5 de junio de 2011

Día Z en el Liceo 31

Apenas atravesó la puerta del liceo, el director Jorge Pereira supo que ése sería un pésimo día.

No se sorprendió demasiado. Hacía tiempo que lo veía venir, pero esperaba que se demorara un poco más... quizás hasta el año siguiente, el bendito año de su retiro. Estaba harto de toda esa porquería.

Por desgracia, no podía darse vuelta y volver a casa, ya que entre todo el personal del liceo, él era el más capacitado para manejar la situación.

Maldito fuera el peso de la experiencia. ¿Dónde había un buen suplente cuando lo necesitaba?

Gruñendo para sí, el hombre se dirigió a su oficina.

El trayecto medía unos ocho metros, distancia más que suficiente para confirmar su primera impresión. En general los estudiantes se dedicaban a perder el tiempo en los pasillos, hablando de tonterías o besuqueándose sin ningún recato. Ese día, en cambio, deambulaban en silencio como si no supieran dónde estaban ni adónde iban. Algunos incluso miraban el polvo que flotaba en el aire. Dos muchachos, sin embargo, se veían más despabilados, y sujetaban sus libros mientras contemplaban con suspicacia a sus compañeros. Al cruzarse con ellos, el director les dijo:

—Váyanse a casa. Hoy no será un día muy productivo. Ya saben a qué me refiero.

—Pero tenemos que presentar un trabajo... —replicó uno de los muchachos.

—No se preocupen por eso. Váyanse a casa... y estudien mucho. Les justificaré la falta.

—Gracias, señor —dijo el otro muchacho, y ambos jóvenes se retiraron, todavía abrazando sus libros. Quizás no todo estuviera perdido, pensó el director Pereira al tiempo que entraba a su oficina.

Lo primero que solía hacer cada mañana era encender la computadora para realizar tareas administrativas. En lugar de eso, desconectó el aparato y lo guardó en el armario, incluyendo la impresora. También guardó el teléfono y la pequeña cafetera, pues ya le habían advertido los del Ministerio de Educación que no había presupuesto para reemplazar a cada rato los objetos dañados. Típico de ellos, pensó el director Pereira, resoplando de fastidio; cómo le hubiera gustado ver a cualquiera de esos burócratas enfrentar un Día Z. Eso les cerraría la boca en cuestiones de presupuesto, seguramente.

A continuación, el hombre extrajo el llavero de su bolsillo y abrió un segundo armario de acero que era tan recio como una caja fuerte. De ahí sacó varios objetos y los colocó bajo su escritorio, fuera de vista. Qué bueno que había renovado su seguro la semana pasada, aunque le hubiese costado una cuarta parte de su sueldo. Otra cosa que el estúpido gobierno no cubría, porque claro, no le correspondía al Ministerio de Defensa. ¡Ja! Seguro que ellos no tenían hijos adolescentes.

En fin. Por lo menos estaba preparado, y dentro de un año sería libre.

A las nueve y media de la mañana, una joven profesora golpeó la puerta de la oficina.

—Adelante —dijo el director—. ¿Algún problema?

—Bueno... —La mujer miró hacia atrás, a pesar de que había cerrado la puerta.

—Tranquila, señorita Gómez. Hable con confianza.

La mujer depositó en el escritorio un montón de papeles.

—Los otros profesores me dijeron que hablara con usted si me pasaba algo así —dijo ella—. Me hablaron de ciertas... señales.

El director dejó escapar un suspiro de resignación. Lo que tenía frente a él eran unos exámenes, y casi todos estaban en blanco o cubiertos de garabatos ininteligibles.

—¿Qué debo hacer ahora? —preguntó la profesora. El director le devolvió los papeles.

—Separe los que sirven de los que no. Mande a casa de inmediato a los estudiantes que hayan aprobado, y luego ponga los exámenes inservibles en un sobre con la fecha de hoy, que yo firmaré cuanto antes. Tenemos que justificar las medidas disciplinarias, para que luego los padres no vengan a protestar. Imagino que es su primer Día Z, ¿verdad?

—Sí.

—¿Está segura de que quiere quedarse? No será nada agradable...

—Estoy bien, gracias. Tarde o temprano tendré que acostumbrarme, ¿no? Son gajes del oficio.

—Por desgracia, así es. ¿Ha practicado en casa?

—Bastante.

—Muy bien. El equipo está en su armario. Deje todo a mano para que no la tomen desprevenida. Y no dude en gritar si necesita ayuda.

—Claro, gracias. Y... buena suerte.

—Lo mismo digo.

La profesora se retiró, y el director pensó que era una joven agradable. Ojalá le fuera bien en su primer Día Z, que era siempre el más difícil; si no presentaba su renuncia al final de la jornada, podría contar con ella en el futuro. Cada vez le costaba más encontrar buenos profesores.

Los chillidos comenzaron alrededor de las once, poco antes del recreo. Suspirando una vez más, el director levantó del suelo su ametralladora y se la colgó al hombro. Ya estaba muy viejo para eso, pensó, y apuntó a la puerta al ver una silueta encorvada.

