31 de octubre de 2011

El pavo de Halloween

Tema sugerido por Esther Lara. ¡Gracias!

Eran dos horas y media de viaje en automóvil desde la ciudad hasta la granja. Dos horas y media para contemplar cómo el paisaje iba perdiendo edificios y casas y ganando pasto, árboles y alambrados. Tiempo suficiente para que la incomodidad inicial de Billy se fuera transformando en una sensación desagradable muy similar al horror. Al final no pudo resistirlo más y dijo:

—Mami, por favor, quiero volver a casa. ¿Podemos volver a casa?

—Ya te lo he dicho cien veces, Billy: no.

—Pero...

—Ya basta. Vamos a pasar estos dos días con tus abuelos, y tú te vas a portar bien y a estar tranquilo, ¿entendido?

Billy no respondió.

¿Entendido? —insistió su madre.

—S-sí.

—Bien. Porque Dios sabe que necesito un descanso después de lo que he tenido que aguantar estos últimos meses. Ya imagino que tu padre debe estar feliz con el trato que le consiguió ese maldito abogado. Apuesto a que se está partiendo de risa en su nuevo apartamento.

De nuevo, Billy no contestó. No había visto mucho a su padre desde la separación y el divorcio, pero le constaba que no se reía y su apartamento tampoco era la gran cosa. El niño lo echaba de menos. Su madre ya casi no jugaba con él y encima se la pasaba regañándolo por cualquier cosa. Siempre estaba tensa y enojada, y ahora mismo Billy podía ver, incluso desde el asiento de atrás, que ella aferraba el volante con tanta fuerza como para que los nudillos se le pusieran blancos. También podía ver en el espejo su ceño fruncido.

Como si hubiera adivinado lo que pasaba por la cabeza de su hijo, la mujer aspiró hondo, aflojó los dedos y añadió con un tono de voz más suave:

—Sé lo difícil que esto también ha sido para ti, Billy. Pero todo estará mejor ahora, ya verás. No habrá más peleas en la casa, y tal vez podamos ir a un lugar más lindo las próximas vacaciones, tú y yo solos. Nos divertiremos.

—Sí, mami.

—Eso es.

La mujer le sonrió a Billy en el espejo. El niño hubiera querido devolverle la sonrisa, pero tenía un nudo en la garganta y otro más grande en el estómago, de modo que se limitó a asentir y luego recostó su cabeza contra el asiento, distinguiendo por la ventanilla las primeras vacas solitarias. No le gustaban las vacas. Eran animales grandes y tontos, y además olían mal. Sin embargo, lo que más le molestaba en ese momento era la certeza de que su madre no cumpliría su promesa. Si ahora mismo ella no tenía tiempo para jugar, mucho menos lo tendría para un viaje. Así había ocurrido al menos con todos sus demás amigos de padres divorciados.

Billy apartó la mirada de las vacas y la posó en sus manos apoyadas en el regazo. Tenían el fin de semana por delante con la Noche de Brujas el domingo. Billy no lamentaba perderse la fiesta en la ciudad. Se quedaría sin dulces, pero considerando lo que había sucedido el año pasado, durante el Día de Acción de Gracias, el niño no deseaba ver nada que pareciera sangre. Su pequeña mente impresionable aún recordaba bien la escena: los chillidos, el golpe seco del hacha golpeando la madera, las salpicaduras rojas por todos lados y...

—Recuerda que no debes hacer enfadar al abuelo —dijo la madre de Billy—. Ya sabes que no le gustan las tonterías.

¿Había algo que le gustara al abuelo aparte de refunfuñar y despotricar contra el mundo entero?, pensó el niño. El hombre nunca sonreía ni tenía una palabra amable para nadie, ni siquiera su esposa. ¡Incluso le gritaba a su tractor! El Día de Acción de Gracias del año pasado había estado particularmente gruñón, y más que tomar el hacha la había esgrimido como si fuera un arma. A Billy se le puso la piel de gallina.

