11 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (6/6)

Eliana volvió del hospital una semana más tarde, pero no permaneció mucho tiempo en la casa. Sus crisis depresivas se hicieron más y más frecuentes, y por fin su marido, temiendo que esto afectara a Lorena, envió a la mujer a una institución para enfermos mentales. Él y la niña vieron cómo se la llevaban, y por la expresión en la cara del hombre, Lorena concluyó que su padre no tenía muchas esperanzas de que Eliana se recuperara.

La niña abrazó a su padre, quien se agachó para devolverle el abrazo. Ella cerró los ojos... y recordó.

Antes de entrar a la habitación supo que el sonido provenía de la cuna. Sujetando la vela con ambas manos, caminó hacia allí y se preparó para lo inesperado. Y lo que presenció fue en verdad inesperado...

Serafín se había echado sobre el bebé, y éste tenía sus bracitos alrededor del gato como si fuera un muñeco de peluche. Ambos dormían apaciblemente; Serafín se había pegado al niño en busca de calor, y al bebé debía reconfortarlo el ronroneo del animal, parecido quizás al murmullo del útero materno.

Lorena estrujó la vela hasta deshacerla. Se quemó las manos con la cera derretida, mas no le importó; una furia irracional se había apoderado de ella, haciendo que todo su campo visual se tornara rojo. Incluso llegó a rechinar los dientes, y con tal fuerza que más tarde le dolería la mandíbula.

Sus ojos fueron del gato al bebé, del bebé al gato y de vuelta al bebé, hasta que un pensamiento le dio forma a lo que sentía en esos momentos: sus enemigos se habían aliado en contra de ella para excluirla. Eran dos contra una. No; en realidad eran tres contra una, si contaba a Eliana, y quizás hasta cuatro contra una si metía a su padre en la ecuación, porque él también la había apartado de sí últimamente.

De repente el odio se materializó en acción: con una mano sujetó a Serafín por la piel del cogote y con la otra lo agarró por la espalda. No tuvo que levantarlo demasiado, apenas unos centímetros; luego lo apretó sobre la cara de Sebastián, inclinándose sobre la cuna para vencer con su propio peso los intentos del animal por zafarse.

La lucha duró cinco minutos. El bebé agitó los brazos inútilmente; el gato arañó las sábanas y el almohadón con tal de escapar. Lorena no aflojó la presión. Poco a poco los movimientos de Sebastián se hicieron más débiles, más lentos, y por último se detuvieron. Aun así, la niña retuvo al gato hasta estar segura de que el niño había muerto.

Cuando ella lo soltó, Serafín huyó de la habitación en un parpadeo. Presa de una rara indiferencia, Lorena se preguntó si el animal habría entendido lo que acababa de pasar... y entonces la conciencia del asesinato la golpeó como un bloque de hielo en el corazón.

Había matado a su hermano. A su propia sangre.

Emitiendo unos sollozos entrecortados que casi le impedían respirar, Lorena se arrastró a un rincón y permaneció ahí, con la cabeza sobre las rodillas flexionadas, hasta que Patricia regresó del hospital.

De nuevo en el presente, la niña ocultó el rostro en el hombro de su padre, pero se volvió un instante para ver partir a Eliana.

Sin proponérselo, una sonrisa fugaz asomó a sus labios. Ahora que la angustia había pasado, ahora que la memoria del crimen ya no era tan intensa, comenzaba a apreciar las ventajas de su acto: sin Eliana, sin el bebé y sin el gato volvían a ser ellos dos solamente, uno para el otro. Padre e hija, felices por siempre.

La niña tomó al hombre de la mano y suavemente, como un lazarillo, lo condujo al interior de la casa.

Gissel Escudero

Dos son compañía, cinco son multitud (5/6)

Lorena se encontraba en brazos de Patricia cuando los padres de la niña entraron a la casa. Habían visto la ambulancia, así que los rostros de ambas sólo confirmaron lo que la presencia del vehículo ya daba a entender: algo terrible había sucedido.

—¡Lorena! —exclamó el hombre—. ¿Estás bien?

La niña asintió a pesar de sus ojos hundidos y su extrema palidez. Patricia intentó hablar, pero las palabras se atascaron en su garganta.

Una ambulancia; Lorena y la niñera a salvo. Eso sólo dejaba una posibilidad...

—Sebastián —articuló Eliana llevándose una mano al pecho. Luego salió disparada hacia el cuarto del bebé, pero fue interceptada por un enfermero.

—Espere señora. Es mejor que no entre todav...

La mujer pegó un alarido y apartó al enfermero de su camino como si fuera una silueta de cartón. Del mismo modo se deshizo del paramédico y su asistente, y así llegó, seguida de cerca por su marido, hasta la cuna de su hijo. Segundos después, el grito de la mujer se escuchó por todo el vecindario.

Entre las plumas del almohadón destrozado yacía Sebastián: cianótico, con la boca abierta y los ojos casi desorbitados. Muerto por asfixia. A su alrededor las sábanas mostraban unos desgarrones inconfundibles, y aunque las marcas no hubiesen sido tan reveladoras, había más evidencias en el rostro del bebé.

La cara de Sebastián estaba cubierta de pelos. Pelos de gato.

—¡Ahí estás! —dijo alguien en otra parte de la casa—. ¡Te tengo!

Todos, excepto Eliana, corrieron a la cocina. Allí un segundo enfermero había capturado a Serafín, quien se debatía entre sus manos cual serpiente.

—¡Por el amor de Dios, denle un calmante!

El paramédico, acostumbrado a actuar con rapidez, extrajo una jeringa y se la inyectó al gato a la primera oportunidad. Debió ser una dosis muy alta, porque el animal se rindió de inmediato y sus ojos adquirieron un brillo acuoso; pero aún respiraba, y el enfermero lo depositó sobre la mesa a falta de una mejor idea.

Los presentes se miraron sin saber qué hacer. Era evidente que alguien debía tomar una decisión, o por lo menos decir algo, lo que fuera; sin embargo, una estúpida parálisis había dominado la situación.

Fue en ese instante que Eliana entró a la cocina, y lo primero que vio fue al gato. Serafín reconoció sus pasos y giró débilmente la cabeza, implorando ayuda; en su expresión se leía la certeza de que su dueña lo sacaría del aprieto.

No hubo ayuda. Tampoco piedad. Eliana chilló de una manera completamente inhumana y se arrojó sobre el gato con las manos extendidas, curvando los dedos como garras. Apresando al animal por el cuello lo estranguló hasta romperle las vértebras, y no contenta con eso lo tiró al suelo y saltó sobre él hasta convertirlo en una pulpa sanguinolenta.

El padre de Lorena retrocedió, incapaz de creer lo que estaba pasando: aquélla no podía ser su esposa. Patricia soltó a Lorena y fue al baño a vomitar, mientras el paramédico, una vez recuperado de la impresión, cargaba otra jeringa con el mismo calmante que había empleado en Serafín.

Hicieron falta los cuatro hombres de bata blanca para separar a Eliana del gato. Simplemente no quería dejar de pisotearlo.

El padre de Lorena tomó a su hija en brazos y se dejó caer en el sofá de la sala. Alrededor de ambos el mundo entero parecía moverse en cámara lenta...

(Continuará...)

Gissel Escudero

10 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (4/6)

Sebastián empezó a llorar a las cuatro de la tarde. Se tomó un descanso a las cinco y media para comer, pero después de eso siguió llorando a intervalos hasta que apareció la niñera.

—Tal vez deberíamos suspender la salida —le dijo Eliana a su esposo. Mientras se ajustaba la corbata, él contestó:

—Sabes que el niño no tiene nada.

—Sí, pero...

—Escucha —dijo el hombre con el tono duro que había desarrollado en el correr de las últimas semanas—: hace más de un mes que no salimos de la casa. Ya hice las reservaciones y no pienso cancelarlas.

Eliana asintió con la cabeza y se colocó sus pendientes.

Patricia, la niñera, contempló la escena como si se tratara de un partido de tenis, esperando acaso que el diálogo terminara en una discusión. Lorena, por otro lado, no demostró el más mínimo interés; las peleas entre su padre y Eliana ya eran cosa de todos los días, así como el llanto interminable del bebé y los nervios permanentes de Serafín.

—Pórtate bien —le dijo el hombre a su hija—. Volveremos a las once, más o menos.

—Que se diviertan —respondió la niña con indiferencia, y tras besar a su padre volvió a concentrarse en el juego. Vagamente escuchó las recomendaciones que Eliana le dio a Patricia, aunque en el fondo envidiaba a la pareja: a ella también le habría gustado escapar por un rato de Sebastián y sus berridos.

Oh, bueno, al menos su estrategia de poner la mente en blanco funcionaba bastante bien; al cabo de un rato, el llanto del bebé se convertía en un mero ruido de fondo.

Patricia encendió el televisor y trató de mirar su programa favorito mientras balanceaba la cuna con el pie. No resultó. Sebastián continuó chillando, y por el color de su rostro ya daba la impresión de que iba a explotar. La niñera hizo todo lo posible por callarlo: lo cogió en brazos, le ofreció comida, hasta le cantó una canción. Nada sirvió.

—¿Es que este crío no se cansa? —preguntó la muchacha—. ¡Dios, si parece que estuviera ensayando para un concierto de heavy metal!

Lorena se encogió de hombros. Sí, el bebé estaba más molesto que de costumbre; por algo Serafín había abandonado su sitio junto a la estufa. El gato debía hallarse ahora en la cama del matrimonio, disfrutando de cierta paz... aunque no demasiada, porque la voz del niño era capaz de taladrar las paredes.

Patricia se dirigió a la niña.

—¿Qué hace tu madre para calmarlo?

—Es mi madrastra —apuntó Lorena automáticamente—. Pero no hace nada. Quiero decir, todo lo que hace es inútil.

—¿Y cómo lo aguantan?

Lorena se encogió de hombros otra vez.

La niñera resopló, pero luego, mirando hacia uno y otro lado como si temiera la presencia de cámaras ocultas, le preguntó a Lorena:

—¿Estaría muy mal si lo encierro en su dormitorio un rato?

—No lo creo. Es lo que hace mi papá cuando ya no lo soporta. Pero fíjate que Serafín no quede adentro; él odia a Sebastián.

—No me sorprende. Los gatos tienen buen oído...

Así, Patricia cargó al vociferante niño hasta su cuarto. Sebastián no dejó de llorar durante todo el proceso, y su llanto sólo se apagó ligeramente cuando hubo una puerta de por medio entre él y las chicas.

—Uf, así está mejor —suspiró Patricia—. Con tanto escándalo no podía ni pensar.

Serafín volvió a la sala con cara de pocos amigos y comenzó a pasearse de un lado a otro cual tigre enjaulado. Patricia no se fijó mucho en él, pero Lorena llegó a notar que su expresión era verdaderamente tétrica. La niña lo había visto así en otras ocasiones: cuando acechaba a un pájaro desde las sombras, con las orejas dobladas hacia atrás y su rabo azotando el aire a modo de látigo; después de eso, ¡zas!, ocurría la matanza. No era un espectáculo agradable...

A Lorena le dio un poco de miedo y se alejó de la estufa: no quería enfrentarse al animal si acaso éste resolvía echarse ahí.

A eso de las diez empezó una fuerte tormenta eléctrica y veinte minutos más tarde sonó el teléfono. Era para Patricia. La joven escuchó al principio con aire casual, pero luego frunció el ceño y su mirada se llenó de preocupación.

—¿Qué sucede? —le preguntó Lorena al final de la conversación.

—Mis padres tuvieron un accidente cuando volvían a casa en el auto. Mi madre está bien, pero mi padre se dio un fuerte golpe en la cabeza.

—¡Oh!

Patricia dio algunas vueltas por la habitación, indecisa. Por último sus ojos se posaron de nuevo en la niña.

—¿Crees que podrías cuidar a tu hermano un rato? Dice mi madre que mi padre no está grave, pero me gustaría ir a verlo.

—No sé...

A Lorena no le hacía gracia la idea de quedarse sola con el llorón de su hermano y Serafín. Y menos con una tormenta así de intensa: no podría salir en caso de que pasara... algo. Cualquier cosa.

—Regresaría en menos de una hora —insistió Patricia—. Cuarenta minutos, si me doy prisa. Por favor...

