30 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 5/5)

El tren seguía circulando por aquel paisaje que cada vez se volvía más surrealista.

—El paciente estaba un poco inmóvil cuando lo dejó, ¿verdad, enfermera? Un poco frío.

El desconocido rió por lo bajo, como si acabara de contar un chiste de mal gusto.

—¿Cómo es que sabe eso? —preguntó ella.

—Sé lo que todos ustedes han estado haciendo. Por eso estamos aquí.

—Esto es una locura —dijo el policía. La niña, dado que su madre seguía inconsciente, se había pegado a él en busca de protección.

—No, no es una locura, oficial Correa, aunque entiendo que esté confundido. Yo también lo estuve en su momento. Pero antes de las explicaciones debe venir la verdad. ¿Por que no se confiesa con nosotros, oficial? Tenemos mucho en común, aunque no lo parezca a simple vista.

El policía guardó silencio y abrazó a la niña.

—Oh, vamos, oficial no sea tímido. Además, fui yo quien le sugirió que ese asesinato parecía la obra del sospechoso que salió libre por una estúpida duda razonable. Claro que usted no se fijó en mí, porque estaba muy ocupado plantando la evidencia bajo la mesa. No se preocupe: nadie más lo vio hacerlo. Ni esta vez... ni las anteriores.

El policía tragó saliva y por fin se atrevió a decir:

—Todos sabíamos quiénes eran los culpables. Pero no había pruebas suficientes.

—¿No es odioso cuando pasa eso? Alguien tenía que arreglarlo. Alguien como usted.

—¿A qué se refiere?

El desconocido no respondió, sino que se agachó un poco para mirar a la niña a los ojos.

—¿Y qué me dices de ti, pequeña Lucía? ¿Qué fue lo que hiciste ayer? Te dije que ese perro malo que mordió a tu amiga iba a morder a otros niños, y tú te hiciste cargo. ¡Y cargaste todas esas piedras tú sola! Te felicito.

La niña escondió el rostro bajo el brazo del policía y empezó a llorar.

—Déjela en paz —le ordenó Santiago al hombre de los ojos grises. Éste se encogió de hombros.

—No es mi culpa que la verdad cause ese efecto.

—Pero usted nos dijo que hiciéramos esas cosas, ¿o no? Sin un empujón...

—Oh, vamos, contador Pereira. ¿Realmente hubiera desaprovechado la oportunidad que se le brindó? Además, tampoco fue la primera vez. Para ninguno de ustedes.

—¿Qué es lo que quiere de nosotros? —preguntó Tatiana.

—Para empezar, un poco de sinceridad. Ustedes me miran como si estuvieran escandalizados de sus propias acciones, pero yo sé que en el fondo no es así. Y lo sé porque yo tampoco tuve muchos cargos de conciencia. Dígame, enfermera, ¿cuántos pacientes fueron? ¿Tres? ¿Cuatro? Y estoy seguro de que no se arrepiente.

Tatiana cerró los ojos un instante. Creyó que brotarían lágrimas de ellos, pero no fue así. Después abrió los ojos, enderezó la espalda y dijo:

—Fueron cinco. Todos lo merecían, y no, no me arrepiento. Es más, si pudiera retroceder en el tiempo, lo volvería a hacer.

El desconocido sonrió y miró a Santiago. El contador maldijo en voz baja, pero luego chasqueó la lengua y respondió la pregunta no formulada.

—Ah, qué diablos. Sí, yo le robé a un montón de clientes. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Todos ellos eran corruptos y codiciosos. Dicen que quien roba a un ladrón... Sería idiota si me arrepintiera de eso.

—Gracias —dijo el desconocido—. Eso era lo que necesitaba.

—¿Y ahora qué? —preguntó el policía, señalando hacia afuera con el brazo libre—. ¿Es eso el infierno? ¿Estamos condenados?

—Para nada. Esto es más bien... una entrevista de empleo.

—¿Qué?

—Una entrevista de empleo. Es mi jefe quien conduce este tren. Él arregló las circunstancias que los trajeron a todos aquí esta noche. Ahora tendrán que elegir, como yo lo hice hace un tiempo.

—¿Elegir qué? —preguntó Tatiana con voz chillona.

—Pueden aceptar el empleo. Todos ustedes están calificados: sólo hace falta haber caminado por la línea entre el bien y el mal sin caer al otro lado. Cualquiera de ustedes pudo haber matado a ese drogadicto. Aunque me sorprendió que la niña reaccionara así, de veras; era posible, pero no probable. Supongo que los niños de ahora son diferentes. Esos videojuegos violentos...

