su cuerpo fue consumido por voraces llamaradas.

Aquellos que custodiaban al vampiro estaban tan distraídos mirando la ejecución de la mujer que no vieron al gato trepar por la cruz hasta la cabeza del hombre. Éste no lloraba por su hermana y menos por sí mismo; había sabido desde el comienzo que tarde o temprano moriría así. Entonces el gato rozó su cuello y bebió la sangre que le brotaba de una oreja.

El hombre no se sobresaltó cuando los dientes del felino le traspasaron la yugular, ni trató de espantar al gato. En lugar de eso, se echó a reír. El hombre rió y rió, y su risa se prolongó hasta el final. Su corazón paró de bombear, la cabeza perdió tono y se inclinó hacia adelante, y la vida que había robado de la muchacha escapó de su organismo dejándolo tan demacrado como antes.

Su risa había atraído la atención del sacerdote y otras personas, quienes no llegaron a entender por qué reía el vampiro. No obstante, sí distinguieron al gato... o mejor dicho la imagen de un ser enorme, de pelaje negro, ojos rojos y patas con siete garras, que en lo alto de la cruz lamía la sangre del difunto.

El ser bajó de la cruz y la imagen se esfumó, revelando al pequeño felino. El sacerdote advirtió el engaño y se estiró para atraparlo, y aunque el gato era ágil, la sangre lo había vuelto pesado: el hombre consiguió agarrarlo por la cola y luego de la nuca. De esta manera lo alzó hasta tenerlo cara a cara, y ambos se escudriñaron mutuamente viendo en el otro a su opuesto.

El sacerdote sacó su cuchillo para matar al felino. Éste se retorció como una anguila, bufando, y a la vez que el humano le producía un corte en la mejilla, el animal le dio un zarpazo en la frente que lo dejaría marcado por el resto de su vida. El gato consiguió zafarse de su captor y desapareció en la noche como si ésta se lo hubiese tragado. Hirviendo de cólera, el sacerdote lo buscó inútilmente por prados, bosque y callejones, explorando hasta el más mínimo rincón; recién al alba llegó a admitir su derrota, e informó a los del pueblo sobre la existencia del felino porque no podían quedar cabos sueltos.

La bruja y la mansión ya no eran más que cenizas. El sol apareció sobre las ruinas de la casa, y antes de que hubiera asomado la mitad de su circunferencia, el hombre crucificado se transformó en una pila de polvo que voló con el viento.

(Continuará...)

Gissel Escudero

8 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 5/7)

Para los habitantes del pueblo, la desaparición de dos personas al mismo tiempo, una de ellas poco más que una niña, fue lo máximo que pudieron soportar. Tristes y enojados a la vez, se congregaron frente a la casa del alcalde exigiéndole tomar las riendas del asunto: la muchacha debía ser encontrada, viva o muerta; los demás desaparecidos merecían justicia, incluso los pobres mendigos. En los gritos y las protestas estaba implícita la amenaza de una rebelión si no se hacía algo pronto.

Como en la mansión de la colina, también en el pueblo reinaba ahora la sed: una sed de venganza.

El alcalde salió a la calle a fin de tranquilizar a la exaltada muchedumbre, pero no estaba solo. Hacía unos meses, explicó, él había enviado una carta a la ciudad, y en la ciudad se habían movido para ponerlo en contacto con las personas adecuadas. Quien se hallaba a su lado era una de esas personas, y venía con la intención de ayudar.

El aludido se adelantó unos pasos. Se trataba de un sacerdote. Haciendo un gesto con las manos, pidió tranquilidad en tono grave y conciliador. La multitud se apaciguó.

Tras medio minuto de silencio, una mujer preguntó si el sacerdote pertenecía a la Santa Inquisición. No, no pertenecía a la Santa Inquisición, replicó el sacerdote, y sí a una secta independiente, milenaria, que actuaba con el permiso de la Iglesia.

Los presentes se miraron entre sí sin saber qué pensar. El aspecto del sacerdote era un tanto sombrío, con sus ojos castaños y una espesa barba negra veteada de gris, pero aunque no medía más de cinco pies, la actitud del hombre imponía respeto. Su vestimenta dejaba entrever numerosas armas, algunas totalmente desconocidas, haciéndolo parecer más un guerrero que un eclesiástico. ¿Sería, pues, un soldado de Dios?

El sacerdote pidió ver la casa de la muchacha extraviada, y hacia allí lo condujeron entre miradas escépticas y susurros. Habrían aceptado sin titubear a un inquisidor, o por lo menos a alguien de apariencia más... convencional. Pero aquel hombre no llevaba un solo crucifijo...