—Llévate al crío —le había dicho el hombre a su hija, aunque Billy ya se estaba dando la vuelta. Era pequeño, pero ya sabía lo que iba a pasar y no quería verlo. Además, su madre y abuelo acababan de tener una discusión sobre el padre de Billy, con palabrotas e insultos. El abuelo pensaba que su yerno era un "perdedor" y un "incapaz". Billy no entendía muy bien qué significaban esas palabras, pero estaba consciente de una cosa: el parecido físico entre él y su padre le ganaba por extensión la antipatía del viejo.

—En realidad el abuelo te quiere —siguió diciendo la madre de Billy en el auto—. Lo que pasa es que trabaja mucho y a veces le cuesta tratar bien a las personas. Si no lo haces enojar, tal vez te regale unos dulces por la Noche de Brujas. Tu abuela hace unas galletitas deliciosas.

Billy no podía atestiguar lo de las galletas. El abuelo siempre le decía a su mujer lo que debía cocinar: nada de "chatarra" para que el niño no se pusiera "obeso". Los "hombres de verdad" comían carne y verduras, pero tenían que ser "naturales" porque las "cosas químicas" volvían "maricas" a los niños.

—Algún día le enseñaré al crío a hacer esto —había gruñido el abuelo después de coger el hacha, haciéndose oír por encima de los chillidos del animal que sujetaba por el cuello—. Así será un hombre derecho y no un gordo inútil y blando como tu marido.

La madre de Billy se dio vuelta para responder, y fue por eso que el niño también se dio vuelta a tiempo de ver bajar el hacha. Pero no fue un corte limpio. La cabeza del pavo quedó unida al resto del cuerpo por una franja de piel y músculo, y después de eso, increíblemente, el ave escapó de su verdugo y corrió unos metros. La sangre salía a chorros del corte como el agua de una tubería perforada, esparciéndose a una distancia considerable. Parte de ella roció al niño y su madre. Billy gritó. Maldiciendo, el abuelo corrió tras el pavo moribundo, pero no lo alcanzó hasta que éste se desplomó de frente en el suelo, todavía sangrando a borbotones.

El hombre regresó con el ave en brazos, diciéndole a Billy por el camino:

—Deja de llorar, no seas mariquita.

Al igual que en aquella ocasión, el niño enjugó sus lágrimas. Afortunadamente, su madre no las había visto a través del espejo.

—Será un fin de semana estupendo —dijo ella fingiendo una sonrisa. Billy, sin embargo, lo dudaba...

*****

El automóvil se detuvo en el camino de grava que llevaba a la casa, una construcción de madera que se veía muy sólida a pesar de que tenía más de un siglo de antigüedad. Desde la parte de atrás salían algunos gruñidos porcinos y cacareos, más el ocasional mugido de la vaca lechera; a la izquierda había un pequeño huerto, y a la derecha... un corral con un solo ocupante emplumado. Billy desvió la mirada.

Los abuelos del niño salieron a recibir a los recién llegados. Ella era una mujer pequeña, de cabello gris y piel arrugada que caminaba detrás de su marido como un perrito tímido. Él, en cambio, parecía el reflejo de la casa: viejo y recio, con la espalda recta y las manos repletas de callos. Contempló a su hija y a Billy sin decir una palabra, aunque su mirada de reprobación caía peor que los insultos o los gritos. El niño se pegó un poco más a su madre.

El silencio ya se estaba prolongando demasiado. La abuela se adelantó un poco, tal vez reuniendo coraje para hablar antes que su esposo, pero éste se aclaró por fin la garganta y le espetó a su hija:

—Ya no estás casada.

—No, papá. Firmamos los papeles hace cuatro meses.

—Yo sabía que iba a terminar mal. Ojalá me hubieras hecho caso cuando te dije que...