—¿Y qué se supone qué haríamos?

—Algo muy parecido a lo que han venido haciendo hasta ahora. No puedo dar más detalles. No es un trabajo muy agradable, pero... hay beneficios.

—No parece una oferta muy tentadora —dijo Santiago—. ¿Por qué habríamos de aceptar?

—Porque hay cosas que no se toleran en nuestro mundo. Tarde o temprano serán descubiertos y castigados severamente. Es inevitable, si siguen como hasta ahora; y está en la naturaleza de cada uno de ustedes, así que no dejarán de hacerlo.

—¿Son las únicas alternativas?

—Básicamente, sí.

Se mantuvieron callados un rato después de eso. Tatiana apartó la vista de las ventanillas; había más cosas horribles que antes, pero lo que la asustaba era que en realidad ese extraño mundo la atraía.

El policía habló:

—¿Y si me retirara mañana mismo? ¿Evitaría así que me descubrieran? Me iría lejos, a la casa de mi hermana en el campo. Donde no hubiera... tentaciones.

—Tendría que preguntarle a mi jefe —respondió el desconocido—. Sólo él sabe esas cosas. Si me espera unos minutos...

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La niña. Ella no puede tomar una decisión así. Si yo... no sé, hablara con ella, tal vez podría cambiarla, ¿no? Los niños aprenden.

—De acuerdo, preguntaré por la niña también. Preguntaré por todos. Ya vuelvo —dijo el desconocido con un ligero tono de fastidio, y salió del vagón.

—Yo no quiero ir con ese señor —dijo Lucía—. Quiero volver a casa con mi mamá.

—Tranquila —dijo el policía, abrazándola con fuerza—. Todo saldrá bien.

—Yo no maté al perro. Sólo le tiré unas piedras para lastimarlo y que los dueños no lo dejen suelto nunca más. Y lo que le hice a Natalia... es que ella le pegaba a otros niños, y a mí me...

La chiquilla se quedó sin voz y volvió a apretar la cara contra el cuerpo del policía, mojándole el uniforme con sus lágrimas. Tatiana volvió a revisar a la madre. Sus signos vitales eran fuertes y estables, y la enfermera pensó que quizás no estuviera precisamente desmayada.

Todos dieron un salto cuando algo golpeó el techo. Luego se oyeron sonidos de uñas rascando el metal, pero lo que fuera que hubiera arriba debió perder el interés, porque los ruidos cesaron. Tatiana se persignó aunque ya no era católica; sin embargo, otra parte de ella sentía curiosidad por el ser que había rascado el techo.

El desconocido regresó al vagón y le habló al policía.

—Mi jefe dice que usted y la niña no tendrán problemas si hace las cosas tal como dijo.

—¿Y nosotros dos? —preguntó Santiago.

—Ustedes dos aún tienen que elegir. Mi jefe dice que lo que les espera no es nada bueno, y él raras veces se equivoca. El futuro sería especialmente malo para usted, contador.

—Eso no me sorprende demasiado. Sé para quiénes trabajo.

—¿Entonces qué decide? ¿Aceptará el nuevo empleo?

—¿Cómo saber que esto no es un engaño?

—Vamos, ¿siente en su corazón que sea un engaño? Un estafador debería ser capaz de reconocer una estafa.

—Mmm, eso es verdad. No, no siento que sea un engaño. De acuerdo, acepto.

Tatiana abrió mucho los ojos, como si de pronto todo el peso de la situación hubiera caído sobre ella. Para empeorar las cosas, el desconocido le dijo:

—Estamos esperando. Usted es la última, enfermera, ¿qué decide?

A Tatiana le costó abrir la boca para responder.

—Yo... no lo sé. ¿Qué es lo que haría exactamente?

—Ya lo dije, no puedo dar detalles. Es algo que requiere la frialdad de quien es capaz de hacer juicios morales y actuar en consecuencia. Pongámoslo de esta manera: ¿qué clase de persona oprime los botones de una silla eléctrica para matar a un asesino, pensando que es lo justo y sin que ello le quite el sueño?

—Pero no está bien juzgar. No está bien pretender ser Dios.

—Ah, pero usted ya no cree en Dios, ¿verdad? Por eso hace lo que hace.