Habían llegado a la casa, donde el padre de la joven se mesaba los cabellos por el dolor y la madre lloraba inconsolablemente. El sacerdote (o lo que fuera) se dirigió al dormitorio vacío y contempló unos instantes la cama sin arreglar. Entonces empezó a hablar en latín y en rumano, elevando las manos al cielo y tocando luego las sábanas en medio de rimas ininteligibles. Sin dejar de hablar, sacó de su bolsillo una pequeña botella de vidrio cuyo contenido vació sobre el colchón. El líquido humeaba; debía ser algún tipo de ácido, porque empezó a corroer la tela allí donde había caído.

Lo que pasó a continuación, sin embargo, disipó las dudas de la concurrencia sobre la capacidad del extranjero para manejar la situación. El humo del ácido formó una columna verde que se extendió por el suelo, moviéndose como un gusano en una dirección determinada. Salió de la habitación revelando a su paso dos conjuntos de huellas: las de unos pies humanos, que pertenecían a la muchacha, y las de un cuadrúpedo. Era imposible afirmar a qué animal correspondían estas últimas, porque eran del todo anormales, monstruosas; superaban en tamaño a las de un perro grande, y cada una poseía siete largas garras que en algunos lugares habían chamuscado la madera del piso.

Salían voces de las huellas... murmullos de carácter perverso.

Los presentes se apartaron del camino del humo, persignándose en señal de temor, pero el sacerdote conservó la calma como si el fenómeno fuera cosa rutina para él. Había que seguir el rastro, dijo, pues los conduciría a la fuente del poder diabólico que existía en la región. Harían falta antorchas y toda el agua bendita que estuviera disponible; el fuego y el agua se encargarían de purificar aquello que los hombres no pudiesen destruir.

A nadie le gustó en un principio la idea de enfrentarse a un poder diabólico, pero cuando el padre de la joven esgrimió un hacha, y llevándola en alto corrió detrás del humo, los ánimos se enardecieron y el valor recorrió a la multitud cual reguero de pólvora.

Aniquilarían a los culpables, oh sí... y como ya sospechaban quiénes eran, nadie se sorprendió al ver que el humo se dirigía hacia el este. Durante muchos años habían existido indicios de maldad en la vieja mansión: demasiado misterio, demasiados secretos; rumores que circulaban por el pueblo en voz baja y que sabían a ciertos.

A medida que transitaban por las calles, las personas se fueron apoderando de cuchillos, garrotes, azadones y otros elementos contundentes, y para cuando salieron al campo ya conformaban una turba enfurecida dispuesta a matar.

(Continuará...)

Gissel Escudero

Luna de sangre (parte 4/7)

El sol se escondió tras el horizonte y con su partida cobraron vida los seres nocturnos, entre ellos el gato y el hombre en el cuarto más recóndito de la mansión. Al igual que el cielo, el gato había mudado su color pasando de blanco a negro; sus ojos eran ahora amarillos como topacios. El animal se estiró sobre la cama, prendiéndose con sus garras a las sábanas revueltas.

El humano salió muy despacio de entre las mantas, con un crujido de articulaciones y el hedor de lo que ha permanecido varios días en la tumba. Sus labios estaban retraídos en una mueca que enseñaba los dientes... ¿o sería quizás una sonrisa?

La diestra descarnada del hombre pasó sobre el cuerpo de su acompañante felino, quien se apretó contra ella ronroneando de placer. Después de todo sí había algo de amor entre aquellos dos seres, aunque fuese un amor interesado.

El hombre inclinó la cabeza hacia el animal y le dijo unas palabras al oído. El gato escuchó atentamente, comprendiendo el significado de las instrucciones, y en muda respuesta sus ojos adoptaron el color de los rubíes. ¡Eran órdenes que obedecería de muy buena gana!

El gato se marchó de la misma manera en que había entrado a la habitación y salió de la casa en dirección al pueblo. Se cruzó entonces con una figura encapuchada, y la curiosidad lo llevó a seguirla a fin de conocer sus intenciones.

La figura, una mujer, también se dirigió al pueblo, pero encontró lo que buscaba mucho antes de llegar a él. El gato la observó desde unos matorrales, quieto y callado como una estatua de bronce oscurecida por los años. ¿Se proponía ella lo que él imaginaba?

Había un indigente en el hueco de un árbol, un anciano de escasa dentadura y salud aún más precaria. Se incorporó de un salto cuando vio a la mujer, pero ella lo retuvo con el poder de su mirada. La mente débil y enferma del anciano cedió a la hipnosis; su voluntad quedó anulada ante el hechizo de la desconocida, y enseguida estuvo dispuesto a ir con ella hasta el fin del mundo.

