31 de octubre de 2011

El pavo de Halloween

Tema sugerido por Esther Lara. ¡Gracias!

Eran dos horas y media de viaje en automóvil desde la ciudad hasta la granja. Dos horas y media para contemplar cómo el paisaje iba perdiendo edificios y casas y ganando pasto, árboles y alambrados. Tiempo suficiente para que la incomodidad inicial de Billy se fuera transformando en una sensación desagradable muy similar al horror. Al final no pudo resistirlo más y dijo:

—Mami, por favor, quiero volver a casa. ¿Podemos volver a casa?

—Ya te lo he dicho cien veces, Billy: no.

—Pero...

—Ya basta. Vamos a pasar estos dos días con tus abuelos, y tú te vas a portar bien y a estar tranquilo, ¿entendido?

Billy no respondió.

¿Entendido? —insistió su madre.

—S-sí.

—Bien. Porque Dios sabe que necesito un descanso después de lo que he tenido que aguantar estos últimos meses. Ya imagino que tu padre debe estar feliz con el trato que le consiguió ese maldito abogado. Apuesto a que se está partiendo de risa en su nuevo apartamento.

De nuevo, Billy no contestó. No había visto mucho a su padre desde la separación y el divorcio, pero le constaba que no se reía y su apartamento tampoco era la gran cosa. El niño lo echaba de menos. Su madre ya casi no jugaba con él y encima se la pasaba regañándolo por cualquier cosa. Siempre estaba tensa y enojada, y ahora mismo Billy podía ver, incluso desde el asiento de atrás, que ella aferraba el volante con tanta fuerza como para que los nudillos se le pusieran blancos. También podía ver en el espejo su ceño fruncido.

Como si hubiera adivinado lo que pasaba por la cabeza de su hijo, la mujer aspiró hondo, aflojó los dedos y añadió con un tono de voz más suave:

—Sé lo difícil que esto también ha sido para ti, Billy. Pero todo estará mejor ahora, ya verás. No habrá más peleas en la casa, y tal vez podamos ir a un lugar más lindo las próximas vacaciones, tú y yo solos. Nos divertiremos.

—Sí, mami.

—Eso es.

La mujer le sonrió a Billy en el espejo. El niño hubiera querido devolverle la sonrisa, pero tenía un nudo en la garganta y otro más grande en el estómago, de modo que se limitó a asentir y luego recostó su cabeza contra el asiento, distinguiendo por la ventanilla las primeras vacas solitarias. No le gustaban las vacas. Eran animales grandes y tontos, y además olían mal. Sin embargo, lo que más le molestaba en ese momento era la certeza de que su madre no cumpliría su promesa. Si ahora mismo ella no tenía tiempo para jugar, mucho menos lo tendría para un viaje. Así había ocurrido al menos con todos sus demás amigos de padres divorciados.

Billy apartó la mirada de las vacas y la posó en sus manos apoyadas en el regazo. Tenían el fin de semana por delante con la Noche de Brujas el domingo. Billy no lamentaba perderse la fiesta en la ciudad. Se quedaría sin dulces, pero considerando lo que había sucedido el año pasado, durante el Día de Acción de Gracias, el niño no deseaba ver nada que pareciera sangre. Su pequeña mente impresionable aún recordaba bien la escena: los chillidos, el golpe seco del hacha golpeando la madera, las salpicaduras rojas por todos lados y...

—Recuerda que no debes hacer enfadar al abuelo —dijo la madre de Billy—. Ya sabes que no le gustan las tonterías.

¿Había algo que le gustara al abuelo aparte de refunfuñar y despotricar contra el mundo entero?, pensó el niño. El hombre nunca sonreía ni tenía una palabra amable para nadie, ni siquiera su esposa. ¡Incluso le gritaba a su tractor! El Día de Acción de Gracias del año pasado había estado particularmente gruñón, y más que tomar el hacha la había esgrimido como si fuera un arma. A Billy se le puso la piel de gallina.

—Llévate al crío —le había dicho el hombre a su hija, aunque Billy ya se estaba dando la vuelta. Era pequeño, pero ya sabía lo que iba a pasar y no quería verlo. Además, su madre y abuelo acababan de tener una discusión sobre el padre de Billy, con palabrotas e insultos. El abuelo pensaba que su yerno era un "perdedor" y un "incapaz". Billy no entendía muy bien qué significaban esas palabras, pero estaba consciente de una cosa: el parecido físico entre él y su padre le ganaba por extensión la antipatía del viejo.

—En realidad el abuelo te quiere —siguió diciendo la madre de Billy en el auto—. Lo que pasa es que trabaja mucho y a veces le cuesta tratar bien a las personas. Si no lo haces enojar, tal vez te regale unos dulces por la Noche de Brujas. Tu abuela hace unas galletitas deliciosas.

Billy no podía atestiguar lo de las galletas. El abuelo siempre le decía a su mujer lo que debía cocinar: nada de "chatarra" para que el niño no se pusiera "obeso". Los "hombres de verdad" comían carne y verduras, pero tenían que ser "naturales" porque las "cosas químicas" volvían "maricas" a los niños.

—Algún día le enseñaré al crío a hacer esto —había gruñido el abuelo después de coger el hacha, haciéndose oír por encima de los chillidos del animal que sujetaba por el cuello—. Así será un hombre derecho y no un gordo inútil y blando como tu marido.

La madre de Billy se dio vuelta para responder, y fue por eso que el niño también se dio vuelta a tiempo de ver bajar el hacha. Pero no fue un corte limpio. La cabeza del pavo quedó unida al resto del cuerpo por una franja de piel y músculo, y después de eso, increíblemente, el ave escapó de su verdugo y corrió unos metros. La sangre salía a chorros del corte como el agua de una tubería perforada, esparciéndose a una distancia considerable. Parte de ella roció al niño y su madre. Billy gritó. Maldiciendo, el abuelo corrió tras el pavo moribundo, pero no lo alcanzó hasta que éste se desplomó de frente en el suelo, todavía sangrando a borbotones.

El hombre regresó con el ave en brazos, diciéndole a Billy por el camino:

—Deja de llorar, no seas mariquita.

Al igual que en aquella ocasión, el niño enjugó sus lágrimas. Afortunadamente, su madre no las había visto a través del espejo.

—Será un fin de semana estupendo —dijo ella fingiendo una sonrisa. Billy, sin embargo, lo dudaba...

*****

El automóvil se detuvo en el camino de grava que llevaba a la casa, una construcción de madera que se veía muy sólida a pesar de que tenía más de un siglo de antigüedad. Desde la parte de atrás salían algunos gruñidos porcinos y cacareos, más el ocasional mugido de la vaca lechera; a la izquierda había un pequeño huerto, y a la derecha... un corral con un solo ocupante emplumado. Billy desvió la mirada.

Los abuelos del niño salieron a recibir a los recién llegados. Ella era una mujer pequeña, de cabello gris y piel arrugada que caminaba detrás de su marido como un perrito tímido. Él, en cambio, parecía el reflejo de la casa: viejo y recio, con la espalda recta y las manos repletas de callos. Contempló a su hija y a Billy sin decir una palabra, aunque su mirada de reprobación caía peor que los insultos o los gritos. El niño se pegó un poco más a su madre.

El silencio ya se estaba prolongando demasiado. La abuela se adelantó un poco, tal vez reuniendo coraje para hablar antes que su esposo, pero éste se aclaró por fin la garganta y le espetó a su hija:

—Ya no estás casada.

—No, papá. Firmamos los papeles hace cuatro meses.

—Yo sabía que iba a terminar mal. Ojalá me hubieras hecho caso cuando te dije que...

—¿Podríamos no hablar de eso enfrente de Billy, por favor? Además, conduje horas para llegar hasta aquí y no necesito que me eches toda esa porquería encima, ¿de acuerdo? Dame por lo menos un maldito respiro.

El abuelo resopló, dio media vuelta y se dirigió a la casa. Recién entonces la abuela se atrevió a dar la bienvenida, abrazando a su hija y dándole un fuerte beso en la mejilla a su nieto.

—No te lo tomes a mal, Cathy —dijo la dama con su típica voz ratonil—. Tu padre es anticuado. Pero está feliz de verlos, y yo también. ¿Quieren tomar algo caliente? Aquí debe hacer más frío que en la ciudad.

—Gracias, mamá. Yo no quiero nada, pero si falta mucho para el almuerzo, dale a Billy una fruta o algo. Se pone muy quejoso cuando tiene hambre.

—Claro, claro. ¿Quieres un vaso de leche, Billy?

El niño no tenía hambre, pero asintió para que su madre se tranquilizara.

—Bueno, vamos adentro —continuó la abuela, y los tres marcharon hacia la casa tal como el abuelo antes que ellos.

El interior de la vivienda no se diferenciaba del exterior; si afuera los únicos elementos modernos eran el tractor y los cables de la electricidad, adentro sólo había un televisor y una heladera más unas pocas lámparas incandescentes. Nada de hornos microondas, aire acondicionado, Internet o videojuegos. El abuelo y la abuela hacían casi todo a mano "como si vivieran en pleno siglo dieciocho", según el padre de Billy. Para el niño eso significaba que no tendría nada en qué entretenerse... a menos que su abuelo le ordenara cumplir alguna tarea en la granja.