—Aún creo —respondió Tatiana—. Pero el día que maté a ese primer paciente le di la espalda a Dios. Tampoco me arrepiento de eso. Que Él me juzgue cuando llegue la hora.

El desconocido sonrió y dijo:

—Ahora comprendo por qué mi jefe tenía un interés especial en usted, enfermera. Es un caso bastante raro, ¿sabe? ¿Acepta unirse a nosotros?

Tatiana retuvo el aire unos segundos y luego lo dejó ir. Su respuesta salió como un suspiro.

—Sí.

—¡Perfecto! Entonces ya podemos volver a la estación.

El hombre sacó su móvil y marcó un número.

—Se acabó —dijo al aparato.

Eventualmente el paisaje volvió a la normalidad. Llegaron a la estación sin más contratiempos, y el tren disminuyó la velocidad hasta detenerse. El policía tomó en sus brazos a la madre de la niña.

—Ella despertará en unos minutos, una vez que el tren se ponga en marcha de nuevo —aseguró el desconocido. El policía asintió y le dijo a Lucía:

—¿Puedes cargar la cartera de tu mamá y ese bolso?

La niña obedeció. El bolso debía pesarle, pero ella no protestó; seguramente quería irse de ahí cuanto antes. Las puertas se abrieron.

—¿Y mi amiga? —preguntó Tatiana—. Ella me está esperando.

—Ella ya no está esperando —replicó el desconocido—. Dejó de esperar en el momento que aceptaste la oferta. Puedo tutearte, ¿verdad? Después de todo, ahora somos colegas.

Tatiana no respondió. El policía bajó al andén con la mujer en brazos, seguido de cerca por la niña. Sólo se volvió un instante para mirar a los tres ocupantes del vagón, pero luego volteó la cara como si quisiera olvidar que alguna vez los había conocido. Las puertas se cerraron. El tren continuó su viaje.

Mientras veía la estación desaparecer en la distancia, sustituida poco a poco por aquel paisaje que bien podía haber imaginado un pintor loco, Tatiana estiró una mano hacia Santiago, y él la tomó con la suya.

Las ruedas giraron sobre las vías de camino a... alguna parte.

Gissel Escudero

Nota: Lo sé, el final de esta historia es algo anticlimático y totalmente abierto. Puede quedar a la imaginación del lector... o puedo escribir la continuación. La idea está ahí, y me gusta. Si quieren conocer el destino de mis personajes, estaré encantada de darles el gusto. Podemos viajar juntos a donde ese tren nos lleve...

Nota añadida el 5/4/2012: La continuación ya está escrita. Pueden empezar a leerla desde aquí.

29 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 4/5)

Tatiana había viajado antes en ese tren, pero lo que veía en ese momento no se parecía mucho al paisaje que ella conocía. No había casas ni cables del tendido eléctrico; tampoco se distinguían luces artificiales de ninguna clase. Sí había árboles, pero retorcidos y sin hojas, y la tierra carecía de pasto. Sólo algunos arbustos y piedras asomaban a la superficie. De pronto pasaron junto a un animal grande y peludo que fijó en el tren sus ojos fosforescentes. Lo dejaron atrás enseguida, pero Santiago retrocedió un paso.

—¿Qué era eso? —preguntó él.

—No sé —respondió Tatiana—. Parecía un oso.

—No hay osos aquí. Es como si estuviéramos...

—Eh, ¿adónde se fue todo el mundo? —dijo el policía, y Tatiana se sobresaltó una vez más al comprobar que en el vagón había menos personas que antes. Aparte de ella, sólo quedaban Santiago, el policía, la niña y su madre inconsciente, el cadáver y aquel hombre cuyo rostro ella no lograba identificar. Miró hacia los otros vagones: estaban vacíos.

—Esto no pinta bien... —dijo Santiago.

—Oh, no se preocupen por eso —replicó el desconocido—. Estamos a salvo dentro del tren. Siempre y cuando el tren se mantenga en movimiento, por supuesto.

—¿Usted sabe dónde estamos? —preguntó el policía.

—Bueno... digamos que más o menos. Aún soy bastante nuevo en esto. Pero aprendo rápido.

—Ajá. Pues no me importa lo que usted diga —declaró Santiago con tono ofendido—, yo voy a hablar con el conductor. Enseguida vuelvo.

El contador empezó a caminar a paso veloz, y ya tenía una mano extendida hacia la puerta cuando el desconocido volvió a hablar.

