19 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 4/6)

Era el primer día bonito de la primavera y media ciudad parecía dispuesta a aprovecharlo, como animalitos que salen de sus madrigueras al final de la hibernación. La temperatura llegaba a los veinticinco grados, había un sol radiante y flores en los árboles. Más perfecto imposible.

Víctor ató sus zapatillas de deporte y le echó un último vistazo a su aspecto. Decidió que era aceptable: limpio, discreto y apropiado. Como un asesino en serie. Sonrió.

Sin embargo, todavía se preguntaba qué estaba haciendo. Aquello se parecía demasiado a una cita, y aunque Leonor era una mujer atractiva y no había una gran diferencia de edad entre ellos, Víctor tenía como regla no involucrarse con nadie. No era bueno para su profesión. De hecho, hacía rato que debía haberse mudado a otra ciudad, para no correr el riesgo de que lo identificaran.

Decidió olvidar las preocupaciones, al menos hasta su regreso. ¿Qué diferencia hacía un día más? No era correcto desperdiciar una tarde así de agradable.

Condujo hasta la casa de Leonor y tocó el timbre. Ella salió a recibirlo. Víctor no pudo evitar que sus ojos la recorrieran de pies a cabeza, porque llevaba un vestido que resaltaba lo mejor de su figura.

—Te ves bien —dijo el hombre. Leonor se ruborizó.

—Gracias.

—¿Nos vamos?

Ella asintió y caminó hacia el auto. Ya en la carretera, dijo:

—Gracias por sacarme a pasear. Hacía tiempo que no salía.

—¿Qué tanto?

—No sé. Un par de años. ¿Adónde vamos?

—Hay un parque en las afueras. Te gustará.

Víctor volvió a pensar que la situación era demasiado... normal. Pero descubrió que no le molestaba.

El parque estaba lleno de gente y había mucho para hacer. Víctor y Leonor dieron una vuelta al lago, asistieron a un espectáculo gratuito y luego Víctor le pagó a un artista para que les hiciera una caricatura. Leonor parecía feliz por primera vez desde que él la había conocido... hasta que empezó a actuar en forma extraña.

Fue un cambio muy sutil. Otra persona quizás no lo hubiera notado, pero Víctor estaba entrenado para leer a la gente y sus sentidos se pusieron en alerta. Poco a poco la mirada de Leonor se volvió ausente y sus pasos se desviaron en otra dirección, como movidos por una fuerza magnética. Víctor pensó en chasquear los dedos frente a su cara o en cambiar de rumbo, pero decidió seguirle la corriente, por curiosidad.

—Quisiera un helado —dijo ella con voz soñadora—. ¿Me comprarías un helado?

—Claro —dijo Víctor, tratando de imaginar por dónde iba la cosa. Aquello era interesante.

La fila para los helados era bastante larga, pero se movía rápido. Víctor y su acompañante esperaron en silencio, y entonces, como si se le hubiera ocurrido de pronto, Leonor estiró el brazo para tocar a una mujer que ya se retiraba de ahí con su helado.

—¿Sí? —dijo la dama, pensando quizás que Leonor quería preguntarle algo, pero la joven no respondió. En cambio, salió de su trance, se puso más pálida que de costumbre y retrocedió unos pasos como si el contacto con la mujer le hubiera producido un gran dolor. Víctor la sostuvo, porque estuvo a punto de caerse.

La mujer del helado frunció el ceño y siguió de largo.

—Leonor, ¿qué te pasa? —preguntó Víctor en voz baja.

—Vámonos de aquí. Ahora.

—¿Y el helado?

—Ya no lo quiero. Por favor, vámonos.

Regresaron al auto y Leonor ya no pudo contenerse: empezó a sollozar, y luego a llorar de una manera tan desgarradora que asustó a Víctor, lo cual no sucedía a menudo.

—Leonor, dime, ¿qué...?

—Llévame a casa. Fue... fue un error venir aquí. Lo siento. Lo siento mucho.