—¿Podríamos no hablar de eso enfrente de Billy, por favor? Además, conduje horas para llegar hasta aquí y no necesito que me eches toda esa porquería encima, ¿de acuerdo? Dame por lo menos un maldito respiro.

El abuelo resopló, dio media vuelta y se dirigió a la casa. Recién entonces la abuela se atrevió a dar la bienvenida, abrazando a su hija y dándole un fuerte beso en la mejilla a su nieto.

—No te lo tomes a mal, Cathy —dijo la dama con su típica voz ratonil—. Tu padre es anticuado. Pero está feliz de verlos, y yo también. ¿Quieren tomar algo caliente? Aquí debe hacer más frío que en la ciudad.

—Gracias, mamá. Yo no quiero nada, pero si falta mucho para el almuerzo, dale a Billy una fruta o algo. Se pone muy quejoso cuando tiene hambre.

—Claro, claro. ¿Quieres un vaso de leche, Billy?

El niño no tenía hambre, pero asintió para que su madre se tranquilizara.

—Bueno, vamos adentro —continuó la abuela, y los tres marcharon hacia la casa tal como el abuelo antes que ellos.

El interior de la vivienda no se diferenciaba del exterior; si afuera los únicos elementos modernos eran el tractor y los cables de la electricidad, adentro sólo había un televisor y una heladera más unas pocas lámparas incandescentes. Nada de hornos microondas, aire acondicionado, Internet o videojuegos. El abuelo y la abuela hacían casi todo a mano "como si vivieran en pleno siglo dieciocho", según el padre de Billy. Para el niño eso significaba que no tendría nada en qué entretenerse... a menos que su abuelo le ordenara cumplir alguna tarea en la granja.

Billy se sentó frente a la mesa de la cocina.

—Aquí tienes, querido —le dijo la abuela al niño poniendo el vaso ante él después calentar la leche. Una suave capa de grasa espumosa flotaba en la superficie. Era una de las pocas cosas que al niño no le molestaban del lugar: la leche cruda y las manzanas rojas maduradas a pleno sol. Estas últimas eran mucho más dulces que las del supermercado.

—Eso, tómate la leche o no terminarás de crecer —masculló el abuelo—. ¿Qué clase de basura industrial le das al niño para que esté tan debilucho, Catherine? Se va a quedar enano. Y luego enano y barrigón, como tu ex marido.

—Billy tiene la estatura correcta para su edad. El pediatra me dijo que...

—¡Pediatras, bah! Lo siguiente que van a decirte es que si el crío está gordo, es por las hormonas. Y que si se porta mal, es porque tiene hiper-no-sé-qué. Son las excusas que dan para recetar pastillas, cuando lo único que necesitan los críos es comida sana y trabajo al aire libre.

—Ya, papá, no sigas con eso, ¿quieres? No vine aquí para escuchar un sermón sobre cómo debo cuidar a mi propio hi...

—Pues considerando que tu matrimonio se fue al cuerno, tal vez te vendría bien escuchar algunos sermones. Siempre te has creído más lista que...

La abuela agarró al niño por el brazo.

—¿Me ayudarías a recoger unas manzanas, querido? Necesito que alguien me sostenga la canasta.

Billy asintió, agradeciendo mentalmente a su abuela por la idea. La canasta era grande y una vez llena pesaba un montón, pero el esfuerzo era preferible a escuchar la discusión entre su madre y el abuelo. Las discusiones hacían que le doliera el estómago.

Había tres manzanos en la granja, en puntos equidistantes alrededor de la casa. Billy no tenía problemas con dos de ellos, pero el tercero... el tercero se hallaba justo en el último lugar donde él quería estar ese día. Sin embargo, su abuela aún necesitaba la ayuda y él no se atrevió a dejar de seguirla. Ella siempre lo trataba bien.

Escuchó al ave antes de verla y el sonido hizo que se le pusieran los vellos de punta. Era como un glugluglú gangoso; inofensivo, irrelevante, o al menos así le había parecido hasta el episodio del hacha. Ahora no lo soportaba.