Billy se sentó frente a la mesa de la cocina.

—Aquí tienes, querido —le dijo la abuela al niño poniendo el vaso ante él después calentar la leche. Una suave capa de grasa espumosa flotaba en la superficie. Era una de las pocas cosas que al niño no le molestaban del lugar: la leche cruda y las manzanas rojas maduradas a pleno sol. Estas últimas eran mucho más dulces que las del supermercado.

—Eso, tómate la leche o no terminarás de crecer —masculló el abuelo—. ¿Qué clase de basura industrial le das al niño para que esté tan debilucho, Catherine? Se va a quedar enano. Y luego enano y barrigón, como tu ex marido.

—Billy tiene la estatura correcta para su edad. El pediatra me dijo que...

—¡Pediatras, bah! Lo siguiente que van a decirte es que si el crío está gordo, es por las hormonas. Y que si se porta mal, es porque tiene hiper-no-sé-qué. Son las excusas que dan para recetar pastillas, cuando lo único que necesitan los críos es comida sana y trabajo al aire libre.

—Ya, papá, no sigas con eso, ¿quieres? No vine aquí para escuchar un sermón sobre cómo debo cuidar a mi propio hi...

—Pues considerando que tu matrimonio se fue al cuerno, tal vez te vendría bien escuchar algunos sermones. Siempre te has creído más lista que...

La abuela agarró al niño por el brazo.

—¿Me ayudarías a recoger unas manzanas, querido? Necesito que alguien me sostenga la canasta.

Billy asintió, agradeciendo mentalmente a su abuela por la idea. La canasta era grande y una vez llena pesaba un montón, pero el esfuerzo era preferible a escuchar la discusión entre su madre y el abuelo. Las discusiones hacían que le doliera el estómago.

Había tres manzanos en la granja, en puntos equidistantes alrededor de la casa. Billy no tenía problemas con dos de ellos, pero el tercero... el tercero se hallaba justo en el último lugar donde él quería estar ese día. Sin embargo, su abuela aún necesitaba la ayuda y él no se atrevió a dejar de seguirla. Ella siempre lo trataba bien.

Escuchó al ave antes de verla y el sonido hizo que se le pusieran los vellos de punta. Era como un glugluglú gangoso; inofensivo, irrelevante, o al menos así le había parecido hasta el episodio del hacha. Ahora no lo soportaba.

—¿Qué pasa, Billy? Te has puesto pálido —dijo la abuela al tiempo que empezaba a recolectar la fruta del tercer manzano.

—Estoy bien —respondió el niño. Trataba de no mirar hacia el corral, pero el glugluglú del ave no paraba y también se escuchaban sus pasos mientras daba vueltas a lo tonto.

—¿Te gustaría comer manzanas asadas? O tal vez podría hornear un pastel de manzana. Hace tiempo que no hago uno, pero también hace tiempo que tú y tu mamá no venían de visita. Creo que al abuelo también le gustaría.

—El pastel es rico —respondió el niño con un hilo de voz. Glugluglú glugluglú, seguía parloteando el ave en el corral. La mente de Billy se llenó de imágenes tenebrosas. De pronto se le ocurrió que no era el pavo quien producía ese sonido; lo que escuchaba era el borboteo de la sangre manando de su cuello cortado.

Billy no pudo resistirlo más y miró hacia el corral. El pavo tenía la cabeza en su sitio, por supuesto. Nada de sangre ni cuellos cortados, sólo un ave gorda, emplumada y normal con la típica mirada estúpida de su especie. El niño suspiró de alivio sintiendo que los latidos de su corazón se normalizaban y el color volvía a su cara.

—¿Cómo vas en el colegio? —preguntó la abuela—. ¿Estás sacando buenas notas?

—S-sí.

—¡Qué bien! Díselo al abuelo, eso lo alegrará. ¿Te pesa mucho la canasta? Ya estoy terminando.

—No, no pesa mu...

Billy volvió a mirar hacia el corral y se quedó sin habla. Ya no había un pavo ahí sino dos de ellos, y a uno le colgaba la cabeza de una tira de piel. Pero la sangre no chorreaba. Estaba seca y oscura, pegoteando las plumas como la pintura de un disfraz de Noche de Brujas. El niño no soltó la canasta. En lugar de eso la sujetó con más fuerza, sin darse cuenta de que le dolían los dedos. Su corazón volvió a acelerarse y la frente se le empapó de sudor. Tenía que estar imaginando cosas, pensó. Como cuando era más pequeño y creía ver un monstruo en el armario. Claro que ahora era de día y no había sombras que engañaran su vista, pero de todas maneras...

Los dos pavos hacían ruido a la vez, frente a frente como si charlaran. Billy cerró los ojos y repitió en silencio la plegaria que su madre le hacía recitar por las noches.

—Ya son bastantes manzanas —dijo la abuela—. Están preciosas, ¿verdad? El abuelo cuida mucho estos árboles. Anda, puedes comerte una ahora si quieres, no creo que eso arruine tu... ¿Billy? Billy, tesorito, ¿qué te pasa?

El niño trató de decir algo y descubrió que apenas podía respirar. Tenía la garganta cerrada y la boca seca. No era real, pensó. Había imaginado la escena. Los pavos decapitados no regresaban a la vida y tampoco existían los fantasmas.

—Billy, ¿te sientes mal? —oyó decir a la abuela como si estuviera lejos de él, muy lejos, tan lejos que no podría llegar a tiempo para salvarlo de su ataque de terror. Tendría que salvarse a sí mismo. No era real, pensó de nuevo, y empezó a contar hacia atrás desde el diez. Abriría los ojos al llegar a cero y el pavo ya no estaría ahí, porque al fin y al cabo nunca lo había estado. El abuelo lo había cocinado para el Día de Acción de Gracias y no quedaba nada de él, ni siquiera los huesos. Ocho... Siete... ¿Y la cabeza?, preguntó la mente del niño, interrumpiendo la cuenta regresiva. ¿Qué pasó con la cabeza? La cabeza debía haber ido a parar a la basura, naturalmente. Cinco... Cuatro...

Billy no abrió los ojos cuando su abuela lo sacudió por los hombros. Todavía no. Uno... Cero.

Sólo había un pavo en el corral. Estaba vivo, entero y hacía glugluglú como todos los demás pavos. El niño aspiró hondo.

—Estoy bien, abuelita, no me sacudas.

—Perdona, pero me asustaste. Por Dios, creí que te estaba dando un ataque o algo así.

—¿Ya podemos ir adentro? Estoy cansado.

—Claro que sí, tesoro. A ver, dame esa canasta. Toma una manzana o dos, si quieres, y así me pesará menos.

Billy sacó tres manzanas de la canasta, las acomodó en el hueco de su brazo y le sonrió a la abuela. Pensó que no resultaría convincente, pero ella debió creerle porque también le sonrió. Caminaron juntos de vuelta la casa.

Para asegurarse de que todo siguiera bien, el niño miró hacia el corral por última vez. Aún había un solo pavo en él, un pavo común y corriente. Pero ya no hacía ruido. Estaba quieto y tenía la vista fija en el niño como otro tipo de ave, tal vez un cuervo o un buitre. Había inteligencia en los ojillos del animal. Billy sintió un escalofrío, y únicamente se tranquilizó cuando la abuela cerró la puerta detrás de ellos dos.

El abuelo y la madre de Billy habían terminado su discusión, pero por la forma en que se trataban daba la sensación de que la temperatura en la casa había bajado unos cuantos grados.

—Empezaré a preparar el almuerzo —dijo la abuela. Nadie le respondió—. Billy y yo trajimos unas cuantas manzanas. Cathy, ¿por qué no comes una tú también? Este año han salido buenísimas.

—Gracias, mamá, pero no tengo hambre.

—¿Estás segura? Tal vez si comes una manzana se te abra el apeti...

—¡Ya te he dicho que no tengo hambre! ¿Ahora tú también vas a decirme qué hacer? No sé ni para qué vine.

—¡No le hables así a tu madre, Catherine! —explotó el abuelo—. ¿Acaso no te hemos enseñado buenos modales?

Ahí estaban de nuevo, pensó Billy. Sin que nadie lo notara, dado que los adultos ya no estaban pendientes de él, el niño devolvió dos de las manzanas a la canasta y se escabulló con la tercera al cuarto de invitados. Sin embargo, no comió la fruta. Simplemente la sostuvo en sus manos, sentado en la cama y tratando de no escuchar las palabras hirientes que llegaban hasta él incluso a través de la puerta cerrada. Unas pocas lágrimas mojaron la cáscara roja y brillante de la manzana.

Recordando al pavo, se tomó un momento para asegurarse de que la ventana también estuviera cerrada. Así era. Pero eso no le pareció suficiente, de modo que bajó la persiana y encendió una lámpara. Recién entonces se sintió por completo seguro, y doblándose sobre sí mismo en la cama, hasta se dio el lujo de dormir un poco con la manzana todavía en sus manos.

