17 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 2/6)

Alrededor del mediodía, la mujer empezó a hablar en sueños.

—Lo siento, yo no quería... No, tú no... ¿Por qué?

Una lágrima asomó entre los párpados cerrados y se deslizó por la blanca mejilla hasta la almohada. Luego el tono de voz se volvió temeroso.

—¿Quién eres? Déjame ir... déjame...

Víctor pensó que la joven debía sufrir algún trastorno mental. Había examinado su cuerpo mientras la desvestía, descubriendo numerosas cicatrices. También las tenía en ambas muñecas.

La mujer dejó de hablar pero siguió llorando. A Víctor le dio pena y la sacudió suavemente para despertarla. Él había creído que sus ojos eran castaños, pero debió engañarlo la falta de luz allá en el lago, porque eran grises como la niebla.

—Hola —dijo el hombre en voz baja—. ¿Cómo te sientes?

—¿Quién eres tú?

—Te saqué del agua anoche. Pensé que estarías mejor aquí que en un hospital.

La mujer frunció el ceño y su tristeza se volvió enfado.

—Debiste dejar que me ahogara. ¿Por qué me salvaste? ¿Él te lo ordenó?

—No sé de quién hablas.

—Él me persigue. Siempre me devuelve a la vida. Lo odio.

Víctor reflexionó un momento.

—Vi a un hombre en el puente, desde el lago. Pero desapareció.

—Será porque tú hiciste su trabajo. Maldito sea. Y tú también.

La joven volteó la cara hacia la ventana. No sonaba como una demente, pensó Víctor, aunque sus palabras no tuvieran mucho sentido.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el asesino.

—Leonor —dijo ella con un suspiro, como si ya no tuviera fuerzas para seguir enojada.

—Yo soy Víctor. Te preparé algo de comer, si quieres desayunar.

Ella asintió. Víctor llevó hasta la cama una bandeja con emparedados y jugo de naranja.

—No respondiste mi pregunta —dijo ella mientras comía—. ¿Por qué me salvaste?

Víctor se encogió de hombros.

—Creo que te salvé porque justo pasaba por ahí y no tenía nada mejor que hacer.

—¿Qué clase de respuesta es ésa?

—¿Qué otra respuesta esperabas? No soy un caballero andante.

—¿Y a qué te dedicas?

—No necesitas saberlo.

—Como quieras —replicó la joven, y terminó de comer. Víctor tomó la bandeja y la apoyó en la mesita de luz. Luego preguntó:

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué saltaste al lago?

—Tú tampoco necesitas saberlo. Estamos a mano, ¿no?

Víctor sonrió.

—Sí, estamos a mano.

Leonor se dio cuenta de que llevaba puesta una camisa de hombre.

—¿Y mi ropa?

—Se está secando.

—Pues ya que salvaste mi vida, supongo que no te importará darme dinero para un taxi, ¿verdad?

—No, no me importaría. Pero no lo haré.

—¿Disculpa?

Víctor alargó una mano y rozó con el dedo la cicatriz en la muñeca izquierda de Leonor.

—No puedo dejarte ir tan fácilmente —dijo el hombre—. Podrías volver al lago, o hacer alguna otra barbaridad. No tienes por qué contarme tu historia, aunque me encantaría oírla, pero... en fin, no quisiera que mi chapuzón de anoche fuera un completo desperdicio. El agua estaba fría.

Víctor empleó un tono muy serio y la joven lo miró con expresión confundida, tratando de decidir, quizás, si había hecho una especie de broma o sólo era su forma de expresarse.

—Eres extraño —concluyó al fin.

—De nuevo estamos a mano —replicó Víctor.

—Sí... ¿Me llevarás a casa, entonces? ¿Y cuidarás de mí como un ángel guardián?

El hombre casi se echó a reír.

—Cuidaré de ti, Leonor, pero créeme: si hay algo que no soy, es un ángel guardián.

Continuará...

Gissel Escudero

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