30 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 5/5)

El tren seguía circulando por aquel paisaje que cada vez se volvía más surrealista.

—El paciente estaba un poco inmóvil cuando lo dejó, ¿verdad, enfermera? Un poco frío.

El desconocido rió por lo bajo, como si acabara de contar un chiste de mal gusto.

—¿Cómo es que sabe eso? —preguntó ella.

—Sé lo que todos ustedes han estado haciendo. Por eso estamos aquí.

—Esto es una locura —dijo el policía. La niña, dado que su madre seguía inconsciente, se había pegado a él en busca de protección.

—No, no es una locura, oficial Correa, aunque entiendo que esté confundido. Yo también lo estuve en su momento. Pero antes de las explicaciones debe venir la verdad. ¿Por que no se confiesa con nosotros, oficial? Tenemos mucho en común, aunque no lo parezca a simple vista.

El policía guardó silencio y abrazó a la niña.

—Oh, vamos, oficial no sea tímido. Además, fui yo quien le sugirió que ese asesinato parecía la obra del sospechoso que salió libre por una estúpida duda razonable. Claro que usted no se fijó en mí, porque estaba muy ocupado plantando la evidencia bajo la mesa. No se preocupe: nadie más lo vio hacerlo. Ni esta vez... ni las anteriores.

El policía tragó saliva y por fin se atrevió a decir:

—Todos sabíamos quiénes eran los culpables. Pero no había pruebas suficientes.

—¿No es odioso cuando pasa eso? Alguien tenía que arreglarlo. Alguien como usted.

—¿A qué se refiere?

El desconocido no respondió, sino que se agachó un poco para mirar a la niña a los ojos.

—¿Y qué me dices de ti, pequeña Lucía? ¿Qué fue lo que hiciste ayer? Te dije que ese perro malo que mordió a tu amiga iba a morder a otros niños, y tú te hiciste cargo. ¡Y cargaste todas esas piedras tú sola! Te felicito.

La niña escondió el rostro bajo el brazo del policía y empezó a llorar.

—Déjela en paz —le ordenó Santiago al hombre de los ojos grises. Éste se encogió de hombros.

—No es mi culpa que la verdad cause ese efecto.

—Pero usted nos dijo que hiciéramos esas cosas, ¿o no? Sin un empujón...

—Oh, vamos, contador Pereira. ¿Realmente hubiera desaprovechado la oportunidad que se le brindó? Además, tampoco fue la primera vez. Para ninguno de ustedes.

—¿Qué es lo que quiere de nosotros? —preguntó Tatiana.

—Para empezar, un poco de sinceridad. Ustedes me miran como si estuvieran escandalizados de sus propias acciones, pero yo sé que en el fondo no es así. Y lo sé porque yo tampoco tuve muchos cargos de conciencia. Dígame, enfermera, ¿cuántos pacientes fueron? ¿Tres? ¿Cuatro? Y estoy seguro de que no se arrepiente.

Tatiana cerró los ojos un instante. Creyó que brotarían lágrimas de ellos, pero no fue así. Después abrió los ojos, enderezó la espalda y dijo:

—Fueron cinco. Todos lo merecían, y no, no me arrepiento. Es más, si pudiera retroceder en el tiempo, lo volvería a hacer.

El desconocido sonrió y miró a Santiago. El contador maldijo en voz baja, pero luego chasqueó la lengua y respondió la pregunta no formulada.

—Ah, qué diablos. Sí, yo le robé a un montón de clientes. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Todos ellos eran corruptos y codiciosos. Dicen que quien roba a un ladrón... Sería idiota si me arrepintiera de eso.

—Gracias —dijo el desconocido—. Eso era lo que necesitaba.

—¿Y ahora qué? —preguntó el policía, señalando hacia afuera con el brazo libre—. ¿Es eso el infierno? ¿Estamos condenados?

—Para nada. Esto es más bien... una entrevista de empleo.

—¿Qué?

—Una entrevista de empleo. Es mi jefe quien conduce este tren. Él arregló las circunstancias que los trajeron a todos aquí esta noche. Ahora tendrán que elegir, como yo lo hice hace un tiempo.

—¿Elegir qué? —preguntó Tatiana con voz chillona.

—Pueden aceptar el empleo. Todos ustedes están calificados: sólo hace falta haber caminado por la línea entre el bien y el mal sin caer al otro lado. Cualquiera de ustedes pudo haber matado a ese drogadicto. Aunque me sorprendió que la niña reaccionara así, de veras; era posible, pero no probable. Supongo que los niños de ahora son diferentes. Esos videojuegos violentos...

—¿Y qué se supone qué haríamos?

—Algo muy parecido a lo que han venido haciendo hasta ahora. No puedo dar más detalles. No es un trabajo muy agradable, pero... hay beneficios.

—No parece una oferta muy tentadora —dijo Santiago—. ¿Por qué habríamos de aceptar?