Al gato todo esto se le antojó interesante. Era la primera vez que coincidía con la mujer en la misma tarea, y ya tenía deseos de saber qué pasaría cuando volvieran a la mansión. Pero claro, si quería llegar a tiempo debía apresurarse, de modo que hizo trotando el resto del camino.

El gato se internó en el pueblo iluminado apenas por las farolas de la calle. Muchas puertas y ventanas estaban adornadas con crucifijos: inútil defensa contra las fuerzas demoníacas. El animal entró tranquilamente a todas partes y por último escogió a su víctima del día.

La muchacha, bella e inocente cual delicada flor, dormía en su cama con una mano cerca del rostro. Tendría unos quince años y era perfecta.

El gato se tendió sobre el pecho de la joven y la mordisqueó suavemente en la base del cuello para despertarla. Cuando así sucedió, y antes de que la chica pudiera defenderse, el gato hizo lo mismo que la mujer con el mendigo: la paralizó con una mirada. Listo. Ya podía llevársela.

El animal saltó al piso y caminó hacia la puerta seguido por la muchacha sonámbula. Así salieron de la pequeña casa: ambos sobre pies descalzos, en completo silencio. Afuera no había nadie que pudiese verlos, aunque cualquier intento de rescate hubiera sido en vano; se aprendían muchos trucos en la mansión de la colina...

La joven fue tras el gato por el bosque y la pradera. Su camisón ondulaba en la brisa como el velo de un fantasma, y su cabello dorado parecía blanco bajo la luna. Una hora después llegaron al pasaje secreto, que el felino abrió con tocar únicamente el bloque de piedra que lo disimulaba. El pasaje era estrecho, de barro y ladrillo; algunas raíces asomaban de las paredes y en otros sitios caían gotas de agua sucia. Al fondo había una puerta de metal que conducía al sótano de la mansión.

El hombre los esperaba ahí, todavía solo, recostado en un antiguo sofá.

Era espantoso por donde se lo mirara. Unos pocos pelos le colgaban del apergaminado cuero cabelludo; su cara no podía ser más repugnante, con los ojos hundidos y empañados, la nariz carcomida y cientos de arrugas en la frente y las mejillas; y aunque el resto de su cuerpo estaba cubierto, lo que las ropas insinuaban era más que suficiente para causar horror.

El hombre avanzó con dificultad hasta la muchacha, quien continuaba catatónica. Él no podía verla muy bien por culpa de sus córneas opacas; sin embargo, en su rostro apareció una expresión de nostalgia al intuir que era hermosa. Con sus dedos engarfiados palpó las facciones de la joven y luego las curvas de sus hombros. De ahí las manos se desplazaron por la cintura y las caderas, y de nuevo hacia arriba para acariciar los senos. Había más que lujuria en la exploración; el hombre hubiera dado cualquier cosa por retroceder en el tiempo y poseer a la muchacha de la forma en que realmente deseaba, pero ya no le quedaba nada para entregar. Sólo la sed... y ésta no daba, recibía.

Una de las manos se apartó de la joven y aferró el cuchillo que había sobre una mesa cercana. Fue cuando ella volvió en sí.

Al ver el engendro que tenía enfrente, un grito de terror nació en el pecho de la infortunada, pero jamás llegó a salir de ahí. El hombre esgrimió el cuchillo, le abrió la garganta de un solo tajo y aplicó sus labios a la abertura para beber. La joven luchó por liberarse, llorando y golpeando con sus frágiles puños a la bestia que le arrancaba la vida con cada trago, y cuando su corazón empezó a detenerse, dejó caer los brazos y su alma se rindió al destino que le había tocado. El flujo de sangre se agotó; el cuerpo laxo de la muchacha se desplomó como una muñeca de trapo.

El hombre echó la cabeza hacia atrás, empapado en la roja sustancia que había ingerido. Poco a poco se operó la transformación: le creció una cabellera nueva, su piel se estiró y acudieron carne y grasa a rellenar los huecos donde se apreciaban los contornos del esqueleto. Unos minutos más tarde, el hombre había recobrado la apariencia de un auténtico ser vivo.

Sonrió. ¿Cómo no disfrutar el efecto de la sangre fresca? Sus bondades estaban a la vista, aunque no se reflejaran en el espejo que colgaba de una pared.