Aquí Lorena entendió que la niñera estaba realmente angustiada, y por un momento se puso en su lugar.

—Está bien —dijo al fin, aunque un poco a regañadientes.

—Gracias.

Patricia le dio un beso, descolgó su abrigo y se marchó en su pequeño auto amarillo, dejando a la niña con una fea sensación en el estómago. Disimuladamente le echó una ojeada a Serafín; éste le devolvió la mirada sin pestañear, clavando en ella sus ojos de un verde casi fosforescente.

Procurando no dar señales de aprensión, Lorena ocupó el hueco dejado por Patricia en el sofá. La película no le interesaba un pimiento, pero la ayudaba a distraerse de la tormenta, el llanto de Sebastián y la presencia asfixiante del gato. Después de dos o tres segmentos empezó a tranquilizarse... y de pronto un rayo descargó sus diez mil voltios sobre la casa.

El efecto se hizo sentir en toda la vivienda: el televisor arrojó una lluvia de chispas antes de que se cortara la electricidad, y por las ventanas se coló un intenso resplandor azulado; a continuación el trueno hizo vibrar las paredes de tal manera que varios cuadros se torcieron.

Al acabar el trueno hubo un segundo de silencio. Lorena llegó a advertir que tenía los pelos de punta, pero luego fueron los chillidos de Sebastián, redoblados en potencia, los que ocuparon su mente aturdida.

—¡Oh, cállate! ¡Cállate!

Sumida en la oscuridad, la niña empezó a temblar. ¿Dónde estaba Serafín? Se lo imaginó a pocos pasos de ella, agazapado, preparándose para atacarla como si fuera un gorrión, y tuvo que morderse la lengua para no gritar. Con las manos extendidas marchó a la cocina: allí se guardaban las velas.

El llanto de Sebastián era de lo más irritante, pensó Lorena mientras avanzaba a tientas por el corredor. ¿Cómo podía chillar así y no quedarse afónico? Y puestos en ello, ¿qué esperaba conseguir con sus chillidos? Seguro terminaría como Eliana: de pastilla en pastilla por el resto de su vida.

La niña entró a la cocina y encendió la vela más grande que pudo encontrar. Al sentir en sus dedos el calor de la llama se dio cuenta de que estaba helada, o más bien de que la casa estaba helada. Era una noche muy fría.

De vuelta en la sala, donde planeaba quedarse hasta que Patricia volviera del hospital, su pie izquierdo pisó un objeto firme y algo resbaloso. Un espantoso bufido le indicó que se trataba del gato, quien le mordió la pierna antes de salir corriendo; Lorena se llevó un susto tan grande que soltó la vela y cayó sentada, entrechocando los dientes por el impacto.

—¡Mierda! —exclamó. Era la primera vez que usaba una palabrota de adultos, una por la que su padre le habría dado una cachetada, pero le hizo mucho bien. En ese momento parecía un buen conjuro contra la adversidad.

Lorena recuperó la vela, regresó a la cocina y gastó un segundo fósforo para encenderla. Recién entonces tomó conciencia del dolor en su pierna; por ello, en lugar de dirigirse a la sala, entró al baño y se bajó el calcetín.

Genial. Ahora tenía un segundo juego de orificios idéntico a las cicatrices del tobillo derecho. Condenado gato...

La pequeña lavó su herida, le aplicó unos toques de iodo y se puso una vendita adhesiva. Perfecto. Ya podía ir a la sala y tenderse en el sofá, aunque esta vez con la mirada fija en el suelo para no tropezar con nada.

Se detuvo a pocos metros de su objetivo. Toda su confianza se desvaneció de repente, sustituida por un extraño escalofrío. Algo había cambiado. No era la tormenta, que proseguía sin descanso, ni la oscuridad, porque las luces continuaban apagadas.

Era el silencio dentro de la casa. El niño había dejado de llorar.

Lorena giró sobre sus talones y descubrió lo siguiente: la puerta del cuarto de Sebastián estaba abierta. Quizás Patricia no la había cerrado del todo, o la había cerrado mal y el trueno completó la tarea. De cualquier forma, el resultado era el mismo.

La niña avanzó como en un trance. Sebastián no producía ruido alguno, pero desde la habitación surgía un poderoso ronroneo...

(Continuará...)

Gissel Escudero

Dos son compañía, cinco son multitud (3/6)

La niña sintió que la sacudían suavemente y se arrebujó en las mantas, rehuyendo las manos que intentaban despertarla. Pero las manos no se detuvieron.

—Lorena. Lorena, levántate —dijo al fin su padre. Ella abrió los ojos.

—Todavía es de noche...

—Lo sé, pero Eliana va a tener al bebé. Debemos ir al hospital.

—Prefiero quedarme aquí.

—No puedo dejarte sola, cariño. Tienes que venir con nosotros.

Lorena se vistió a regañadientes. ¿Qué le importaba a ella el estúpido bebé de Eliana?

—Date prisa —le ordenó su padre desde la puerta.

Mientras subían al coche, la pequeña advirtió que el gato los observaba desde el muro. Sus pupilas relumbraban como espejos amarillos y tenían una expresión sarcástica que le sentó a Lorena como un vaso de leche agria. "Ya no serás hija única", parecían decirle. Ella desvió la mirada.

Cansada y molesta, la niña se acomodó en el asiento trasero lo más lejos posible de Eliana. Hubiera intentado dormir por el camino pero la mujer gritaba y resoplaba, resoplaba y gritaba, y así hasta que el vehículo llegó al estacionamiento del hospital. Después de eso, Lorena se vio obligada a correr detrás de su padre y su madrastra por los pasillos del edificio; y cuando los doctores se hicieron cargo de Eliana, igualmente la niña fue relegada: su padre quería ver el parto, así que la dejó con una enfermera. Ésta no era mala pero sí muy tonta, y le preguntó varias veces, con un exasperante tono infantil, si no estaba contenta porque pronto tendría un hermanito. Nueve años de vida no eran suficientes para desarrollar una vena sarcástica, pero de haberla tenido, Lorena hubiera contestado que en realidad prefería una tarántula.

La espera le resultó interminable. Se había sentado en una banca a tratar de pegar el ojo, pero el flujo de personas y sus voces la sobresaltaban constantemente. Muerta de sueño y aburrimiento, y aprovechando una distracción de la enfermera, Lorena dejó la banca y comenzó a explorar los alrededores.

El hospital era blanco, muy blanco, y por todos lados había doctoras, enfermeras y pacientes dando vueltas de un lado a otro. De pronto la niña notó algo raro: nadie la miraba. Ni una sola de esas personas se inclinó hacia ella para preguntarle qué hacía allí, sola y sin rumbo, y al parecer tampoco había lugares donde no la dejaran entrar.

Entonces llegó a un largo corredor al final del cual, en letras grandes y rojas, un cartel ponía "MATERNIDAD". Detrás de la doble puerta se escuchaban unos gritos que Lorena reconoció de inmediato: los de Eliana. Pero sonaban escalofriantes, como los gritos de una actriz en una película de terror.

La niña extendió las manos y empujó suavemente. Llegó a una sala apenas iluminada, en la que hombres y mujeres con batas verdes formaban un círculo alrededor de la cama donde yacía Eliana. Todos, salvo la parturienta, llevaban gorros y tapabocas, tal que Lorena no consiguió distinguir a su padre entre los presentes.

—Ya viene; empuje una vez más —dijo el obstetra.

Con el rostro morado por el esfuerzo, Eliana empujó... y un chillido sobrenatural llenó la sala. Pero no era ella quien chillaba, sino el niño en camino. Su cabeza peluda y empapada de sangre ya estaba en manos del doctor, aunque no se le veía la cara porque apuntaba hacia abajo. Lorena dio unos pasos al frente.

De pronto el bebé clavó en ella sus ojos verdes de pupila vertical. La niña retrocedió, horrorizada, y la criatura, que no era humana sino el propio Serafín, saltó hacia ella con las garras desenfundadas...

Lorena despertó en su cama, por la madrugada, y de inmediato se tapó con los brazos para evitar que el gato la arañara. Pero Serafín no estaba ahí, no podía estarlo: la niña le tenía tanta rabia al animal que siempre cerraba su puerta y ventanas antes de acostarse. Menos mal...

Maldita Eliana y maldito bebé. Esa misma tarde volverían del hospital, y a Lorena no le interesaba en absoluto su medio hermano: aunque el niño no tenía cara de gato, parecía un mono lampiño y ruidoso, como todos los recién nacidos.

La niña intentó dormirse pero sin éxito, y mucho más tarde su padre le avisó que ya era hora de ponerse en pie. Lorena, entonces, marchó a la cocina con el cabello revuelto y unas profundas ojeras, dispuesta a patear cualquier cosa que se atravesara en su camino, sobre todo al gato. Serafín estaba más insoportable que nunca por la ausencia de Eliana: se la pasaba maullando y arañando los muebles, y había monopolizado el sillón favorito de su dueña.

Mientras ambos comían, el padre de Lorena le preguntó:

—¿Por qué te ves tan malhumorada, princesa mía? Hoy vendrá a casa tu hermanito, ¿no estás contenta?

La pequeña se encogió de hombros.

—Vamos, cariño, alegra esa cara. Eliana se pondrá triste si la haces pensar que no quieres al bebé.

—A Eliana no le importa que yo quiera o no al bebé. No es mi mamá.

—Eso no es cierto. Eliana...

—Ella sí va a querer al bebé, porque es de ella. Pero a mí no. Eliana preferiría que yo no existiera.

El hombre bajó su tenedor, visiblemente consternado.

—Lorena, no hables así. Eso que acabas de decir es espantoso.

La niña se encogió de hombros por segunda vez. ¿Para qué le enseñaban a no mentir si la verdad era algo "espantoso"? ¡Qué ganas de confundirla! Sin embargo, no se atrevió a formular estos pensamientos en voz alta.

—Acaba tu desayuno —dijo el hombre con voz seca—. Y más te vale cambiar esa cara para cuando vuelva con Eliana.

Lorena arrojó la cuchara sobre la mesa y huyó de la cocina. Su padre no le ordenó que regresara ni fue a buscarla; en lugar de eso llamó a la niñera, y apenas llegó ésta, el hombre salió con rumbo al hospital sin despedirse de su hija.

En la soledad de su cuarto, Lorena escuchó el sonido del auto que se alejaba y sintió que se le rompía el corazón. Ahora tendría que compartir a su padre con dos personas, y por más que a ella el bebé le pareciera un mono, mucho temía que el hombre no pensaba lo mismo.

Después de llorar un largo rato, haciendo caso omiso de la niñera que llamaba a su puerta, Lorena llegó a una dolorosa conclusión: no le quedaba más remedio que tratar de querer a su medio hermano. "Si no puedes con ellos, úneteles", solía decir su padre, y aunque la sola idea le daba asco, haría lo posible por conseguirlo.

El automóvil regresó una hora después. Lorena salió de su dormitorio con cierto aire de resignación pero sin la cara de amargada que su padre le había visto en el desayuno; el hombre se percató del cambio y no dijo nada, dando por olvidada la discusión.

Eliana se veía demacrada. Su esposo la obligó a sentarse y puso al niño en su regazo; luego le hizo un gesto a Lorena, invitándola a acercarse.

—Ven, hija. Ven a conocer a Sebastián.

La niña se aproximó al sofá. El bebé ya no tenía un aspecto tan feo, y así dormido resultaba casi tolerable. De pronto se le antojó a Lorena acariciarle el pelo, sentir entre sus dedos aquella fina pelusa del mismo color que sus rizos, y estiró una mano... pero Eliana, en un acto reflejo, apretó al bebé contra su seno.

—Ve a lavarte. No quiero que le pegues tus microbios.

—¡Eliana! —protestó el hombre—. ¡Mi hija no es un foco séptico!

Todos somos focos sépticos. Ya escuchaste al doctor.

—Sí, sí, pero no creo que sea para tanto.

—¿Y si el bebé se enferma? Sólo tiene cuatro días.

Esto hizo dudar al hombre, quien terminó diciendo:

—Entonces todos nos lavaremos antes de tocar al niño. Vamos, hija.

Ya en el baño, mientras su padre le enseñaba a cepillarse bajo las uñas, la niña preguntó:

—¿Tendremos que hacer esto a cada rato?

—No hay que poner nerviosa a tu madre.

