26 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 1/5)

De pie en el andén, con la maleta junto a sus pies, Tatiana miró su reloj una vez más y suspiró de cansancio. Había tenido un día complicado en el trabajo, y ahora sólo quería aprovechar la pequeña licencia concedida para alejarse de todo y despejar su cabeza.

Sin embargo, no podía dejar de pensar que ese día, además de complicado, también le había parecido bastante extraño...

Los paramédicos bajaron al paciente de la ambulancia, cuya sirena perturbaba la calma de una fría madrugada. Sobre la camilla había un hombre joven, manchado de rojo y conectado a una mascarilla de oxígeno y una bolsa de sangre tipo O negativo.

—Herida de bala en el pulmón derecho —dijo uno de los paramédicos—. Sin orificio de salida. Frecuencia cardiaca de 142, presión arterial...

El paramédico siguió enumerando datos, mientras una enfermera tomaba nota y el médico de emergencias empezaba a repartir órdenes. Tatiana siguió con lo suyo, como de costumbre, pero las últimas palabras que le escuchó al paramédico captaron su interés:

—Es un asaltante. La policía vendrá en un rato a darnos instrucciones.

El paciente que Tatiana estaba atendiendo, un anciano que se había golpeado la frente, resopló de disgusto y dijo:

—¿Un asaltante? Uf. Ojalá lo hubieran dejado morir. Sería uno menos para molestar a la gente honrada, ¿no le parece, joven?

Tatiana se sobresaltó un poco. De pronto la mirada del anciano era penetrante y su voz tenía más firmeza que antes. Parecía como si la única reacción posible, la más natural y lógica, fuera estar de acuerdo con él, pero la mujer se limitó a apretar los labios mientras terminaba de limpiar la herida causada por el golpe.


Las once menos cinco. El tren debía estar por llegar. Serían dos horas de camino hasta las afueras de la ciudad, donde Tatiana tenía una amiga que con gusto la alojaría el fin de semana. Como ambas eran solteras, probablemente fueran juntas a algún sitio. El restaurante de la playa estaría bien. Aunque no consiguieran ligar un par de tipos interesantes, por lo menos se divertirían un poco.

La mujer miró en derredor. Había unas treinta personas con ella en el andén, esperando en silencio o conversando en voz baja con sus acompañantes. El único que destacaba era un policía, por su uniforme y el arma que llevaba en el cinturón. Tatiana pensó que se veía tan fatigado como ella se sentía; quizás el pobre tampoco daba más, y estaba escapando de la ciudad sin haberse molestado siquiera en ponerse ropa de civil.

Dos policías llegaron al hospital quince minutos después que el herido de bala. Eran bastante jóvenes, pero la ira mal reprimida los hacía ver mayores. Uno de ellos tenía un feo raspón en la cara y olía a pólvora.

—Espera aquí —dijo el otro—. Voy a averiguar dónde está ese hijo de puta. Ojalá se haya muerto.

El policía del raspón en la cara hizo un gesto afirmativo y siguió con la vista a su compañero mientras éste se alejaba por el pasillo. Tatiana hizo un esfuerzo por no involucrarse;
tenía que mantenerse al margen, pero algo dentro de ella era superior a su voluntad, y se acercó al policía solitario componiendo una actitud amable.

—¿Me permitiría atenderle ese raspón? Así sanará más rápido y no dejará marcas.

El policía parpadeó. No debía haberse dado cuenta de que estaba herido, porque se palpó el rostro hasta dar con la lesión. Hizo una mueca.

—Estoy bien —dijo—. No tengo tiempo para eso ahora.

—Sólo me tomará dos minutos.

—Bien, de acuerdo. Gracias.

Tatiana puso manos a la obra, quitando la suciedad de la herida y aplicando un antiséptico con toques suaves. El hombre ni se inmutó; no dejaba de mirar el sitio por el que se había ido su compañero.

—¿Qué pasó? —dijo ella—. ¿Es verdad que el herido de bala es un asaltante?

—Es un
asesino. Estaba con otro tipo robando una tienda. Le disparó al dueño, y también a un colega mío. Los dos murieron. Hubo un tiroteo. Por suerte no le dieron a nadie más. Yo maté al otro.

Una pausa. El policía continuó, pero en voz más baja.

—Qué pena que no lo maté a ése también. Les habría ahorrado a ustedes un montón de trabajo. Pero no, ahora hay que curarlo para que pueda ir a juicio. Qué estupidez.

Otra pausa. Entonces el policía desvió su mirada hacia Tatiana, y dijo con el mismo tono raro del anciano:

—Alguien debería encargarse de que no salga de aquí, ¿entiende lo que digo? Total, nadie va a extrañar a un delincuente.

De nuevo, Tatiana no respondió, aunque sintió un nudo en la boca del estómago. ¿Acaso llevaba un cartel en la frente o algo así?


(Continuará...)

Gissel Escudero

4 comentarios:

  1. Interesante... sera ella ejecutora y verdugo... Podrá romper el juramento hipocrático que hacen todos...

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  2. Pero hombre, ¿tú quieres que te adelante algo? Nanay. No pienso decir ni una palabra. Tendrás que irte enterando de la historia parte por parte, como todo el mundo. Porque soy así de mala, ¡¡¡buajajaja!!! >:-D

    Besotes,

    G.

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  3. Me encanta la historia y cómo está escrita. A seguir leyendo...

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    1. ¡Gracias! Espero que te guste el resto. ¡Besos!

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