El felino se restregó contra las piernas del humano, ansioso por obtener su parte. El hombre se puso en cuclillas y le ofreció a su compañero la piel tierna del antebrazo; el gato lo mordió en la muñeca, y unidos permanecieron hasta que la otra puerta de la habitación se abrió sin previo aviso.

Era la dueña de la mansión, que había traído consigo al indigente. Al ver a la muchacha en el suelo profirió un gemido de consternación, y después, furiosa, encaró a su hermano para reprocharle su estupidez.

El gato se hizo a un lado y contempló satisfecho la situación. El hombre y su hermana estaban peleando a gritos, diciéndose una y otra vez lo que ya habían discutido hasta el cansancio en otras ocasiones. ¿Acaso no entendía la mujer que los ancianos y los enfermos no le bastaban al hombre? ¿Y no comprendía él que si seguía asesinando muchachas, tarde o temprano se enterarían los del pueblo y vendrían a cazarlo como a un animal? Luego él le espetó un insulto y ella lo abofeteó. ¡Menudo espectáculo...!

Mientras tanto, el olvidado mendigo había recuperado la conciencia, y aunque estaba loco no pudo pasar por alto el cadáver de la chica... ni el pozo abierto en el centro de la habitación. Aprovechando la distracción de los hermanos, optó por una discreta retirada...

Demasiado tarde. Imposiblemente veloz, el otro hombre abandonó la disputa y se arrojó sobre él, quebrándole la espalda por la fuerza del impacto. Pero no bebió su sangre. Era sangre vieja en un cuerpo viejo e infestado de parásitos. De muy poco le serviría, considerando además que ya había probado a la muchacha.

Los hermanos se pusieron de acuerdo temporalmente para tirar los cadáveres al pozo. Éste consistía en un agujero rodeado de inscripciones; en el fondo se veía una luz anaranjada, y desde allí surgían voces y gruñidos. Cuando los cuerpos de la joven y el mendigo desaparecieron en el hoyo, ambos sonidos fueron reemplazados por chasquidos de mandíbulas.

El gato escuchó con una mezcla de asco y fascinación. Menos mal que los habitantes del pozo no podían salir de ahí debido a las inscripciones, porque debían ser en extremo repelentes...

La mujer quiso decirle algo más a su hermano, pero él la rechazó y se fue del recinto por el pasaje secreto. El gato, en cambio, buscó un lugar mullido. Nada como una buena siesta para hacer la digestión...

(Continuará...)

Gissel Escudero

Luna de sangre (parte 3/7)

Aún molesto por el puntapié, pero con un delicioso sabor cobrizo en su boca para compensar, el gato bajó las escaleras que conducían a las habitaciones subterráneas de la casa. Ahí se notaba más la falta de limpieza, ya que de todas partes colgaban telarañas; sin embargo, no era por negligencia de la servidumbre, sino por órdenes específicas de la señora en el sentido de que nadie debía perturbar el descanso de su hermano. Lo gracioso del asunto era que ningún sirviente había pensado acudir allí en primer lugar, y que el mandato de hacerlo habría provocado una renuncia inmediata.

Por el contrario, al gato le eran indiferentes las telarañas, la idea de entrar en la habitación al fondo del corredor no lo asustaba y además era bienvenido por su ocupante.

La gruesa puerta estaba atrancada. Eso no era un problema. El felino simplemente se paró ante ella, la tocó con su pata y el pestillo se corrió por sí solo, permitiéndole el acceso. Una vez que el gato estuvo adentro, la puerta se cerró sin ayuda.

El hombre (si así podía llamársele) que yacía en la cama de baldaquín apenas respiraba. Llevaba así más de una semana; ni siquiera había abierto los ojos durante ese lapso. Oculto bajo las sábanas, permanecía sumergido en un profundo sueño, y sólo su mano quedaba a la vista.

La mano era como la garra de una momia: uñas largas y amarillas, piel ulcerada que dejaba traslucir los huesos, tendones secos, pelos retorcidos y opacos. Despedía un olor a putrefacción que no le gustaba demasiado al gato, pero que solía tolerar por una cuestión de convivencia. El hombre y él no eran precisamente amigos, mucho menos amo y mascota. No obstante, existía entre ambos la conexión intensa de dos organismos en simbiosis.

No había sido así al principio, en aquel otro país. Por ese entonces el felino subsistía en una granja, alimentándose de aves y ratones igual que sus semejantes, y el hombre era un muchacho que había ido allí de visita. Una tarde, el joven compartió unos pedazos de carne con el gato y desde ese día anduvieron juntos... hasta que el muchacho cayó gravemente enfermo.