A Lorena le rechinó eso de "tu madre" y ya le dolían los dedos de tanto fregarlos, pero se armó de paciencia y mantuvo la boca cerrada.

Sin embargo, de vuelta en la sala, fue el hombre quien se enfadó, porque Eliana le estaba mostrando el niño a Serafín y éste tenía su nariz a pocos centímetros del bebé.

—¿Se puede saber por qué el gato no tiene que bañarse en agua hirviendo?

—Los gatos son limpios —dijo ella sin mirar a su esposo.

—Los gatos, querida, se lavan el trasero con la lengua y se pasan la lengua por todo el cuerpo.

—Pero Serafín no va a pasarle la lengua, sólo lo está olfateando.

—No me vengas con ésas.

Lorena sonrió para sus adentros: por una vez la mujer se había puesto en evidencia ante su marido.

Antes de que los adultos pudieran hacer o decir algo más, el bebé despertó. Su primera reacción ante el gato fue darle un golpe en el hocico, del que Serafín, veloz como siempre, se vengó con un zarpazo que dejó cuatro líneas en la mejilla del pequeño Sebastián.

¡La que se armó de repente! El bebé empezó a llorar con toda la fuerza de sus pulmones, que era considerable; Eliana y su marido se desesperaron tratando de calmarlo mientras subían al auto; y Lorena, que iba detrás, no salía de su sorpresa frente al inesperado giro de los acontecimientos. Ahora, ¿cómo castigaría la mujer a su precioso minino? ¡Se moría de ganas por saberlo!

A la vuelta del hospital Eliana se mostró, en efecto, muy enojada con Serafín, y tanto ella como el hombre se turnaron para acunar al bebé, quien seguía llorando a pesar de los analgésicos. En opinión de Lorena estaba exagerando, porque sus heridas eran leves y no habían requerido puntos de sutura, sólo un antiséptico. Molesta, se tapó los oídos pensando que Sebastián también había heredado las manías de Eliana.

Al menos tenía un consuelo: ella ya no sería el centro de atención en la casa, pero Serafín había perdido en un instante todos sus privilegios.

(Continuará...)

Gissel Escudero

9 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (2/6)

Lorena no estaba feliz con el cambio de situación. Detestaba la casa, el barrio y el colegio nuevos, y ya no tenía una sola amiga por culpa de la mudanza. Más que todo lo anterior, sin embargo, odiaba a su madrastra. ¿Por qué su padre había tenido que casarse, en primer lugar? Se suponía que el viaje era de negocios, ne-go-cios, no para buscar pareja.

A primera vista Eliana no estaba mal, y tenía un precioso gato de siete kilos con pelaje atigrado y ojos color esmeralda. Ella era muy bonita y extremadamente simpática, y la dulzura de su voz podía cautivar a cualquiera, incluso a Lorena.

Pero esto sólo ocurría cuando la mujer estaba en sus días buenos. Según el padre de Lorena, Eliana sufría un "ligero trastorno de la personalidad", y por eso tenía que tomar su "medicación" todos los días. La niña resumía la cuestión en términos más simples: Eliana estaba loca y las píldoras controlaban su histeria... la mayor parte del tiempo. El hombre era tan bueno y paciente que no perdía los estribos cada vez que su esposa le gritaba por alguna falta real o imaginaria; Lorena, en cambio, recelaba del carácter de su madrastra: se le antojaba demasiado impredecible.

Por si fuera poco, el maldito gato compartía las manías de su dueña. En opinión de Lorena, eran tal para cual. Serafín sólo quería a Eliana, la única persona a quien concedía el privilegio de tocarlo; para la mujer era "su bebé", y le hablaba con el tono más cursi del universo. Lorena y su padre se mantenían alejados del felino, pues habían aprendido a fuerza de arañazos lo antisocial que podía llegar a ser.

Algo bueno tenía el gato, no obstante: ayudaba a moderar las explosiones emocionales de su dueña. Poca cosa, sin duda, pero al menos se ganaba la comida.

Los empleados estaban acomodando los muebles nuevos y Lorena ya no sabía dónde meterse. Varias veces le habían propinado un codazo por no fijarse en ella o por mirar el trasero de Eliana, bien delineado bajo sus calzas, en lugar del camino. Pero si la niña estaba nerviosa, Eliana y Serafín se llevaban el premio: la voz de la mujer subía y bajaba de tono según el precio del mueble en cuestión y el riesgo de que se estropeara, y el gato, igual que Lorena, no encontraba refugio por ningún lado. En más de una ocasión les bufó a los desconocidos, aunque éstos ni se inmutaron.

Al final pasó lo inevitable: un empleado que se dirigía al dormitorio de la pareja con una mesita de luz no vio a la niña que trataba de llegar a la cocina; Lorena se llevó un golpe en el hombro con el mueble y al retroceder le dio con el pie a Serafín. La pequeña se había puesto zapatillas de lona y goma blanda, pero el gato chilló como si lo hubiesen pateado con una bota de hierro. En un ataque de rabia felina, se dio vuelta y clavó sus dientes en el tobillo de Lorena, quien profirió un chillido bastante similar al del gato.

Mientras Serafín huía a toda velocidad, Lorena se agachó para examinar la herida: era profunda y dolorosa, y la sangre había manchado el calcetín haciéndole recordar su historia favorita.

—No se ve bien, nena —le dijo otro de los empleados—. Lávate con jabón o se infectará.

—Y entonces tendrían que amputarte la pierna —bromeó el estúpido con la mesita de luz—. Te pondrían una pata de palo, ¿sabes?, como a los piratas.

Lorena abrió mucho los ojos, asustada, pero el empleado amable le dio un tortazo en la nuca a su compañero.

—No seas imbécil, Mario. Y ten más cuidado de ahora en adelante o le diré al jefe que te despida, por torpe.

Mario se alejó murmurando palabrotas. El empleado amable se volvió hacia la niña.

—No le hagas caso a ese idiota. Ve con tu madre.

—Gracias —dijo Lorena, y se las arregló para sonreír a pesar de las lágrimas.

Eliana estaba en la cocina guardando la vajilla. Lorena se aproximó a ella cojeando.

—Eli...

—¡¿Qué?!

La pequeña se echó hacia atrás.

—Perdona —dijo Eliana respirando hondo—. Todo este desorden me tiene enferma. ¿Qué pasa, linda?

—Serafín me mordió el tobillo.

Aquí la niña mostró su herida. Cualquier otra mujer se hubiera preocupado de inmediato; sin embargo, lo primero que Eliana dijo fue:

—¿Qué le hiciste a mi gato?

—¡Nada! Sólo lo empujé por accidente, y él me mordió.

—¿Segura que no lo pisaste? ¡Serafín! ¡Ven, gatito!

—¡Yo no lo pisé! —dijo Lorena, quien empezaba a enfurecerse—. Ya he dicho que sólo lo empujé. Él está bien.

—Bueno, siéntate ahí. Iré a buscar el iodo.

Mientras Lorena esperaba a su madrastra, el gato saltó desde afuera a la ventana de la cocina y la miró con los párpados entrecerrados, como si se burlara de ella.

—Te odio —murmuró la niña.

El animal comenzó a lavarse las uñas.

—¡Ahí estás, mi bebé!

Eliana dejó la botellita de iodo sobre la mesa y corrió a examinar a su mascota. Lorena resopló de fastidio; ya estaba arrepentida de haber acudido a la mujer, pues era evidente que su hijastra le importaba menos que el dichoso gato.

—Eli...

—Ya voy, ya voy. Mira que eres quejosa...

Eliana tardó un minuto más en revisar las patas de Serafín buscando fracturas. Recién entonces quedó satisfecha y pasó a atender la herida de Lorena, aunque con una expresión de disgusto muy mal disimulada.

—¡Ay, eso duele! —gritó la niña.

—No exageres, el iodo no arde.

—No me arde, duele.

—Pues muérdete la lengua.

—Pero...

Su madrastra le dio una cachetada. Fue muy leve, pero Lorena se quedó sin habla; nunca en su vida le habían pegado, y esta última ofensa, sumada a todas las pequeñas molestias del día, acabó por desbordar su paciencia. Empujando a Eliana para bajar de la silla, escapó de la cocina, salió a la calle y se sentó en el muro de los vecinos, llorando a todo trapo.

Por fin su padre regresó del trabajo, y apenas bajó del auto corrió a abrazarla.

—¡Mi princesa! ¿Qué sucede?

—Serafín me mordió el tobillo y Eliana me pegó.

—¿Qué?

La niña repitió sus palabras.

—Espérame aquí —dijo el hombre, y entró a la casa dando largas zancadas.

Transcurrieron diez minutos sin novedades. Los empleados terminaron su labor y comenzaron a retirarse; Lorena no pasó por alto que dos de ellos hablaban en voz baja y se reían, echando miradas furtivas hacia la puerta de la vivienda.

El padre de la niña fue a buscarla. No parecía enojado.

—Eliana ya me ha contado lo que pasó, y dice que fue su culpa y que lo lamenta mucho. Anda, vamos adentro.

—Papá...

El hombre sostuvo la cara de su hija entre las manos.

—Lorena, debes comprender que Eliana tiene ese problema del que ya hemos hablado, y que todo esto de la mudanza no le ha sentado bien. Pero ella te quiere mucho y...

—¡No es cierto! ¡Ella no me quiere! Es... es... ¡es como la madrastra de Blancanieves!

Esta vez el hombre no pudo evitar una carcajada.

—¡Hablo en serio! —protestó ella.

—Lo sé, hija, lo sé. Perdona, no quise reírme. De verdad, Eliana te quiere. Ya te darás cuenta cuando esté más tranquila. Ahora vamos adentro.

Lorena negó con la cabeza.

—No podemos quedarnos aquí todo el día, cariño. Vamos.

Y los dos entraron a la casa.

Eliana se disculpó personalmente por la bofetada, y hacia la hora de la cena ya había vuelto a la normalidad. Entonces, mientras servía la comida haciendo alardes de buena esposa, el padre de Lorena miró a su hija como diciendo: "¿Ves cómo yo tenía razón?"

La niña hizo un gesto afirmativo, pero por dentro pensaba lo contrario. Serafín, además, la vigilaba desde un rincón con exasperante arrogancia; sus ojos verdes le prometían que siempre, siempre, haría lo posible para dejarla en segundo lugar.

Definitivamente, Lorena no estaba nada feliz con el cambio de situación.

(Continuará...)

Gissel Escudero

8 de diciembre de 2011

Dos son compañía, cinco son multitud (1/6)

—Cuéntame otra historia, papá.

—Cariño, ya es tarde.

—Por favooooor...

—Está bien, está bien. A ver, déjame pensar... —El hombre carraspeó como si se dispusiera a cantar una ópera—. Había una vez una niña de ocho años llamada Lorena, con grandes ojos castaños y bucles de pelo negro. Era bonita pero algo insoportable, y cada noche obligaba a su pobre padre viudo a contarle miles de historias para hacerla dormir. Así pasaron muchos, muchos, muchos años, y su padre ya tenía una larga barba blanca pero aún seguía contándole cuentos a su hijita, hasta que un día...

La niña, que había empezado a reír al escuchar su nombre, lo interrumpió diciendo:

—Papá, no seas payaso. Quiero un cuento de verdad. Cuéntame la historia de Blancanieves.

—¡Pero ésa te la sabes de memoria!

—No importa —replicó ella con aire decidido—. Me gusta.

—Oh, bueno —dijo el hombre, y volvió a carraspear—. Había una vez una hermosa reina que quería tener una hijita. Un día de invierno, mientras estaba bordando junto a la ventana, se pinchó un dedo con la aguja y varias gotitas de sangre cayeron a la nieve. La reina se dijo: "Desearía que mi hija tuviera unos labios tan rojos como la sangre y la piel tan blanca como la nieve." Las hadas concedieron a la reina su deseo, y cuando la niña por fin nació, sus padres la llamaron Blancanieves.

Y así continuó el hombre hasta el final de la historia. A Lorena nunca dejaba de impresionarla la parte donde la madrastra, envenenada por los celos, le ordenaba al cazador que le llevara el corazón de la princesa en un cofre, pero aplaudía cuando el príncipe besaba a Blancanieves para despertarla del hechizo. En esta ocasión, sin embargo, al terminar el cuento la niña se puso seria y pensativa. Su padre le apartó el flequillo de los ojos y preguntó:

—¿Qué tienes, mi pequeña?