*****

Algo aplastaba su pecho con tanta fuerza que le sacaba todo el aire de los pulmones, impidiéndole respirar. Billy trató de sacarse el peso de encima pero era demasiado grande, una verdadera mole. Y estaba cubierta de plumas. A pesar de la oscuridad, el niño no necesitó más que eso para saber qué era aquella cosa; entonces un grito de terror afloró a sus labios, que salió apenas como un gemido debido a la presión sobre sus costillas. Moriría asfixiado, pensó. El pavo se había metido de alguna manera a la casa y luego a la habitación para huéspedes con el propósito específico de matarlo, tal vez por haber descubierto su extraño secreto.

Billy despertó de su pesadilla incorporándose bruscamente en la cama. Podía respirar, y aunque no profirió el grito del sueño, se permitió recuperar el aire con una serie de jadeos desesperados.

Una pequeña rendija daba suficiente luz al dormitorio para ver que la puerta estaba cerrada y que no había ningún pavo merodeando. Menos mal. Sin embargo, Billy se dio cuenta de que necesitaba ir al baño, y el corazón le dio un vuelco ante la idea de recorrer en plena noche la distancia que mediaba entre un lugar y otro. Pero no iba a poder aguantarse. Había tomado mucha agua en la cena y tenía la vejiga llena. Si no iba al baño corría el riesgo de hacerse pipí encima más tarde, y aunque su madre nunca hacía comentarios las pocas veces que eso pasaba, a Billy lo aterraba pensar que su abuelo se enterara de que aún mojaba la cama. No le quedaba otra opción más que ir al baño y hacer lo suyo. Sería sólo un minuto, se dijo. Quizás menos.

No hacía frío en la casa, pero Billy se levantó temblando. Tuvo que hacer un esfuerzo tremendo para abrir la puerta del dormitorio, obligando a su mano izquierda a presionar la derecha sobre el picaporte. La puerta chirrió un poquito al girar sobre sus goznes. La madre del niño, que dormía en la otra cama, ni siquiera se movió. Billy sintió náuseas por la decepción. Había rogado porque su madre abriera los ojos, a fin de que estuviera alerta en caso de que pasara... cualquier cosa. El niño no se atrevía a despertarla él mismo por miedo a que se enfadara y le gritara que era un bebé cobarde.

Billy corrió descalzo por el pasillo hacia el baño. Encendió la luz y cerró la puerta, tomándose un minuto para descansar como si hubiera atravesado una larga distancia. Finalmente consiguió orinar, aunque en todo momento prestó atención a los sonidos de la casa.

Fue por eso que escuchó las uñas rascando el piso de madera, cada vez más cerca de la puerta, y un suave glugluglú. Billy descubrió que estaba paralizado, con las manos a medio camino de subirse los calzoncillos. Su corazón pareció saltarse algunos latidos.

Glugluglú, se oyó detrás de la puerta, y luego el chirrido de las uñas del ave contra ella. El niño aún no podía moverse. Estaba seguro de que moriría del susto mucho antes de que el monstruo lograra atraparlo, ya que ni siquiera tenía la voluntad para chillar o pedir auxilio. Las uñas rascaron con más fuerza. Billy se levantó los calzoncillos muy despacio, y de la misma forma retrocedió hasta la pared opuesta del baño. La parálisis no lo abandonaba por completo, tal que sentía como si todos sus músculos se hubieran convertido en piedra. Aquello no podía estar pasando. Aunque no fuera el animal de la cabeza cortada, los pavos de carne y hueso no actuaban de esa manera. Ni siquiera sabían escapar de sus corrales.

Glugluglú, volvió a oírse del otro lado.

—Vete —susurró el niño, que era lo máximo que podía hacer—. Por favor. Yo no comí pavo ese día, te lo juro. El abuelo se enojó conmigo, pero no comí nada.

Las lágrimas empaparon sus mejillas. Pensó que los rasguños nunca se detendrían, y justo cuando ya no podía soportarlo más... los rasguños se detuvieron. Los minutos pasaron en silencio. Billy permaneció contra la pared, expectante, y como no se oyera nada más, suspiró de alivio y se deslizó hasta el suelo. Apretando sus rodillas con los brazos, se echó a llorar. Estaba a salvo. Tal vez. No pensaba salir del baño en toda la noche, y si su madre o sus abuelos le preguntaban, él contestaría que se había quedado dormido en el retrete. Era una respuesta idiota, pero mucho más creíble que hablar de pavos fantasmas o pavos de verdad que se metían en las casas para asustar a las personas.

El grito de terror de su madre lo hizo pegar un salto. De pronto la casa se llenó de ruidos: golpes contra los muebles, vidrios rompiéndose y más alaridos a los que se sumaron otras dos voces. Era casi imposible distinguir frases completas en medio del escándalo, pero algunas palabras sueltas llegaron hasta el niño y lo hicieron llorar con más fuerza.

—¡Quítamelo!

—... la escopeta!

—¡Cathy, no!

—¡Sarah!

—... mátalo, mátalooo!

Después no hubo más palabras, sólo gritos. Tampoco se escuchó el estallido de ninguna escopeta. En algún momento las tres voces se convirtieron en dos, luego en una, y cuando la última voz dejó de chillar también se apagaron los demás ruidos. No, no todos. Una vez más se oyeron los rasguños en el piso y luego en la puerta del baño. Al borde del colapso, con los ojos casi desorbitados, Billy se tapó los oídos. Temblaba como si se estuviera electrocutando, y no podía hacer más que contemplar la puerta preguntándose cuánto les tomaría a las garras abrirse camino, o si el ave sería capaz de girar el picaporte. En tal caso, Billy no podría detenerla. Estaba demasiado aterrado, incapaz siquiera de levantarse y tratar de bloquear la puerta. Las uñas rascaban y rascaban y rascaban...

Horas después, cuando el sol ya estaba en lo alto, el niño se desmayó a pesar de que las uñas continuaban rascando.

*****

De no haber sido por la señora que pasó de visita en la mañana del lunes, Billy se habría quedado en el baño hasta que el jefe de su madre se preguntara por qué no había ido a trabajar. Así lo encontraron los policías unos minutos después de que la vecina, en pleno ataque de histeria, llamara al 911.

—Niño, ¿qué pasó aquí? —le preguntó a Billy uno de ellos. Era un hombre grande pero estaba pálido.

Billy no contestó. El policía bloqueaba el pasillo, pero el niño aún podía ver el lado exterior de la puerta del baño. Estaba casi perforado y los arañazos tenían manchas de sangre.

—¿Fue un puma? —insistió el policía.

Billy estuvo a punto de decir que no, pero ¿quién iba a creer la verdad?

—No sé —respondió al fin—. ¿Dónde está mi mamá?

Los policías se miraron entre ellos, consternados. Billy estaba cansado, muy cansado y débil. Había tomado agua del grifo, pero hacía más de veinticuatro horas que no comía nada. No podía tenerse en pie.

—Quiero ir con mi papá. Me sé el teléfono.

—Está bien, chico, pero antes te sacaremos de aquí, ¿está bien? Cierra los ojos. Puedes dormirte en mis brazos si quieres.

Billy asintió y se dejó cargar por el hombre. Era fuerte. Ojalá hubiera llegado antes.

El niño no trató de mirar mientras el policía lo sacaba de la vivienda. Sabía lo que había pasado, y su imaginación había puesto suficientes imágenes en su cabeza para darle pesadillas por el resto de su vida. Mantuvo los ojos cerrados incluso después de que el sol le dio en la cara.

—¿Estás despierto? —le preguntó el policía—. ¿Cuál es el número de tu papá?

Billy contestó en voz baja pero sin errores, y hasta tuvo un poco de ánimo para hablar con su padre. A él tampoco le dijo la verdad.

—Todo estará bien —dijo el policía después de cortar la llamada. Ahora estás a salvo, pequeño.

Billy abrió los ojos. No había nada en el corral.

Nunca más estaría a salvo, pensó el niño, y volvió a cerrar los ojos mientras lloraba contra el pecho del policía.

Gissel Escudero

Animales peligrosos

Tema sugerido por María José Bustamante Domínguez. ¡Gracias! ¡Y feliz Noche de Brujas para todos!

Anatoli y Vasyl empujaban una carretilla a través del desolado paisaje. Todavía no era invierno pero el frío calaba hondo, y el aliento les hacía nubecillas incluso cuando respiraban por la nariz.

—¿Qué pasó con eso del calentamiento global? —dijo Anatoli al cabo de un rato.

—Más bien se supone que el clima se está desmoronando —le contestó su hermano.

—¿Es el término que usan los científicos?

—Me importa un carajo. Hemos venido a buscar leña, no a tener discusiones académicas.

—Cierto. Pero deberíamos quedarnos por aquí. Estamos demasiado cerca de la zona de exclusión.

Ya vivimos en la puta zona de exclusión, ¿recuerdas? Agradece que no brillemos en la oscuridad.

Ambos hombres rondaban los treinta años. Vivían demasiado cerca de Chernóbil como muchos otros ucranianos de bajos recursos, y aunque allí los niveles de radiación no eran inmediatamente peligrosos, sí sabían que sus probabilidades de contraer cáncer o de tener hijos con malformaciones eran estadísticamente más altas. Claro que entre eso y no tener un techo sobre la cabeza, era mejor lo primero.