—Porque hay cosas que no se toleran en nuestro mundo. Tarde o temprano serán descubiertos y castigados severamente. Es inevitable, si siguen como hasta ahora; y está en la naturaleza de cada uno de ustedes, así que no dejarán de hacerlo.

—¿Son las únicas alternativas?

—Básicamente, sí.

Se mantuvieron callados un rato después de eso. Tatiana apartó la vista de las ventanillas; había más cosas horribles que antes, pero lo que la asustaba era que en realidad ese extraño mundo la atraía.

El policía habló:

—¿Y si me retirara mañana mismo? ¿Evitaría así que me descubrieran? Me iría lejos, a la casa de mi hermana en el campo. Donde no hubiera... tentaciones.

—Tendría que preguntarle a mi jefe —respondió el desconocido—. Sólo él sabe esas cosas. Si me espera unos minutos...

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La niña. Ella no puede tomar una decisión así. Si yo... no sé, hablara con ella, tal vez podría cambiarla, ¿no? Los niños aprenden.

—De acuerdo, preguntaré por la niña también. Preguntaré por todos. Ya vuelvo —dijo el desconocido con un ligero tono de fastidio, y salió del vagón.

—Yo no quiero ir con ese señor —dijo Lucía—. Quiero volver a casa con mi mamá.

—Tranquila —dijo el policía, abrazándola con fuerza—. Todo saldrá bien.

—Yo no maté al perro. Sólo le tiré unas piedras para lastimarlo y que los dueños no lo dejen suelto nunca más. Y lo que le hice a Natalia... es que ella le pegaba a otros niños, y a mí me...

La chiquilla se quedó sin voz y volvió a apretar la cara contra el cuerpo del policía, mojándole el uniforme con sus lágrimas. Tatiana volvió a revisar a la madre. Sus signos vitales eran fuertes y estables, y la enfermera pensó que quizás no estuviera precisamente desmayada.

Todos dieron un salto cuando algo golpeó el techo. Luego se oyeron sonidos de uñas rascando el metal, pero lo que fuera que hubiera arriba debió perder el interés, porque los ruidos cesaron. Tatiana se persignó aunque ya no era católica; sin embargo, otra parte de ella sentía curiosidad por el ser que había rascado el techo.

El desconocido regresó al vagón y le habló al policía.

—Mi jefe dice que usted y la niña no tendrán problemas si hace las cosas tal como dijo.

—¿Y nosotros dos? —preguntó Santiago.

—Ustedes dos aún tienen que elegir. Mi jefe dice que lo que les espera no es nada bueno, y él raras veces se equivoca. El futuro sería especialmente malo para usted, contador.

—Eso no me sorprende demasiado. Sé para quiénes trabajo.

—¿Entonces qué decide? ¿Aceptará el nuevo empleo?

—¿Cómo saber que esto no es un engaño?

—Vamos, ¿siente en su corazón que sea un engaño? Un estafador debería ser capaz de reconocer una estafa.

—Mmm, eso es verdad. No, no siento que sea un engaño. De acuerdo, acepto.

Tatiana abrió mucho los ojos, como si de pronto todo el peso de la situación hubiera caído sobre ella. Para empeorar las cosas, el desconocido le dijo:

—Estamos esperando. Usted es la última, enfermera, ¿qué decide?

A Tatiana le costó abrir la boca para responder.

—Yo... no lo sé. ¿Qué es lo que haría exactamente?

—Ya lo dije, no puedo dar detalles. Es algo que requiere la frialdad de quien es capaz de hacer juicios morales y actuar en consecuencia. Pongámoslo de esta manera: ¿qué clase de persona oprime los botones de una silla eléctrica para matar a un asesino, pensando que es lo justo y sin que ello le quite el sueño?

—Pero no está bien juzgar. No está bien pretender ser Dios.

—Ah, pero usted ya no cree en Dios, ¿verdad? Por eso hace lo que hace.

—Aún creo —respondió Tatiana—. Pero el día que maté a ese primer paciente le di la espalda a Dios. Tampoco me arrepiento de eso. Que Él me juzgue cuando llegue la hora.

El desconocido sonrió y dijo:

—Ahora comprendo por qué mi jefe tenía un interés especial en usted, enfermera. Es un caso bastante raro, ¿sabe? ¿Acepta unirse a nosotros?

Tatiana retuvo el aire unos segundos y luego lo dejó ir. Su respuesta salió como un suspiro.

—Sí.

—¡Perfecto! Entonces ya podemos volver a la estación.

El hombre sacó su móvil y marcó un número.

—Se acabó —dijo al aparato.

Eventualmente el paisaje volvió a la normalidad. Llegaron a la estación sin más contratiempos, y el tren disminuyó la velocidad hasta detenerse. El policía tomó en sus brazos a la madre de la niña.

—Ella despertará en unos minutos, una vez que el tren se ponga en marcha de nuevo —aseguró el desconocido. El policía asintió y le dijo a Lucía:

—¿Puedes cargar la cartera de tu mamá y ese bolso?