—¿De dónde sacó esos veinte mil dólares que aparecieron hoy en su cuenta, contador Pereira?

Santiago se paró en seco. Dio media vuelta muy despacio, como si de repente sus articulaciones hubieran perdido flexibilidad. Se había puesto pálido.

—¿Quién... quién le dijo eso?

—Me lo contó un pajarito.

—Y una mierda. ¿Para quién trabaja? ¿Para...?

—Oh, tranquilo —replicó el desconocido, que ahora sonreía un poco—. No trabajo para ninguno de ellos, o usted estaría ahora mismo en algún callejón, con un tiro en la frente.

Tatiana supo por fin dónde había visto aquellos ojos grises.

—Yo lo recuerdo. Usted es el paramédico con el que hablé esta madrugada.

—Sí y no. Es decir, sí era yo, pero no soy paramédico. Aunque fue interesante serlo por un rato. Por cierto, ¿qué fue del último paciente que vio hoy, enfermera?

Esta vez fue Tatiana quien se puso algo pálida, y se aferró al respaldo de un asiento para no tambalearse. Fuera del tren, el cielo se había puesto verdoso, y unas criaturas enormes lo sobrevolaban. No parecían aves.

Encontró el frasco y la jeringa en una camilla abandonada en medio del corredor. Era posible que algún médico de emergencias hubiera olvidado ambas cosas en su prisa por llevar a un paciente a cuidados intensivos. Era un descuido enorme: la droga en el frasco podía resultar muy peligrosa en las manos equivocadas...

... ¿o quizás debía decir en las manos adecuadas?

Tatiana se reprendió a sí misma. Estaba pensando algo que no debía pensar. Pero su mente insistía sobre la idea, machacando y machacando en su cerebro como esas canciones pegadizas que no puedes dejar de tararear aunque no te gusten.

Un asesino de comerciantes. Y un asesino de policías, además. ¿Merecía vivir?

Tatiana opinaba que no.

No le fue difícil averiguar en qué sala estaba el delincuente; sólo tuvo que echar un vistazo a los registros. Se dirigió hacia allá, diciéndose a sí misma que lo hacía por curiosidad, nada más. Porque ella en realidad no pensaba usar el contenido de ese frasco, ¿verdad? Claro que no.

Había un policía de guardia en la puerta de la sala. Tatiana suspiró de alivio: eso quitaba la decisión de sus manos. Mejor así. El policía no la había visto, y ella se dio vuelta para regresar a su trabajo.

Otro policía pasó junto a ella sin prestarle atención, llegó hasta su colega y dijo:

—Cambio de turno. Ya puedes irte a dormir.

—Hola, Rodríguez. Qué bueno que llegaste, no aguantaba un minuto más aquí. Cuando pienso en lo que hizo ese maldito, tengo ganas de entrar y...

—Sí, te entiendo. Pero no te metas en líos por eso, no vale la pena. Míralo de este modo: tal vez alguien más se encargue de él. Karma.

Tatiana se ocultó en otra puerta, su corazón latiendo con fuerza. Escuchó al primer policía levantarse de su asiento.

—En fin, buenas noches —dijo el hombre—. Espero que puedas venir el domingo a...

Se oyó una señal, y el segundo policía contestó:

—Aquí Rodríguez... Ajá... ¡Mierda!... Sí, estoy con Batista, vamos para allá. Corto.

—¿Qué pasa?

—Unos autos acaban de chocar en la esquina. Somos los que estamos más cerca.

—Pero no podemos dejar al...

—Está en cama con un agujero de bala, no irá a ninguna parte. ¡Vamos!

Los policías pasaron corriendo junto a Tatiana sin mirarla. Ella se dio cuenta de que ahora estaba sola en el pasillo. No debía ser así, no en el ala de cuidados intensivos, pero sus ojos no la engañaban: por alguna razón misteriosa, no había doctores o enfermeras por los alrededores. Sólo ella... más la jeringa y el frasco.

¿Qué había dicho el policía? ¿Algo sobre el karma?

Sus pies comenzaron a moverse antes de que ella les diera esa orden. Entró a la sala carente de custodia y cerró la puerta tras ella.

