1 de marzo de 2011

La bebé de sus sueños (parte 3/3)

El lugar de su sueño ya no era una casa o un apartamento. Arriba no había techo, pero tampoco estrellas; sólo espesos nubarrones. Los muros a ambos lados eran altos, sin ventanas. A veces parecían cerrarse sobre ella como si quisieran aplastarla. En el suelo había basura, ratas, charcos de agua sucia. Y más allá... más allá...

La pequeña criatura era apenas un bulto sin importancia sobre el pavimento. Un bulto manchado de sangre.

Julia no se atrevió a acercarse, pero comenzó a llorar. Las ratas, en cambio, se movieron hacia el cuerpecillo inerte.

La mujer despertó sin sobresaltos ni lágrimas. La tristeza era demasiado sobrecogedora; apenas sí le dejaba fuerzas para respirar. Entonces surgió una idea que reavivó sus sentidos: ¿y si aún no fuera demasiado tarde?

Julia se levantó de golpe y empezó a vestirse sin mirar qué se ponía. Guardaba dinero en su cajón; sacó varios billetes y los repartió en dos bolsillos. Luego llamó un taxi.

El barrio donde vivía la muchacha se veía peor en la oscuridad. Esta vez sí había gente en la entrada de su edificio, pero dejaron pasar a Julia sin una palabra. Ella casi corrió escaleras arriba, ignorando el dolor de su espalda.

Golpeó la puerta durante quince minutos, pero nadie respondió. Debió suponer que así sería.

De vuelta en la entrada, encaró a un hombre que daba la impresión de vivir en el edificio.

—Disculpe, ¿sabe dónde puedo encontrar a la chica del 205? Tiene el pelo rubio oscuro, así the largo, y es muy delgada.

El hombre la miró con indiferencia. Julia pensó que no le respondería, pero entonces él dijo:

—Tres cuadras para allá. Suele andar en la esquina donde está el teléfono roto.

—Gracias.

Julia camino a paso rápido. El corazón le golpeaba en el pecho y sentía como fuego en la columna. De alguna manera sabía que el tiempo se agotaba.

La esquina del teléfono estaba desierta.

—No... —murmuró.

De pronto vio movimiento en el callejón de enfrente. Había dos personas ahí... peleando. Una de ellas cayó al suelo. Julia no lo pensó dos veces y cruzó corriendo la calle; se detuvo en seco frente a la entrada del callejón.

La muchacha estaba tendida sobre un montón de basura, sangrando. Mientras tanto, un hombre de aspecto sombrío revisaba su bolso.

El asaltante levantó la cabeza y descubrió a la mujer.

Lo que pasó a continuación fue muy rápido: el hombre se lanzó hacia Julia, le tapó la boca y la arrastró al callejón. Antes de que ella pudiera reaccionar estaba de cara contra la pared, y un brillo metálico le reveló que el asaltante llevaba una navaja.

—Dame lo que tengas.

—Hay... hay dinero en mis bolsillos.

La navaja desapareció un momento mientras el hombre registraba a Julia.

—Por favor, déjame llamar una ambulancia —suplicó ella.

—¡Cállate!

—No he visto tu cara, puedes irte. Por favor. Ella está embarazada.

El ladrón se quedó quieto unos segundos. Julia contuvo la respiración.

El brazo que la mantenía inmóvil se retiró, y luego se escuchó un sonido de pasos que se alejaban corriendo del callejón.

Sintiendo un inmenso alivio, Julia se inclinó sobre la muchacha herida y se sacó el abrigo para detener la hemorragia. Lucía aún respiraba, pero débilmente; su vientre abultaba muy poco bajo la blusa.

El ladrón no había encontrado el celular de Julia. Con dedos temblorosos, la mujer marcó el número de emergencias.

*****

Julia nunca supo cómo logró encontrar a los padres de la chica. Debió hacer como veinte llamadas, muchas de ellas totalmente en vano, pero al final dio con las personas correctas. Se encontraron en el hospital tres días después del ataque. Ellos debían rondar los cincuenta años, o tal vez fueran más jóvenes y la pena los había envejecido prematuramente.

La madre abrazó a Julia, a pesar de que no la conocía, y lloró sobre su hombro. El hombre sólo la miró fijamente y asintió con la cabeza en un gesto de reconocimiento.

—Lo siento mucho —dijo Julia—. Me dijeron... me dijeron que el cuerpo ya está disponible para su funeral. La policía vendrá a hablar con ustedes y... y...

La mujer no pudo seguir. Ella también sentía ganas de llorar.

—¿Y el bebé? —preguntó el hombre.

Un doctor, que se había aproximado desde el pasillo opuesto, tomó la palabra.

—Es una niña. Es muy prematura. Hacemos todo lo posible, pero...

Después de eso hubo un largo silencio.

*****

Esa mañana de primavera, Julia despertó con el canto de los pájaros al amanecer. Fue algo extraño, porque ya no estaba acostumbrada a eso; hacía meses que dormía mal a causa de las pesadillas.

Pero no había soñado esa noche... y mucho temió que fuera un mal presagio.

Mientras desayunaba, el timbrazo del teléfono la hizo pegar un salto. Lo dejó sonar varias veces, porque no se atrevía a contestar. Pero tenía que hacerlo. Tarde o temprano recibiría la noticia.

Cuando levantó la bocina creyó saber lo que iba a escuchar: "La niña ha muerto."

—¿Hola?

—¿Julia? Habla Cristina.

—Lo sé.

Tenía que preguntar el motivo de la llamada, pero no quería escuchar la respuesta. ¿Para qué apresurar el dolor? Sin embargo, Cristina la sorprendió al decir:

—Nuestra nieta está mejorando. Dicen que podremos estar con ella un rato esta tarde. ¿Quieres venir?

Julia titubeó. Se había quedado sin habla.

—¿De... de verdad está mejor?

—Sí. ¿Te sientes bien?

—Sí. Sí, estoy bien. Es que... me has tomado por sorpresa.

—Ah. Pero ¿vendrás?

—¡Claro que iré! ¿A qué hora?

—A las cuatro.

—Bien. Lo tengo. Nos vemos. ¡Y gracias por alegrarme la mañana!

—No hay de qué. ¡Nosotros también estamos felices! Saluda a tu hija de mi parte.

—Lo haré. Gracias.

—Hasta luego.

—Adiós.

En el hospital, una enfermera les llevó a la niña envuelta en una manta de color rosa, y la entregó a su abuela con una amplia sonrisa. El nombre de la bebita era Dina, pero su abuela le había contado a Julia que algunos doctores la llamaban "Milagro".

Nadie sabía quién era el padre. Y nadie sabía tampoco por qué su madre había huido de casa. Tal vez fuera por vergüenza. O por orgullo. O tal vez Lucía había sido una de esas jóvenes aparentemente condenadas a la autodestrucción.

Dina era aún muy pequeña, y tenía el rostro pálido y arrugado. No se parecía en nada a los bebés rozagantes de los avisos comerciales.

—¿Quieres sostenerla? —le ofreció Cristina a Julia. Ella asintió y tomó a la bebita con extremo cuidado.

La niña abrió los ojos y miró a Julia. Había una inequívoca expresión de paz y agradecimiento en ellos, y de pronto, a pesar de su frágil cuerpecito, se convirtió en la bebé más hermosa del mundo.

Julia le sonrió a la niña y la acunó suavemente hasta que se volvió a dormir.

Gissel Escudero