—¿Qué pasa, Billy? Te has puesto pálido —dijo la abuela al tiempo que empezaba a recolectar la fruta del tercer manzano.

—Estoy bien —respondió el niño. Trataba de no mirar hacia el corral, pero el glugluglú del ave no paraba y también se escuchaban sus pasos mientras daba vueltas a lo tonto.

—¿Te gustaría comer manzanas asadas? O tal vez podría hornear un pastel de manzana. Hace tiempo que no hago uno, pero también hace tiempo que tú y tu mamá no venían de visita. Creo que al abuelo también le gustaría.

—El pastel es rico —respondió el niño con un hilo de voz. Glugluglú glugluglú, seguía parloteando el ave en el corral. La mente de Billy se llenó de imágenes tenebrosas. De pronto se le ocurrió que no era el pavo quien producía ese sonido; lo que escuchaba era el borboteo de la sangre manando de su cuello cortado.

Billy no pudo resistirlo más y miró hacia el corral. El pavo tenía la cabeza en su sitio, por supuesto. Nada de sangre ni cuellos cortados, sólo un ave gorda, emplumada y normal con la típica mirada estúpida de su especie. El niño suspiró de alivio sintiendo que los latidos de su corazón se normalizaban y el color volvía a su cara.

—¿Cómo vas en el colegio? —preguntó la abuela—. ¿Estás sacando buenas notas?

—S-sí.

—¡Qué bien! Díselo al abuelo, eso lo alegrará. ¿Te pesa mucho la canasta? Ya estoy terminando.

—No, no pesa mu...

Billy volvió a mirar hacia el corral y se quedó sin habla. Ya no había un pavo ahí sino dos de ellos, y a uno le colgaba la cabeza de una tira de piel. Pero la sangre no chorreaba. Estaba seca y oscura, pegoteando las plumas como la pintura de un disfraz de Noche de Brujas. El niño no soltó la canasta. En lugar de eso la sujetó con más fuerza, sin darse cuenta de que le dolían los dedos. Su corazón volvió a acelerarse y la frente se le empapó de sudor. Tenía que estar imaginando cosas, pensó. Como cuando era más pequeño y creía ver un monstruo en el armario. Claro que ahora era de día y no había sombras que engañaran su vista, pero de todas maneras...

Los dos pavos hacían ruido a la vez, frente a frente como si charlaran. Billy cerró los ojos y repitió en silencio la plegaria que su madre le hacía recitar por las noches.

—Ya son bastantes manzanas —dijo la abuela—. Están preciosas, ¿verdad? El abuelo cuida mucho estos árboles. Anda, puedes comerte una ahora si quieres, no creo que eso arruine tu... ¿Billy? Billy, tesorito, ¿qué te pasa?

El niño trató de decir algo y descubrió que apenas podía respirar. Tenía la garganta cerrada y la boca seca. No era real, pensó. Había imaginado la escena. Los pavos decapitados no regresaban a la vida y tampoco existían los fantasmas.

—Billy, ¿te sientes mal? —oyó decir a la abuela como si estuviera lejos de él, muy lejos, tan lejos que no podría llegar a tiempo para salvarlo de su ataque de terror. Tendría que salvarse a sí mismo. No era real, pensó de nuevo, y empezó a contar hacia atrás desde el diez. Abriría los ojos al llegar a cero y el pavo ya no estaría ahí, porque al fin y al cabo nunca lo había estado. El abuelo lo había cocinado para el Día de Acción de Gracias y no quedaba nada de él, ni siquiera los huesos. Ocho... Siete... ¿Y la cabeza?, preguntó la mente del niño, interrumpiendo la cuenta regresiva. ¿Qué pasó con la cabeza? La cabeza debía haber ido a parar a la basura, naturalmente. Cinco... Cuatro...

Billy no abrió los ojos cuando su abuela lo sacudió por los hombros. Todavía no. Uno... Cero.