—De acuerdo, quedémonos por aquí —dijo Vasyl al fin, y recogió su hacha de la carretilla. Anatoli hizo lo propio con la suya y durante media hora los hermanos se dedicaron a juntar leña gratis para la chimenea.

Anatoli no estaba tan preocupado por la radiación como por los animales salvajes que poblaban la zona. Ellos se habían adaptado mejor al ambiente tóxico, y al no tener competidores humanos se multiplicaban de lo lindo, con deformidades o sin ellas. En general parecían bastante normales, aunque al ponerlos junto a un contador Geiger saltaran las alarmas.

Poco a poco la leña llenó la carretilla. El sol ya estaba bajo en el horizonte, por lo que debían darse prisa para no regresar de noche. Anatoli estaba a punto de hacer un comentario al respecto cuando algo llamó su atención: una pequeña criatura que lo miraba fijamente.

Era una ardilla de tierra. Al hombre siempre le habían parecido simpáticas, y aunque en general todavía le agradaban, ésta en particular le produjo un escalofrío. Y no era para menos: tenía una quinta pata saliéndole del lomo y los ojos desiguales.

—Vete de aquí. ¡Largo! —le dijo Anatoli. La ardilla no se movió.

—¿A quién le hablas? —preguntó Vasyl.

—A esa... cosa.

—Ah. Qué linda. ¿No quieres llevártela a casa para tenerla de mascota?

—Paso. ¡Vete, pequeño monstruo!

La ardilla continuó mirándolo, inclinando un poco la cabeza hacia un costado. Olfateó el aire y luego dio unos pasos hacia la bota de Anatoli.

El hombre hizo una mueca, y sin pensar realmente en lo que hacía le dio un puntapié tan fuerte al animal que lo envió volando a varios metros de distancia. La ardilla aterrizó en la dura tierra, dio varias vueltas y no volvió a moverse.

—Eso fue algo exagerado, ¿no crees? —dijo Vasyl.

—Es que me daba mal rollo el bicho ése. ¿Podemos irnos ya? Está oscureciendo.

—Sí, vámonos. Ya tenemos bastante leña para toda la semana.

Los hermanos dieron vuelta la carretilla y comenzaron a empujarla de regreso al hogar. Iban más despacio que a la venida debido al cansancio y al peso extra, pero ninguno de ellos se quejó, acostumbrados como estaban a las penurias.

Anatoli dejó de empujar al escuchar unos crujidos detrás de él. Giró la cabeza para mirar y se detuvo, olvidada de pronto la carretilla. Su hermano gruñó cuando toda la carga quedó en sus manos.

—¿Qué te pasa? ¡Sigue empujando!

Anatoli no respondió. Había otra ardilla siguiendo sus pasos. Ésta no tenía patas adicionales pero su cuerpo era asimétrico, como si hubiera crecido más de un lado que del otro. También olfateaba el aire con evidente interés en los humanos.

—Ojalá las mujeres se te pegaran así, ¿eh, hermanito? —dijo Vasyl.

—No fastidies. Pásame el hacha.

—¿Vas a matar a otra ardilla discapacitada? Qué malo eres.

—Cierra el pico y pásame la maldita hacha.

—De acuerdo, como quieras...

Anatoli sujetó la herramienta con ambas manos. Pensaba dejarla caer sobre el animal... pero fue el animal quien se dejó caer sobre él, dando un salto que lo llevó hasta la cabeza del hombre, donde le clavó los dientes con la saña de un gato rabioso. Chillando de dolor, Anatoli soltó el hacha y arrancó al animal de su cara, quien se llevó un buen trozo de su nariz.

—¡Mierda! ¡Estúpida ardilla carnívora! —gritó el hombre mientras aplastaba a la criatura bajo su bota, haciendo crujir los pequeños huesos en un charco de sangre. Vasyl sacó un pañuelo de su bolsillo y lo aplicó sobre la herida de su hermano.

—No te muevas. Tranquilo.

—¿Que me tranquilice? ¡Ese bicho mutante me acaba de arrancar media nariz!

—Agradece que la tuvieras bastante grande para empezar —respondió Vasyl, pero ya no había humor en sus palabras. Estaba pálido y miraba en derredor con cara de preocupación, escudriñando las sombras y los hoyos en la tierra.

—¡Mierda, cómo duele!

—Vamos a buscarte un médico. Volveremos mañana por la carretilla. Andando.

Anatoli se apoyó en su hermano. El pañuelo ya estaba empapado pero el hombre no se fijó mucho en ese detalle, puesto que el dolor irradiaba desde su nariz al resto de su cabeza como una araña de fuego. Iban a tener que coserlo, pensó, y aun así le quedaría una horrible cicatriz. Maldita ardilla loca. ¿Y si tenía rabia o algo peor? Ojalá el médico pudiera vacunarlo a tiempo...

—¿Estamos perdidos? —gimió Anatoli unos minutos después—. No vinimos por aquí.

—Es un atajo. Vamos bien. ¿Aún te duele?

—A ver si no. Claro que me due... ¡AY!

Los dos hermanos cayeron al suelo. Al dolor de la nariz de Anatoli se sumó el de su pie, que había pisado un hueco en el que se hundió hasta el tobillo.

—¡Ay! ¡Ay! —gritó el hombre desde su nueva posición—. ¡Creo que me rompí la pierna!

—¡A ver, saca el pie con cuidado! ¡Yo te ayudo!

Anatoli soltó una sarta de maldiciones. Lo que había pisado era una madriguera de ardilla. ¿Acaso los podridos bichos se habían confabulado para fastidiarlo o qué? Su pie salió del agujero con la pernera del pantalón sucia y arañada por las raíces. Vasyl lo tanteó suavemente en busca de fracturas.

—Creo que te salvaste, hermano. El hueso no está roto... aunque tendrás que cojear el resto del camino.

—Me da igual si tengo que saltar en una puta pata. ¡Quiero irme de aquí cuanto antes! Algo malo está pasando, te lo aseguro. No solía haber tantas ardillas por aquí, y mucho menos ardillas mutantes chifladas. Ve a buscar las hachas. No quiero que vuelvan a atacarme desprevenido.

—Tenemos que llegar al méd...

—¡Me importa un carajo! ¡Trae las hachas!

—Anatoli...

—¡Tráelas!

—Anatoli... Anatoli, mira.

El hombre miró... y en un segundo se olvidó del dolor en la nariz y el tobillo. Estaban rodeados de cabecitas peludas que asomaban de la tierra, algunas normales, otras tan deformes que parecían sacadas de una película de extraterrestres. Ojos hambrientos. Dientes de roedor afilados como colmillos. Las ardillas salieron de sus madrigueras y rodearon a los dos hombres creando un círculo de cuerpecillos marrones, un anillo que se hacía cada vez más estrecho. Los ojos de las pequeñas criaturas reflejaban con un resplandor verdoso los últimos rayos del sol.

Vasyl ayudó a su hermano a levantarse. Anatoli ya no estaba preocupado por su nariz, aunque la sangre continuara chorreándole hasta la pechera de la camisa. Lo que de verdad le preocupaba era su tobillo, o más bien la idea de correr. O de no correr. Por Dios, eran unas malditas ardillas, los seres más inofensivos del universo después de las babosas, pero semejaban un cardumen de pirañas.

—A mí no me van a morder unos roedores de porquería —dijo Vasyl, y soltó a su hermano para patear a las ardillas. Éstas chillaron, algunas retrocedieron unos pasos, pero cada vez salían más cabezas de la tierra y no parecían dispuestas a renunciar al ataque. De pronto el hombre tenía varias de ellas agarradas a la pierna con dientes y uñas, trepando por él como si fuera un árbol. Se le prendieron a la cabeza y lo mordieron sin piedad.

—¡Vasyl! —exclamó Anatoli. Por unos segundos intentó defender a su hermano; sin embargo, no había forma de mantener el equilibrio con un solo pie, y finalmente cayó al suelo mientras una marea de criaturas enfurecidas se arrojaba sobre él para cubrirlo. En alguna parte Vasyl chillaba.

Anatoli consiguió aferrar una piedra. La usó para machacar a las ardillas sobre su propio cuerpo, rompiendo patas y lomos como si fueran nueces. Aquello no terminaba nunca y él se estaba quedando sin fuerzas, pero aun así continuó pateando y golpeando, rodando por el piso y tratando también de llegar hasta su hermano, quien debía estar en alguna parte debajo del montón de seres peludos. Usó la piedra para matar también a las ardillas que atacaban a Vasyl, aunque éste ya no gritaba ni agitaba parte alguna de su cuerpo.

Vasyl estaba muerto. Le habían desgarrado el cuello.

—¡Muéranse, asquerosas ardillas de mierda, muéranse! —exclamó Anatoli sin dejar de defenderse. Aquello no podía estar pasando. La radiación no hacía eso con los animales, sólo les daba cáncer o los dejaba estériles. Maldita central nuclear de los cojones.

El hombre se arrastró en un intento desesperado de escapar de las ardillas. Algunas todavía saltaban sobre su espalda para morderlo, obligándolo a darse vuelta y contraatacar. Minutos después parecieron entender que no iban a matarlo fácilmente, o quizás habían decidido que con una sola presa les bastaba. Anatoli escuchó los sonidos horribles que hacían al desgarrar la carne del cuerpo de su hermano.