El gato recordaba muy bien el viaje a la mansión, una alocada carrera a través de valles y montañas. Una vez el carruaje estuvo muy cerca de despeñarse, y en otra ocasión las ruedas se atascaron en un lodazal. El animal permaneció todo ese tiempo junto al humano moribundo, sintiendo que la muerte se avecinaba. Era una enfermedad de los pulmones, y con cada acceso de tos, cada pico de fiebre y flema sanguinolenta, la vida escapaba un poco más del cuerpo agotado.

Llegaron a la mansión en el último minuto, literalmente. La hermana del enfermo salió a recibirlos y el muchacho fue conducido a una habitación que la mujer cerró con llave. Adentro sólo quedaron ella y su hermano... y el gato, que había logrado colarse sin ser visto.

A lo largo de esa noche, una noche que pareció eterna, la mujer vertió en los labios de su hermano varias gotas de una pócima violeta, cantando y hablando en ese idioma que al gato pronto le resultaría familiar. Lo que ella hacía mejoraba por momentos el estado del enfermo... pero se lo habían traído demasiado tarde, y finalmente expiró.

La mujer se echó a llorar con una desesperación y un abandono que llegaron a conmover al gato, a quien las penas humanas no solían afectar en lo más mínimo.

Después de un rato, la mujer dejó de llorar y en sus ojos apareció una mirada resuelta. El tono de sus cánticos varió: se hizo grave y tenebroso. Al felino le sonó como si estuviera llamando a alguien...

Entonces apareció la Cosa. Sus ojos eran rojos, olía a agua de pantano y su esencia llenó la habitación lo mismo que un gas venenoso. El gato estornudó varias veces; respirar los vapores de la Cosa producía escozor en la nariz.

La mujer sacó un puñal de su cinturón, abrió la camisa del muerto y grabó en su pecho inerte unos símbolos prohibidos. La Cosa, relamiéndose los labios con su lengua de punta doble, se metió en el humano a través de los cortes y lo llenó por completo, circulando por sus venas y arterias hasta llegar al corazón.

El órgano en silencio comenzó a palpitar de nuevo, y la Cosa salió del hombre al expulsar éste con una espiración los últimos restos de su enfermedad. Había vuelto a la vida... o algo similar.

La mujer reanudó sus cánticos y la Cosa se marchó. Pero otros seres habían despertado al escuchar sus conjuros: el gato pudo verlos a través de la ventana, flotando sobre el paisaje. Eran seres muy voraces y causaron enormes estragos.

Lentamente la calma nocturna desplazó a los espectros, que regresaron a su mundo. El joven resucitado se incorporó, tocándose el pecho herido, pero al sentirse bien de nuevo una sonrisa afloró a sus labios. Él y su hermana se abrazaron. Fue el último gesto de amor que hubo entre ellos, antes de que el muchacho descubriera en qué se había convertido.

La mente del gato volvió al presente. Bostezando se acomodó junto al hombre, cuyo cuerpo estaba frío como el de un cadáver. Se despertaría sediento, sin duda, y entonces le tocaría al animal cumplir su parte del acuerdo simbiótico.

Ocurriría esa noche, seguramente. Y, como siempre, sería muy entretenido...

(Continuará...)

Gissel Escudero

7 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 2/7)

Una figura blanca cruzó el terreno de la mansión y entró a la misma de un salto, animando por un momento el lánguido terciopelo que separaba la luz diurna de la penumbra interior. Aun en la oscuridad el pelaje del gato relumbraba como si hubiera quedado impregnado de sol; sus ojos azules, por otro lado, contrastaban con el descolorido ambiente. Había una gran inteligencia en su mirada y se movía con aires de superioridad.

El pequeño animal recorrió las diversas habitaciones y pasillos, topándose en el camino con unos pocos sirvientes que lo ignoraron por completo, acostumbrados a su presencia. Además, tenían otras preocupaciones... asuntos de vida o muerte, quizás. Sí, se respiraba un aire de tragedia en aquella triste mansión, una tragedia que venía gestándose como un embrión deforme y que estaba próxima a acontecer. Los sirvientes lo sabían; el gato podía adivinarlo en sus gestos cotidianos.

Él tenía una mejor idea de lo que estaba ocurriendo... pero no le importaba. Era uno de esos seres afortunados que viven para sí mismos y que siempre logran escapar de cualquier embrollo, por complicado que sea.

Había vuelto a la casa porque era la hora de su siesta. A ver, ¿dónde dormiría? Arriba, tal vez, en algún cuarto vacío donde alguien se hubiera olvidado de cerrar las cortinas. Un sitio solitario y caliente...