A pesar de su palidez, y de que estaba en una cama blanca y conectado a un tubo de suero y un monitor cardiaco, el paciente no se veía inofensivo. Del cuello de su bata asomaban tatuajes de pandillas, y aun dormido tenía una expresión intimidante. Había tenido razón el paramédico: se salvaría. La mala hierba nunca muere. Pasaría unos cuantos años en la cárcel, probablemente menos de los que merecía, y luego saldría de ahí para seguir haciendo de las suyas, o sumergirse en una pobreza sin retorno. El sistema penal no se caracterizaba justamente por su capacidad de rehabilitación. Sería mucho menos complicado para todos si ella... en fin...

Tatiana retrocedió hasta la puerta, todavía indecisa... y entonces vio que el monitor cardiaco no estaba funcionando. Vaya descuido. Si el paciente tenía un paro, no sonaría ninguna alarma.

Aquello era obra del destino, pensó la enfermera. ¿Y quién era ella para cuestionar los designios del universo?


(Continuará...)

Gissel Escudero

28 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 3/5)

Alguien acababa de atravesar la puerta entre vagones. Era un hombre alto y joven, de ropas descuidadas. A pesar de la capucha, Tatiana vio que sus ojos estaban enrojecidos. Supo de inmediato lo que eso significaba, e instintivamente apretó el brazo de Santiago. Él se fijó en el recién llegado y se puso tenso.

—¿Podría darme unas monedas? —le preguntó el joven a una pasajera, quien hizo un rápido gesto negativo. El joven siguió preguntando, y comenzó a subir el tono a medida que más gente lo rechazaba. Se detuvo junto a una mujer que iba con su hija de ocho o nueve años. La madre se movió un poco para cubrir a la niña.

—L-lo siento, no traigo dinero —le respondió la mujer al drogadicto.

—Sólo quiero unas monedas. ¿No tiene ni una moneda? —La voz del joven se tornó amenazadora.

—Ya te dije que no. Lo siento.

El drogadicto no se movió. Tatiana miró hacia atrás, y allí estaba el policía del andén, atento a la escena y apoyando la mano en la funda de su arma. La expresión de cansancio en sus ojos se había acentuado.

—Entonces, ¿tiene un cigarrillo? —continuó el drogadicto, siempre dirigiéndose a la mujer con su hija.

—No fumo.

La niña, asustada, estaba pegada a la pared del vagón, lo más lejos posible de aquel hombre perturbado que se inclinaba sobre su madre. El drogadicto se fijó en ella.

—¿Y tú qué miras, mocosa de mierda? ¡Deja de mirarme!

—Mami...

—Por favor, no le hables así a mi hija. Déjanos en paz —suplicó la mujer en voz baja.

—¡Y una mierda! ¡Sólo quiero unas putas monedas, y esa cría me mira como si yo fuera un gusano!

La niña empezó a llorar, y fue ahí cuando el policía, con un triste aire de resignación, se levantó de su asiento.

—Oye, la señora dijo que no tiene nada para darte, muchacho. ¿Por qué no sigues de largo? Tal vez en el siguiente vagón...

—¡Sólo quiero unas monedas! ¡No te me acerques!

—No voy a hacerte nada, tranquilo. Nada más te pido que...

La mujer trató de aprovechar la distracción para cambiar de asiento y poner a su hija a salvo, pero fue un error. El drogadicto la vio, y antes de que el policía terminara su frase, agarró a la mujer por el brazo y le puso una navaja en el cuello. Ella y la niña gritaron.

—¡Te dije que no te me acercaras! —vociferó el hombre, sus ojos más enrojecidos que nunca, y Tatiana sintió un escalofrío de terror. Fuera cual fuese la droga que aquel sujeto tenía en las venas, lo había vuelto por completo irracional. Un hilo de sangre manó del cuello de la rehén, quien gemía unas frases incomprensibles.

—Por favor, déjala ir —dijo el policía—. Nadie tiene que salir herido. Suelta esa navaja para que podamos hablar.

Si el drogadicto iba a considerar la propuesta, eso nunca se supo. A pesar del miedo, la niña empujó al hombre hacia un lado con todas sus fuerzas. Eso no bastó para derribarlo, pero sí soltó a la mujer, quien cayó al suelo.

El policía sacó su pistola y disparó.

Tatiana se quedó sorda unos segundos. El estallido retumbó por todo el vagón, y a ella le pareció un milagro que no reventaran los cristales. Llegó a pensar que el tiro había fallado, hasta que vio la mancha de sangre que empezó a crecer en el pecho del drogadicto, a la altura del corazón. El herido no dijo una palabra. Se mantuvo de pie un momento y luego se derrumbó.