Ella no respondió.

—Es por mi viaje, ¿verdad?

—No quiero que te vayas, papá.

—Sólo serán dos meses.

—Pero eso es mucho tiempo.

—Cariño, el tiempo pasa rápido. Además, estoy seguro de que te divertirás en casa de tus tíos.

—No lo creo. Ellos son viejos y aburridos.

La niña dijo esto con un mohín que al hombre le pareció graciosísimo, pero no se rió por miedo a ofenderla. En cambio, besó a su hija en la frente.

—En realidad yo tampoco quiero irme, pero este viaje es importante.

—¿De verdad no quieres irte?

—De verdad. ¿Acaso no somos los mejores amigos?

Lorena sonrió.

—Los mejores amigos del mundo —completó la niña, y ambos se abrazaron hasta que ella se durmió.

(Voy aclarando desde ya que éste será un cuento de horror. Agárrense de lo que puedan. Continuará...)

Gissel Escudero

29 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 5/5)

La cabaña apareció detrás de una loma. Ahora daba una fuerte impresión de soledad, como las casas que han permanecido deshabitadas por meses o años. A Alexéi se le encogió el corazón: si el niño de las nieves estaba muerto, él pronto acabaría igual.

Iván no solía atrancar la puerta principal antes de salir, pero sí la del sótano secreto. Alexéi no se había molestado en recuperar la llave de ésta, aunque tuvo la oportunidad allá en el campamento de las criaturas. Quería que rompieran el cerrojo... para que luego no se les ocurriera encerrarlo ahí. Por algún motivo, cualquier muerte le parecía preferible a ésa.

Los hombres de las nieves, efectivamente, rompieron el cerrojo. Alexéi encendió la luz y enseguida vislumbró, en la jaula, al infante.

No se movía.

La madre del pequeño, pues no debía tratarse de otra, corrió hacia la jaula y arrancó el techo de un solo tirón. Luego tomó a su hijo en brazos... quien comenzó a despertar de su sueño. Con un gritito de alegría, aunque débil, el niño se prendió al cuello de su madre; ésta acarició al niño con sus garras, alisando el pelo enredado.

Aprovechando la distracción, Alexéi se deslizó hasta la escalera...

Una mano lo agarró por detrás y el hombre se vio lanzado a un rincón donde se golpeó dolorosamente contra unas cajas. Las criaturas, cuatro grandes y una pequeña, le echaron una última mirada de desprecio y subieron en fila los escalones de madera.

La puerta descendió, dejando a Alexéi en compañía de una pobre lamparita y los trofeos de su tío. Un sonido de arrastre le indicó que las bestias estaban apilando muebles sobre la puerta para que él no pudiera levantarla.

El hombre comenzó a gritar.

*****

Cuánto tiempo permaneció en el sótano, nunca lo supo. En todo caso, estaba muy sediento y con hambre cuando los muebles fueron removidos de su sitio, permitiéndole salir.

En la casa no había nadie. Ni un solo hombre de las nieves. Alexéi recorrió las habitaciones, y el único rastro consistió en un par de huellas húmedas que pronto se secaron.

El médico buscó las llaves de su camioneta, que había dejado en el vestíbulo, y emprendió la retirada. No planeaba mencionar lo sucedido, ni siquiera pensar en ello; se consideraría afortunado si aquel asunto se limitaba a repetirse en sus pesadillas por el resto de su vida. Con una mano temblorosa, aferró el picaporte y tiró de él.

Detrás de la puerta, sobre la nieve sucia, se hallaba la cabeza desfigurada de Iván.

Alexéi se sentó sobre el escalón y empezó a reír como loco. Rió y rió, alternando la risa con el llanto, hasta que el cielo se oscureció y una nevada borró las pisadas que, desde la cabeza humana, se internaban en lo más profundo del bosque.

Gissel Escudero

28 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 4/5)

Estaban en un pozo custodiado por dos hombres de las nieves. El hoyo debía haber sido excavado para los humanos, porque la tierra se notaba recién removida. Las criaturas habían usado sus garras para crearlo, y ahí donde asomaban rocas se distinguían las cuatro marcas paralelas de los arañazos.

Ahora, a media tarde y casi tres horas después de la captura, Alexéi vio que su compañero había recuperado el conocimiento. Lo ayudó a incorporarse y revisó sus signos vitales; poco más podía hacer sin su mochila, que una de las criaturas le había arrebatado.

—¿Estás bien, tío?

—No hagas preguntas idiotas. Claro que no estoy bien. ¿Qué hora es?

—Las cuatro y media, más o menos. Mi reloj se rompió.

Iván examinó los alrededores, asimilando la situación. Lo que observó no le gustó nada, por supuesto, y mucho menos la mirada de las criaturas que vigilaban desde arriba. El hombre le escupió a una de ellas; la bestia le rugió, pero luego se limpió la saliva y enseñó los dientes en una sonrisa sádica. A Alexéi se le puso la piel de gallina: esa expresión en particular resultaba chocante en el rostro peludo y blanco, como una aberración.

—¿Por qué no nos han liquidado aún? —murmuró Alexéi. Habló en voz muy baja, pues a estas alturas no estaba seguro de que las criaturas no pudieran entender su lenguaje. Iván, pensando quizás lo mismo, le respondió también en voz baja.

—No lo sé. Pero no presagia nada bueno... ¡Ah! Mi hombro me está matando...

—Déjame ver.

Alexéi le quitó el abrigo a su tío e inspeccionó la lesión. Era considerable: el zarpazo había atravesado cinco capas de ropa y un centímetro de carne.

—Sobrevivirás —dijo el médico—, aunque hay signos de infección. ¿Te duele algo más?

—La nuca.

Alexéi echó un vistazo.

—Ahí sólo tienes un enorme chichón.

Entonces advirtió que las criaturas estaban pendientes de sus movimientos y que se comunicaban entre sí por medio de ronquidos y señas.

—¿Qué crees que esté pasando? —le preguntó Iván.

—Ni idea.

Una de las bestias se retiró. Al cabo de diez minutos regresó con otras, una de las cuales bajó al pozo y agarró a Alexéi por la cintura, alzándolo con tanta facilidad que el hombre se sintió cual muñeco de trapo.

—¡Suéltame, maldito! ¡Quítame las manos de encima, bestia apestosa!

La criatura no le hizo caso, sino que se reunió con sus congéneres; a continuación el grupo se desplazó a una zona donde había troncos asegurados con tiras de cuero y barro helado, conjunto que formaba una choza bastante aceptable.

Dentro de la choza había más hombres de las nieves, incluso hembras con sus bebés, y unos cuantos lobos. A Alexéi lo depositaron en el suelo, y entonces comprendió por qué lo habían conducido hasta ahí: a pocos metros, sobre una cama de musgo, descansaba una bestia que tenía una herida de bala en la pierna, provocada sin duda por Iván durante la batalla en el refugio.

El hombre de las nieves que sujetaba a Alexéi le dio una palmada en el pecho y después señaló a su congénere tendido. El mensaje era evidente: "Es tu culpa. Cúralo." Alexéi estuvo a punto de decirle que se fuera al diablo... pero luego se le ocurrió que demostrar solidaridad podría sacarlos a él y a su tío del apuro. O por lo menos a él.

—Necesito mi mochila —dijo con tono seco y cortante, y tocó su espalda. La bestia a quien se había dirigido entrecerró los ojos, no por falta de comprensión sino tratando de adivinar las intenciones del humano. Alexéi se sorprendió una vez más ante la inteligencia de las criaturas... hecho que aumentó su preocupación. Los hombres de las nieves debían saber que él y su tío eran cazadores; ¿por qué razón, entonces, iban a liberarlos?

De todos modos, Alexéi se prestó a la tarea que le exigían. Con un poco de suerte, en el intelecto de las criaturas también habría lugar para el perdón.

La mochila le fue entregada. No había arma alguna en su interior y Alexéi llegó a ver, a unos pasos de él, cómo una de las bestias partía sus dos rifles en pedazos.

El médico comprobó el buen estado de su equipo de primeros auxilios y puso manos a la obra: se inclinó sobre la pierna afectada y extrajo los elementos necesarios para el tratamiento. Su primer impulso, a causa del hábito, fue coger el frasco de anestesia local; sin embargo, tras pensarlo mejor y considerando que las criaturas no debían conocer las bondades de tal droga, decidió que no tenía por qué ahorrarle dolor a su paciente. Así pues, cortó el pelo de la zona, usó un bisturí para profundizar en la carne y, con ayuda de sus pinzas, extrajo la bala que se había incrustado en el hueso. Alexéi disimuló su satisfacción al advertir que la criatura, a pesar de no emitir ningún gemido, cerraba los dedos hasta hacerse daño con sus propias garras. Finalmente el médico suturó la incisión, inyectó una dosis de antibiótico y vendó la herida. En el fondo deseó que la criatura contrajera tétanos... después de que Iván y él consiguieran huir.

El herido se levantó, y luego de apoyar tentativamente la pierna vendada pareció contento con el trabajo de Alexéi.

Pero no hubo recompensa. El humano fue arrojado de nuevo al pozo.

—¿Y? ¿Qué pasó? —le preguntó Iván.

—Nada —replicó Alexéi. Si su tío se enteraba de lo que acababa de hacer, le daría un buen tortazo.

A llegar la noche, un resplandor rojizo disipó en parte la oscuridad. ¡Las criaturas habían encendido fuego! El sueño de cualquier antropólogo, reflexionó Alexéi, y se rió por lo bajo. Iván lo fulminó con la mirada.

Hacia la madrugada aumentó la actividad en el campamento. Alexéi y su tío fueron retirados del pozo y llevados hasta la hoguera, que chisporroteaba alegremente bajo un techo de coníferas. Los hombres se debatieron al suponer que pretendían arrojarlos al fuego, mas el propósito era otro.

Uno mucho más siniestro...

La bestia más grande, que debía ser el líder de la manada, se plantó frente a los humanos y empezó a gesticular, dirigiéndose a su grupo. No debía estar diciendo nada bueno, porque constantemente señalaba a los cazadores y efectuaba un ademán violento con su diestra, como si estuviera aplastando algo con el puño. Después estiró el brazo hacia un lado y una criatura, que hasta ese momento se había mantenido al margen, dio unos pasos al frente y enseñó a las demás un objeto que tintineaba: era una trampa de acero, una de las muchas que Iván usaba para las presas medianas. El hombre de las nieves colocó la trampa en el piso y la abrió, separando en un segundo las fauces metálicas que reflejaban las llamas.

El líder apuntó a Iván con su índice... y luego hacia la trampa. El ermitaño palideció.

—¡No! ¡No! —gritó mientras era empujado a cumplir su sentencia.

Las bestias lo obligaron a ponerse de rodillas y, agarrándolo del cuello, bajaron su cabeza al encuentro del acero.

—¡Nooo! ¡¡Aaaaahhhhh...!!

¡Clang-CRAC!

El grito de Iván quedó interrumpido en la mitad, pero el hombre no estaba muerto. Su cara yacía atrapada en el metal, prácticamente irreconocible, y su cráneo se había deformado; el cazador, no obstante, aún vivía, y sus manos tanteaban sin descanso la trampa de acero como si no supieran que el cuerpo al que estaban unidas ya no tenía salvación.

Las piernas le fallaron a Alexéi, quien contempló desde el suelo la agonía de su pariente. Alrededor del fuego, las criaturas y los lobos se relamieron.

Sacar de la trampa el cadáver de Iván y repartirlo entre los asistentes fue cosa de un minuto. Sosteniendo su porción de carne en alto, a modo de trofeo, cada hombre de las nieves bailó alrededor de la hoguera en una suerte de ritual primitivo y no menos aterrador. Los lobos lamieron la sangre del piso y aullaron al cielo, acompañando la fiesta con su música infernal.

Alexéi se orinó de puro miedo. ¿Cuál sería su destino?

Terminada la danza, el líder habló de nuevo y la criatura de la pierna herida caminó hacia el médico. Alexéi, desesperado, pensó que su perdón llegaría por intermedio de ese individuo... pero se equivocaba, porque éste sostenía en su mano el mismo bisturí que el médico había empleado en él, y lo blandía en zigzag a medida que se aproximaba al humano.

—¡El pequeño! —exclamó Alexéi sin proponérselo—. ¡Sé dónde está el pequeño!

