28 de febrero de 2011

La bebé de sus sueños (parte 2/3)

Al día siguiente, cuando salió de su apartamento para ir a visitar a su hija, se topó nuevamente con la inquilina del 302. Estaba más delgada aún que la última vez, y como para variar llevaba el pelo atado en una coleta, Julia también pudo observar que tenía unas profundas ojeras.

La muchacha estaba sacando sus cosas del apartamento en cajas marrones.

—¿Te mudas? —le preguntó Julia.

—Sí.

La joven entró y salió con otra caja. No eran muchas. Un taxista subió por las escaleras y se llevó la primera. La chica cerró el apartamento con llave.

—Lamento que te vayas —le dijo Julia—. Me hubiera gustado que nos conociéramos mejor. Espero que te mudes a un lugar más bonito.

La muchacha no respondió. El taxista siguió bajando cajas. Julia sabía que debía seguir su camino, que a la chica no le interesaba hablar con ella, pero sus pies se negaban a moverse. Cuando sólo quedaban dos cajas, y aun sabiendo que era una pésima idea, Julia habló de nuevo.

—Si necesitas algo de dinero, puedo...

—¿Por qué no me deja en paz, eh? Ocúpese de sus asuntos.

La muchacha, que ahora se veía bastante enojada, le pasó al taxista la penúltima caja y levantó la otra, apartándose de Julia en dirección a las escaleras.

Entonces la mujer, siguiendo un impulso repentino, agarró a la chica por el brazo y le preguntó:

—¿Estás embarazada?

—No, ¿qué dice? Suélteme.

La muchacha se soltó de un tirón y siguió al taxista escaleras abajo, con las llaves en la mano para entregárselas al conserje. Julia, en cambio, se quedó inmóvil un buen rato frente al apartamento vacío, sintiendo una extraña angustia en el corazón.

*****

La bebé ya no estaba en su cuna. Ni siquiera en una cama. Se encontraba en una caja, sobre un montón de trapos sucios. Respiraba, pero esta vez tenía los ojos cerrados; parecía un cachorrito abandonado y hambriento.

Julia apenas podía vislumbrar el resto de la habitación. Si no era de noche, entonces las ventanas no dejaban pasar ni un mínimo rayo de luz.

No podía dejar ahí a la niña. Moriría.

La mujer se agachó y tomó a la bebé en sus brazos. Era dolorosamente pequeña.

—Te ayudaré —le dijo.

La niña abrió los ojos. Hubo un momento de súplica en ellos, pero luego todo su rostro empezó a derretirse como la cera, convirtiéndose en una horrible máscara de desolación.

El cuerpo de la bebé se deshizo entre las manos de Julia mientras ella gritaba.

La mujer despertó llorando, con el corazón latiendo en su pecho a toda velocidad. Tuvo que levantarse de la cama para tomar un calmante, porque temblaba de pies a cabeza.

En la cocina, mientras tragaba el comprimido con un vaso de agua fría, decidió que no podía seguir así. La niña le estaba pidiendo ayuda; tenía que hacer algo para salvarla.

*****

Recién a la quinta llamada consiguió averiguar quién era la inquilina del 302, y adónde se había mudado. Su nombre era Lucía (nadie pudo decirle el apellido); vivía ahora en un barrio de mala muerte, y no había forma de comunicarse con ella porque no tenía teléfono ni celular.

Julia tomó un autobús ese mismo día para ir a verla.

Nunca había estado en esa parte de la ciudad. Los edificios eran grises y viejos, había basura por todos lados, y tres de cada cinco personas parecían criminales en potencia. Aún brillaba el sol pero ya había prostitutas en la calle, tentando a los automovilistas. Julia se preguntó si la muchacha que buscaba no se dedicaría a eso precisamente, y se le hizo un nudo en la garganta.

Llegó a un complejo de apartamentos en verdad deplorable. No había nadie vigilando; ella entró como si nada y subió las escaleras hasta el segundo piso.

Golpeó la puerta suavemente. Nadie respondió. Volvió a golpear.

—¿Quién es? —dijo una voz femenina, muy ronca, desde el otro lado.

—Lucía, soy tu vecina del otro edificio, ¿me recuerdas? ¿Puedo hablar contigo?

El silencio se prolongó un buen rato, pero finalmente la puerta se abrió... con la cadena puesta.

—¿Qué quiere?

La muchacha tenía los ojos rojos y hundidos, y la mano que sujetaba la puerta mostraba cinco uñas mordidas hasta la mitad. Julia se armó de valor para decir:

—Lucía, sé que esperas un bebé. Quiero ayudarte. A las dos. Puedo buscarte un mejor lugar, o...

—No necesito su ayuda. No necesito que nadie me ayude. Puedo arreglármelas sola. Adiós.

La muchacha se dispuso a cerrar la puerta, pero Julia no se lo permitió.

—¡Por favor, escúchame! No puedes seguir así. Tu bebé está en peligro. ¡Este lugar es insalubre!

—¿Y a usted qué le importa? ¡No es asunto suyo! ¡Déjeme en paz!

—Pero...

Lucía empujó más fuerte y consiguió cerrar la puerta. Julia escuchó el sonido de los cerrojos. Volvió a golpear, pero esta vez fue en vano. Derrotada, sacó un papel de su bolso, anotó un número en él y lo pasó por debajo de la puerta.

—Puedes llamarme si quieres. Cuando quieras. Por favor, piénsalo.

Lucía no contestó.

Julia volvió a su casa y esperó junto al teléfono. Y esperó. Y esperó.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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