—De acuerdo, te llevaré a casa. Pero tranquilízate.

La joven no se tranquilizó. Siguió llorando todo el camino, y sólo se detuvo de puro cansancio. Víctor la ayudó a salir del auto, la entró a la casa y le mojó la cara con agua fría.

—Tienes que irte de aquí —dijo ella.

—No me iré a ninguna parte hasta saber qué demonios pasa contigo.

—No puedo...

Exasperado, Víctor aferró a la joven por los hombros, sacudiéndola un poco.

—¡Al diablo con eso! Quiero saber lo que está pasando y quiero saberlo ya. No me importa lo que sea. Pero te juro que si no me lo dices, verás una parte de mí que realmente no quieres conocer. ¡Habla!

Leonor lo contempló con los ojos muy abiertos, incapaz de reaccionar a causa de la sorpresa. Luego sus hombros se aflojaron y en su cara apareció una mirada de resignación.

—Ella va a morir —dijo finalmente.

—¿Quién?

—La mujer que toqué en el parque. Va a morir. Por mi culpa.

—No entiendo.

—A veces toco a las personas y siento que algo pasa a través de mí hacia ellas, y luego esas personas mueren. Siempre mueren.

—Eso no es posible.

Leonor se zafó de las manos de Víctor y fue hasta un cajón. De allí sacó unos recortes de periódico y se los pasó al hombre, quien los examinó uno por uno.

—Ha sido así desde que yo era niña —dijo Leonor—. Al principio no lo sabía. Yo sólo tocaba a las personas y ellas seguían caminando como si nada. Pero un día descubrí lo que les pasaba después. Eso fue... cuando maté a mi esposo. Ha sido una tortura desde entonces.

Los recortes eran sobre extraños accidentes. Personas de todas las edades y estratos sociales que habían muerto de forma inusual.

—Coincidencias —dijo Víctor—. Simples coincid...

El hombre no terminó la frase. Había llegado al recorte más reciente, y se quedó sin habla al reconocer el nombre de la víctima: era el narco del depósito de chatarra.

La joven se sentó. Parecía derrotada.

—Ni siquiera puedo acabar con mi propia vida —continuó ella—. Cada vez que lo intento, ese hombre me salva. El del puente, ¿recuerdas? No puede ser humano. Los humanos no resucitan a las personas.

Víctor dejó los recortes sobre la mesa y dio vueltas por la habitación. Aquello era increíble, imposible... pero él había visto a esos autos caerse por sí solos encima del traficante.

—Debes pensar que estoy loca —dijo Leonor—. Pero si pones el noticiero esta noche, o mañana, escucharás la noticia. La mujer morirá. Morirá, y yo no puedo hacer nada al respecto. Créeme, lo he intentado y nada funciona. Estoy... maldita.

Víctor se detuvo. Leonor se había cubierto el rostro con las manos, y se veía tan desdichada que parecía como si le hubieran arrebatado de golpe toda la felicidad en su vida, pasada, presente y futura. Si la joven decía la verdad, era una carga demasiado grande para ella. Víctor había elegido matar, y considerando el tipo de objetivos que le encargaban, casi que le hacía un favor al mundo; pero Leonor no había pedido eso, y por lo visto tampoco decidía a quién asesinar.

Víctor se arrodilló frente a la joven y sujetó sus manos, descubriéndole la cara.

—Ahora sabes mi secreto —dijo Leonor—. Deberías irte. Podrías ser el siguiente.

Él hizo un ademán negativo.

—No me iré a ningún lado. Buscaré la manera de ayudarte. Te lo prometo.

Leonor apoyó su frente en la de Víctor y en algún momento él la besó, peinando al mismo tiempo con los dedos su cabellera negra. Estuvieron así un rato antes de que Víctor tirara de ella suavemente para recostarla sobre la alfombra, donde por unas horas logró mitigar su pena.

Continuará...

Gissel Escudero

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