Pronto llegaría a casa, pensó. Llegaría a la ciudad y lo llevarían a un hospital, donde podría alertar a la gente del peligro que acechaba en la zona radiactiva. Bastarían unos pocos hombres con trajes de plomo y ametralladoras para deshacerse de la plaga.

Un rugido sonó detrás de él. Un rugido demasiado poderoso para tratarse de una ardilla enfurecida. Con el sudor corriendo por su frente, las lágrimas por sus mejillas y la sangre por todo su cuerpo, Anatoli se dio vuelta.

Tres linces venían hacia él. Uno de ellos tenía dos colas. Los colmillos del que iba adelante parecían dagas. Los ojos de los tres felinos resplandecían como brasas.

Anatoli pegó un último grito antes de que las bestias se arrojaran sobre él con las fauces abiertas.

Gissel Escudero

21 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 6/6)

Era la mejor época del año para visitar Rio de Janeiro, por el carnaval. La música de samba alegraba el ambiente y casi todos sonreían, tanto residentes como extranjeros.

Víctor estaba de vacaciones y Leonor, como siempre, lo había acompañado en su viaje. Al caminar por las calles, él le pasaba un brazo por los hombros y ella lo sujetaba por la cintura, como una pareja de adolescentes enamorados.

Llevaban más de dos años juntos. Nunca hablaban de matrimonio, pero tampoco de separarse. Y lo más importante, Leonor ya no hacía preguntas. Era mejor así.

—Quiero subir al Corcovado —dijo ella mientras paseaban por una galería—. ¿Podemos ir esta tarde? Dicen que la vista es espectacular.

—Lo que tú digas —respondió Víctor en forma automática. Estaba pendiente de algo y no quería distraerse. Sus dedos acariciaron el cuello de Leonor.

—Hace mucho calor... ¿Qué tal si buscamos una fuente y nos sentamos ahí a descansar? Me pareció ver una en la otra calle.

—Vamos para allá, entonces —dijo el hombre. Había llegado lo que esperaba: una clara sensación de propósito, como la de un perro rastreando su objetivo. Estaba cerca...

Al salir a la calle se cruzaron con un hombre robusto que no destacaba para nada entre la multitud. El encuentro sólo duró un segundo, lo suficiente para que Víctor lo mirara a los ojos... y le rozara el brazo con la mano libre.

Así debía sentirse un cable eléctrico, pensó el asesino. Un medio para trasladar la energía de un lugar a otro, sin sufrir cambios; una línea de contacto entre la fuente y el receptor.

El otro hombre no reaccionó ante el contacto, y siguió su camino en dirección opuesta a la pareja. ¿Quién sería?, se preguntó Víctor. ¿Un traficante de drogas? ¿Un empresario corrupto? ¿O quizás algo más vulgar, como un operario de maquinaria pesada? No había forma de saberlo por su vestimenta; tendría que leerlo en los periódicos, después de... lo que fuera a pasarle.

—Ah, ahí está la fuente —dijo Leonor—. Ahora sólo nos falta algo de beber.

Ella no había notado nada. Excelente. Se estaba volviendo un experto. Víctor disimuló una sonrisa.

Compraron unos refrescos y se sentaron a disfrutar la radiante mañana.

Gissel Escudero

20 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 5/6)

Era una ciudad diferente y la casa estaba en un barrio suburbano. Lejos de las multitudes y, con un poco de suerte, lejos también de los problemas.

Leonor ya no salía sola a la calle. Víctor la acompañaba siempre, dispuesto a detenerla si caía en uno de sus trances. A la joven le preocupaba que eso le ocasionara la muerte a él, pero Víctor le aseguró que nada se perdería si eso pasaba. Leonor abrió la boca, seguramente para preguntarle a qué se refería... y decidió guardar silencio. Chica lista, pensó el asesino.

Vieron al hombre del puente a mediados del verano.

Ese día caminaban juntos por una calle de tierra, tomados de la mano. Era una relación extraña, la de ellos: funcionaba, pero Víctor no estaba seguro de que fuera amor. Más bien parecía algún tipo de simbiosis.

—Deberíamos comprar unas bicicletas —dijo Leonor en tono jovial—. Podríamos pedalear hasta la costa, y luego...

—¿Luego qué? —preguntó Víctor, pero no obtuvo respuesta. Leonor se detuvo. Miraba hacia algún punto entre dos casas con expresión aterrorizada.

Entonces Víctor también lo vio, y reconoció su silueta a pesar del tiempo transcurrido.

—Iré a hablar con él —dijo.

—¡No! ¡Vámonos! —le contestó Leonor, tirando de su brazo hacia atrás. Víctor se soltó de ella, perdiendo al otro hombre de vista por un segundo, y cuando volvió a mirar, el desconocido ya no estaba.

—Demonios, ¿adónde fue?

—Te lo dije, no es humano. ¡Vámonos!

A pesar de su entrenamiento, a Víctor lo recorrió un escalofrío pero se esforzó por disimularlo.

—De acuerdo —dijo él—. Volvamos a la casa. Si ese hombre, o lo que sea, viene por nosotros, lo enfrentaremos en nuestro territorio.

Los dos emprendieron el camino de regreso. Leonor no dejaba de mirar por encima de su hombro, con los ojos muy abiertos y respirando agitadamente. Víctor, por otro lado, vigilaba en todas direcciones; si aquel sujeto se movía tan rápido, podía estar en cualquier parte.

De vuelta en la casa, y después de una breve inspección, atrancaron las puertas y ventanas, y Víctor fue al ático a buscar algo en un baúl del que sólo él tenía la llave. Regresó a la sala, junto a Leonor, mientras terminaba de cargar la pistola semiautomática.

—¿De dónde sacaste eso? —preguntó ella.

—¿Estás segura de que quieres saberlo? Podría decírtelo, pero no te gustará.

Hubo un momento de silencio. Luego ella dijo:

—Imagino que sabes usarla.

—Claro que sí.

La joven no hizo más preguntas. Víctor pensó que aprendía rápido.

Transcurrieron varias horas sin novedades. No había nadie alrededor de la casa y sólo tres vehículos pasaron frente a ella, sin disminuir la velocidad. Los pájaros cantaban en los árboles.

Víctor no estaba acostumbrado a jugar el papel de cazador cazado, pero en realidad no le incomodaba. Era bueno romper la rutina de vez en cuando.

Sonrió para sí, y luego notó que Leonor se estaba mordiendo las uñas.

—¿Por qué no comes algo? —preguntó él.

—No tengo apetito.

—Entonces ve a hacerme un café y unas tostadas con mermelada, ¿sí? Gracias.

Leonor fue a la cocina y regresó en diez minutos. Entre bocado y bocado, él preguntó:

—¿Qué sabes sobre ese hombre? Dime todo lo que recuerdes.

La joven reflexionó un momento antes de hablar.

—Lo vi por primera vez cuando murió mi esposo. Después de que yo... —Leonor alzó los brazos, mostrando las cicatrices en sus muñecas—. Estaba en la bañera. Mi mente empezó a irse y entonces lo vi inclinado sobre mí. Me desmayé. Desperté en el hospital. Ha hecho lo mismo cada vez que he tratado de matarme. Incluso cuando me aseguré de que ningún doctor fuera capaz de salvarme. Pero siempre sobrevivo. Veneno, accidentes de coche, saltos desde una azotea... Y él siempre está ahí.

—¿Alguna vez te ha dicho algo?

—No.

—¿Crees que sea maligno?

—¿Cómo podría ser bueno? —replicó Leonor—. Me devuelve a la vida para que siga matando gente. Tiene que ser maligno.

Víctor no respondió. Aquello era demasiado fantástico, ¿qué podía opinar al respecto?

—Hay alguien afuera —dijo Leonor, señalando la ventana.

Sí, allí estaba. Víctor pudo verlo claramente a través de la cortina de tul; estaba parado bajo un árbol, con las manos entrelazadas en una actitud de paciencia. No parecía amenazador. Tenía un rostro común y corriente, inexpresivo, y no debía medir más de un metro setenta. Si llevaba armas, no se notaban.

—Haz que se vaya —suplicó Leonor—. Dispárale.

—No le dispararé mientras no conozca sus intenciones. Me gusta saber a lo que me enfrento.

—Pero...

—Silencio. Confía en mí.

Permanecieron así unos minutos, sin hablar y vigilando al hombre misterioso. Leonor continuó mordiéndose las uñas; Víctor se aseguró de que su arma estuviera lista para disparar.

El desconocido empezó a moverse hacia la casa, caminando a paso normal.

—Por favor, mátalo —susurró Leonor.

—Todavía no.

Ambos perdieron de vista al hombre cuando éste se dirigió hacia la puerta. Sin embargo, el timbre no sonó y tampoco se escucharon golpes.

—¿Qué está haciendo? —le preguntó la joven a Víctor.

—No lo sé.

Víctor se levantó para echar un vistazo a través de la mirilla... y entonces algo se movió justo detrás de él. El asesino se dio vuelta y apuntó, sujetando el arma con ambas manos. Leonor gritó.

—Puedes disparar —dijo el desconocido, ahora de pie en medio de la sala—, pero no me harás daño.

La voz del hombre tenía un timbre extraño, metálico.