Después de eso hubo silencio. Todos estaban demasiado sorprendidos, pero finalmente un hombre dijo:

—Vaya. No tenía por qué matarlo.

A Tatiana la sorprendió el tono frío y casual de la observación, como si fuera un comentario sobre el clima y no sobre un asesinato. Pero más sorprendente fue la respuesta del policía:

—Alguien tenía que hacerlo.

—Mi mamá no se levanta —dijo la niña. Esto arrancó a Tatiana de su parálisis. La mujer fue hacia la madre de la niña y la dio vuelta, temiendo que el drogadicto le hubiera rajado la garganta a pesar de todo. Pero no era así: el cuello apenas mostraba un pequeño corte que ya había dejado de sangrar. Tatiana le tomó el pulso.

—Tranquila, pequeña, tu mamá sólo está desmayada. ¿Alguien podría ayudarme a levantarla?

El policía y Santiago se adelantaron, y entre los dos recostaron a la mujer en un asiento.

—¿Qué hacemos ahora? —dijo el contador—. ¿Hablar con el conductor del tren para que volvamos a la ciudad?

—No sé —replicó el policía. No se lo veía muy alterado; más bien conservaba su expresión de apática fatiga.

—¿Cómo que no sabe? —preguntó Santiago—. Usted es policía, debe saber qué hacer en situaciones como ésta.

—No me presione, ¿quiere? Hoy he tenido un día pésimo. Lo menos que necesito es una reprimenda. Cállese y déjeme pensar.

Santiago enarcó las cejas. Tatiana miró al resto de los pasajeros. Qué curioso: no había visto moverse a nadie, pero de pronto le parecía que había menos personas en el vagón. Todos estaban quietos y expectantes, aunque no lucían preocupados. Tatiana frunció el ceño. No solía viajar en tren, pero no creía que los asesinatos a balazos fueran tan frecuentes como para que la gente los tomara con calma.

La mujer le echó un vistazo al drogadicto. Ni se molestó en tocarlo, porque aunque siguiera vivo, no sería por mucho, ni siquiera con atención médica inmediata.

Dado que el policía continuaba plantado ahí, sin tomar ninguna decisión, Santiago se volteó y dijo:

—Voy a hablar con el conductor. Enseguida regreso.

—Alto —ordenó el policía.

—¿Disculpe?

—Déme un minuto más.

—Hay un cadáver en el piso, ¿para qué quiere un minuto? No va a resucitar. Usted se encargó de eso.

—Precisamente —intervino el hombre que había hablado primero después del tiro. Debía tener unos cuarenta años, sin rasgos destacables, pero a Tatiana le resultó familiar.

—Precisamente ¿qué? —dijo ella.

—Pues que aquí el señor policía mató a ese loco, pero no tenía necesidad de matarlo. Podía haberlo arrestado, o disparado a otra parte del cuerpo. Pero le apuntó directo al corazón, ¿verdad? Ni siquiera contempló las alternativas.

—La madre de esa niña estaba en peligro. No pensé en las alternativas.

—Claro que no. Pero debía hacerlo. Lo entrenaron para eso, es su trabajo.

—Mi trabajo es proteger a los inocentes —gruñó el policía—. ¿Quién va a extrañar a un drogadicto peligroso?

El otro hombre sonrió.

—Yo no, desde luego, pero ¿qué quiere que digamos cuando nos pregunten lo que pasó aquí? ¿La verdad? ¿O prefiere que contemos... eh... una versión alterna? De cualquier manera, creo que todos aquí estaríamos dispuestos a cubrirle el trasero.

—¿Quién es usted? —preguntó Santiago.

—Nadie en particular.

—No es cierto. Yo lo he visto en alguna parte.

—He estado en muchos lugares hoy.

La impresión de Tatiana se reafirmó. Sí, ella también conocía a ese hombre, aunque no pudiera recordar de dónde. Pero hubo algo que llamó todavía más su atención, y se acercó a una ventanilla para mirar hacia afuera.

—¿Dónde estamos? —dijo para sí en voz alta.

—¿Cómo que dónde estamos? —replicó Santiago, quien miró a su vez por la ventanilla más cercana—. Oh, mierda, tienes razón, ¿dónde carajo estamos?

(Continuará...)