El hombre levantó su mano a la altura de la bestia que continuaba encerrada en casa de Iván y luego dio unos saltos y gruñidos, imitándola.

Hubo un instante de silencio. Todas las criaturas lo miraron atentamente, sin moverse, incluso la del bisturí. El líder habló. Otros le contestaron. Se armó una discusión, que el líder acalló con un golpe de su pata en el suelo.

Una hembra se acercó al humano y lo levantó por la pechera del abrigo, clavando en él sus ojos pálidos y fríos...

(¿Conseguirá Alexéi escapar del embrollo? Lo sabremos en la última entrega, porque esto... continuará un poquito más.)

Gissel Escudero

27 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 3/5)

Con perros o sin ellos, Iván era un cazador nato y no tuvo dificultades para seguir el rastro de las criaturas... hasta que la nieve lo sepultó. Entonces tanto él como Alexéi quedaron desorientados. Iván sabía perfectamente bien dónde estaban, pues el bosque era su casa y además tenía una buena brújula, pero ¿en qué dirección se habían marchado las bestias que procuraba? Daba igual. En lo que a él concernía, no pensaba descansar hasta recuperar a sus perros y cobrar venganza por el secuestro, aunque no había renunciado a su propósito original. Mas el honor estaba primero...

A su sobrino, en cambio, la cuestión del honor lo traía sin cuidado, porque la tormenta arreciaba y pronto estarían en peligro a causa de ella. A él no le hacía ninguna gracia la idea de que alguien encontrara sus cuerpos helados en la primavera, como animales prehistóricos atrapados en una glaciación.

Iván se detuvo un momento con el cuello estirado y sus cejas y barba totalmente blancas. Sus manos enguantadas se cerraban sobre el rifle con mayor o menor fuerza según lo acometían oleadas de odio, y los ribetes peludos de su abrigo ondeaban al viento.

—Están cerca —dijo—. Puedo sentirlo...

Alexéi apenas lo escuchó. Había demasiado ruido: el que hacían los árboles al agitarse y el de la nieve que, tras acumularse en un lugar alto, finalmente cedía y se precipitaba al suelo en pequeñas avalanchas.

—¡Tío! ¡Tío, tenemos que...! —pero no llegó a terminar la frase, porque Iván lo agarró del brazo y echó a correr, arrastrándolo consigo, y él estaba tan cansado que no pudo resistirse al poder de su voluntad.

Así continuaron por más de una hora, hasta que Iván se paró en seco y soltó a Alexéi como si nada. El tiempo se paralizó en ese instante, y durante un lapso imposible de determinar, todo lo demás se volvió secundario para el viejo ermitaño.

Todo salvo los restos de sus perros que yacían frente a él, apenas rociados de nieve fresca.

Alexéi vio aquello y estuvo a punto de vomitar. Los cánidos habían sido convertidos en sendas masas de huesos descarnados, y sólo sus cabezas, en el centro de la carnicería, aún mostraban cierto parecido con las originales.

El médico extendió una mano hacia su tío. No alcanzó a tocarlo; con un grito que se elevó por encima de la tormenta, Iván salió de su aturdimiento y protagonizó un horrible ataque de ira y frustración, azotando los troncos con su rifle, pateando la nieve y profiriendo unos alaridos que hicieron pensar a su sobrino en una reunión de demonios.

Aquello no pintaba nada bien...

Alexéi recogió del suelo el gorro de su tío, que éste había arrojado al suelo para tirarse de los pelos, y esperó a que el hombre se calmara. Tuvo que esperar bastante... Finalmente pudo hacerse oír.

—Tío, tenemos que cobijarnos. La tormenta empeorará. Nos helaremos.

El médico dudó al principio que Iván fuera a atender razones, pero el viejo no era tan estúpido. Se había extraviado una vez, en su juventud, y los muñones de sus pies le recordaban a diario lo cruel que podía ser el invierno ruso. Todavía con el rostro morado, asintió en silencio.

—Hay una cueva por ahí —dijo luego, señalando con el dedo—. Aguardaremos en ella hasta que acabe la tempestad.

La cueva en cuestión era más bien un agujero entre las rocas, pero constituyó un excelente resguardo para los hombres por lo que restó de la noche y la nevada. Alexéi y su tío se abrazaron a fin de darse calor, compartiendo de vez en cuando unos tragos de vodka, y de no haber sido porque el primero tenía la nariz adormecida por el frío, se habría percatado de cuán raramente se bañaba el segundo.

El amanecer trajo consigo un cielo descolorido pero sin nubes, y los cazadores retomaron su empresa. Iván parecía de buen humor: su andar estaba cargado de energía y hasta se puso a tararear unos compases de Pedro y el lobo; sin embargo, Alexéi no se dejó engañar y mantuvo la boca cerrada. Nunca había visto a su tío tan enojado, y su semejanza con un oso no podía ser mayor. Incluso olfateaba el aire como tal mamífero, y el color marrón de las pieles que lo cubrían acentuaba el efecto.

Alexéi no se atrevió a sugerir que regresaran. Estaba seguro de que Iván lo mataría, aun si intentaba volver solo.

Entonces lo hallaron: un rastro clarísimo, rompiendo la monotonía de la gruesa capa de nieve.

—Más vale que los lobos no se me adelanten —masculló Iván—, porque haré pagar caro a esos engendros por comerse a mis perros.

Alexéi agradeció para sus adentros no ser una de las criaturas blancas.

Ambos hombres siguieron la pista por horas, batallando con los montones de nieve que en ocasiones les llegaban a las rodillas. La helada sustancia también caía desde los árboles: una lluvia constante y molesta.

El médico empezaba a preocuparse. Daba la impresión de que la criatura se mantenía a propósito a cierta distancia de ellos, siempre la misma. Como si los estuviese guiando a alguna parte...

Los cazadores hicieron un alto para comer, sin decir palabra, y continuaron andando de igual manera. Poco después el primer hombre de las nieves apareció ante ellos. Iván y Alexéi lo observaron detenidamente desde unos arbustos.

Medía unos dos metros y medio de altura, y por lo tanto debía pesar alrededor de doscientos kilos. Su forma era básicamente humana, pero con brazos más largos de lo normal y sin orejas. Su cara recordaba la de un babuino; se movía, no obstante, como una pantera. En su mano llevaba un pedazo de carne.

Iván le hizo señas a su sobrino, indicándole que rodeara al animal: uno lo distraería y el otro le dispararía el dardo tranquilizante. Alexéi se mostró de acuerdo.

Antes de la separación ocurrió algo: la criatura se sentó y comenzó a devorar la carne con grandes y ruidosos mordiscos. En ese momento los hombres se dieron cuenta de que la carne era la pata trasera de uno de los perros, y poco faltó para que Iván, enfurecido, olvidara sus planes y liquidara a tiros a la bestia. Sólo la intervención de Alexéi evitó tal cosa; el médico retuvo a su tío por el brazo y le mostró el rifle de aire comprimido, recordándole que querían vivo al animal. Iván contuvo a duras penas sus ganas de atacar, apretando los dientes hasta que se puso violeta.

Alexéi describió un círculo alrededor de la bestia sin ser detectado. ¿Tendría mal oído la criatura? Quizás la falta de orejas y el pelo de la cabeza perjudicaban su audición...

El hombre atisbó por entre los árboles. La criatura estaba ahora de espaldas a él, ofreciéndole un blanco estupendo; si la dosis era adecuada, lo derribaría. Alexéi levantó el rifle y apuntó.

Tenía el índice en el gatillo, listo para tirar de él, cuando se armó un tremendo revuelo en el sitio donde Iván permanecía oculto: hubo rugidos, gritos, golpes y el crujido de las ramas al quebrarse. Unos segundos después, un brazo peludo rodeó el cuello de Alexéi, obligándolo a soltar el rifle.

De la nieve circundante surgieron, como por arte de magia, decenas de criaturas. A su vez, desde el bosque, se aproximaron varios animales grises: una jauría entera de lobos.

Iván y Alexéi fueron empujados hacia el lugar donde se hallaba la bestia que sostenía el pedazo de carne. El médico apenas podía respirar; su tío, por otro lado, no dejaba de retorcerse a pesar del castigo que había recibido, pero se quedó quieto cuando la criatura, con una sonrisa sanguinolenta, agitó la carne frente a su rostro y volvió a morderla en un gesto de desafío.

Iván redobló sus esfuerzos por soltarse, provocando que uno de sus captores le asestara un golpe en la nuca que lo dejó inconsciente. Los lobos quisieron entonces arrojarse sobre él, pero las criaturas se interpusieron, ordenándoles que se retiraran. Entre cuatro levantaron a los cazadores como habían hecho con los perros, y mientras era llevado a cuestas junto con su tío, Alexéi maldijo la estupidez de ambos: se habían dejado emboscar como dos palomas atolondradas... y ahora se convertirían en la cena de alguien más.

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 2/5)

A la intemperie, bajo las nevadas copas, Iván ya no necesitaba hablarles a sus perros. Alexéi lo observó mientras vagaban por el bosque, maravillándose ante el repertorio de signos que su tío empleaba para comunicarse con ambos cánidos.

—Pues sí que están entrenados —le dijo a Iván en tono de admiración.

—Son listos, muy listos. No iría a ninguna parte sin ellos.

Había tanto orgullo en las palabras del viejo que casi rayaba el amor. Alexéi supuso que eso era lo más cercano a dicha emoción que su tío podía llegar, exceptuando su afición al vodka.

Antes de partir, el médico le había echado un vistazo al cautivo. Éste se había puesto a gruñir y a dar saltos enfurecidos en su jaula, tratando de romperla. Pequeño o no, el animal tenía carácter...

Ahora los perros olfateaban la blanda nieve en busca de un olor similar al de la criaturita blanca. Por el momento no daban muestras de estar siguiendo pista alguna, pero Iván tenía fe en la capacidad de los chuchos.

—Apostaría los dedos que me quedan en los pies a que no fallarán —había dicho más temprano, y Alexéi no se atrevió a apostar en contra.

Aunque el cielo continuaba despejado, el frío era intenso. Iván y los perros parecían inmunes a él, pero Alexéi, a pesar de sus ropas, lo sintió en la piel. Debía ser una cuestión de hábitos.

De pronto los perros se excitaron y salieron disparados a toda velocidad, internándose más en la arboleda.

—¡Ja! ¡Te lo dije! —exclamó Iván, y corrió detrás de los animales. Alexéi fue tras ellos resoplando como una mula vieja. Hacía tiempo que no se ejercitaba tanto; si no moría congelado, seguramente sería bueno para su salud...

Los perros se detuvieron al borde de un círculo donde, a juzgar por las evidencias, había ocurrido una feroz pelea. Ramas rotas, huellas borrosas y manchas de sangre se mezclaban en forma caótica, y un olor como de almizcle lo impregnaba todo, tanto que aun los humanos lograron percibirlo.

Iván se adelantó, ordenando a sus perros que no se movieran. Alexéi también se quedó quieto, expectante.

—¿Qué ves? —le preguntó a su tío.

—Calla. Déjame pensar.

El viejo cazador examinó el círculo centímetro a centímetro, leyendo en él lo mismo que un libro. La expresión de su rostro cambió varias veces... y finalmente se convirtió en una mueca de contrariedad.

—Sí, ellos estuvieron aquí. Al menos dos. Pero también hay pisadas de lobos, y son más numerosas. Y éstas de aquí... son de algún ciervo solitario. Los lobos, el ciervo y los hombres de las nieves confluyeron aquí. Los depredadores se pelearon por el ciervo, y luego... luego...

Iván halló un sendero trazado por goterones rojos y marcas de arrastre. Las pisadas de las criaturas y de los lobos se confundían allí; el ermitaño las siguió mientras decía:

—Los hombres de las nieves se llevaron al ciervo y los lobos fueron en pos de ellos. ¡Ven, Alexéi! Las bestias levantaron en vilo al ciervo y siguieron caminando...

De esta manera llegaron a un río cubierto de hielo, donde las huellas y la sangre desaparecieron rápidamente.

—¡Maldición!

—Se fueron por el río para no cansarse tanto —acabó Alexéi en lugar de su tío, quien estaba demasiado enfadado como para decir otra cosa que juramentos. El viejo se calmó pronto, no obstante, y entonces anunció:

—Nosotros también iremos por el río. Mis perros descubrirán por dónde cruzaron al otro lado. ¡Adelante!

