16 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 1/6)

Le gustaba trabajar en noches de luna nueva, para moverse de sombra en sombra como los gatos; además, si acaso tenía una espera larga por delante, podía alzar la vista de vez en cuando y observar las estrellas.

Esa noche, sin embargo, la espera fue corta. Había tendido muy bien su trampa, y el objetivo acudió a la cita justo sobre la hora. Qué puntual, pensó Víctor con una media sonrisa, y oprimió el gatillo. El disparo apenas se oyó gracias al silenciador, y la víctima cayó al suelo sin un quejido. Perfecto. Ahora sólo tenía que llamar para decir que el trabajo estaba hecho, y el resto de la paga estaría en su cuenta antes del amanecer.

Víctor guardó el rifle y se marchó tranquilamente del edificio abandonado. Por el camino se cruzó con un par de indigentes, pero no le preocupó que se fijaran en él porque no había nada destacable en su rostro o vestimenta que pudieran recordar. Y eso suponiendo que aquellos pobres diablos fueran capaces de recordar algo; en general estaban demasiado sumergidos en su propia miseria, y la policía no obtendría de ellos más que unas pocas frases incoherentes.

Su automóvil estaba en la esquina, lejos de las cámaras de vigilancia. Tampoco había en él nada destacable. Víctor se sentó frente al volante, dejó a un lado el estuche con el rifle y consultó su reloj. Eran las cuatro de la madrugada. Muy temprano para desayunar, demasiado tarde para una copa. Una siesta sería lo más conveniente. Víctor arrancó el auto y condujo hacia el apartamento alquilado.

Vio a la mujer a medio camino en el puente, del otro lado del barandal. El viento agitó su cabellera, y su rostro pálido brilló un momento en la negrura. Después la mujer saltó al lago.

Víctor siguió conduciendo unos veinte metros... y luego pisó el freno.

—Maldición —murmuró.

No había nadie más en el puente. Podía irse de ahí sin titubear. Al fin y al cabo, él mismo causaba la muerte; ¿por qué iba a molestarse por una suicida?

—Maldición —repitió, y salió del auto, retrocediendo hasta el lugar donde había estado la mujer. No se veía nada en el agua, ni siquiera las burbujas, porque la luz del puente no era lo bastante intensa.

Víctor se quitó el abrigo y los zapatos y saltó al lago de cabeza. Fue un buen clavado, apenas lo sintió, pero el agua estaba muy fría y le atenazó el pecho por un instante. Se concentró en retener el aire.

La oscuridad era total. Si pretendía hallar a la mujer, tendría que usar sus otros sentidos. Víctor descendió un poco más, extendiendo las manos frente a él y tratando al mismo tiempo de percibir cualquier sonido proveniente de la suicida, o la turbulencia producida por su cuerpo al hundirse.

Entonces sintió que algo se movía a su derecha. Se desplazó en esa dirección y sus dedos rozaron una prenda de vestir. Sí, era ella. La sujetó por el pecho y se impulsó hacia arriba, luchando contra la necesidad de oxígeno que empezaba a restarle fuerzas.

Salió a la superficie no muy lejos de donde había caído, y lo primero que vio fue el puente y a un hombre que lo miraba desde ahí. Pero sólo duró un segundo. La cabeza de Víctor se sumergió en el agua, y cuando volvió a salir, el hombre del puente se había ido.

Víctor se olvidó del desconocido en favor de una preocupación más inmediata: sacar a la mujer del lago. Con eso tuvo suficiente por un rato, porque la orilla estaba lejos y el agua helada enlentecía sus movimientos.

Ya en el borde del lago, arrastró a la mujer sobre la arena sucia y le tomó el pulso. No tenía. Tampoco respiraba, y su piel estaba fría. Sin embargo, Víctor no iba a dejarla morir después de tanto trabajo, por lo que comenzó a hacerle la resucitación cardiopulmonar tal como la había aprendido en el ejército.

La mujer reaccionó un minuto después, tosiendo débilmente. Víctor la puso de costado para ayudarla a expulsar el agua de sus pulmones.

Ella era joven; no debía tener más de veinticinco años. Víctor le apartó el cabello mojado de la cara y preguntó:

—¿Se encuentra bien? ¿Puede decirme algo?

A pesar de su aturdimiento, ella lo miró fijamente. Había miedo y tristeza en sus ojos.

—Tú... no eres... él.

—¿No soy quién? —preguntó Víctor, pero no obtuvo respuesta porque la mujer se había desmayado.

Fantástico, pensó el asesino. ¿Qué debía hacer ahora? La opción más lógica era llevar a la joven al hospital, pero él desconfiaba de los médicos y además no estaba de humor para darles explicaciones. Tampoco podía abandonarla ahí, o se congelaría.

Decidió llevarla a su apartamento. No era la alternativa más práctica, pero... bueno, tuvo que admitir que sentía cierta curiosidad. ¿Qué había empujado a esa mujer al suicidio? ¿Depresión? ¿Un desengaño amoroso? ¿O mejor aún, problemas con la Ley? Seguro había una historia interesante por ahí, y dado que acababa de terminar un trabajo, disponía de tiempo libre.

Víctor levantó a la joven de la arena y regresó a su auto. El hombre del puente se había ido, pero Víctor no echó nada en falta: las llaves del coche, la radio y su rifle seguían ahí; el abrigo y los zapatos también se hallaban donde los había dejado. Víctor se puso los zapatos y envolvió a la mujer en el abrigo. La había acomodado en el asiento trasero y ahora parecía dormida. Víctor pensó que era bella.

El asesino arrancó el auto y condujo hacia el apartamento, todavía bajo la luz de las estrellas.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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