Sólo había un pavo en el corral. Estaba vivo, entero y hacía glugluglú como todos los demás pavos. El niño aspiró hondo.

—Estoy bien, abuelita, no me sacudas.

—Perdona, pero me asustaste. Por Dios, creí que te estaba dando un ataque o algo así.

—¿Ya podemos ir adentro? Estoy cansado.

—Claro que sí, tesoro. A ver, dame esa canasta. Toma una manzana o dos, si quieres, y así me pesará menos.

Billy sacó tres manzanas de la canasta, las acomodó en el hueco de su brazo y le sonrió a la abuela. Pensó que no resultaría convincente, pero ella debió creerle porque también le sonrió. Caminaron juntos de vuelta la casa.

Para asegurarse de que todo siguiera bien, el niño miró hacia el corral por última vez. Aún había un solo pavo en él, un pavo común y corriente. Pero ya no hacía ruido. Estaba quieto y tenía la vista fija en el niño como otro tipo de ave, tal vez un cuervo o un buitre. Había inteligencia en los ojillos del animal. Billy sintió un escalofrío, y únicamente se tranquilizó cuando la abuela cerró la puerta detrás de ellos dos.

El abuelo y la madre de Billy habían terminado su discusión, pero por la forma en que se trataban daba la sensación de que la temperatura en la casa había bajado unos cuantos grados.

—Empezaré a preparar el almuerzo —dijo la abuela. Nadie le respondió—. Billy y yo trajimos unas cuantas manzanas. Cathy, ¿por qué no comes una tú también? Este año han salido buenísimas.

—Gracias, mamá, pero no tengo hambre.

—¿Estás segura? Tal vez si comes una manzana se te abra el apeti...

—¡Ya te he dicho que no tengo hambre! ¿Ahora tú también vas a decirme qué hacer? No sé ni para qué vine.

—¡No le hables así a tu madre, Catherine! —explotó el abuelo—. ¿Acaso no te hemos enseñado buenos modales?

Ahí estaban de nuevo, pensó Billy. Sin que nadie lo notara, dado que los adultos ya no estaban pendientes de él, el niño devolvió dos de las manzanas a la canasta y se escabulló con la tercera al cuarto de invitados. Sin embargo, no comió la fruta. Simplemente la sostuvo en sus manos, sentado en la cama y tratando de no escuchar las palabras hirientes que llegaban hasta él incluso a través de la puerta cerrada. Unas pocas lágrimas mojaron la cáscara roja y brillante de la manzana.

Recordando al pavo, se tomó un momento para asegurarse de que la ventana también estuviera cerrada. Así era. Pero eso no le pareció suficiente, de modo que bajó la persiana y encendió una lámpara. Recién entonces se sintió por completo seguro, y doblándose sobre sí mismo en la cama, hasta se dio el lujo de dormir un poco con la manzana todavía en sus manos.

*****

Algo aplastaba su pecho con tanta fuerza que le sacaba todo el aire de los pulmones, impidiéndole respirar. Billy trató de sacarse el peso de encima pero era demasiado grande, una verdadera mole. Y estaba cubierta de plumas. A pesar de la oscuridad, el niño no necesitó más que eso para saber qué era aquella cosa; entonces un grito de terror afloró a sus labios, que salió apenas como un gemido debido a la presión sobre sus costillas. Moriría asfixiado, pensó. El pavo se había metido de alguna manera a la casa y luego a la habitación para huéspedes con el propósito específico de matarlo, tal vez por haber descubierto su extraño secreto.

Billy despertó de su pesadilla incorporándose bruscamente en la cama. Podía respirar, y aunque no profirió el grito del sueño, se permitió recuperar el aire con una serie de jadeos desesperados.

