20 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 5/6)

Era una ciudad diferente y la casa estaba en un barrio suburbano. Lejos de las multitudes y, con un poco de suerte, lejos también de los problemas.

Leonor ya no salía sola a la calle. Víctor la acompañaba siempre, dispuesto a detenerla si caía en uno de sus trances. A la joven le preocupaba que eso le ocasionara la muerte a él, pero Víctor le aseguró que nada se perdería si eso pasaba. Leonor abrió la boca, seguramente para preguntarle a qué se refería... y decidió guardar silencio. Chica lista, pensó el asesino.

Vieron al hombre del puente a mediados del verano.

Ese día caminaban juntos por una calle de tierra, tomados de la mano. Era una relación extraña, la de ellos: funcionaba, pero Víctor no estaba seguro de que fuera amor. Más bien parecía algún tipo de simbiosis.

—Deberíamos comprar unas bicicletas —dijo Leonor en tono jovial—. Podríamos pedalear hasta la costa, y luego...

—¿Luego qué? —preguntó Víctor, pero no obtuvo respuesta. Leonor se detuvo. Miraba hacia algún punto entre dos casas con expresión aterrorizada.

Entonces Víctor también lo vio, y reconoció su silueta a pesar del tiempo transcurrido.

—Iré a hablar con él —dijo.

—¡No! ¡Vámonos! —le contestó Leonor, tirando de su brazo hacia atrás. Víctor se soltó de ella, perdiendo al otro hombre de vista por un segundo, y cuando volvió a mirar, el desconocido ya no estaba.

—Demonios, ¿adónde fue?

—Te lo dije, no es humano. ¡Vámonos!

A pesar de su entrenamiento, a Víctor lo recorrió un escalofrío pero se esforzó por disimularlo.

—De acuerdo —dijo él—. Volvamos a la casa. Si ese hombre, o lo que sea, viene por nosotros, lo enfrentaremos en nuestro territorio.

Los dos emprendieron el camino de regreso. Leonor no dejaba de mirar por encima de su hombro, con los ojos muy abiertos y respirando agitadamente. Víctor, por otro lado, vigilaba en todas direcciones; si aquel sujeto se movía tan rápido, podía estar en cualquier parte.

De vuelta en la casa, y después de una breve inspección, atrancaron las puertas y ventanas, y Víctor fue al ático a buscar algo en un baúl del que sólo él tenía la llave. Regresó a la sala, junto a Leonor, mientras terminaba de cargar la pistola semiautomática.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó ella.

—¿Estás segura de que quieres saberlo? Podría decírtelo, pero no te gustará.

Hubo un momento de silencio. Luego ella dijo:

—Imagino que sabes usarla.

—Claro que sí.

La joven no hizo más preguntas. Víctor pensó que aprendía rápido.

Transcurrieron varias horas sin novedades. No había nadie alrededor de la casa y sólo tres vehículos pasaron frente a ella, sin disminuir la velocidad. Los pájaros cantaban en los árboles.

Víctor no estaba acostumbrado a jugar el papel de cazador cazado, pero en realidad no le incomodaba. Era bueno romper la rutina de vez en cuando.

Sonrió para sí, y luego notó que Leonor se estaba mordiendo las uñas.

—¿Por qué no comes algo? —preguntó él.

—No tengo apetito.

—Entonces ve a hacerme un café y unas tostadas con mermelada, ¿sí? Gracias.

Leonor fue a la cocina y regresó en diez minutos. Entre bocado y bocado, él preguntó:

—¿Qué sabes sobre ese hombre? Dime todo lo que recuerdes.

La joven reflexionó un momento antes de hablar.

—Lo vi por primera vez cuando murió mi esposo. Después de que yo... —Leonor alzó los brazos, mostrando las cicatrices en sus muñecas—. Estaba en la bañera. Mi mente empezó a irse y entonces lo vi inclinado sobre mí. Me desmayé. Desperté en el hospital. Ha hecho lo mismo cada vez que he tratado de matarme. Incluso cuando me aseguré de que ningún doctor fuera capaz de salvarme. Pero siempre sobrevivo. Veneno, accidentes de coche, saltos desde una azotea... Y él siempre está ahí.

—¿Alguna vez te ha dicho algo?

—No.

—¿Crees que sea maligno?

—¿Cómo podría ser bueno? —replicó Leonor—. Me devuelve a la vida para que siga matando gente. Tiene que ser maligno.

Víctor no respondió. Aquello era demasiado fantástico, ¿qué podía opinar al respecto?

—Hay alguien afuera —dijo Leonor, señalando la ventana.

Sí, allí estaba. Víctor pudo verlo claramente a través de la cortina de tul; estaba parado bajo un árbol, con las manos entrelazadas en una actitud de paciencia. No parecía amenazador. Tenía un rostro común y corriente, inexpresivo, y no debía medir más de un metro setenta. Si llevaba armas, no se notaban.