El gato subió las escaleras imprimiendo en el polvo sus huellas redondas. Al cabo de un rato encontró una habitación iluminada... pero ya había alguien adentro. Era la dueña de la mansión. La mujer estaba de pie con la vista fija en el pueblo, en actitud reflexiva; las manos apoyadas en el alféizar, contraídas, y la tensión de su bello rostro delataban una gran ansiedad mental. Tenía una cabellera corta que la hacía parecer aun más alta y delgada.

En torno a ella revoloteaban unas voces que sólo el gato podía oír. Voces hablando un idioma ajeno a los simples mortales.

Sin una pizca de temor, el animal caminó hacia la mujer y se frotó contra su pierna, ronroneando. Ella lo acarició en el lomo y la cabeza, suavemente; ah, qué agradable era aquello. El contacto con la piel joven, el roce de los dedos, el olor de...

En un movimiento repentino, el gato mordió la mano que lo acariciaba en la parte carnosa bajo el pulgar. La mujer retrocedió con un pequeño grito.

Tres gotas de sangre cayeron al piso, tres monedas rojas que se expandieron sobre la madera. El gato las recogió con su lengua áspera, ronroneando más que antes.

La mujer entornó los párpados, suspicaz, y luego le propinó al felino un puntapié que lo hizo saltar medio metro hacia arriba y aterrizar de mala manera contra la pared. El animal, ileso pero enfadado, se incorporó y le siseó a su atacante. Por un instante sus ojos se tornaron del mismo color de la sangre que acababa de beber, arrojando chispas de furia como metal encendido. Ella lo amenazó nuevamente y el gato se retiró por donde había llegado.

La dueña de la mansión envolvió su mano en un pañuelo, susurrando en un lenguaje que el gato habría reconocido fácilmente. Cuando retiró el pañuelo, sus heridas habían desaparecido.

(Continuará...)

Gissel Escudero

Luna de sangre (parte 1/7)

Dedico esta historia a mis amigas de Facebook María Martínez y Cristina Roswell, ya que les gusta escribir sobre vampiros :-) Hagan clic en sus nombres para leer sus respectivos blogs y saber más de ellas.

Faltaban aún cinco noches para la luna llena, pero el satélite ya relucía en lo alto opacando los demás astros. El bosque, plateado y frío, estaba en silencio excepto por los ruidos que hacía una liebre al masticar la hierba mojada de rocío. Era un poco tarde para estar afuera, pero el animal confiaba en su camuflaje y velocidad para mantenerse a salvo de los búhos y otros depredadores.

Uno de ellos, sin embargo, ya lo tenía a su alcance. El destino había marcado esa hora como la última del incauto herbívoro. Y su agonía sería violenta...

La brisa cambió de dirección llevando hasta la nariz de la liebre el olor de su enemigo. El animal reaccionó por instinto, escabulléndose rápidamente hacia unos arbustos, y en el lugar donde había estado un segundo antes cayó otro animal, uno de blancos colmillos, pelaje negro y ojos rojos que brillaban en la oscuridad. No hizo ruido al caer; se movía con el sigilo de la muerte que sorprende a su víctima durante el sueño. Sus ojos, sin embargo, se encendieron de rabia al perder de vista su objetivo, y como llamas rastrearon las sombras hasta localizarlo.

Allí estaba, entre unas matas espinosas. Su corazón latía a toda velocidad, aunque el resto del animal no se moviera en absoluto. Pero la parálisis del herbívoro no era suficiente para ocultarlo, porque el sonido de la sangre en sus venas lo delataba.

La criatura negra rodeó los arbustos. En su hocico lucía una especie de sonrisa traviesa y su rabo se azotaba de un lado a otro. La liebre no volvería a escapársele, nada escapaba de sus garras una vez que había decidido quién sería su cena.

Relamiéndose por anticipado, se internó en los arbustos y avanzó hacia la liebre, indiferente a los rasguños que las espinas dejaban en su piel. Centímetro a centímetro se deslizó como una serpiente, y cuando tuvo bastante cerca al lepórido alargó una pata y le propinó un zarpazo que llegó hasta los músculos del animal.

La liebre saltó de dolor. Asustada, salió a campo abierto con la esperanza de burlar a su perseguidor en una veloz carrera.

Vana esperanza, no obstante.

El herbívoro corrió y corrió, brincando con sus peludos pies sobre el terreno. Un zorro, un perro, incluso una lechuza en vuelo habrían quedado atrás de inmediato, pero la criatura de ardientes ojos era mucho más ágil y la liebre pronto sintió su mirada en la nuca.

