27 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 2/5)

El tren se aproximó al andén, ahogando con su traqueteo los pensamientos de Tatiana. Menos mal. De todas maneras, se le ocurrió que el cansancio del policía que estaba cerca de ella era perfectamente comprensible: no debía ser fácil enfrentarse día a día a lo peor de la sociedad. Se preguntó si las canas y arrugas de ese hombre serían prematuras.

Cuando las puertas del tren se abrieron, Tatiana se acomodó en el vagón del medio junto con otras nueve o diez personas. Y así comenzó el viaje, por un trayecto que durante el día era pintoresco, pero que en la oscuridad no tenía mucha gracia. Por la ventana sólo se veían casas medio iluminadas, con las persianas bajas como los párpados de sus ocupantes dormidos. A pesar de esto, Tatiana no consiguió reunir las ganas suficientes para sacar el libro que llevaba en su maleta, y ya comenzaba a pensar que serían dos horas muy aburridas cuando un hombre se sentó junto a ella.

Él debía rondar los treinta y cinco, así que no era mucho mayor que Tatiana. Tenía un rostro agradable, iba bien vestido, y dado que había asientos de sobra en el vagón para que cada viajero se mantuviera más o menos aislado, sus intenciones resultaban bastante obvias. Debido a su apariencia aceptable, Tatiana no rehuyó su mirada.

—Es la primera vez que viajo en tren —empezó él—. ¿Hay algo para hacer, además de mirar las caras soñolientas de los demás?

Tatiana sonrió.

—Creo que las opciones son leer algo, mirar el paisaje, charlar con alguien o revisar los mensajes pendientes —respondió ella. Su interlocutor fingió una expresión escandalizada.

—¿Revisar los mensajes pendientes? ¡Ni de chiste! Mi móvil está apagado, y así va a quedarse hasta el lunes. El trabajo no debería perseguirlo a uno durante el fin de semana.

—Eso es verdad. Por suerte los pacientes no me siguen fuera del hospital.

—¿Eres doctora?

—Enfermera, ¿y tú?

—Contador y corredor de bolsa. Independiente.

—Sin jefes, ¿eh?

—Mis jefes son mis clientes. Es mejor así. Me llamo Santiago.

Él extendió una mano y ella la estrechó.

—Tatiana. Gusto en conocerte.

—Lo mismo digo —replicó él con una sonrisa, y la mujer pensó que quizás el viaje no sería tan aburrido después de todo.

Conversaron un poco sobre esto y aquello, y en algún momento volvieron al tema del trabajo. Tatiana dijo:

—Lo que tú haces debe requerir mucha confianza, ¿no es cierto? Es decir, los clientes confían en ti para manejar su dinero.

—Por supuesto. Es como la relación entre médicos y pacientes, supongo. Sólo que en lugar de confiarme su vida, mis clientes ponen sus ganancias o inversiones en mis manos. Y yo no los defraudo.

Al escuchar la última frase, Tatiana se puso en alerta. Trataba con personas todo el día, personas que solían torcer u ocultar la verdad para sentirse menos vulnerables. La mujer había aprendido así a detectar mentiras con facilidad.

—¿Y qué me dices de tu trabajo? —preguntó Santiago—. ¿Te gusta?

—Claro que sí. Es duro pero edificante, aunque a veces...

—¿Qué?

—No sé qué iba a decir. Debo estar medio dormida.

Después del almuerzo, Tatiana se cruzó con uno de los paramédicos que habían traído al asaltante. Pensó en morderse la lengua y seguir de largo, pero al final no hizo ninguna de las dos cosas, y preguntó:

—¿Qué pasó con el paciente que llegó esta madrugada? El delincuente con la herida de bala.

—Creo que ya salió del quirófano. Hicimos lo que teníamos que hacer para que no muriera... pero tampoco nos esforzamos demasiado. Quiero decir, no estábamos rezando por él ni nada parecido. Pero aguantó todo el camino. Seguro que sobrevive. Sólo espero que lo encierren por el resto de su vida.

—Ya —replicó Tatiana con tono neutro. El paramédico dio un paso adelante, dispuesto a marcharse, pero entonces retrocedió y clavó en Tatiana sus ojos grises. El hombre dijo:

—En realidad, lo mejor sería que ese bastardo ya no saliera de este hospital con vida.

Tatiana volvió a sobresaltarse, y siguió al paramédico con la mirada hasta que dobló una esquina. ¿Qué estaba pasando ahí? Parecía como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para...


—¿Te sientes bien? —preguntó Santiago—. Si no quieres seguir charlando...

—¿Qué? Oh, no es nada. Sólo pensaba en algo que me pasó hoy en el trabajo.

—¿Un día difícil?

Tatiana asintió.

—Sé lo que es eso —replicó él—. Yo también tuve un día difícil, por eso decidí salir de la ciudad. De pronto me pareció una fantástica idea.

Tatiana pensó que el hombre le estaba siguiendo la corriente, nada más, pero entonces él frunció el ceño y dijo con un tono de voz pensativo:

—Fue extraño, ¿sabes? Como si todo hubiera ocurrido por algún motivo. Demasiadas coincidencias, y yo...

—¿Tú qué?

—Nada —dijo él, y sacudió la cabeza como para cambiar de tema. Tatiana sintió un escalofrío. De pronto pensó que ella también había experimentado una larga serie de coincidencias. De hecho, hubiera sido menos extraordinario que ganara la lotería.

Abrió la boca para hacer un comentario, pero un ruido la distrajo y giró un poco la cabeza.

(Continuará...)

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. En esta parte se siguen hilvanando la trama... Me gusta y sobre todo el pensar que ocurrirá...

    Por cierto el punto de la descripción de las fachadas de las casas con las persianas cerras símiles a ojos me ha encantado sobremanera...

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  2. ¡Gracias por seguirme, William! Me alegro que te vaya gustando. Por cierto, lo de las persianas como ojos proviene de una observación real: hay dos casas en mi ciudad que parecen caras, con ventanas como ojos, unas tejas en el medio a modo de nariz o bigote, y una puerta y una ventana (respectivamente) que parecen la boca de la cara. ¡Me encanta el efecto!

    Gissel

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