Gissel Escudero

27 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 2/5)

El tren se aproximó al andén, ahogando con su traqueteo los pensamientos de Tatiana. Menos mal. De todas maneras, se le ocurrió que el cansancio del policía que estaba cerca de ella era perfectamente comprensible: no debía ser fácil enfrentarse día a día a lo peor de la sociedad. Se preguntó si las canas y arrugas de ese hombre serían prematuras.

Cuando las puertas del tren se abrieron, Tatiana se acomodó en el vagón del medio junto con otras nueve o diez personas. Y así comenzó el viaje, por un trayecto que durante el día era pintoresco, pero que en la oscuridad no tenía mucha gracia. Por la ventana sólo se veían casas medio iluminadas, con las persianas bajas como los párpados de sus ocupantes dormidos. A pesar de esto, Tatiana no consiguió reunir las ganas suficientes para sacar el libro que llevaba en su maleta, y ya comenzaba a pensar que serían dos horas muy aburridas cuando un hombre se sentó junto a ella.

Él debía rondar los treinta y cinco, así que no era mucho mayor que Tatiana. Tenía un rostro agradable, iba bien vestido, y dado que había asientos de sobra en el vagón para que cada viajero se mantuviera más o menos aislado, sus intenciones resultaban bastante obvias. Debido a su apariencia aceptable, Tatiana no rehuyó su mirada.

—Es la primera vez que viajo en tren —empezó él—. ¿Hay algo para hacer, además de mirar las caras soñolientas de los demás?

Tatiana sonrió.

—Creo que las opciones son leer algo, mirar el paisaje, charlar con alguien o revisar los mensajes pendientes —respondió ella. Su interlocutor fingió una expresión escandalizada.

—¿Revisar los mensajes pendientes? ¡Ni de chiste! Mi móvil está apagado, y así va a quedarse hasta el lunes. El trabajo no debería perseguirlo a uno durante el fin de semana.

—Eso es verdad. Por suerte los pacientes no me siguen fuera del hospital.

—¿Eres doctora?

—Enfermera, ¿y tú?

—Contador y corredor de bolsa. Independiente.

—Sin jefes, ¿eh?

—Mis jefes son mis clientes. Es mejor así. Me llamo Santiago.

Él extendió una mano y ella la estrechó.

—Tatiana. Gusto en conocerte.

—Lo mismo digo —replicó él con una sonrisa, y la mujer pensó que quizás el viaje no sería tan aburrido después de todo.

Conversaron un poco sobre esto y aquello, y en algún momento volvieron al tema del trabajo. Tatiana dijo:

—Lo que tú haces debe requerir mucha confianza, ¿no es cierto? Es decir, los clientes confían en ti para manejar su dinero.

—Por supuesto. Es como la relación entre médicos y pacientes, supongo. Sólo que en lugar de confiarme su vida, mis clientes ponen sus ganancias o inversiones en mis manos. Y yo no los defraudo.

Al escuchar la última frase, Tatiana se puso en alerta. Trataba con personas todo el día, personas que solían torcer u ocultar la verdad para sentirse menos vulnerables. La mujer había aprendido así a detectar mentiras con facilidad.

—¿Y qué me dices de tu trabajo? —preguntó Santiago—. ¿Te gusta?

—Claro que sí. Es duro pero edificante, aunque a veces...

—¿Qué?

—No sé qué iba a decir. Debo estar medio dormida.

Después del almuerzo, Tatiana se cruzó con uno de los paramédicos que habían traído al asaltante. Pensó en morderse la lengua y seguir de largo, pero al final no hizo ninguna de las dos cosas, y preguntó:

—¿Qué pasó con el paciente que llegó esta madrugada? El delincuente con la herida de bala.

—Creo que ya salió del quirófano. Hicimos lo que teníamos que hacer para que no muriera... pero tampoco nos esforzamos demasiado. Quiero decir, no estábamos rezando por él ni nada parecido. Pero aguantó todo el camino. Seguro que sobrevive. Sólo espero que lo encierren por el resto de su vida.

—Ya —replicó Tatiana con tono neutro. El paramédico dio un paso adelante, dispuesto a marcharse, pero entonces retrocedió y clavó en Tatiana sus ojos grises. El hombre dijo:

—En realidad, lo mejor sería que ese bastardo ya no saliera de este hospital con vida.

Tatiana volvió a sobresaltarse, y siguió al paramédico con la mirada hasta que dobló una esquina. ¿Qué estaba pasando ahí? Parecía como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para...


—¿Te sientes bien? —preguntó Santiago—. Si no quieres seguir charlando...