—¿Qué es lo que quieres? —preguntó el asesino.

—A ella.

—Pues no vas a llevártela. A ver si es verdad que las balas no pueden herirte...

—No quiero llevármela —replicó el desconocido—. Sólo quiero que siga haciendo lo que es natural en ella.

—¿Matar gente?

—Sí.

—No —dijo Leonor—. Eso se acabó. ¿Por qué quieres que lo haga? ¿Quién eres?

—No se me permite revelar mi identidad. Sólo puedo decirte que obedezco a una autoridad superior, y tu labor es necesaria.

—¿Necesaria? ¿Para qué?

—Para salvar vidas.

—¿Qué?

El hombre dio un paso adelante. Víctor notó que el color de sus ojos variaba como las plumas iridiscentes de un pájaro. El asesino levantó un poco más la pistola.

—Por cada persona que matas, Leonor, muchas más se salvan —dijo el desconocido—. Todas ellas iban a hacer algo malo, o a cometer un error que causaría muchas muertes. Sí, incluso tu esposo. Sé que sufriste, pero fue un pequeño sacrificio.

—¿Pequeño... sacrificio? —balbuceó la joven. Sonó como si tuviera algo atorado en la garganta.

—No se suponía que debieras saberlo. Fue muy desafortunado que hicieras la conexión.

Leonor empezó a llorar.

—¿Y por qué no matas tú a esas personas, eh? —dijo Víctor—. ¿No has escuchado a la dama? Ella sólo quiere vivir en paz.

—Con gusto la dejaría, pero no puedo. Es ella quien tiene el don de saber quién debe morir. Y yo no puedo matar, sólo dar vida. Mi trabajo es asegurarme de que ella haga el suyo.

—Pero yo no quiero este don... esta maldición —dijo Leonor—. Quítamela.

—Tampoco puedo hacer eso.

—Entonces evita tú mismo esos errores, o lo que sean, para que nadie tenga que morir.

—Lo siento, pero cambiar el destino requiere un pago de sangre.

Víctor sonrió.

—Dijiste que no podías matar, ¿no es así? Entonces lárgate. La dama se queda conmigo.

El desconocido se movió tan rápido que Víctor sólo vio una silueta borrosa, y en el momento siguiente se encontró en el suelo, boca abajo, con un brazo retorcido detrás de la espalda. El asesino gritó de dolor.

—No puedo matar, pero sí usar la fuerza —dijo su oponente—. No me obliguen a ello.

Gimiendo, Leonor levantó el arma del piso y disparó tres veces. Víctor no pudo ver dónde pegaron las balas, pero sí escuchó que algo se rompía en la habitación. Y eso fue todo. La presión en su brazo no aflojó.

—Las balas no pueden dañarme —repitió el desconocido—. Baja el arma, Leonor.

La joven, sollozando, dejó caer la pistola. El hombre soltó a Víctor, quien se levantó de inmediato. Su oponente estaba ileso.

—¿Por qué ella? —preguntó el asesino—. ¿Por qué aquí? ¿No son más importantes los terroristas en Medio Oriente, por ejemplo? Ellos sí que matan personas inocentes.

—¿Y quién dice que no hay otros como Leonor buscando a esos asesinos? Pero no son fáciles de alcanzar. Y tú, más que nadie, deberías saberlo.

Víctor hizo una mueca. No le gustaba que otros adivinaran su secreto.

—Dámelo a mí —dijo de pronto el asesino—. Dame su don. Yo haré el trabajo. A mí no me quitará el sueño.

El desconocido inclinó la cabeza... y luego la movió de un lado a otro.

—Eso no está a mi alcance. Aunque... quizás pueda hacer otra cosa.

Víctor y Leonor escucharon la propuesta.

Continuará...

Gissel Escudero

19 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 4/6)

Era el primer día bonito de la primavera y media ciudad parecía dispuesta a aprovecharlo, como animalitos que salen de sus madrigueras al final de la hibernación. La temperatura llegaba a los veinticinco grados, había un sol radiante y flores en los árboles. Más perfecto imposible.

Víctor ató sus zapatillas de deporte y le echó un último vistazo a su aspecto. Decidió que era aceptable: limpio, discreto y apropiado. Como un asesino en serie. Sonrió.

Sin embargo, todavía se preguntaba qué estaba haciendo. Aquello se parecía demasiado a una cita, y aunque Leonor era una mujer atractiva y no había una gran diferencia de edad entre ellos, Víctor tenía como regla no involucrarse con nadie. No era bueno para su profesión. De hecho, hacía rato que debía haberse mudado a otra ciudad, para no correr el riesgo de que lo identificaran.

Decidió olvidar las preocupaciones, al menos hasta su regreso. ¿Qué diferencia hacía un día más? No era correcto desperdiciar una tarde así de agradable.

Condujo hasta la casa de Leonor y tocó el timbre. Ella salió a recibirlo. Víctor no pudo evitar que sus ojos la recorrieran de pies a cabeza, porque llevaba un vestido que resaltaba lo mejor de su figura.

—Te ves bien —dijo el hombre. Leonor se ruborizó.

—Gracias.

—¿Nos vamos?

Ella asintió y caminó hacia el auto. Ya en la carretera, dijo:

—Gracias por sacarme a pasear. Hacía tiempo que no salía.

—¿Qué tanto?

—No sé. Un par de años. ¿Adónde vamos?

—Hay un parque en las afueras. Te gustará.

Víctor volvió a pensar que la situación era demasiado... normal. Pero descubrió que no le molestaba.

El parque estaba lleno de gente y había mucho para hacer. Víctor y Leonor dieron una vuelta al lago, asistieron a un espectáculo gratuito y luego Víctor le pagó a un artista para que les hiciera una caricatura. Leonor parecía feliz por primera vez desde que él la había conocido... hasta que empezó a actuar en forma extraña.

Fue un cambio muy sutil. Otra persona quizás no lo hubiera notado, pero Víctor estaba entrenado para leer a la gente y sus sentidos se pusieron en alerta. Poco a poco la mirada de Leonor se volvió ausente y sus pasos se desviaron en otra dirección, como movidos por una fuerza magnética. Víctor pensó en chasquear los dedos frente a su cara o en cambiar de rumbo, pero decidió seguirle la corriente, por curiosidad.

—Quisiera un helado —dijo ella con voz soñadora—. ¿Me comprarías un helado?

—Claro —dijo Víctor, tratando de imaginar por dónde iba la cosa. Aquello era interesante.

La fila para los helados era bastante larga, pero se movía rápido. Víctor y su acompañante esperaron en silencio, y entonces, como si se le hubiera ocurrido de pronto, Leonor estiró el brazo para tocar a una mujer que ya se retiraba de ahí con su helado.

—¿Sí? —dijo la dama, pensando quizás que Leonor quería preguntarle algo, pero la joven no respondió. En cambio, salió de su trance, se puso más pálida que de costumbre y retrocedió unos pasos como si el contacto con la mujer le hubiera producido un gran dolor. Víctor la sostuvo, porque estuvo a punto de caerse.

La mujer del helado frunció el ceño y siguió de largo.

—Leonor, ¿qué te pasa? —preguntó Víctor en voz baja.

—Vámonos de aquí. Ahora.

—¿Y el helado?

—Ya no lo quiero. Por favor, vámonos.

Regresaron al auto y Leonor ya no pudo contenerse: empezó a sollozar, y luego a llorar de una manera tan desgarradora que asustó a Víctor, lo cual no sucedía a menudo.

—Leonor, dime, ¿qué...?

—Llévame a casa. Fue... fue un error venir aquí. Lo siento. Lo siento mucho.

—De acuerdo, te llevaré a casa. Pero tranquilízate.

La joven no se tranquilizó. Siguió llorando todo el camino, y sólo se detuvo de puro cansancio. Víctor la ayudó a salir del auto, la entró a la casa y le mojó la cara con agua fría.

—Tienes que irte de aquí —dijo ella.

—No me iré a ninguna parte hasta saber qué demonios pasa contigo.

—No puedo...

Exasperado, Víctor aferró a la joven por los hombros, sacudiéndola un poco.

—¡Al diablo con eso! Quiero saber lo que está pasando y quiero saberlo ya. No me importa lo que sea. Pero te juro que si no me lo dices, verás una parte de mí que realmente no quieres conocer. ¡Habla!

Leonor lo contempló con los ojos muy abiertos, incapaz de reaccionar a causa de la sorpresa. Luego sus hombros se aflojaron y en su cara apareció una mirada de resignación.

—Ella va a morir —dijo finalmente.

—¿Quién?

—La mujer que toqué en el parque. Va a morir. Por mi culpa.

—No entiendo.

—A veces toco a las personas y siento que algo pasa a través de mí hacia ellas, y luego esas personas mueren. Siempre mueren.

—Eso no es posible.

Leonor se zafó de las manos de Víctor y fue hasta un cajón. De allí sacó unos recortes de periódico y se los pasó al hombre, quien los examinó uno por uno.

—Ha sido así desde que yo era niña —dijo Leonor—. Al principio no lo sabía. Yo sólo tocaba a las personas y ellas seguían caminando como si nada. Pero un día descubrí lo que les pasaba después. Eso fue... cuando maté a mi esposo. Ha sido una tortura desde entonces.