—Haz que se vaya —suplicó Leonor—. Dispárale.

—No le dispararé mientras no conozca sus intenciones. Me gusta saber a lo que me enfrento.

—Pero...

—Silencio. Confía en mí.

Permanecieron así unos minutos, sin hablar y vigilando al hombre misterioso. Leonor continuó mordiéndose las uñas; Víctor se aseguró de que su arma estuviera lista para disparar.

El desconocido empezó a moverse hacia la casa, caminando a paso normal.

—Por favor, mátalo —susurró Leonor.

—Todavía no.

Ambos perdieron de vista al hombre cuando éste se dirigió hacia la puerta. Sin embargo, el timbre no sonó y tampoco se escucharon golpes.

—¿Qué está haciendo? —le preguntó la joven a Víctor.

—No lo sé.

Víctor se levantó para echar un vistazo a través de la mirilla... y entonces algo se movió justo detrás de él. El asesino se dio vuelta y apuntó, sujetando el arma con ambas manos. Leonor gritó.

—Puedes disparar —dijo el desconocido, ahora de pie en medio de la sala—, pero no me harás daño.

La voz del hombre tenía un timbre extraño, metálico.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó el asesino.

—A ella.

—Pues no vas a llevártela. A ver si es verdad que las balas no pueden herirte...

—No quiero llevármela —replicó el desconocido—. Sólo quiero que siga haciendo lo que es natural en ella.

—¿Matar gente?

—Sí.

—No —dijo Leonor—. Eso se acabó. ¿Por qué quieres que lo haga? ¿Quién eres?

—No se me permite revelar mi identidad. Sólo puedo decirte que obedezco a una autoridad superior, y tu labor es necesaria.

—¿Necesaria? ¿Para qué?

—Para salvar vidas.

—¿Qué?

El hombre dio un paso adelante. Víctor notó que el color de sus ojos variaba como las plumas iridiscentes de un pájaro. El asesino levantó un poco más la pistola.

—Por cada persona que matas, Leonor, muchas más se salvan —dijo el desconocido—. Todas ellas iban a hacer algo malo, o a cometer un error que causaría muchas muertes. Sí, incluso tu esposo. Sé que sufriste, pero fue un pequeño sacrificio.

—¿Pequeño... sacrificio? —balbuceó la joven. Sonó como si tuviera algo atorado en la garganta.

—No se suponía que debieras saberlo. Fue muy desafortunado que hicieras la conexión.

Leonor empezó a llorar.

—¿Y por qué no matas tú a esas personas, eh? —dijo Víctor—. ¿No has escuchado a la dama? Ella sólo quiere vivir en paz.

—Con gusto la dejaría, pero no puedo. Es ella quien tiene el don de saber quién debe morir. Y yo no puedo matar, sólo dar vida. Mi trabajo es asegurarme de que ella haga el suyo.

—Pero yo no quiero este don... esta maldición —dijo Leonor—. Quítamela.

—Tampoco puedo hacer eso.

—Entonces evita tú mismo esos errores, o lo que sean, para que nadie tenga que morir.

—Lo siento, pero cambiar el destino requiere un pago de sangre.

Víctor sonrió.

—Dijiste que no podías matar, ¿no es así? Entonces lárgate. La dama se queda conmigo.

El desconocido se movió tan rápido que Víctor sólo vio una silueta borrosa, y en el momento siguiente se encontró en el suelo, boca abajo, con un brazo retorcido detrás de la espalda. El asesino gritó de dolor.

—No puedo matar, pero sí usar la fuerza —dijo su oponente—. No me obliguen a ello.

Gimiendo, Leonor levantó el arma del piso y disparó tres veces. Víctor no pudo ver dónde pegaron las balas, pero sí escuchó que algo se rompía en la habitación. Y eso fue todo. La presión en su brazo no aflojó.

—Las balas no pueden dañarme —repitió el desconocido—. Baja el arma, Leonor.

La joven, sollozando, dejó caer la pistola. El hombre soltó a Víctor, quien se levantó de inmediato. Su oponente estaba ileso.

—¿Por qué ella? —preguntó el asesino—. ¿Por qué aquí? ¿No son más importantes los terroristas en Medio Oriente, por ejemplo? Ellos sí que matan personas inocentes.

—¿Y quién dice que no hay otros como Leonor buscando a esos asesinos? Pero no son fáciles de alcanzar. Y tú, más que nadie, deberías saberlo.

Víctor hizo una mueca. No le gustaba que otros adivinaran su secreto.

—Dámelo a mí —dijo de pronto el asesino—. Dame su don. Yo haré el trabajo. A mí no me quitará el sueño.

El desconocido inclinó la cabeza... y luego la movió de un lado a otro.

—Eso no está a mi alcance. Aunque... quizás pueda hacer otra cosa.

Víctor y Leonor escucharon la propuesta.

Continuará...

Gissel Escudero

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