De repente la tuvo frente a sí. Los dos seres se contemplaron un momento, pupilas verticales clavadas en pupilas redondas, y a pesar de su intelecto primitivo, la liebre comprendió que el otro ser era una aberración de la naturaleza. Su pequeña mente se llenó de terror, un terror agudo que la hizo voltearse y correr en otra dirección aun sabiendo que en realidad estaba condenada.

Una y otra vez el herbívoro huyó, y una y otra vez su enemigo se le plantó adelante, rápido e incansable. Era un juego cruel.

Finalmente la criatura negra apresó al lepórido, sujetándolo igual que a un pez con sus garras como anzuelos. Los esfuerzos del animal por soltarse le causaron diversión, así que lo dejó continuar a gusto, viendo cómo sus uñas rascaban el suelo en un pataleo desesperado. La lucha fue percibida incluso por los animales en sus madrigueras, cuyos cerebros dormidos comenzaron a elaborar pesadillas en las que ellos mismos eran cazados y devorados.

En el exterior, la criatura de los ojos rojos trepó sobre la liebre hasta arrojarle su aliento en los oídos. Permaneció así un instante, solazándose en el miedo de su víctima, y por último le desgarró el cuello con los dientes. La sangre brotó en surtidor de los vasos abiertos y fue a parar a su lengua, que lamió cada gota del líquido. La vida de la liebre se extinguió en unos labios sedientos.

El pataleo cesó; todas las funciones del herbívoro cesaron. Pero el animal no murió en paz: hasta el postrero aliento y más allá, su cara reflejó el temor que le infundía su asesino, con los incisivos expuestos en una mueca y los globos oculares a punto de saltar de sus órbitas. Sólo la descomposición borraría aquella terrible expresión de angustia.

La criatura se retiró, satisfecha... por ahora.

*****

Era una hermosa mañana: cielo claro, sol radiante y unas pocas nubes desfilando como borregos solitarios. No eran las condiciones más adecuadas para alentar pensamientos lúgubres; sin embargo, lo improbable sucedió.

Había un hombre caminando por el campo. Era viejo, pero su espalda aún se mantenía derecha y sus pasos no mostraban signos de debilidad. De su cuello colgaba una crucecita de plata, que solía tocar con sus manos cuando algo lo inquietaba. Y esa mañana, justamente, encontró durante su paseo un motivo de inquietud. Tropezó con ello en medio de la pradera que rodeaba el bosque, y por un buen rato permaneció inmóvil, meditando sobre su hallazgo.

A sus pies yacía el cadáver de una liebre, intacto salvo por las hormigas que empezaban a dar cuenta de su carne y por una fea herida en el cogote.

Marcas de dientes sobre la yugular...

El viejo se llevó instintivamente la diestra a su cruz de plata. Jamás había sido un hombre devoto, pero desde hacía unos años recurría cada vez más al símbolo religioso.

Desde el comienzo de las desapariciones, para ser exactos.

Se habían esfumado ya unas veinte personas durante el último lustro, sin dejar una sola pista detrás. La mayor parte eran mendigos o borrachos, pero varias muchachas jóvenes se contaban también en el grupo, criaturas cuya pérdida significaba un gran dolor para sus familias y la población en general.

Las desapariciones habían comenzado después de aquella noche tan extraña en la que se habían visto luces fantasmales por el pueblo y sus alrededores. Esa noche enfermaron todos los niños de pecho y los cultivos sucumbieron a merced de una plaga u otra.

Sin soltar la cruz, el hombre se volteó hacia el este. Allí, sobre una colina, se erguía la mansión: una silueta gris rodeada de pasto seco y árboles de formas tortuosas. Todas sus cortinas estaban cerradas a pesar del buen tiempo.

Una mujer y su hermano vivían ahí, más media docena de sirvientes que rara vez hablaban cuando iban de compras al pueblo. Conformaban un dúo misterioso, los dueños de la mansión; de ella se decía que coleccionaba libros de ocultismo, y de él que nunca salía mientras brillara el sol. Sus padres habían muerto a causa de un rayo que golpeó su carruaje el día que decidieron marcharse de la casa para no volver.

El viejo posó nuevamente sus ojos sobre la liebre, recordando antiguas supersticiones. Había seres que sólo salían de noche... y que bebían sangre para subsistir.

Tendría que informar al alcalde sobre esto. Al alcalde... y a la Iglesia.

