31 de octubre de 2011

Animales peligrosos

Tema sugerido por María José Bustamante Domínguez. ¡Gracias! ¡Y feliz Noche de Brujas para todos!

Anatoli y Vasyl empujaban una carretilla a través del desolado paisaje. Todavía no era invierno pero el frío calaba hondo, y el aliento les hacía nubecillas incluso cuando respiraban por la nariz.

—¿Qué pasó con eso del calentamiento global? —dijo Anatoli al cabo de un rato.

—Más bien se supone que el clima se está desmoronando —le contestó su hermano.

—¿Es el término que usan los científicos?

—Me importa un carajo. Hemos venido a buscar leña, no a tener discusiones académicas.

—Cierto. Pero deberíamos quedarnos por aquí. Estamos demasiado cerca de la zona de exclusión.

Ya vivimos en la puta zona de exclusión, ¿recuerdas? Agradece que no brillemos en la oscuridad.

Ambos hombres rondaban los treinta años. Vivían demasiado cerca de Chernóbil como muchos otros ucranianos de bajos recursos, y aunque allí los niveles de radiación no eran inmediatamente peligrosos, sí sabían que sus probabilidades de contraer cáncer o de tener hijos con malformaciones eran estadísticamente más altas. Claro que entre eso y no tener un techo sobre la cabeza, era mejor lo primero.

—De acuerdo, quedémonos por aquí —dijo Vasyl al fin, y recogió su hacha de la carretilla. Anatoli hizo lo propio con la suya y durante media hora los hermanos se dedicaron a juntar leña gratis para la chimenea.

Anatoli no estaba tan preocupado por la radiación como por los animales salvajes que poblaban la zona. Ellos se habían adaptado mejor al ambiente tóxico, y al no tener competidores humanos se multiplicaban de lo lindo, con deformidades o sin ellas. En general parecían bastante normales, aunque al ponerlos junto a un contador Geiger saltaran las alarmas.

Poco a poco la leña llenó la carretilla. El sol ya estaba bajo en el horizonte, por lo que debían darse prisa para no regresar de noche. Anatoli estaba a punto de hacer un comentario al respecto cuando algo llamó su atención: una pequeña criatura que lo miraba fijamente.

Era una ardilla de tierra. Al hombre siempre le habían parecido simpáticas, y aunque en general todavía le agradaban, ésta en particular le produjo un escalofrío. Y no era para menos: tenía una quinta pata saliéndole del lomo y los ojos desiguales.

—Vete de aquí. ¡Largo! —le dijo Anatoli. La ardilla no se movió.

—¿A quién le hablas? —preguntó Vasyl.

—A esa... cosa.

—Ah. Qué linda. ¿No quieres llevártela a casa para tenerla de mascota?

—Paso. ¡Vete, pequeño monstruo!

La ardilla continuó mirándolo, inclinando un poco la cabeza hacia un costado. Olfateó el aire y luego dio unos pasos hacia la bota de Anatoli.

El hombre hizo una mueca, y sin pensar realmente en lo que hacía le dio un puntapié tan fuerte al animal que lo envió volando a varios metros de distancia. La ardilla aterrizó en la dura tierra, dio varias vueltas y no volvió a moverse.

—Eso fue algo exagerado, ¿no crees? —dijo Vasyl.

—Es que me daba mal rollo el bicho ése. ¿Podemos irnos ya? Está oscureciendo.

—Sí, vámonos. Ya tenemos bastante leña para toda la semana.

Los hermanos dieron vuelta la carretilla y comenzaron a empujarla de regreso al hogar. Iban más despacio que a la venida debido al cansancio y al peso extra, pero ninguno de ellos se quejó, acostumbrados como estaban a las penurias.

Anatoli dejó de empujar al escuchar unos crujidos detrás de él. Giró la cabeza para mirar y se detuvo, olvidada de pronto la carretilla. Su hermano gruñó cuando toda la carga quedó en sus manos.

—¿Qué te pasa? ¡Sigue empujando!