El hombre se echó a andar con un aire tan decidido que Alexéi lamentó por un instante haberse involucrado en aquella aventura. Pero la idea del dinero, quizás con un poco de fama incluida, no tardó en servirle de consuelo.

*****

Como guardia forestal, Iván disponía de varios refugios a lo largo y ancho del bosque por si una tormenta lo pillaba desprevenido. En uno de esos refugios se instalaron él y Alexéi para pasar la noche, porque habían recuperado el rastro y no querían perderlo.

La luna se ocultó y poco después empezó una nevada ligera. Por encima del susurro del viento se escucharon unos aullidos...

—Están lejos —murmuró Iván, casi dormido, ante la mirada tensa de Alexéi y el sobresalto de los perros, que levantaron sus orejas. El médico, por si acaso, verificó que su arma estuviera pronta para disparar; de paso cargó el otro rifle, éste de aire comprimido, con un potente dardo tranquilizante. Había llenado la jeringa con suficiente droga para aturdir a un león, y ahora sólo esperaba que su futura víctima no cayera muerta de un paro cardíaco o respiratorio.

Iván y uno de los perros comenzaron a roncar. Alexéi y el segundo cánido asumieron la guardia; al cabo de dos horas, la tibieza que se apoderó del refugio también le provocó sueño al hombre, quien bostezó para mantenerse despierto. El perro lo contempló con franco desdén.

—Púdrete —lo insultó Alexéi, y recostó su cabeza contra las mantas que lo envolvían.

Fue cuando ocurrió el terremoto, o más bien esto les pareció a los ocupantes del refugio, porque toda la construcción se agitó de repente amenazando con venirse abajo.

¡Crac! ¡Crrraaac!

Recién al advertir que el suelo no se movía entendieron que alguien estaba sacudiendo el refugio desde afuera. Alexéi gritó de terror, los perros ladraron, y solamente Iván, quien no pertenecía al ejército como su sobrino ni tenía la fuerza física de sus mascotas, se mantuvo en calma y alzó su rifle. Cuando vio una sombra por entre las tablas flojas, oprimió el gatillo.

Entonces ocurrió una serie de acontecimientos: un fuerte rugido siguió al estampido del arma y el refugio se desplomó cual castillo de naipes; los perros se escabulleron del desastre con ánimos de defenderse o atacar, pero los humanos, no tan ágiles, tuvieron que bregar para salir de las ruinas. Y no les resultó fácil, porque abandonar el refugio caído significaba exponerse a las garras blancas que a su vez pretendían cogerlos. Uno de los zarpazos alcanzó a Iván en el hombro y el dolor lo hizo disparar de nuevo, a ciegas.

Los perros se abalanzaron sobre los atacantes, y la escaramuza levantó tanta nieve en polvo que ninguno de los humanos pudo ver quién llevaba la ventaja. Por unos instantes reinó la confusión, un enredo en el que Iván no osó emplear su rifle por miedo a herir a sus fieles chuchos.

Unas figuras peludas, del mismo color que los alrededores, se alejaron corriendo. Dos de ellas cargaban sendos cuerpos más oscuros que ladraban y se debatían.

—¡Mis perros! ¡Devuélvanme a mis perros! —chilló Iván, rojo de furia. Sin voltearse para ver si Alexéi lo acompañaba, fue tras las criaturas con el rifle en alto e intenciones homicidas. El bosque se lo tragó en menos de un parpadeo.

—¡Iván! —lo llamó su sobrino, quien de repente se encontró solo junto al refugio destrozado. Tardó unos minutos en recuperarse, pero como no era un cobarde, al cabo de ese lapso recogió sus armas y mochila y con ayuda de una linterna siguió las huellas de su tío.

En comparación con la pelea en la que acababa de participar, el bosque estaba tan callado que su propia respiración se le antojó estruendosa. Eso sí: el frío había dejado de molestarlo. Sus sentidos no tenían más propósito que conducirlo hasta Iván, y escudriñaban el entorno para que nada lo tomara por sorpresa.

Un crujido avanzó hacia él, retrocediendo por el camino de nieve aplastada. Alexéi, rifle en mano, se colocó detrás de un árbol.

—Soy yo, estúpido —dijo el ermitaño—. Deja de esconderte como un maldito conejo y ven conmigo. Apresúrate.

Alexéi se reunió con su tío en medio de una tormenta que poco a poco se hacía más intensa.

(Continuará...)

Gissel Escudero

25 de noviembre de 2011

Una historia en la nieve (parte 1/5)

El bosque, silencioso y frío, apenas daba señales de vida en la noche invernal excepto por los árboles, que resistían estoicamente las duras condiciones climáticas. Fue por eso que la aparición de una camioneta todoterreno, desplazándose con cautela por el resbaladizo camino, resultó casi un sacrilegio; nada en tal bosque hacía pensar que los humanos fuesen bienvenidos allí.

El cielo estaba despejado y la luna brillaba redonda en lo más alto de su trayectoria. Para el conductor de la camioneta esto fue un alivio: bastante difícil era mantener el rumbo en un camino tan poco definido como para tener que hacerlo en la oscuridad. Aun así se sentía inquieto, pero por otras razones.

"Ven de inmediato. Es importante. Trae tu maletín." Esto decía el mensaje de su tío Iván, que Alexéi había pegado junto al volante. ¿Qué demonios querría el viejo guardia forestal? ¿Estaría enfermo? Pero si Iván afirmaba que era importante, debía serlo; como Alexéi bien sabía, a su tío no le agradaban las visitas y sólo toleraba la presencia de otros seres humanos cuando no tenía más remedio.

Después de sortear varios troncos caídos y un número similar de pozos, por fin avistó la cabaña en medio del claro. No era una vivienda ruinosa y precaria, sino todo lo contrario: estaba construida con la mejor madera, y en su interior no faltaban las comodidades necesarias para un aislamiento prolongado. Iván podría ser un ermitaño recalcitrante, pero de masoquista no tenía un pelo...

Sin embargo, al bajar de la camioneta y sufrir el azote del aire helado en la cara, Alexéi se preguntó una vez más qué era lo que atraía a su pariente de semejante vida. Arrebujándose en su abrigo, corrió hacia la entrada antes de que todo el calor escapara de su cuerpo.

No llegó a tocar la puerta; unos perros lo escucharon acercarse y prorrumpieron en fieros ladridos de advertencia, que por lo graves delataban su tamaño.

—Ya, ya, cállense —se oyó desde adentro, y los perros guardaron silencio. Entonces la puerta se abrió.

El viejo Iván no había cambiado mucho en los últimos diez años. Su pelo y barba tenían más canas, pero aparte de eso era el mismo hombre sólido y curtido por los elementos a quien Alexéi había visitado poco antes de enrolarse en el ejército. Sus ojos, negros y penetrantes, yacían en unas cuencas profundas, y su rostro estaba marcado por una cicatriz desde la sien izquierda hasta la comisura de la boca. Cuando sonreía, lo cual no pasaba muy a menudo, dejaba entrever numerosas coronas metálicas. En general daba la imagen de un oso malhumorado y pulguiento.

—Vamos, muchacho, ¿piensas quedarte ahí hasta que mi trasero se congele? ¡Entra ya!

Alexéi entró, y muy pronto pudo quitarse el abrigo gracias al milagro de la calefacción. La cabaña estaba sucia y desordenada y además olía a rancio; el hombre se sentó en un sofá lleno de pelos y miró con recelo a las mascotas de Iván, desconocidas para él. Eran dos chuchos inmensos de raza indefinida y expresión inteligente, pero no parecían demasiado amistosos...

—Tranquilo, no te harán nada —lo tranquilizó Iván con su voz rasposa—. Están bien entrenados, saben quién manda aquí. Ahora —continuó, tomando asiento frente a Alexéi—, ¿qué tal el viaje? ¿Algún inconveniente?

—Ninguno —respondió Alexéi con precaución. Iván no era muy afecto a las conversaciones triviales, de modo que sus preguntas debían tener un objetivo concreto.

—¿Trajiste tu maletín, como te pedí?

—Siempre lo llevo conmigo. ¿Cuál es la urgencia?

—Bueno, resulta que...

Iván se levantó de su silla y comenzó a dar vueltas por la habitación, acompañado por uno de sus perros. El otro permaneció sobre la alfombra, pendiente de Alexéi.

El ermitaño se detuvo y miró fijamente a sus sobrino.

—He descubierto algo. Algo muy... peculiar. Te lo mostraré. Como siempre, tendrás que jurar discreción.

—Por supuesto.

Y más le valía. Él conocía los secretos sucios de su tío pero éste también conocía los suyos; siendo médico, no podía arriesgar su reputación.

Iván ponderó la respuesta de su sobrino y la tomó por sincera. A continuación, y con una sonrisa enigmática, le hizo señas a Alexéi.

—Sígueme. Ustedes no —dijo a los perros, que ya se habían pegado a su amo. Alexéi notó que ambos obedecían a regañadientes; lo que Iván ocultaba, pues, debía ser de su interés.

El médico caminó tras su tío, quien se dirigió a la habitación contigua. Ahí el viejo enrolló una alfombra peluda medio comida por las polillas, dejando a la vista una puerta camuflada que no era ningún misterio para Alexéi. Dicha puerta, que era de hierro, tenía un fuerte cerrojo; el viejo lo abrió con cuidado usando la llave que pendía de su cuello.

—No hagas alboroto —le indicó a Alexéi, y bajó por la escalera. Su sobrino lo imitó, presa de la curiosidad.

Una vez abajo, Iván encendió una lamparita que iluminó tenuemente la estancia, aunque la luz fue suficiente para revelar sus contenidos: aquí y allá, en cajas y bolsas que apestaban a naftalina, el hombre guardaba sus más recientes tesoros antes de mandarlos al mercado negro. A pesar de su puesto como guardia forestal, Iván pertenecía a una red de cazadores furtivos; por tal motivo Alexéi no se sorprendió al vislumbrar, en un rincón del sótano, una piel de tigre recién tratada que relucía con la promesa de un buen negocio.

Pero el hallazgo en cuestión era otro y se encontraba al fondo del sótano, en una jaula de acero.

Al principio Alexéi pensó que era un simio, un gorila albino. Pero ¿qué hacía un gorila en plena Rusia, tan lejos de su hábitat natural? Luego, observándolo con mayor detenimiento, comprendió que aquel ser no calificaba de gorila, y quizás tampoco de primate. Lo que sí estaba claro era la edad de la criatura: muy joven, a juzgar por sus proporciones; el equivalente a un niño de seis o siete años, aunque más robusto.

Los ojos pálidos del animal le devolvieron a Alexéi una mirada vidriosa, en la que el médico reconoció la obra de algún sedante.

—¿Qué... qué es eso? —le preguntó en susurros a su tío.

—Un hombre de las nieves, sin duda. Lo atrapé hace cuatro días. Justo después te envié mi carta. Está herido, ¿ves?, y necesito que me ayudes a mantenerlo vivo.

La criatura, en efecto, mostraba severas laceraciones en su brazo derecho producidas por una de las trampas de Iván. Otras heridas de menor consideración indicaban sus esfuerzos para escapar. El pequeño era fuerte: había rayado con sus uñas los barrotes de la jaula.

—Un hombre de las nieves... —repitió Alexéi, un tanto incrédulo. Sin embargo, lo que tenía ante sí no era un producto de su imaginación.

—Tuve que darle el doble de la dosis para bajarle los humos. No dejaba de morder y patalear, y no me hacía gracia que llamara a... mamá y papá.

Iván terminó la frase riendo entre dientes. Alexéi se volteó hacia él.

—¿Los has visto?

—Todavía no. Los he estado buscando, desde luego, pero son tan escurridizos... Ni siquiera sé cuándo se mudaron aquí. Es decir, me da la impresión de que son nómadas; seguramente se amparan en el frío, y por eso el mundo ignora su existencia. Aun así, justo ayer... ah, ayer seguí el rastro de un adulto. Nunca lo tuve a menos de doscientos metros, pero puedo asegurarte que era grande.

Alexéi hizo un gesto afirmativo y una sensación familiar lo recorrió de pies a cabeza: era la codicia, que igualmente reconoció en la mirada de su tío. Señalando la jaula, dijo:

—Sujétalo para que pueda anestesiarlo y lo atenderé arriba.