Sí, ya era hora de erradicar el mal que habitaba en la colina.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 de noviembre de 2011

El faro (parte 8/8)

Horacio y Amalia Montes llegaron al faro poco después del amanecer. Casi no hablaron por el camino: estaban demasiado preocupados. La tormenta no sólo había sido terrible, sino que el faro se había apagado una vez durante la jornada... indicio seguro de problemas graves. Por si fuera poco, lo que les habían dicho en el puesto de vigilancia no hizo más acrecentar su nerviosismo.

La campiña que precedía el faro lucía devastada: arbustos arrancados de cuajo, piedras vueltas del revés, barro... y muchas huellas. Pero el faro en sí estaba intacto, y sentado en la puerta se hallaba el hombre de la pata de palo.

No había señales de Pedro. Amalia retorció la falda de su vestido al tiempo que Horacio paraba el carro.

—Vaya noche, ¿eh? —dijo Lucio mientras cojeaba hacia ellos—. Espero que no vuelva a repetirse. ¿Cómo os fue en la ciudad?

Sobre el garfio del viejo había una espantosa alimaña peluda con un vendaje alrededor del cuerpo. Horacio respondió la pregunta sin apartar la mirada del bicho, cuyos ojos azules llamaban mucho la atención.

—El viento ocasionó unos cuantos desperfectos. Nada más. Pero en el puesto de vigilancia por el que pasamos nos informaron que apareció un... ya sabe, de ésos que se pegan con los dedos.

—¡Ah, sí! Un dacrî. Son muy comunes.

—Ajá. Bueno, pues resulta que tuvieron que matarlo. Fue el único incidente.

—Tuvieron suerte, entonces. Aquí la cosa estuvo fea. Pero recuerdo una vez...

—Por favor —lo interrumpió Amalia en un tono que delataba su angustia—, ¿dónde está mi hijo?

—¿El muchacho? Él...

Desde el faro se oyó una voz juvenil.

—¡Mamá! ¡Papá!

Pedro corrió hacia sus padres, quienes lo recibieron con los brazos abiertos. El chico estaba sucio, olía mal y tenía numerosas cortadas y moretones, pero era su hijo, y tanto Amalia como Horacio suspiraron de alivio al constatar que no había sufrido daños de consideración.

El muchacho levantó la cara del hombro de su madre. Ahora había dos surcos pálidos en sus mejillas, que la mujer secó amorosamente con su pañuelo.

—¿Cómo te encuentras, hijo? —preguntó Horacio. Quiso sonar serio e indiferente, pero la voz le temblaba. El chico, sin embargo, no se dio cuenta.

—Bien —respondió—. ¿Ya puedo regresar a casa?

El hombre pasó la mano por la cabeza de su hijo.

—Claro que puedes volver.

—Si prometes portarte como es debido, naturalmente —agregó Lucio. Detestaba cuando los padres se ponían sentimentales; eran capaces de echarlo todo a perder.

Pedro se estremeció y escondió el rostro en el pecho de Horacio, aunque era casi tan alto como él.

—Lo prometo. Lo prometo —dijo—. ¿Nos vamos ya?

—Sube al carro, Pedro.

El muchacho no se hizo repetir la orden.

Mientras Lucio le entregaba a la pareja la bolsa que el chico había olvidado en su afán por marcharse, dejó escapar una especie de graznido triste.

—Trabajó muy bien anoche —susurró—. Mejor que la mayoría. Diría que ha aprendido su lección... lo cual significa no volveré a verlo por estos rumbos. Qué pena.

El viejo se enderezó y cambió su actitud melancólica por una menos cordial.

—Pero no le digáis nada de esto, ¿entendido? ¡Lo que menos me conviene es que se piense de mí que me agradan los mequetrefes!

Horacio asintió con la cabeza. Él y Amalia se despidieron brevemente antes de subir al carro, pero antes de que éste se alejara hacia el horizonte, Pedro se dio vuelta y alzó una mano para saludar a Lucio, quien correspondió al gesto con su diestra. El hombre no sonreía... por muy poco.

—Mira nada más —le dijo a Ruco—. ¡Tal vez sí venga de visita después de todo!

Una silueta gris se cruzó con el carro en movimiento, dio unas vueltas alrededor del prisma de cristal y aterrizó a los pies de Lucio.

—¡Hola, Grak! ¡Ya era hora de que volvieras! Colega, te presento a Ruco.

Ambos animales se contemplaron de manera hostil y demostraron su desagrado erizando pelos y plumas.

—Creo que éste será el comienzo de una hermosa relación —sentenció el viejo, y atravesó la puerta del faro silbando para sí.

Gissel Escudero