Anatoli no respondió. Había otra ardilla siguiendo sus pasos. Ésta no tenía patas adicionales pero su cuerpo era asimétrico, como si hubiera crecido más de un lado que del otro. También olfateaba el aire con evidente interés en los humanos.

—Ojalá las mujeres se te pegaran así, ¿eh, hermanito? —dijo Vasyl.

—No fastidies. Pásame el hacha.

—¿Vas a matar a otra ardilla discapacitada? Qué malo eres.

—Cierra el pico y pásame la maldita hacha.

—De acuerdo, como quieras...

Anatoli sujetó la herramienta con ambas manos. Pensaba dejarla caer sobre el animal... pero fue el animal quien se dejó caer sobre él, dando un salto que lo llevó hasta la cabeza del hombre, donde le clavó los dientes con la saña de un gato rabioso. Chillando de dolor, Anatoli soltó el hacha y arrancó al animal de su cara, quien se llevó un buen trozo de su nariz.

—¡Mierda! ¡Estúpida ardilla carnívora! —gritó el hombre mientras aplastaba a la criatura bajo su bota, haciendo crujir los pequeños huesos en un charco de sangre. Vasyl sacó un pañuelo de su bolsillo y lo aplicó sobre la herida de su hermano.

—No te muevas. Tranquilo.

—¿Que me tranquilice? ¡Ese bicho mutante me acaba de arrancar media nariz!

—Agradece que la tuvieras bastante grande para empezar —respondió Vasyl, pero ya no había humor en sus palabras. Estaba pálido y miraba en derredor con cara de preocupación, escudriñando las sombras y los hoyos en la tierra.

—¡Mierda, cómo duele!

—Vamos a buscarte un médico. Volveremos mañana por la carretilla. Andando.

Anatoli se apoyó en su hermano. El pañuelo ya estaba empapado pero el hombre no se fijó mucho en ese detalle, puesto que el dolor irradiaba desde su nariz al resto de su cabeza como una araña de fuego. Iban a tener que coserlo, pensó, y aun así le quedaría una horrible cicatriz. Maldita ardilla loca. ¿Y si tenía rabia o algo peor? Ojalá el médico pudiera vacunarlo a tiempo...

—¿Estamos perdidos? —gimió Anatoli unos minutos después—. No vinimos por aquí.

—Es un atajo. Vamos bien. ¿Aún te duele?

—A ver si no. Claro que me due... ¡AY!

Los dos hermanos cayeron al suelo. Al dolor de la nariz de Anatoli se sumó el de su pie, que había pisado un hueco en el que se hundió hasta el tobillo.

—¡Ay! ¡Ay! —gritó el hombre desde su nueva posición—. ¡Creo que me rompí la pierna!

—¡A ver, saca el pie con cuidado! ¡Yo te ayudo!

Anatoli soltó una sarta de maldiciones. Lo que había pisado era una madriguera de ardilla. ¿Acaso los podridos bichos se habían confabulado para fastidiarlo o qué? Su pie salió del agujero con la pernera del pantalón sucia y arañada por las raíces. Vasyl lo tanteó suavemente en busca de fracturas.

—Creo que te salvaste, hermano. El hueso no está roto... aunque tendrás que cojear el resto del camino.

—Me da igual si tengo que saltar en una puta pata. ¡Quiero irme de aquí cuanto antes! Algo malo está pasando, te lo aseguro. No solía haber tantas ardillas por aquí, y mucho menos ardillas mutantes chifladas. Ve a buscar las hachas. No quiero que vuelvan a atacarme desprevenido.

—Tenemos que llegar al méd...

—¡Me importa un carajo! ¡Trae las hachas!

—Anatoli...

—¡Tráelas!

—Anatoli... Anatoli, mira.