La niña obedeció. El bolso debía pesarle, pero ella no protestó; seguramente quería irse de ahí cuanto antes. Las puertas se abrieron.

—¿Y mi amiga? —preguntó Tatiana—. Ella me está esperando.

—Ella ya no está esperando —replicó el desconocido—. Dejó de esperar en el momento que aceptaste la oferta. Puedo tutearte, ¿verdad? Después de todo, ahora somos colegas.

Tatiana no respondió. El policía bajó al andén con la mujer en brazos, seguido de cerca por la niña. Sólo se volvió un instante para mirar a los tres ocupantes del vagón, pero luego volteó la cara como si quisiera olvidar que alguna vez los había conocido. Las puertas se cerraron. El tren continuó su viaje.

Mientras veía la estación desaparecer en la distancia, sustituida poco a poco por aquel paisaje que bien podía haber imaginado un pintor loco, Tatiana estiró una mano hacia Santiago, y él la tomó con la suya.

Las ruedas giraron sobre las vías de camino a... alguna parte.

Gissel Escudero

Nota: Lo sé, el final de esta historia es algo anticlimático y totalmente abierto. Puede quedar a la imaginación del lector... o puedo escribir la continuación. La idea está ahí, y me gusta. Si quieren conocer el destino de mis personajes, estaré encantada de darles el gusto. Podemos viajar juntos a donde ese tren nos lleve...

Nota añadida el 5/4/2012: La continuación ya está escrita. Pueden empezar a leerla desde aquí.

4 comentarios:

  1. Fantástico un inicio de año con el final de una buena historia!!!
    Lo que más me ha encantado el mundo aquel mezcla de el mio, el de hp y el de King... Genial.
    En que se han convertido ahora ellos, en angeles? en diablos... son ahora hacedores de la muerte?

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  2. ¡Gracias, William! ♥ ♥ ♥

    Ah, pero de la continuación te enterarás cuando la escriba (ya está decidido que la escribiré). Mientras tanto, puedes tratar de imaginártela. Se aceptan las hipótesis más descabelladas :-P

    ¡Besotes de año nuevo!

    G.

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  3. Hola, permiso. Sí, ya sé que tengo media falta; siempre llego tarde. En fin, te comenté todos los fragmentos, pero como soy un banana no sé qué hice mal que no salieron. Bueno, primero que nada, me gustó mucho, tanto la historia como la forma de escribir que tiene la autora, osease, vos. Me encantó el flash back que me tuvo enganchado en todo momento. También coincido con William en cuanto a eso de las casas como caras, está muy bueno. Me hice cada cabezas con esta historia que no está escrito XD Y esos momentos finales en donde los protas se dan cuenta que ya no están en Kansas, es una de mis partes favoritas, aunque para serte sincero, todas lo fueron, me lo zampé de una sola vez y no pude parar de leer (eso rima). Justamente ayer estuve leyendo: "Xenofobia linguistica", que te puedo decir, hay como un "español universal" que lo puede entender todo el mundo (de habla hispana) y si por ahí hay una expresión local como que no debería chocar tanto, ¿no?
    Comentaba con una compañera de trabajo ese tema de la delincuencia en estos días, y sobre todo en Uruguay, y le decía que para mí te la jugaste (sin llegar a ser una super heroína) porque hay muchos que de pronto no dicen algo por ser "políticamente ( o moralmente) incorrecto", y eso es una estupidez.
    Ok, no escribo más, un placer leerte.

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    Respuestas
    1. No problem, yo no castigo a nadie por lo de las faltas :-) Lo lamento si algunos comentarios no salieron. Tengo la moderación activada por culpa de la propaganda. A veces se come algún comentario, por desgracia, pero no puedo desactivarla porque todos los días vienen bots a plantarme mensajes indeseados :-( Apruebo todos los demás mensajes que quedan registrados. (Como estas cosas me han pasado a mí también en otros blogs, mi recomendación es escribir el comentario en el bloc de notas y pegarlo en la ventana del blog. Si acaso no se registra, siempre puedes pegarlo de nuevo.)

      Me alegra mucho que te haya gustado la historia :-) ¡Mil gracias! En cuanto al español, yo trato justamente de escribir en ese "español neutro", pero al parecer nunca puedo conformar a todo el mundo :-P Y sí, lo de la delincuencia viene bravo por aquí, y los políticos ponen excusas de todo tipo en lugar de meter a los criminales presos y ponerlos a trabajar, y mejorar el sistema educativo para que la gente trabaje y no se dedique a robar. Hay muchos que ya estamos cansados de eso, no sólo yo. Y como no me molesta ser políticamente incorrecta... :-) Puse algo en este otro post: http://elmundodegissel.blogspot.com/2012/11/formulario-para-delincuentes.html, para destacar a qué extremos absurdos estamos llegando.

      En fin, gracias por leerme :-)

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