*****

La criatura aún dormía cuando Alexéi la devolvió a la jaula después de vendar sus heridas. Había aprovechado para examinarla bajo los efectos de la anestesia, y aunque no sabía mucho sobre anatomía animal, concluyó que era una especie muy diferente a las actuales. Quizás se tratara de un superviviente del Pleistoceno, época de los mastodontes y otros mamíferos raros. Imposible, sin embargo, determinarlo sin un estudio genético, aunque algo sí podía dar por sentado: aquella cosa, por su dentadura, era carnívora. Tenía unos preciosos colmillos de gato y muelas bien afiladas.

El hombre de las nieves, o niño de las nieves, en este caso, se hizo una bola dentro de la jaula y empezó a chuparse el pulgar del brazo sano.

—¿Cómo lo ves? —preguntó Iván a espaldas de Alexéi.

—Diría que el pronóstico es favorable. ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Notificar a la prensa?

Iván se acarició la barba, pensativo.

—Sí... pero antes me gustaría capturar un adulto, antes de que aparezcan esos estúpidos conservacionistas y me quiten la oportunidad de las manos. Dime, ¿cuánto crees que me pagaría un coleccionista?

—Bastante —replicó Alexéi mientras se incorporaba, sacudiéndose el polvo de las rodillas.

—¿Quieres sumarte al emprendimiento, como la otra vez? ¿Setenta a treinta?

—Sesenta a cuarenta.

Iván lo consideró un instante y extendió la mano. Alexéi la estrechó, y luego ambos hombres subieron a la casa a prepararlo todo para la cacería.

(Continuará...)

Gissel Escudero

21 de noviembre de 2011

Feliz cumpleaños, hijo querido

Para Larissa y Tristán.

Tienes que dejarlo ir. Era la frase que Laura más detestaba, y la razón por la que acababa de tachar otro nombre en su lista. No le guardaba rencor a nadie por decirla, pero... era ella quien tenía que decidirlo, y su corazón apuntaba en la dirección contraria. ¿Y cómo podía ser de otra manera? Cuando alguien te arrebata lo más precioso que tienes, algo que para ti significa más que el aire o la luz, ¿no es natural que quieras aferrarte a ello hasta el final? Laura así lo pensaba.

Lo había intentado, sin embargo. No el primer año, cuando la pena era tan grande que lo veía todo gris incluso en los días soleados, pero sí los tres años siguientes, y siempre con el mismo resultado: el dolor no se iba, ni los recuerdos, ni el vacío que había quedado dentro de ella después del fatídico día. Había cosas que simplemente no se podían olvidar. El amor era más fuerte que la voluntad propia y las buenas intenciones ajenas.

Laura estaba a punto de marcar otro número cuando sonó el timbre de su puerta. La joven fue a abrir.

—Hola, amiga —saludó Mariluz, exhibiendo la sonrisa amigable que la caracterizaba—. Traje el pastel que prometí, recién hecho. Creo que todavía está un poco tibio.

—Hola, Mari, pasa. ¡Y gracias por el pastel! Tendré que ponerlo en el refri para mañana, ¿no?

—Exacto. Así quedará en su punto.

—¿Puedo verlo? ¿O quieres que sea una sorpresa?

—Adelante.

Mariluz depositó la bandeja en la mesa y Laura quitó la tapa. La decoración era hermosa: cobertura de chocolate, pequeñas flores de azúcar y un dibujo de ponis sobre las palabras "Feliz Cumpleaños Tomasito". Sin velas.

—Oh, está perfecto. ¡Me encanta! Gracias, gracias, gracias.

Laura le dio un beso a su amiga.

—Me alegra que te guste —replicó Mariluz—. Si vamos a hacer esto, vamos a hacerlo bien, ¿cierto?

—Cierto.

Mariluz sostuvo unos segundos la mano de su amiga, y la sonrisa en su cara dejó paso a una expresión más seria.

—Estás segura, ¿verdad? Ya te he visto sufrir tanto...

—Sí, estoy segura. Tengo que hacer esto. Ya sabes lo que creo.

—Sí, lo sé. —Mariluz sonrió de nuevo—. Entonces, ¿a qué hora será la fiesta?

Las dos mujeres rieron.

—A las siete —contestó Laura—. ¿Podrás llegar a tiempo?

—Claro que sí. Bueno, siempre y cuando ninguna de mis pacientes decida parir fuera de fecha. Algunas tienen la mala costumbre de arruinar mis planes...

—Si eso pasa, al menos quiero fotos del recién nacido, para compensar.

—Trato hecho. Me voy al hospital ahora, que se me hace tarde.

—Y yo tengo que seguir llamando por teléfono. Aunque ya no sé si quiero que venga más gente. Podría comerme ese pastel yo sola...

—¡No te atrevas! Me pasé toda la mañana haciéndolo y yo también quiero probarlo. Mmm, podrías no llamar a todos los demás... —Mariluz cambió de tono por segunda vez—. A él no lo vas a llamar, supongo.

—Ya sabes que no. ¿Y por qué iba a querer venir, de todas maneras? Nuestro hijo sólo era una obligación para él. Viste lo rápido que se esfumó después del accidente.

—Lo siento. No debí mencionarlo.

—No te preocupes, hace rato que no me importa.

—Así se habla. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana.

Mariluz subió a su auto y saludó con la mano antes de arrancar. Laura se quedó en la puerta un buen rato. La reconfortaba saber que por lo menos había una persona capaz de entender lo que ella sentía y que además no la juzgaba por eso. Mariluz nunca le había insinuado siquiera que dejara ir lo que Laura consideraba el pedazo más grande de su alma.

Todavía en la puerta, cerró los ojos y aspiró hondo, aferrándose al marco para no caer. De pronto los ruidos de la calle habían agitado esos recuerdos que ella sí deseaba borrar de su mente: la visión del automóvil avanzando hacia ella, el aguijonazo de horror al anticipar lo que vendría a continuación, incluso la mirada estúpida del conductor mientras soltaba su teléfono y giraba el volante a fin de evitar el choque. Laura recordaba haberse protegido el vientre con ambas manos, aunque no le había servido de nada. Hubiera dado cualquier cosa por volver atrás y cambiar lo sucedido, decirse a sí misma que no confiara en la luz verde del semáforo porque no todo el mundo respetaba las leyes de tránsito. Lástima que no fuera posible viajar en el tiempo. Lástima que no pudiera salvar a su hijo para celebrar su cumpleaños con él presente.

Superado el momento de angustia, Laura cerró la puerta y volvió al teléfono. No le quedaban muchas llamadas por hacer. Tal vez consiguiera un par de invitados más para la fiesta... sobre todo si les mencionaba lo del pastel.

Mientras marcaba los últimos números, Laura contempló la imagen impresa que había enmarcado y puesto en una pared de la sala. Era lo más cercano que tenía a una foto de su hijo: una captura de la última ecografía antes del accidente, tomada por Mariluz en el hospital. Ahora que lo pensaba, su amiga también era la única que no llamaba "embriones" ni "fetos" a sus diminutos pacientes no nacidos; los llamaba "bebés en camino", o se refería a ellos directamente por los nombres que sus padres hubieran decidido. Era por eso que Mariluz entendía: su trabajo era cuidar esas pequeñas vidas desde el principio y asegurarse de que fueran amadas incluso antes de tener una cara.

Después del accidente, Mariluz había llorado con ella tras informarle que su Tomasito ya no vivía.

Finalmente la lista de invitados estuvo completa. O la lista de posibles invitados, más bien. Laura aún no estaba segura de que fueran a presentarse todos los que le habían dicho que sí. Tal vez decidieran en el último momento que no debían "seguirle la corriente en sus locas fantasías" o algo así. Pero a Laura ya no le afectaba que le dijeran esas barbaridades de frente o a sus espaldas. Sabía que estaba perfectamente cuerda. Ella había querido a su hijo desde su concepción, y el hecho de que no hubiera llegado a nacer no cambiaba nada. Él estaba en el cielo y ella iba a celebrar su cumpleaños en la fecha que más o menos le habían calculado para el parto. No era un acto de locura, sino de amor. Y que los demás pensaran lo que les diera la gana.

Laura pasó el resto de la tarde haciendo bocadillos para la fiesta. Tenía por acompañamiento el canto de los pájaros que revoloteaban por su pequeño jardín, muchos de ellos en pleno cortejo primaveral. Si el día siguiente era igual de bonito y soleado, sería una fiesta de cumpleaños perfecta.

Volvió a sonar el timbre de su casa. ¿Quién podía ser ahora? No esperaba a nadie más...

Al abrir la puerta, por un instante la joven se quedó sin aliento: de pie en el umbral se hallaba el hombre más hermoso que hubiera visto en toda su vida. No había nada fuera de lo normal en sus facciones, pero la expresión en su rostro era tan bondadosa que lo iluminaba por entero, haciéndolo resplandecer como los árboles y las flores en el jardín. Un chiquillo lo acompañaba. No debía tener más de cinco años, y su mirada inocente y pura también cortaba la respiración.

—Buenas tardes —dijo el hombre—. Mi auto acaba de estropearse y estamos esperando a que lo vengan a buscar. ¿Podría darle un vaso de agua a mi pequeño amigo?

A Laura le costó responder la pregunta. Se había quedado sin habla.

—Eh... sí... Un vaso de agua. Claro.

La joven dio media vuelta y se dirigió a la cocina; luego se percató de que había dejado la puerta abierta frente a un completo desconocido, pero en lugar de retroceder para cerrarla hizo algo todavía menos acostumbrado: les indicó al hombre y al niño que pasaran al interior de la casa.

—Siéntense por ahí —dijo ella—. Enseguida vuelvo.

¿Qué rayos le pasaba? De pronto sentía como si estuviera en las nubes, y ni siquiera se fijó en lo que hacía. Llenó un vaso con agua en forma automática, y de igual manera volvió a la sala.

—Aquí tienes, corazón —dijo Laura, y el niño le dedicó una sonrisa tan tierna que lo hizo parecer un angelito de pintura renacentista.

—¿Interrumpimos algo? —preguntó el hombre, señalando el paquete de globos y otras decoraciones que había en la mesa.

—No se preocupe. Estaba preparando una fiesta de cumpleaños, pero será mañana.

—Para un niño, supongo. O una niña.

—Un niño. Mi hijo. Cumplirá cinco años.

—Igual que mi pequeño amigo —dijo el hombre—. Justamente íbamos a su propia fiesta.

—¿En serio? ¡Qué coincidencia! —Laura se dirigió al niño, quien ya estaba terminando de beberse el agua—: ¿Te gustaría llevarte un globo, corazón? Tengo muchos.

El chiquillo aintió, siempre con la sonrisa tierna en sus labios. En verdad era un encanto, pensó Laura, sacando del paquete el globo más colorido. Lo infló en pocos segundos, le puso un cordel y se lo entregó al niño, quien a su vez le devolvió el vaso.

—Gracias —dijo el chiquillo—. ¿Puedo ir al baño?

—Claro que sí, tesoro. Está por allá, en la puerta que tiene el dibujo de un pez.

Laura asumió que el hombre se levantaría para acompañarlo, pero el niño marchó al baño él solito, muy confiado.

—Parece muy inteligente —observó la joven.

—Lo es —replicó el hombre—. Es el niño más inteligente y más cariñoso que he tenido que cuidar.

—¿A eso se dedica?

—Sí. Yo cuido a los niños que por un tiempo no pueden estar con sus padres, hasta que los padres por fin se reúnen con ellos.

A Laura le pareció una respuesta muy extraña, especialmente por el tono en que fue dicha. Pero todo en aquel hombre resultaba muy extraño.

—¿Usted viene de otro país? —inquirió la joven.

—Algo así. ¿A qué hora vendrá a casa su hijo? Sería lindo que mi amigo lo conociera.

Laura no estaba preparada para eso. Tardó bastante en responder, porque no quería mentirle a aquel hombre pero tampoco le resultaba fácil decirle la verdad sobre su hijo a un desconocido. La voz le tembló un poco al contestar:

—Él... no va a venir. Murió antes de nacer por un accidente de tráfico. Pero sé que está con Dios, así que voy a hacerle la fiesta para que la vea y sepa que no lo he olvidado.