Los recortes eran sobre extraños accidentes. Personas de todas las edades y estratos sociales que habían muerto de forma inusual.

—Coincidencias —dijo Víctor—. Simples coincid...

El hombre no terminó la frase. Había llegado al recorte más reciente, y se quedó sin habla al reconocer el nombre de la víctima: era el narco del depósito de chatarra.

La joven se sentó. Parecía derrotada.

—Ni siquiera puedo acabar con mi propia vida —continuó ella—. Cada vez que lo intento, ese hombre me salva. El del puente, ¿recuerdas? No puede ser humano. Los humanos no resucitan a las personas.

Víctor dejó los recortes sobre la mesa y dio vueltas por la habitación. Aquello era increíble, imposible... pero él había visto a esos autos caerse por sí solos encima del traficante.

—Debes pensar que estoy loca —dijo Leonor—. Pero si pones el noticiero esta noche, o mañana, escucharás la noticia. La mujer morirá. Morirá, y yo no puedo hacer nada al respecto. Créeme, lo he intentado y nada funciona. Estoy... maldita.

Víctor se detuvo. Leonor se había cubierto el rostro con las manos, y se veía tan desdichada que parecía como si le hubieran arrebatado de golpe toda la felicidad en su vida, pasada, presente y futura. Si la joven decía la verdad, era una carga demasiado grande para ella. Víctor había elegido matar, y considerando el tipo de objetivos que le encargaban, casi que le hacía un favor al mundo; pero Leonor no había pedido eso, y por lo visto tampoco decidía a quién asesinar.

Víctor se arrodilló frente a la joven y sujetó sus manos, descubriéndole la cara.

—Ahora sabes mi secreto —dijo Leonor—. Deberías irte. Podrías ser el siguiente.

Él hizo un ademán negativo.

—No me iré a ningún lado. Buscaré la manera de ayudarte. Te lo prometo.

Leonor apoyó su frente en la de Víctor y en algún momento él la besó, peinando al mismo tiempo con los dedos su cabellera negra. Estuvieron así un rato antes de que Víctor tirara de ella suavemente para recostarla sobre la alfombra, donde por unas horas logró mitigar su pena.

Continuará...

Gissel Escudero

18 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 3/6)

Víctor se ocultó detrás de una camioneta y esperó. Su objetivo también se había escondido en alguna parte después del primer disparo, pero aún no podía ir a matarlo; antes tenía que deshacerse del segundo guardaespaldas.

Maldito narco, pensó Víctor. Siempre andaba por ahí con un solo guardaespaldas, ¿y justo había elegido esa noche para salir con dos? Qué inoportuno.

Ah, ahí estaba el segundo gorila, buscándolo. Era bueno, el muy jodido; se movía de un refugio a otro como una pantera, sin ofrecer un blanco fácil. Y también tenía buena puntería.

Víctor se desplazó a la derecha, en silencio y sin dejarse ver. Afirmó la pistola y moderó su respiración. Cuando el gorila asomara la cabeza...

El guardaespaldas asomó la cabeza y Víctor lo despachó de un tiro en la frente, ahí donde supuestamente se halla el tercer ojo.

Iban dos, quedaba sólo uno. ¿Dónde se había metido el dichoso narco?

Sólo la luna iluminaba el depósito de chatarra, pero Víctor igual distinguió el rastro de sangre fresca que brillaba sobre el concreto. Era abundante. Quizás le hubiera dado en una arteria y le quedaran pocos minutos de vida, pero Víctor no iba a marcharse sin estar seguro de haber cumplido su misión. Después de todo, para eso le pagaban.

El asesino escuchó un ruido de pasos que se alejaban de él y hacia allá se dirigió. Entonces vio al narco, que trataba de llegar a su auto. Una de sus manos presionaba la herida en un costado del torso, mientras que en la otra sostenía las llaves del vehículo. Víctor le apuntó.

—Alto —dijo el asesino. El otro hombre se detuvo.

—Tengo mucho dinero —balbuceó el narco—. ¿Cuánto quiere?

—Lo siento. Usted va a morir hoy, pero me siento generoso: si se da vuelta, le dispararé de frente. ¿O prefiere morder el polvo?

El traficante se dio la vuelta. Tenía el rostro empapado en sudor, pero no temblaba.

—Buena elección —dijo Víctor... pero no llegó a disparar. Había varios coches apilados a un lado del camino, y aunque el montón parecía estable y no soplaba ni una brisa, dos de los vehículos se desplomaron sobre el hombre herido, concluyendo la labor del asesino.

Víctor se quedó de pie en el mismo sitio por un rato, con la boca abierta en un gesto de incredulidad.

—¿Qué carajo...?

Se aproximó a los autos caídos. Sólo las piernas del narco asomaban fuera del metal, y no se movían. Víctor guardó la pistola.

Bien. De una manera u otra aquello estaba terminado, y era mejor que se largara de ahí cuanto antes, por si el ruido de los coches había llamado la atención de alguien. Víctor salió del depósito, buscó su auto y condujo hacia la ciudad.

Todavía no podía creer lo que habían visto sus ojos. Los coches estaban ahí, quietecitos, y luego ¡plom!, arriba del narco. Como por arte de magia. Lástima que no pudiera contárselo a nadie.

Oh, al diablo. Había sido una noche larga, y aún le dolía el pecho donde el guardaespaldas número dos le había pegado un tiro al chaleco antibalas. Se iría al apartamento, tomaría un vaso de whisky con mucho hielo y...

Recién entonces se dio cuenta de que, sin proponérselo, había conducido hasta la casa de Leonor. La pequeña vivienda estaba a oscuras pero con las persianas abiertas. A Víctor le dio mala espina.

Se miró en el espejo. Sólo tenía un rasguño en la cara; no había en él ninguna otra señal de lo sucedido en el depósito de chatarra. El hombre se quitó el chaleco antibalas y salió del auto.

Golpeó la puerta suavemente en lugar de tocar el timbre, para no sobresaltarla si acaso ella dormía. No hubo respuesta, y la puerta estaba cerrada con llave.

No era su responsabilidad, pensó Víctor por enésima vez. Sin embargo, y a pesar de que ya habían pasado semanas desde el rescate en el lago, él aún sentía que debía proteger a aquella joven.

El hombre sonrió con ironía. No se había convertido en un ángel guardián, pero no le faltaba mucho. Él, un asesino a sueldo.

La casa seguía en silencio y Víctor dejó de sonreír. Ahora tenía la certeza de que algo no andaba bien. Tal vez debiera entrar por una ventana, o...

Entonces oyó pasos, y luego los chasquidos de la cerradura.

Leonor se veía muy mal. Tenía los ojos hinchados, las mejillas húmedas y el cabello en total desorden. Su aliento olía a alcohol.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella arrastrando las palabras.

—Vengo del trabajo. ¿Qué sucedió?

—Nada. Vete.

La joven empezó a cerrar la puerta, pero Víctor se lo impidió.

—Déjame entrar.

Leonor retrocedió y cruzó los brazos, juntando los bordes de su bata. Víctor cerró la puerta detrás de él.

—¿Qué sucedió? —volvió a preguntar. El rostro de Leonor se contrajo en una mueca y las lágrimas corrieron de nuevo por sus mejillas.

—Yo... hice algo terrible hoy.

—¿Qué cosa?

—No puedo decirlo.

—¿Por qué no?

—Porque... porque no. Déjalo así.

—De acuerdo, pero no me iré. Y tú ya bebiste suficiente por esta noche.

Ella asintió de mala gana. Víctor le secó el rostro con un pañuelo.

—Estás helada. Ven, encenderé la chimenea.

Víctor tomó a la joven por la cintura y la condujo hasta el sofá de la sala. No le costó mucho encender el fuego, y luego ocupó el espacio junto a Leonor para pasarle un brazo por los hombros y darle también el calor de su cuerpo.

—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó ella.

—Un estúpido contratiempo. Nada importante.

—Mentiroso.

—Bueno, pues dime qué es eso tan terrible que hiciste, y yo te contaré algo muy extraño que me pasó esta noche.

Leonor guardó silencio.

—Vamos —insistió el hombre—. ¿Qué puedes haber hecho que no me puedas decir? Eres la persona más inofensiva que conozco.

—No sabes nada sobre mí.

—Tal vez, pero... digamos que sé mucho sobre cosas terribles. Y no puedo imaginarte haciendo ninguna de ellas.

Leonor volvió a guardar silencio y Víctor decidió dejarla en paz, al menos por el momento. Ella se apretó un poco más contra él.

—¿Quieres que me quede esta noche? —preguntó el hombre.

—¿Te irías si te lo pidiera?

—No.

—Entonces quédate.

Víctor se quedó y ella durmió en sus brazos hasta el amanecer, arrullada por el chisporroteo de la leña ardiente.

Continuará...

Gissel Escudero

17 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 2/6)

Alrededor del mediodía, la mujer empezó a hablar en sueños.

—Lo siento, yo no quería... No, tú no... ¿Por qué?

Una lágrima asomó entre los párpados cerrados y se deslizó por la blanca mejilla hasta la almohada. Luego el tono de voz se volvió temeroso.

