29 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 4/5)

Tatiana había viajado antes en ese tren, pero lo que veía en ese momento no se parecía mucho al paisaje que ella conocía. No había casas ni cables del tendido eléctrico; tampoco se distinguían luces artificiales de ninguna clase. Sí había árboles, pero retorcidos y sin hojas, y la tierra carecía de pasto. Sólo algunos arbustos y piedras asomaban a la superficie. De pronto pasaron junto a un animal grande y peludo que fijó en el tren sus ojos fosforescentes. Lo dejaron atrás enseguida, pero Santiago retrocedió un paso.

—¿Qué era eso? —preguntó él.

—No sé —respondió Tatiana—. Parecía un oso.

—No hay osos aquí. Es como si estuviéramos...

—Eh, ¿adónde se fue todo el mundo? —dijo el policía, y Tatiana se sobresaltó una vez más al comprobar que en el vagón había menos personas que antes. Aparte de ella, sólo quedaban Santiago, el policía, la niña y su madre inconsciente, el cadáver y aquel hombre cuyo rostro ella no lograba identificar. Miró hacia los otros vagones: estaban vacíos.

—Esto no pinta bien... —dijo Santiago.

—Oh, no se preocupen por eso —replicó el desconocido—. Estamos a salvo dentro del tren. Siempre y cuando el tren se mantenga en movimiento, por supuesto.

—¿Usted sabe dónde estamos? —preguntó el policía.

—Bueno... digamos que más o menos. Aún soy bastante nuevo en esto. Pero aprendo rápido.

—Ajá. Pues no me importa lo que usted diga —declaró Santiago con tono ofendido—, yo voy a hablar con el conductor. Enseguida vuelvo.

El contador empezó a caminar a paso veloz, y ya tenía una mano extendida hacia la puerta cuando el desconocido volvió a hablar.

—¿De dónde sacó esos veinte mil dólares que aparecieron hoy en su cuenta, contador Pereira?

Santiago se paró en seco. Dio media vuelta muy despacio, como si de repente sus articulaciones hubieran perdido flexibilidad. Se había puesto pálido.

—¿Quién... quién le dijo eso?

—Me lo contó un pajarito.

—Y una mierda. ¿Para quién trabaja? ¿Para...?

—Oh, tranquilo —replicó el desconocido, que ahora sonreía un poco—. No trabajo para ninguno de ellos, o usted estaría ahora mismo en algún callejón, con un tiro en la frente.

Tatiana supo por fin dónde había visto aquellos ojos grises.

—Yo lo recuerdo. Usted es el paramédico con el que hablé esta madrugada.

—Sí y no. Es decir, sí era yo, pero no soy paramédico. Aunque fue interesante serlo por un rato. Por cierto, ¿qué fue del último paciente que vio hoy, enfermera?

Esta vez fue Tatiana quien se puso algo pálida, y se aferró al respaldo de un asiento para no tambalearse. Fuera del tren, el cielo se había puesto verdoso, y unas criaturas enormes lo sobrevolaban. No parecían aves.

Encontró el frasco y la jeringa en una camilla abandonada en medio del corredor. Era posible que algún médico de emergencias hubiera olvidado ambas cosas en su prisa por llevar a un paciente a cuidados intensivos. Era un descuido enorme: la droga en el frasco podía resultar muy peligrosa en las manos equivocadas...

... ¿o quizás debía decir en las manos adecuadas?

Tatiana se reprendió a sí misma. Estaba pensando algo que no debía pensar. Pero su mente insistía sobre la idea, machacando y machacando en su cerebro como esas canciones pegadizas que no puedes dejar de tararear aunque no te gusten.

Un asesino de comerciantes. Y un asesino de policías, además. ¿Merecía vivir?

Tatiana opinaba que no.

No le fue difícil averiguar en qué sala estaba el delincuente; sólo tuvo que echar un vistazo a los registros. Se dirigió hacia allá, diciéndose a sí misma que lo hacía por curiosidad, nada más. Porque ella en realidad no pensaba usar el contenido de ese frasco, ¿verdad? Claro que no.

Había un policía de guardia en la puerta de la sala. Tatiana suspiró de alivio: eso quitaba la decisión de sus manos. Mejor así. El policía no la había visto, y ella se dio vuelta para regresar a su trabajo.

Otro policía pasó junto a ella sin prestarle atención, llegó hasta su colega y dijo:

—Cambio de turno. Ya puedes irte a dormir.

—Hola, Rodríguez. Qué bueno que llegaste, no aguantaba un minuto más aquí. Cuando pienso en lo que hizo ese maldito, tengo ganas de entrar y...

—Sí, te entiendo. Pero no te metas en líos por eso, no vale la pena. Míralo de este modo: tal vez alguien más se encargue de él. Karma.

Tatiana se ocultó en otra puerta, su corazón latiendo con fuerza. Escuchó al primer policía levantarse de su asiento.

—En fin, buenas noches —dijo el hombre—. Espero que puedas venir el domingo a...

Se oyó una señal, y el segundo policía contestó:

—Aquí Rodríguez... Ajá... ¡Mierda!... Sí, estoy con Batista, vamos para allá. Corto.

—¿Qué pasa?

—Unos autos acaban de chocar en la esquina. Somos los que estamos más cerca.

—Pero no podemos dejar al...

—Está en cama con un agujero de bala, no irá a ninguna parte. ¡Vamos!

Los policías pasaron corriendo junto a Tatiana sin mirarla. Ella se dio cuenta de que ahora estaba sola en el pasillo. No debía ser así, no en el ala de cuidados intensivos, pero sus ojos no la engañaban: por alguna razón misteriosa, no había doctores o enfermeras por los alrededores. Sólo ella... más la jeringa y el frasco.

¿Qué había dicho el policía? ¿Algo sobre el karma?

Sus pies comenzaron a moverse antes de que ella les diera esa orden. Entró a la sala carente de custodia y cerró la puerta tras ella.

A pesar de su palidez, y de que estaba en una cama blanca y conectado a un tubo de suero y un monitor cardiaco, el paciente no se veía inofensivo. Del cuello de su bata asomaban tatuajes de pandillas, y aun dormido tenía una expresión intimidante. Había tenido razón el paramédico: se salvaría. La mala hierba nunca muere. Pasaría unos cuantos años en la cárcel, probablemente menos de los que merecía, y luego saldría de ahí para seguir haciendo de las suyas, o sumergirse en una pobreza sin retorno. El sistema penal no se caracterizaba justamente por su capacidad de rehabilitación. Sería mucho menos complicado para todos si ella... en fin...

Tatiana retrocedió hasta la puerta, todavía indecisa... y entonces vio que el monitor cardiaco no estaba funcionando. Vaya descuido. Si el paciente tenía un paro, no sonaría ninguna alarma.

Aquello era obra del destino, pensó la enfermera. ¿Y quién era ella para cuestionar los designios del universo?


(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Ahí esta el quid, el punto culminante... ¿esta ella en una especie de purgatorio por algo que ya ha hecho? Quiera o no lo quiera...

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  2. Pronto se desvelará la incógnita. Sigue leyendo, sigue leyendo... :-D

    G.

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