El cristal esmerilado se hizo añicos cuando un puño lo atravesó desde afuera, revelando una cara gris y de mirada vacía.

—Ceeereee.... —empezó a decir el estudiante zombi, pero no llegó a terminar la palabra, porque el director oprimió el gatillo y le voló la cabeza, regando sus inútiles sesos por todo el corredor. Esquivando el cadáver, Jorge Pereira salió de su oficina y evaluó el panorama.

En cada salón de clases se escuchaban gritos y disparos, pero ya había algunos zombis dando vueltas por ahí, buscando la salida. Caminaban arrastrando los pies, unos más rápido que otros, y sus melenas grasientas colgaban sin vida como algas a medio pudrir.

—Fantástico, realmente fantástico —masculló el director—. ¡Eh, ustedes, pedazos de carroña ambulante! ¡Aquí estoy!

Los zombis de voltearon hacia él.

—Ceeereeeb...

El director disparó una vez más.

Como si hubiera sido una señal, las puertas de los salones se abrieron.

No todos los estudiantes se habían corrompido, pero el director pudo ver en los ojos de los chicos normales que los pobres estaban aterrados. Corrían y chillaban como si estuvieran escapando del mismísimo infierno, cubriéndose la cabeza en un intento desesperado de proteger lo que había dentro del cráneo.

—¡Fuera de aquí! —les gritó Jorge Pereira—. ¡Salgan, yo los cubriré!

Los jóvenes corrieron a la puerta principal seguidos de cerca por los zombis que pretendían devorarlos. El director apuntó bien para no herir a quien no debía, y luego eliminó a varios zombis con cuatro ráfagas limpias. Pero había más, muchos más, cadáveres frescos que no tardarían en apestar.

—¡A la cabeza, siempre a la cabeza! —ordenó el director a sus colegas. La señorita Gómez andaba por ahí con un rifle de caza, disparando tímidamente pero con mortífera puntería. Se había atado el pelo en una coleta y cambiado sus zapatos por unas zapatillas de deporte, demostrando que no sólo era valiente, sino también práctica.

—Cereeeebros... Cereeeebros... —balbuceaban los zombis, con hilos de baba escurriéndoles por la boca. ¿Era su impresión, pensó el director, o cada vez se idiotizaban con mayor rapidez? Quizás fuera culpa de la comida chatarra. Tendría que revisar el menú de la cantina.

Pero no era el mejor momento para reflexionar sobre valores nutricionales, porque un zombi acababa de agarrar a una chica por el cabello y la estaba arrastrando hacia el baño, posiblemente para no compartirla con sus congéneres. El director lo siguió, disparando hasta que las balas cortaron el brazo del zombi a la altura del hombro y la chica quedó libre. Luego el hombre acabó el trabajo con varios tiros a la cabeza.

—¡Bien hecho! —le gritó el profesor de literatura, sin dejar de dar escopetazos a diestra y siniestra—. ¡Tengan esto, malditos engendros de la decadencia cultural! ¡Y esto!

El director se inclinó sobre la muchacha.

—¿Estás bien?

—¡Me mordió! ¡Me mordió! —sollozó la joven.

—Tranquila, no pasa nada. Ve a casa a lavarte la herida, y lee un libro de inmediato. ¡Corre!

La muchacha corrió. El director se puso de pie, siempre con la ametralladora en la mano. Joder, todavía quedaban zombis por liquidar.

—¡Dejen a esos estudiantes, so muertos de porquería! ¡Ningún zombi putrefacto se come a los estudiantes que sacan sobresaliente en matemáticas! ¡No en mi liceo!

*****

Media hora más tarde, los profesores y adscriptos ayudaron a apilar los cadáveres en la entrada para que se los llevara el camión recolector. Ahora sí que hedían, y también empezaban a congregar unas moscas grandes y verdosas. Algunas manos sueltas trataban de irse por sí solas como arañas; el director pisoteó una y luego mendigó un cigarrillo a sus colegas. Maldito vicio. Cada vez que intentaba dejarlo, un Día Z se interponía en su camino.

—Tenemos que exigir un aumento de sueldo —dijo el profesor de historia después de darle al director el cigarrillo que pedía—. No nos pagan suficiente por esta mierda de trabajo.

—Concuerdo —replicó el director—, pero ya sabes cómo son los del ministerio. Ya es mucho pedir que nos den suficientes municiones. Créeme, no te gustaría quedarte sin balas en medio de un Día Z.

—Te lo creo, te lo creo...

—Es muy triste —dijo la señorita Gómez, con el rifle apoyado en su hombro mientras se secaba el sudor de la frente—. Tantas vidas jóvenes desperdiciadas...

El profesor de historia resopló.

—¿Desperdiciadas? Lo dudo. Si el cerebro se les pudrió, es porque nunca lo usaban. No hubieran servido para nada de cualquier manera.

Una pierna se movió de manera sospechosa. El director le pegó unos tiros hasta que volvió a quedar inmóvil.

—Estas generaciones nuevas vienen cada vez peor —sentenció el hombre, y aspiró una bocanada de humo al tiempo que llamaba a su mujer para decirle que esa noche cocinara papas en lugar de carne.

Gissel Escudero

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