—¿Quién eres? Déjame ir... déjame...

Víctor pensó que la joven debía sufrir algún trastorno mental. Había examinado su cuerpo mientras la desvestía, descubriendo numerosas cicatrices. También las tenía en ambas muñecas.

La mujer dejó de hablar pero siguió llorando. A Víctor le dio pena y la sacudió suavemente para despertarla. Él había creído que sus ojos eran castaños, pero debió engañarlo la falta de luz allá en el lago, porque eran grises como la niebla.

—Hola —dijo el hombre en voz baja—. ¿Cómo te sientes?

—¿Quién eres tú?

—Te saqué del agua anoche. Pensé que estarías mejor aquí que en un hospital.

La mujer frunció el ceño y su tristeza se volvió enfado.

—Debiste dejar que me ahogara. ¿Por qué me salvaste? ¿Él te lo ordenó?

—No sé de quién hablas.

—Él me persigue. Siempre me devuelve a la vida. Lo odio.

Víctor reflexionó un momento.

—Vi a un hombre en el puente, desde el lago. Pero desapareció.

—Será porque tú hiciste su trabajo. Maldito sea. Y tú también.

La joven volteó la cara hacia la ventana. No sonaba como una demente, pensó Víctor, aunque sus palabras no tuvieran mucho sentido.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el asesino.

—Leonor —dijo ella con un suspiro, como si ya no tuviera fuerzas para seguir enojada.

—Yo soy Víctor. Te preparé algo de comer, si quieres desayunar.

Ella asintió. Víctor llevó hasta la cama una bandeja con emparedados y jugo de naranja.

—No respondiste mi pregunta —dijo ella mientras comía—. ¿Por qué me salvaste?

Víctor se encogió de hombros.

—Creo que te salvé porque justo pasaba por ahí y no tenía nada mejor que hacer.

—¿Qué clase de respuesta es ésa?

—¿Qué otra respuesta esperabas? No soy un caballero andante.

—¿Y a qué te dedicas?

—No necesitas saberlo.

—Como quieras —replicó la joven, y terminó de comer. Víctor tomó la bandeja y la apoyó en la mesita de luz. Luego preguntó:

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué saltaste al lago?

—Tú tampoco necesitas saberlo. Estamos a mano, ¿no?

Víctor sonrió.

—Sí, estamos a mano.

Leonor se dio cuenta de que llevaba puesta una camisa de hombre.

—¿Y mi ropa?

—Se está secando.

—Pues ya que salvaste mi vida, supongo que no te importará darme dinero para un taxi, ¿verdad?

—No, no me importaría. Pero no lo haré.

—¿Disculpa?

Víctor alargó una mano y rozó con el dedo la cicatriz en la muñeca izquierda de Leonor.

—No puedo dejarte ir tan fácilmente —dijo el hombre—. Podrías volver al lago, o hacer alguna otra barbaridad. No tienes por qué contarme tu historia, aunque me encantaría oírla, pero... en fin, no quisiera que mi chapuzón de anoche fuera un completo desperdicio. El agua estaba fría.

Víctor empleó un tono muy serio y la joven lo miró con expresión confundida, tratando de decidir, quizás, si había hecho una especie de broma o sólo era su forma de expresarse.

—Eres extraño —concluyó al fin.

—De nuevo estamos a mano —replicó Víctor.

—Sí... ¿Me llevarás a casa, entonces? ¿Y cuidarás de mí como un ángel guardián?

El hombre casi se echó a reír.

—Cuidaré de ti, Leonor, pero créeme: si hay algo que no soy, es un ángel guardián.

Continuará...

Gissel Escudero

16 de octubre de 2011

Toque mortal (parte 1/6)

Le gustaba trabajar en noches de luna nueva, para moverse de sombra en sombra como los gatos; además, si acaso tenía una espera larga por delante, podía alzar la vista de vez en cuando y observar las estrellas.

Esa noche, sin embargo, la espera fue corta. Había tendido muy bien su trampa, y el objetivo acudió a la cita justo sobre la hora. Qué puntual, pensó Víctor con una media sonrisa, y oprimió el gatillo. El disparo apenas se oyó gracias al silenciador, y la víctima cayó al suelo sin un quejido. Perfecto. Ahora sólo tenía que llamar para decir que el trabajo estaba hecho, y el resto de la paga estaría en su cuenta antes del amanecer.

Víctor guardó el rifle y se marchó tranquilamente del edificio abandonado. Por el camino se cruzó con un par de indigentes, pero no le preocupó que se fijaran en él porque no había nada destacable en su rostro o vestimenta que pudieran recordar. Y eso suponiendo que aquellos pobres diablos fueran capaces de recordar algo; en general estaban demasiado sumergidos en su propia miseria, y la policía no obtendría de ellos más que unas pocas frases incoherentes.

Su automóvil estaba en la esquina, lejos de las cámaras de vigilancia. Tampoco había en él nada destacable. Víctor se sentó frente al volante, dejó a un lado el estuche con el rifle y consultó su reloj. Eran las cuatro de la madrugada. Muy temprano para desayunar, demasiado tarde para una copa. Una siesta sería lo más conveniente. Víctor arrancó el auto y condujo hacia el apartamento alquilado.

Vio a la mujer a medio camino en el puente, del otro lado del barandal. El viento agitó su cabellera, y su rostro pálido brilló un momento en la negrura. Después la mujer saltó al lago.

Víctor siguió conduciendo unos veinte metros... y luego pisó el freno.

—Maldición —murmuró.

No había nadie más en el puente. Podía irse de ahí sin titubear. Al fin y al cabo, él mismo causaba la muerte; ¿por qué iba a molestarse por una suicida?

—Maldición —repitió, y salió del auto, retrocediendo hasta el lugar donde había estado la mujer. No se veía nada en el agua, ni siquiera las burbujas, porque la luz del puente no era lo bastante intensa.

Víctor se quitó el abrigo y los zapatos y saltó al lago de cabeza. Fue un buen clavado, apenas lo sintió, pero el agua estaba muy fría y le atenazó el pecho por un instante. Se concentró en retener el aire.

La oscuridad era total. Si pretendía hallar a la mujer, tendría que usar sus otros sentidos. Víctor descendió un poco más, extendiendo las manos frente a él y tratando al mismo tiempo de percibir cualquier sonido proveniente de la suicida, o la turbulencia producida por su cuerpo al hundirse.

Entonces sintió que algo se movía a su derecha. Se desplazó en esa dirección y sus dedos rozaron una prenda de vestir. Sí, era ella. La sujetó por el pecho y se impulsó hacia arriba, luchando contra la necesidad de oxígeno que empezaba a restarle fuerzas.

Salió a la superficie no muy lejos de donde había caído, y lo primero que vio fue el puente y a un hombre que lo miraba desde ahí. Pero sólo duró un segundo. La cabeza de Víctor se sumergió en el agua, y cuando volvió a salir, el hombre del puente se había ido.

Víctor se olvidó del desconocido en favor de una preocupación más inmediata: sacar a la mujer del lago. Con eso tuvo suficiente por un rato, porque la orilla estaba lejos y el agua helada enlentecía sus movimientos.

Ya en el borde del lago, arrastró a la mujer sobre la arena sucia y le tomó el pulso. No tenía. Tampoco respiraba, y su piel estaba fría. Sin embargo, Víctor no iba a dejarla morir después de tanto trabajo, por lo que comenzó a hacerle la resucitación cardiopulmonar tal como la había aprendido en el ejército.

La mujer reaccionó un minuto después, tosiendo débilmente. Víctor la puso de costado para ayudarla a expulsar el agua de sus pulmones.

Ella era joven; no debía tener más de veinticinco años. Víctor le apartó el cabello mojado de la cara y preguntó:

—¿Se encuentra bien? ¿Puede decirme algo?

A pesar de su aturdimiento, ella lo miró fijamente. Había miedo y tristeza en sus ojos.

—Tú... no eres... él.

—¿No soy quién? —preguntó Víctor, pero no obtuvo respuesta porque la mujer se había desmayado.

Fantástico, pensó el asesino. ¿Qué debía hacer ahora? La opción más lógica era llevar a la joven al hospital, pero él desconfiaba de los médicos y además no estaba de humor para darles explicaciones. Tampoco podía abandonarla ahí, o se congelaría.

Decidió llevarla a su apartamento. No era la alternativa más práctica, pero... bueno, tuvo que admitir que sentía cierta curiosidad. ¿Qué había empujado a esa mujer al suicidio? ¿Depresión? ¿Un desengaño amoroso? ¿O mejor aún, problemas con la Ley? Seguro había una historia interesante por ahí, y dado que acababa de terminar un trabajo, disponía de tiempo libre.

Víctor levantó a la joven de la arena y regresó a su auto. El hombre del puente se había ido, pero Víctor no echó nada en falta: las llaves del coche, la radio y su rifle seguían ahí; el abrigo y los zapatos también se hallaban donde los había dejado. Víctor se puso los zapatos y envolvió a la mujer en el abrigo. La había acomodado en el asiento trasero y ahora parecía dormida. Víctor pensó que era bella.

El asesino arrancó el auto y condujo hacia el apartamento, todavía bajo la luz de las estrellas.

(Continuará...)

Gissel Escudero