28 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 3/5)

Alguien acababa de atravesar la puerta entre vagones. Era un hombre alto y joven, de ropas descuidadas. A pesar de la capucha, Tatiana vio que sus ojos estaban enrojecidos. Supo de inmediato lo que eso significaba, e instintivamente apretó el brazo de Santiago. Él se fijó en el recién llegado y se puso tenso.

—¿Podría darme unas monedas? —le preguntó el joven a una pasajera, quien hizo un rápido gesto negativo. El joven siguió preguntando, y comenzó a subir el tono a medida que más gente lo rechazaba. Se detuvo junto a una mujer que iba con su hija de ocho o nueve años. La madre se movió un poco para cubrir a la niña.

—L-lo siento, no traigo dinero —le respondió la mujer al drogadicto.

—Sólo quiero unas monedas. ¿No tiene ni una moneda? —La voz del joven se tornó amenazadora.

—Ya te dije que no. Lo siento.

El drogadicto no se movió. Tatiana miró hacia atrás, y allí estaba el policía del andén, atento a la escena y apoyando la mano en la funda de su arma. La expresión de cansancio en sus ojos se había acentuado.

—Entonces, ¿tiene un cigarrillo? —continuó el drogadicto, siempre dirigiéndose a la mujer con su hija.

—No fumo.

La niña, asustada, estaba pegada a la pared del vagón, lo más lejos posible de aquel hombre perturbado que se inclinaba sobre su madre. El drogadicto se fijó en ella.

—¿Y tú qué miras, mocosa de mierda? ¡Deja de mirarme!

—Mami...

—Por favor, no le hables así a mi hija. Déjanos en paz —suplicó la mujer en voz baja.

—¡Y una mierda! ¡Sólo quiero unas putas monedas, y esa cría me mira como si yo fuera un gusano!

La niña empezó a llorar, y fue ahí cuando el policía, con un triste aire de resignación, se levantó de su asiento.

—Oye, la señora dijo que no tiene nada para darte, muchacho. ¿Por qué no sigues de largo? Tal vez en el siguiente vagón...

—¡Sólo quiero unas monedas! ¡No te me acerques!

—No voy a hacerte nada, tranquilo. Nada más te pido que...

La mujer trató de aprovechar la distracción para cambiar de asiento y poner a su hija a salvo, pero fue un error. El drogadicto la vio, y antes de que el policía terminara su frase, agarró a la mujer por el brazo y le puso una navaja en el cuello. Ella y la niña gritaron.

—¡Te dije que no te me acercaras! —vociferó el hombre, sus ojos más enrojecidos que nunca, y Tatiana sintió un escalofrío de terror. Fuera cual fuese la droga que aquel sujeto tenía en las venas, lo había vuelto por completo irracional. Un hilo de sangre manó del cuello de la rehén, quien gemía unas frases incomprensibles.

—Por favor, déjala ir —dijo el policía—. Nadie tiene que salir herido. Suelta esa navaja para que podamos hablar.

Si el drogadicto iba a considerar la propuesta, eso nunca se supo. A pesar del miedo, la niña empujó al hombre hacia un lado con todas sus fuerzas. Eso no bastó para derribarlo, pero sí soltó a la mujer, quien cayó al suelo.

El policía sacó su pistola y disparó.

Tatiana se quedó sorda unos segundos. El estallido retumbó por todo el vagón, y a ella le pareció un milagro que no reventaran los cristales. Llegó a pensar que el tiro había fallado, hasta que vio la mancha de sangre que empezó a crecer en el pecho del drogadicto, a la altura del corazón. El herido no dijo una palabra. Se mantuvo de pie un momento y luego se derrumbó.

Después de eso hubo silencio. Todos estaban demasiado sorprendidos, pero finalmente un hombre dijo:

—Vaya. No tenía por qué matarlo.

A Tatiana la sorprendió el tono frío y casual de la observación, como si fuera un comentario sobre el clima y no sobre un asesinato. Pero más sorprendente fue la respuesta del policía:

—Alguien tenía que hacerlo.

—Mi mamá no se levanta —dijo la niña. Esto arrancó a Tatiana de su parálisis. La mujer fue hacia la madre de la niña y la dio vuelta, temiendo que el drogadicto le hubiera rajado la garganta a pesar de todo. Pero no era así: el cuello apenas mostraba un pequeño corte que ya había dejado de sangrar. Tatiana le tomó el pulso.

—Tranquila, pequeña, tu mamá sólo está desmayada. ¿Alguien podría ayudarme a levantarla?