El hombre miró... y en un segundo se olvidó del dolor en la nariz y el tobillo. Estaban rodeados de cabecitas peludas que asomaban de la tierra, algunas normales, otras tan deformes que parecían sacadas de una película de extraterrestres. Ojos hambrientos. Dientes de roedor afilados como colmillos. Las ardillas salieron de sus madrigueras y rodearon a los dos hombres creando un círculo de cuerpecillos marrones, un anillo que se hacía cada vez más estrecho. Los ojos de las pequeñas criaturas reflejaban con un resplandor verdoso los últimos rayos del sol.

Vasyl ayudó a su hermano a levantarse. Anatoli ya no estaba preocupado por su nariz, aunque la sangre continuara chorreándole hasta la pechera de la camisa. Lo que de verdad le preocupaba era su tobillo, o más bien la idea de correr. O de no correr. Por Dios, eran unas malditas ardillas, los seres más inofensivos del universo después de las babosas, pero semejaban un cardumen de pirañas.

—A mí no me van a morder unos roedores de porquería —dijo Vasyl, y soltó a su hermano para patear a las ardillas. Éstas chillaron, algunas retrocedieron unos pasos, pero cada vez salían más cabezas de la tierra y no parecían dispuestas a renunciar al ataque. De pronto el hombre tenía varias de ellas agarradas a la pierna con dientes y uñas, trepando por él como si fuera un árbol. Se le prendieron a la cabeza y lo mordieron sin piedad.

—¡Vasyl! —exclamó Anatoli. Por unos segundos intentó defender a su hermano; sin embargo, no había forma de mantener el equilibrio con un solo pie, y finalmente cayó al suelo mientras una marea de criaturas enfurecidas se arrojaba sobre él para cubrirlo. En alguna parte Vasyl chillaba.

Anatoli consiguió aferrar una piedra. La usó para machacar a las ardillas sobre su propio cuerpo, rompiendo patas y lomos como si fueran nueces. Aquello no terminaba nunca y él se estaba quedando sin fuerzas, pero aun así continuó pateando y golpeando, rodando por el piso y tratando también de llegar hasta su hermano, quien debía estar en alguna parte debajo del montón de seres peludos. Usó la piedra para matar también a las ardillas que atacaban a Vasyl, aunque éste ya no gritaba ni agitaba parte alguna de su cuerpo.

Vasyl estaba muerto. Le habían desgarrado el cuello.

—¡Muéranse, asquerosas ardillas de mierda, muéranse! —exclamó Anatoli sin dejar de defenderse. Aquello no podía estar pasando. La radiación no hacía eso con los animales, sólo les daba cáncer o los dejaba estériles. Maldita central nuclear de los cojones.

El hombre se arrastró en un intento desesperado de escapar de las ardillas. Algunas todavía saltaban sobre su espalda para morderlo, obligándolo a darse vuelta y contraatacar. Minutos después parecieron entender que no iban a matarlo fácilmente, o quizás habían decidido que con una sola presa les bastaba. Anatoli escuchó los sonidos horribles que hacían al desgarrar la carne del cuerpo de su hermano.

Pronto llegaría a casa, pensó. Llegaría a la ciudad y lo llevarían a un hospital, donde podría alertar a la gente del peligro que acechaba en la zona radiactiva. Bastarían unos pocos hombres con trajes de plomo y ametralladoras para deshacerse de la plaga.

Un rugido sonó detrás de él. Un rugido demasiado poderoso para tratarse de una ardilla enfurecida. Con el sudor corriendo por su frente, las lágrimas por sus mejillas y la sangre por todo su cuerpo, Anatoli se dio vuelta.

Tres linces venían hacia él. Uno de ellos tenía dos colas. Los colmillos del que iba adelante parecían dagas. Los ojos de los tres felinos resplandecían como brasas.

Anatoli pegó un último grito antes de que las bestias se arrojaran sobre él con las fauces abiertas.

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Un relato o cuento o como sea, que me ha gustado, la imagen que va proyectando.

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  2. ¡Gracias, Will! Es una cosa totalmente loca, lo sé, pero la premisa que me dieron fue "ardillas mutantes". TENÍA que salir algo loco de eso :-D Me alegra que te haya gustado. Un abrazo.

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