Una pequeña rendija daba suficiente luz al dormitorio para ver que la puerta estaba cerrada y que no había ningún pavo merodeando. Menos mal. Sin embargo, Billy se dio cuenta de que necesitaba ir al baño, y el corazón le dio un vuelco ante la idea de recorrer en plena noche la distancia que mediaba entre un lugar y otro. Pero no iba a poder aguantarse. Había tomado mucha agua en la cena y tenía la vejiga llena. Si no iba al baño corría el riesgo de hacerse pipí encima más tarde, y aunque su madre nunca hacía comentarios las pocas veces que eso pasaba, a Billy lo aterraba pensar que su abuelo se enterara de que aún mojaba la cama. No le quedaba otra opción más que ir al baño y hacer lo suyo. Sería sólo un minuto, se dijo. Quizás menos.

No hacía frío en la casa, pero Billy se levantó temblando. Tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para abrir la puerta del dormitorio, obligando a su mano izquierda a presionar la derecha sobre el picaporte. La puerta chirrió un poquito al girar sobre sus goznes. La madre del niño, que dormía en la otra cama, ni siquiera se movió. Billy sintió náuseas por la decepción. Había rogado porque su madre abriera los ojos, a fin de que estuviera alerta en caso de que pasara... cualquier cosa. El niño no se atrevía a despertarla él mismo por miedo a que se enfadara y le gritara que era un bebé cobarde.

Billy corrió descalzo por el pasillo hacia el baño. Encendió la luz y cerró la puerta, tomándose un minuto para descansar como si hubiera atravesado una larga distancia. Finalmente consiguió orinar, aunque en todo momento prestó atención a los sonidos de la casa.

Fue por eso que escuchó las uñas rascando el piso de madera, cada vez más cerca de la puerta, y un suave glugluglú. Billy descubrió que estaba paralizado, con las manos a medio camino de subirse los calzoncillos. Su corazón pareció saltarse algunos latidos.

Glugluglú, se oyó detrás de la puerta, y luego el chirrido de las uñas del ave contra ella. El niño aún no podía moverse. Estaba seguro de que moriría del susto mucho antes de que el monstruo lograra atraparlo, ya que ni siquiera tenía la voluntad para chillar o pedir auxilio. Las uñas rascaron con más fuerza. Billy se levantó los calzoncillos muy despacio, y de la misma forma retrocedió hasta la pared opuesta del baño. La parálisis no lo abandonaba por completo, tal que sentía como si todos sus músculos se hubieran convertido en piedra. Aquello no podía estar pasando. Aunque no fuera el animal de la cabeza cortada, los pavos de carne y hueso no actuaban de esa manera. Ni siquiera sabían escapar de sus corrales.

Glugluglú, volvió a oírse del otro lado.

—Vete —susurró el niño, que era lo máximo que podía hacer—. Por favor. Yo no comí pavo ese día, te lo juro. El abuelo se enojó conmigo, pero no comí nada.

Las lágrimas empaparon sus mejillas. Pensó que los rasguños nunca se detendrían, y justo cuando ya no podía soportarlo más... los rasguños se detuvieron. Los minutos pasaron en silencio. Billy permaneció contra la pared, expectante, y como no se oyera nada más, suspiró de alivio y se deslizó hasta el suelo. Apretando sus rodillas con los brazos, se echó a llorar. Estaba a salvo. Tal vez. No pensaba salir del baño en toda la noche, y si su madre o sus abuelos le preguntaban, él contestaría que se había quedado dormido en el retrete. Era una respuesta idiota, pero mucho más creíble que hablar de pavos fantasmas o pavos de verdad que se metían en las casas para asustar a las personas.

El grito de terror de su madre lo hizo pegar un salto. De pronto la casa se llenó de ruidos: golpes contra los muebles, vidrios rompiéndose y más alaridos a los que se sumaron otras dos voces. Era casi imposible distinguir frases completas en medio del escándalo, pero algunas palabras sueltas llegaron hasta el niño y lo hicieron llorar con más fuerza.

—¡Quítamelo!

—... la escopeta!

—¡Cathy, no!