El policía y Santiago se adelantaron, y entre los dos recostaron a la mujer en un asiento.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo el contador—. ¿Hablar con el conductor del tren para que volvamos a la ciudad?

—No sé —replicó el policía. No se lo veía muy alterado; más bien conservaba su expresión de apática fatiga.

—¿Cómo que no sabe? —preguntó Santiago—. Usted es policía, debe saber qué hacer en situaciones como ésta.

—No me presione, ¿quiere? Hoy he tenido un día pésimo. Lo menos que necesito es una reprimenda. Cállese y déjeme pensar.

Santiago enarcó las cejas. Tatiana miró al resto de los pasajeros. Qué curioso: no había visto moverse a nadie, pero de pronto le parecía que había menos personas en el vagón. Todos estaban quietos y expectantes, aunque no lucían preocupados. Tatiana frunció el ceño. No solía viajar en tren, pero no creía que los asesinatos a balazos fueran tan frecuentes como para que la gente los tomara con calma.

La mujer le echó un vistazo al drogadicto. Ni se molestó en tocarlo, porque aunque siguiera vivo, no sería por mucho, ni siquiera con atención médica inmediata.

Dado que el policía continuaba plantado ahí, sin tomar ninguna decisión, Santiago se volteó y dijo:

—Voy a hablar con el conductor. Enseguida regreso.

—Alto —ordenó el policía.

—¿Disculpe?

—Déme un minuto más.

—Hay un cadáver en el piso, ¿para qué quiere un minuto? No va a resucitar. Usted se encargó de eso.

—Precisamente —intervino el hombre que había hablado primero después del tiro. Debía tener unos cuarenta años, sin rasgos destacables, pero a Tatiana le resultó familiar.

—Precisamente ¿qué? —dijo ella.

—Pues que aquí el señor policía mató a ese loco, pero no tenía necesidad de matarlo. Podía haberlo arrestado, o disparado a otra parte del cuerpo. Pero le apuntó directo al corazón, ¿verdad? Ni siquiera contempló las alternativas.

—La madre de esa niña estaba en peligro. No pensé en las alternativas.

—Claro que no. Pero debía hacerlo. Lo entrenaron para eso, es su trabajo.

—Mi trabajo es proteger a los inocentes —gruñó el policía—. ¿Quién va a extrañar a un drogadicto peligroso?

El otro hombre sonrió.

—Yo no, desde luego, pero ¿qué quiere que digamos cuando nos pregunten lo que pasó aquí? ¿La verdad? ¿O prefiere que contemos... eh... una versión alterna? De cualquier manera, creo que todos aquí estaríamos dispuestos a cubrirle el trasero.

—¿Quién es usted? —preguntó Santiago.

—Nadie en particular.

—No es cierto. Yo lo he visto en alguna parte.

—He estado en muchos lugares hoy.

La impresión de Tatiana se reafirmó. Sí, ella también conocía a ese hombre, aunque no pudiera recordar de dónde. Pero hubo algo que llamó todavía más su atención, y se acercó a una ventanilla para mirar hacia afuera.

—¿Dónde estamos? —dijo para sí en voz alta.

—¿Cómo que dónde estamos? —replicó Santiago, quien miró a su vez por la ventanilla más cercana—. Oh, mierda, tienes razón, ¿dónde carajo estamos?

(Continuará...)

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. Muy interesante el punto.
    Si le hubiera disparado a otro lado, la gente recriminaría por que no le mato, escoria menos en la calle...
    También el comportamiento individual en momentos de gregación, es decir, en donde el individualismo se rompe y todo se convierte en un sentimiento de todos.

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  2. Como está la situación aquí en Uruguay, yo soy de los que hubieran dicho: "¡Bien! Uno menos para molestar." Pero es triste que las cosas lleguen a ese extremo, ¿no?

    G.

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  3. Siempre llego tarde, pero eso que repito, por las medias faltas. Como no comenté los dos fragmentos anteriores solo voy a decir que me encantan los flash back. Son como dos historias que eventualmente convergen y aclaran un montón de dudas. Y coincido con William: la comparación de las casas con caras está genial, y más sabiendo que lo sacaste de una observación cotidiana.
    Y tengo un montón de teorías, pero como sabrás, o no, no solo existen los escritores malvados, también hay lectores malvados jo jo jo (no, esa es la de papá noel). Nunca me sale la risa malvada, ¿es jua jua jua? nop, tampoco. En fin, la idea se entiende, ¿no?
    Voy a seguir leyendo.
    Abrazo.

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    1. Me gustan los lectores malvados. Son como cómplices :-) Me alegra que sigas leyendo. Ojalá te guste el final.

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