18 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 3/6)

Víctor se ocultó detrás de una camioneta y esperó. Su objetivo también se había escondido en alguna parte después del primer disparo, pero aún no podía ir a matarlo; antes tenía que deshacerse del segundo guardaespaldas.

Maldito narco, pensó Víctor. Siempre andaba por ahí con un solo guardaespaldas, ¿y justo había elegido esa noche para salir con dos? Qué inoportuno.

Ah, ahí estaba el segundo gorila, buscándolo. Era bueno, el muy jodido; se movía de un refugio a otro como una pantera, sin ofrecer un blanco fácil. Y también tenía buena puntería.

Víctor se desplazó a la derecha, en silencio y sin dejarse ver. Afirmó la pistola y moderó su respiración. Cuando el gorila asomara la cabeza...

El guardaespaldas asomó la cabeza y Víctor lo despachó de un tiro en la frente, ahí donde supuestamente se halla el tercer ojo.

Iban dos, quedaba sólo uno. ¿Dónde se había metido el dichoso narco?

Sólo la luna iluminaba el depósito de chatarra, pero Víctor igual distinguió el rastro de sangre fresca que brillaba sobre el concreto. Era abundante. Quizás le hubiera dado en una arteria y le quedaran pocos minutos de vida, pero Víctor no iba a marcharse sin estar seguro de haber cumplido su misión. Después de todo, para eso le pagaban.

El asesino escuchó un ruido de pasos que se alejaban de él y hacia allá se dirigió. Entonces vio al narco, que trataba de llegar a su auto. Una de sus manos presionaba la herida en un costado del torso, mientras que en la otra sostenía las llaves del vehículo. Víctor le apuntó.

—Alto —dijo el asesino. El otro hombre se detuvo.

—Tengo mucho dinero —balbuceó el narco—. ¿Cuánto quiere?

—Lo siento. Usted va a morir hoy, pero me siento generoso: si se da vuelta, le dispararé de frente. ¿O prefiere morder el polvo?

El traficante se dio la vuelta. Tenía el rostro empapado en sudor, pero no temblaba.

—Buena elección —dijo Víctor... pero no llegó a disparar. Había varios coches apilados a un lado del camino, y aunque el montón parecía estable y no soplaba ni una brisa, dos de los vehículos se desplomaron sobre el hombre herido, concluyendo la labor del asesino.

Víctor se quedó de pie en el mismo sitio por un rato, con la boca abierta en un gesto de incredulidad.

—¿Qué carajo...?

Se aproximó a los autos caídos. Sólo las piernas del narco asomaban fuera del metal, y no se movían. Víctor guardó la pistola.

Bien. De una manera u otra aquello estaba terminado, y era mejor que se largara de ahí cuanto antes, por si el ruido de los coches había llamado la atención de alguien. Víctor salió del depósito, buscó su auto y condujo hacia la ciudad.

Todavía no podía creer lo que habían visto sus ojos. Los coches estaban ahí, quietecitos, y luego ¡plom!, arriba del narco. Como por arte de magia. Lástima que no pudiera contárselo a nadie.

Oh, al diablo. Había sido una noche larga, y aún le dolía el pecho donde el guardaespaldas número dos le había pegado un tiro al chaleco antibalas. Se iría al apartamento, tomaría un vaso de whisky con mucho hielo y...

Recién entonces se dio cuenta de que, sin proponérselo, había conducido hasta la casa de Leonor. La pequeña vivienda estaba a oscuras pero con las persianas abiertas. A Víctor le dio mala espina.

Se miró en el espejo. Sólo tenía un rasguño en la cara; no había en él ninguna otra señal de lo sucedido en el depósito de chatarra. El hombre se quitó el chaleco antibalas y salió del auto.

Golpeó la puerta suavemente en lugar de tocar el timbre, para no sobresaltarla si acaso ella dormía. No hubo respuesta, y la puerta estaba cerrada con llave.

No era su responsabilidad, pensó Víctor por enésima vez. Sin embargo, y a pesar de que ya habían pasado semanas desde el rescate en el lago, él aún sentía que debía proteger a aquella joven.

El hombre sonrió con ironía. No se había convertido en un ángel guardián, pero no le faltaba mucho. Él, un asesino a sueldo.

La casa seguía en silencio y Víctor dejó de sonreír. Ahora tenía la certeza de que algo no andaba bien. Tal vez debiera entrar por una ventana, o...

Entonces oyó pasos, y luego los chasquidos de la cerradura.

Leonor se veía muy mal. Tenía los ojos hinchados, las mejillas húmedas y el cabello en total desorden. Su aliento olía a alcohol.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella arrastrando las palabras.

—Vengo del trabajo. ¿Qué sucedió?

—Nada. Vete.

La joven empezó a cerrar la puerta, pero Víctor se lo impidió.

—Déjame entrar.

Leonor retrocedió y cruzó los brazos, juntando los bordes de su bata. Víctor cerró la puerta detrás de él.

—¿Qué sucedió? —volvió a preguntar. El rostro de Leonor se contrajo en una mueca y las lágrimas corrieron de nuevo por sus mejillas.

—Yo... hice algo terrible hoy.

—¿Qué cosa?

—No puedo decirlo.

—¿Por qué no?

—Porque... porque no. Déjalo así.

—De acuerdo, pero no me iré. Y tú ya bebiste suficiente por esta noche.

Ella asintió de mala gana. Víctor le secó el rostro con un pañuelo.

—Estás helada. Ven, encenderé la chimenea.

Víctor tomó a la joven por la cintura y la condujo hasta el sofá de la sala. No le costó mucho encender el fuego, y luego ocupó el espacio junto a Leonor para pasarle un brazo por los hombros y darle también el calor de su cuerpo.

—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó ella.

—Un estúpido contratiempo. Nada importante.

—Mentiroso.

—Bueno, pues dime qué es eso tan terrible que hiciste, y yo te contaré algo muy extraño que me pasó esta noche.

Leonor guardó silencio.

—Vamos —insistió el hombre—. ¿Qué puedes haber hecho que no me puedas decir? Eres la persona más inofensiva que conozco.

—No sabes nada sobre mí.

—Tal vez, pero... digamos que sé mucho sobre cosas terribles. Y no puedo imaginarte haciendo ninguna de ellas.

Leonor volvió a guardar silencio y Víctor decidió dejarla en paz, al menos por el momento. Ella se apretó un poco más contra él.

—¿Quieres que me quede esta noche? —preguntó el hombre.

—¿Te irías si te lo pidiera?

—No.

—Entonces quédate.

Víctor se quedó y ella durmió en sus brazos hasta el amanecer, arrullada por el chisporroteo de la leña ardiente.

Continuará...

Gissel Escudero

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