—¡Sarah!

—... mátalo, mátalooo!

Después no hubo más palabras, sólo gritos. Tampoco se escuchó el estallido de ninguna escopeta. En algún momento las tres voces se convirtieron en dos, luego en una, y cuando la última voz dejó de chillar también se apagaron los demás ruidos. No, no todos. Una vez más se oyeron los rasguños en el piso y luego en la puerta del baño. Al borde del colapso, con los ojos casi desorbitados, Billy se tapó los oídos. Temblaba como si se estuviera electrocutando, y no podía hacer más que contemplar la puerta preguntándose cuánto les tomaría a las garras abrirse camino, o si el ave sería capaz de girar el picaporte. En tal caso, Billy no podría detenerla. Estaba demasiado aterrado, incapaz siquiera de levantarse y tratar de bloquear la puerta. Las uñas rascaban y rascaban y rascaban...

Horas después, cuando el sol ya estaba en lo alto, el niño se desmayó a pesar de que las uñas continuaban rascando.

*****

De no haber sido por la señora que pasó de visita en la mañana del lunes, Billy se habría quedado en el baño hasta que el jefe de su madre se preguntara por qué no había ido a trabajar. Así lo encontraron los policías unos minutos después de que la vecina, en pleno ataque de histeria, llamara al 911.

—Niño, ¿qué pasó aquí? —le preguntó a Billy uno de ellos. Era un hombre grande pero estaba pálido.

Billy no contestó. El policía bloqueaba el pasillo, pero el niño aún podía ver el lado exterior de la puerta del baño. Estaba casi perforado y los arañazos tenían manchas de sangre.

—¿Fue un puma? —insistió el policía.

Billy estuvo a punto de decir que no, pero ¿quién iba a creer la verdad?

—No sé —respondió al fin—. ¿Dónde está mi mamá?

Los policías se miraron entre ellos, consternados. Billy estaba cansado, muy cansado y débil. Había tomado agua del grifo, pero hacía más de veinticuatro horas que no comía nada. No podía tenerse en pie.

—Quiero ir con mi papá. Me sé el teléfono.

—Está bien, chico, pero antes te sacaremos de aquí, ¿está bien? Cierra los ojos. Puedes dormirte en mis brazos si quieres.

Billy asintió y se dejó cargar por el hombre. Era fuerte. Ojalá hubiera llegado antes.

El niño no trató de mirar mientras el policía lo sacaba de la vivienda. Sabía lo que había pasado, y su imaginación había puesto suficientes imágenes en su cabeza para darle pesadillas por el resto de su vida. Mantuvo los ojos cerrados incluso después de que el sol le dio en la cara.

—¿Estás despierto? —le preguntó el policía—. ¿Cuál es el número de tu papá?

Billy contestó en voz baja pero sin errores, y hasta tuvo un poco de ánimo para hablar con su padre. A él tampoco le dijo la verdad.

—Todo estará bien —dijo el policía después de cortar la llamada. Ahora estás a salvo, pequeño.

Billy abrió los ojos. No había nada en el corral.

Nunca más estaría a salvo, pensó el niño, y volvió a cerrar los ojos mientras lloraba contra el pecho del policía.

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. Buenisimo!!! Mi abuelo (Que en paz descanse) Era igual de gruñon y en vez de pavos, el colgaba a los gallos de las patas en el patio y les cotaba el cuello, los dejaba colgados hasta que se degrangraban, y yo me metia en casa de mi abuela para no verlo.(Ese dia yo no comia pollo, jejeje) Me ha recordado mucho a el. ¡¡¡¡Te feliito Gissel!!!!

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  2. Me alegra que te haya entretenido, Pepi :-) Nunca he visto degollar un pollo, aunque sí tuve que visitar un matadero de vacas. Da asquito, ¿verdad? :-P Un abrazo.

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  3. JOOOOOODER! No me esperaba leer esto!!! Genial....mmm...un 10 venga!

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