Laura no desvió la mirada del hombre. Que frunciera el ceño, si quería, tal como la joven había visto hacer a muchas personas que no se molestaban en entenderla. El hombre, sin embargo, se limitó a asentir. La expresión en su rostro era de compasión.

—Lamento escuchar que su hijo murió —dijo él poco después—. Aunque si está con Dios, no podemos decir que haya muerto, ¿verdad?

—¿Entonces me comprende?

—La comprendo mucho mejor de lo que podría imaginar.

En el cuarto de baño se escuchó el sonido de la cadena y luego el del lavabo. Después se oyó el chasquido de la puerta... pero el niño no volvió a la sala. Pasaron varios minutos sin novedades.

—¿Por qué no va a buscar a mi amiguito? —le dijo el hombre a Laura—. Me da la impresión de que se ha entretenido por ahí. Es un poquito travieso.

Sintiéndose de nuevo como en las nubes, o quizás en un sueño, Laura caminó por el pasillo examinando las habitaciones. El niño no estaba en la cocina, tampoco en el baño ni en el cuarto de invitados. Sólo quedaba un lugar: el dormitorio de ella, detrás de la puerta entornada. Laura entró a la habitación conteniendo el aliento, porque de pronto tenía la sensación de que algo extraordinario, algo mágico y maravilloso, estaba a punto de suceder.

La joven coleccionaba animales de peluche y solía poner sus favoritos sobre la cama. Ahí se encontraba el niño, y tenía en sus brazos un unicornio blanco con pezuñas y cuerno de tela dorada. Laura empezó a llorar sin darse cuenta. ¿Por qué, entre todos los animales de peluche en la habitación, el niño había elegido precisamente el que más significado tenía para ella, y justo en ese día? ¿Podían existir semejantes coincidencias? Las manos del niño acariciaban las suaves crines del unicornio.

—¿Te... te gusta? —balbuceó la joven. El niño asintió. Laura se sentó junto a él en la cama—. Es muy especial. Se llama Alegre.

El niño no contestó. De pronto miraba a Laura con unos ojos muy grandes y dulces, pero algo tristes a la vez. Tocó una mejilla de la joven para secar las lágrimas que ella no había notado aún.

—¿Es verdad que hoy es tu cumpleaños? —preguntó la joven.

—Sí. Y yo quería estar con mi mamá. Por eso el señor brillante me dejó venir. Dijo que ella me extrañaba mucho.

—¿Señor brillante? ¿El hombre que te trajo aquí?

—No. Él me cuida a mí. El señor brillante nos cuida a todos, también a mi mamá.

Laura sintió un nudo en la garganta. Quería decir algo pero no sabía qué, y cerró los ojos un momento tratando de ordenar la confusión en su cabeza. Una parte de ella, la parte racional, suponía que el niño estaba hablando del director de un orfanato o algo así, pero otra parte aún más profunda, una que vivía en su corazón, le decía algo muy diferente. Laura abrió los ojos. Ella había imaginado cómo sería su Tomasito: sus ojos, su nariz, su boca, el color de su pelo. Mariluz la había ayudado con eso, sabiendo cuáles eran los rasgos más heredables.

El niño que Laura tenía enfrente se parecía mucho a la imagen que ella había creado de su propio hijo.

Laura abrazó al niño y él le echó los brazos al cuello. Estuvieron así un buen rato, sin hablar, y la joven deseó que ese instante durara para siempre. Podía escuchar los latidos del pequeño y fuerte corazón junto a ella, y sentir las manitos cálidas enredadas en su pelo. Era tan hermoso como lo había soñado.

—Mi padre no suele permitir que yo haga esto —dijo el hombre desde la puerta—. Pero tu amor y tu fe son tan profundos que me dio permiso de hacer una excepción.

—¿Puede... puede quedarse conmigo? —preguntó Laura entre sollozos.

—Sólo este día. Y nadie más debe saberlo.

—Claro. Son las reglas, ¿no? —La joven se las arregló para componer una sonrisa, enjugando sus lágrimas—. Pero un día está bien. Ya es más de lo que había tenido hasta ahora, y doy las gracias por eso.

El hombre devolvió la sonrisa y añadió:

—Él hubiera nacido en esta fecha.

—¿Ah, sí? —Laura se separó de su hijo y le dio un beso en la frente—. Feliz cumpleaños, mi Tomasito. ¿Vamos a celebrar? Una amiga mía hizo un pastel. Puedes traer a Alegre si quieres. No sé si lo sabes, pero lo había comprado para cuando nacieras. Por eso dije que era especial.

—Sí, lo sabía, mami. Te quiero.

La sonrisa de Laura se hizo más amplia, y volvió a estrechar a su hijo acariciándole la cabeza y la espalda como si pudiera fundirse con él. Seguía llorando, pero nunca se había sentido más feliz.

—Yo también te quiero, hijo mío. Te quiero más que nada, mi tesoro.

*****

Mariluz fue la primera en aparecer al día siguiente, vestida para la ocasión y trayendo las bebidas que había prometido. Encontró las decoraciones en su sitio... y un pastel diferente sobre la mesa.

—¡Eh!, ¿qué pasó con el mío? —preguntó ella después de saludar.

—No te preocupes, te guardé un pedazo bien grande —respondió Laura—. Es que ayer tuve unas visitas inesperadas. A un hombre se le rompió el auto, y justo iba con un niño que también cumplía años.

—Oh. Bueno.

—No estás enojada, ¿verdad?

—Oh, no. No te preocupes. ¿Estaba bueno el pastel?

—Te quedó delicioso. Hazme acordar de darte tu porción cuando te vayas.

—Está bien. Me alegra verte tan contenta, por cierto. Imagino que la pasaron bien.

—Fue genial. Ese niño era un verdadero angelito. —Laura sonrió como si acabara de hacer alguna especie de broma—. Por favor, pon las bebidas en el refri para que no se calienten. Varios invitados me llamaron esta mañana para confirmar que vendrían, ¿no es grandioso? Espérame aquí, voy a cambiarme.

—De acuerdo —respondió Mariluz, y enarcó las cejas mientras veía a su amiga alejarse por el pasillo. Había algo raro en su actitud, pero no sabía qué. Daba igual, supuso, y se dirigió a la cocina para guardar las botellas. Sería una fiesta estupenda, se dijo; una celebración de la vida y el amor que sobrevive a todo. La alegraba que Laura fuera feliz.

Mariluz cerró la puerta del refrigerador, y por un instante se quedó mirando las dos hojas de papel que había pegadas ahí con sendos imanes: una era el dibujo infantil de una mujer y un niño, tomados de la mano y flotando entre las nubes, y en la otra se veía la impresión de dos palmas, una grande y una pequeña, rodeadas por un corazón.

Afuera de la casa, los pájaros cantaban como un coro celestial.

Gissel Escudero

Larissa Orellana es mi amiga y también fundadora de Primavida Fundación, que ella define de esta manera:

Primavida es una fundación sin ánimos de lucro, apolítica y pro vida. Cabe aclarar que es ajena a los exabruptos comúnmente usados para defender dicha posición. Salvar vidas es una labor que pide alejarse para siempre de la violencia, a fin de manifestarse con la ternura y la pureza del amor.

[...]

La fundación ha sido creada por Larissa Orellana, quien es cristiana evangélica. Primavida incluye el mensaje bíblico. Sin embargo, no excluye a nadie que desee acercarse teniendo otras creencias.

[...]

El aborto lastima profundamente el alma de las mujeres, incluso cuando ellas se sentían seguras de su decisión. La fundación quiere ayudarlas e invitarlas a ayudar. Si estás embarazada en medio de una situación difícil, acércate a Primavida. Nadie levantará juicio en contra tuya. Se respetará tu intimidad.

En caso de que estés arrepentida por el aborto que te practicaste, no dudes en acercarte a Primavida. No serás criticada. No serás ofendida. Recibirás ayuda y podrás, tú misma, convertirte en abrazo para otras mujeres que están atravesando la situación espinosa que ya conoces.


Apoyo completamente la labor de Primavida Fundación. Espero que ustedes también :-)

9 de noviembre de 2011

Luna de sangre (parte 7/7)

El viejo despertó más temprano que de costumbre a causa de los maullidos en su puerta. Restregándose los ojos y tratando de no golpearse contra los muebles en la oscuridad de su casa, se dirigió a la entrada. ¿Qué diantres querría de él un gato callejero?

Habían pasado tres días desde la masacre en la colina. Él creía todo lo que le contaron al respecto a pesar de no haber estado ahí, porque las distintas versiones formaban un conjunto coherente y nadie parecía estar exagerando los hechos... ni siquiera en referencia a los demonios, la bruja o el vampiro. Gracias a Dios, ninguno de aquellos seres volvería a hacer de las suyas.

La criatura de los ojos rojos, en cambio, había huido. El sacerdote insistía en la búsqueda, pero a estas alturas la gente del pueblo no la tomaba muy en serio al suponer que dicho engendro debía estar ya muy lejos.

Ojalá fuera así...

El hombre abrió la puerta y se enfrentó al gato que maullaba al pie de las escaleras. Era pequeño y blanco, muy bonito y con cara de hambre. Tenía un arañazo en la mejilla, producto sin duda de una pelea con otro de su especie.

Se inclinó para acariciarlo; sin embargo, todavía recordaba lo que había dicho el sacerdote acerca de que el monstruo podía disfrazarse de gato negro, por lo que decidió hacer una prueba: con dedos un poco torpes se quitó la cadena del cuello y le mostró al felino la crucecita de plata, esperando su reacción.

El gato, muy contento, se puso a manotear la cadena y la cruz igual que un bebé juguetón. ¡Qué ternura! El viejo se reprendió a sí mismo por ser tan suspicaz; era un animalito común y corriente, y además blanco. No había nada que temer. Sonriendo, le hizo un gesto de invitación.

El felino entró a la casa, olfateó los muebles y aceptó la comida que el humano le ofreció. Pero no tocó la leche; sólo devoró la carne cruda y luego limpió a lengüetazos la sangre del plato. Más tarde se tumbó en el regazo del hombre mientras éste leía un libro y le concedió el privilegio de rascarle la barbilla.

Al caer la noche, el gato salió al exterior por una ventana sin perturbar el sueño del anciano. Su pelo se había vuelto negro y sus ojos eran ahora amarillos.

Tenía sed... mucha sed... una sed tan grande que no guardaba proporción con el tamaño de su cuerpo.

El animal anduvo por las calles desiertas, alejándose lo más posible de la casa de su anfitrión porque no quería llamar la atención sobre su nueva residencia. De lo contrario, el sacerdote lo detectaría en poco tiempo, y prefería reservar ese encuentro para más adelante... cuando su poder fuera aún mayor. De ese modo aseguraría su victoria.

Una lechuza divisó al gato desde la torre de la iglesia y se le erizaron las plumas; en un callejón, ratones y ratas escaparon de él a toda velocidad, aunque el gato buscaba una presa más sustanciosa que unos raquíticos roedores. Y por fin dio con ella...

La ventana estaba cerrada, pero el gato la abrió con un roce de sus bigotes y se metió en la habitación del niño. Allí estaba él: dormido en su cama y chupándose el pulgar. Procurando no despertarlo, el gato lo observó unos momentos con el afecto de un hombre gordo ante una mesa repleta de víveres.

Enseñando unos terribles colmillos, mordió al niño en su frágil cuello, puncionándole las venas y apretando a la vez su garganta para impedirle respirar o gritar. El chiquillo despertó y sacudió sus brazos y piernas, pero era débil y la lucha no duró más de dos minutos: un lapso muy largo para el niño y demasiado corto para su asesino. Cuando el gato acabó, el pequeño cuerpo humano yacía quieto sobre las sábanas, con los labios azules, la lengua afuera y los ojos abiertos y aterrorizados.

El felino bajó de la cama. La casa seguía en silencio. ¿Cuántas personas más habría en su interior? ¡Ya que estaba ahí, debía aprovechar al máximo la visita!

La noche volvió a recibir al gato, quien había dejado atrás un hogar cuyo silencio podía calificarse ahora de sepulcral. Su barriga estaba tensa como la de una sanguijuela recién desprendida de su víctima... pero pronto tendría sed otra vez. Menos mal que el pueblo era grande.

Al pensar en todas esas personas, los ojos del gato destellaron en rojo intenso como la luna en el cielo.

Era tiempo de cazar...

Gissel Escudero