2 de diciembre de 2010

La Reina de las Tinieblas

(Esta historia se me ocurrió en un sueño. En dicho sueño yo encontraba un libro, leía la sinopsis en la contratapa, y la sinopsis era, justamente, esta historia. ¡Vaya forma de tener una idea! Escribí el relato con relativa facilidad, como si se hubiera formado solo en mi cabeza. A veces me pregunto si no habrá llegado a mis neuronas desde algún lugar en el éter cósmico del inconsciente colectivo o algo así :-P)

Por la ventana sólo se veía una cortina gris de agua. La escasa luz que entraba a la habitación proyectaba el líquido sobre las paredes, en hilos serpenteantes que se deslizaban del techo al suelo sin que ningún objeto interrumpiera su recorrido. Allí dentro no había más que una mesita, un sillón y un hombre vestido de negro que en ese instante miraba hacia el exterior. El florero en la mesita hubiera podido dar un toque de color a la estancia, pero sus flores estaban marchitas.

Cerrando los ojos, el hombre de negro se concentró una vez más en el rostro que deseaba recordar. No le resultó difícil: lo tenía bien claro en su mente. Sin embargo, no era lo mismo pensar en una cara que trasladarla al papel; por alguna razón, los detalles se le escapaban.

Todavía con los ojos cerrados, Jean-Philippe casi podía sentir que ella lo observaba desde la página blanca. Él no sabía el nombre de la mujer. Tampoco sabía de qué color eran sus ojos, o sus labios. En realidad nunca la había visto más que en sueños y visiones, pero algo sí tenía por seguro: ella existía. Estaba allá afuera, en alguna parte, y cada día él la buscaba entre la anónima multitud. Tarde o temprano la encontraría, aunque se le fuera la vida en ello.

La puerta se abrió suavemente y un perfume exquisito alivió la pesada atmósfera del cuarto vacío. Pero Jean frunció el ceño, molesto por la intromisión.

—Vete —le dijo a la criada sin voltearse hacia ella.

—Señor, el jardinero acaba de cortar estas rosas...

—No me importa. Llévatelas.

—Las del florero están...

—Ya lo sé. Déjalas así.

La criada titubeó, de pie en el umbral. Criatura estúpida, ¿por qué no se iba?

—Lárgate ya. Y que nadie vuelva a importunarme hasta la hora de la cena.

—E-entiendo, señor. Disculpadme.

—Cierra la puerta al salir.

Y la criada se marchó, derramando un par de lágrimas sobre los pétalos ya mojados.

Así estaba mejor. Jean inclinó la cabeza hacia el cuaderno y afinó el carboncillo en el borde del papel.

El rostro de la mujer, apenas delineado, era muy hermoso. Delicado pero intenso, como el de un bello animal salvaje que es capaz de matar. Cutis de paloma, expresión de gato; fascinante combinación. El cabello oscuro se extendía por el resto de la página en fieros mechones.

Hacía muchos años que Jean la buscaba. Desde el primer momento que apareció ante él, como un contraste de luces y sombras en el abismo de su inconsciente. Ella le hablaba en susurros, y aunque nunca podía entender sus palabras, su voz lo atraía con mayor intensidad que cualquier otra cosa a su alrededor. Era el encanto de lo intangible.

Jean acercó el carboncillo al dibujo, pero su mano se negaba a complacerlo. Ofuscado, dejó el cuaderno sobre la mesita.

Junto al florero unas letras doradas reflejaban el agua con un brillo pálido. Era una invitación para el cumpleaños del rey, y aunque Jean, por su título nobiliario, estaba obligado a asistir, no tenía el más mínimo deseo de presentarse en la fiesta. Sin embargo, tampoco se le ocurría nada mejor que hacer.

¿Y si ella lo aguardaba ahí, en algún rincón del palacio?

Esta idea, que surgió de pronto, avivó el espíritu de Jean. La esperanza brotó en su corazón llenándolo de energía, y entonces el rostro anhelado se definió en todas sus líneas como si lo tuviera a un palmo de distancia.

Unos pétalos secos cayeron sobre el cuaderno, en los trazos ondulantes del cabello. Con un atisbo de sonrisa que raras veces aparecía en sus facciones, el hombre sacudió los pétalos, sujetó el carboncillo entre sus dedos y terminó el dibujo mientras la lluvia continuaba regando el paisaje.

(Éste es el comienzo del relato. Si les ha picado la curiosidad, pueden bajarse el resto desde aquí.)

Gissel Escudero

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