—¿Qué? Oh, no es nada. Sólo pensaba en algo que me pasó hoy en el trabajo.

—¿Un día difícil?

Tatiana asintió.

—Sé lo que es eso —replicó él—. Yo también tuve un día difícil, por eso decidí salir de la ciudad. De pronto me pareció una fantástica idea.

Tatiana pensó que el hombre le estaba siguiendo la corriente, nada más, pero entonces él frunció el ceño y dijo con un tono de voz pensativo:

—Fue extraño, ¿sabes? Como si todo hubiera ocurrido por algún motivo. Demasiadas coincidencias, y yo...

—¿Tú qué?

—Nada —dijo él, y sacudió la cabeza como para cambiar de tema. Tatiana sintió un escalofrío. De pronto pensó que ella también había experimentado una larga serie de coincidencias. De hecho, hubiera sido menos extraordinario que ganara la lotería.

Abrió la boca para hacer un comentario, pero un ruido la distrajo y giró un poco la cabeza.

(Continuará...)

Gissel Escudero

26 de diciembre de 2010

El tren de las once (parte 1/5)

De pie en el andén, con la maleta junto a sus pies, Tatiana miró su reloj una vez más y suspiró de cansancio. Había tenido un día complicado en el trabajo, y ahora sólo quería aprovechar la pequeña licencia concedida para alejarse de todo y despejar su cabeza.

Sin embargo, no podía dejar de pensar que ese día, además de complicado, también le había parecido bastante extraño...

Los paramédicos bajaron al paciente de la ambulancia, cuya sirena perturbaba la calma de una fría madrugada. Sobre la camilla había un hombre joven, manchado de rojo y conectado a una mascarilla de oxígeno y una bolsa de sangre tipo O negativo.

—Herida de bala en el pulmón derecho —dijo uno de los paramédicos—. Sin orificio de salida. Frecuencia cardiaca de 142, presión arterial...

El paramédico siguió enumerando datos, mientras una enfermera tomaba nota y el médico de emergencias empezaba a repartir órdenes. Tatiana siguió con lo suyo, como de costumbre, pero las últimas palabras que le escuchó al paramédico captaron su interés:

—Es un asaltante. La policía vendrá en un rato a darnos instrucciones.

El paciente que Tatiana estaba atendiendo, un anciano que se había golpeado la frente, resopló de disgusto y dijo:

—¿Un asaltante? Uf. Ojalá lo hubieran dejado morir. Sería uno menos para molestar a la gente honrada, ¿no le parece, joven?

Tatiana se sobresaltó un poco. De pronto la mirada del anciano era penetrante y su voz tenía más firmeza que antes. Parecía como si la única reacción posible, la más natural y lógica, fuera estar de acuerdo con él, pero la mujer se limitó a apretar los labios mientras terminaba de limpiar la herida causada por el golpe.


Las once menos cinco. El tren debía estar por llegar. Serían dos horas de camino hasta las afueras de la ciudad, donde Tatiana tenía una amiga que con gusto la alojaría el fin de semana. Como ambas eran solteras, probablemente fueran juntas a algún sitio. El restaurante de la playa estaría bien. Aunque no consiguieran ligar un par de tipos interesantes, por lo menos se divertirían un poco.

La mujer miró en derredor. Había unas treinta personas con ella en el andén, esperando en silencio o conversando en voz baja con sus acompañantes. El único que destacaba era un policía, por su uniforme y el arma que llevaba en el cinturón. Tatiana pensó que se veía tan fatigado como ella se sentía; quizás el pobre tampoco daba más, y estaba escapando de la ciudad sin haberse molestado siquiera en ponerse ropa de civil.

Dos policías llegaron al hospital quince minutos después que el herido de bala. Eran bastante jóvenes, pero la ira mal reprimida los hacía ver mayores. Uno de ellos tenía un feo raspón en la cara y olía a pólvora.

—Espera aquí —dijo el otro—. Voy a averiguar dónde está ese hijo de puta. Ojalá se haya muerto.

El policía del raspón en la cara hizo un gesto afirmativo y siguió con la vista a su compañero mientras éste se alejaba por el pasillo. Tatiana hizo un esfuerzo por no involucrarse;
tenía que mantenerse al margen, pero algo dentro de ella era superior a su voluntad, y se acercó al policía solitario componiendo una actitud amable.

—¿Me permitiría atenderle ese raspón? Así sanará más rápido y no dejará marcas.

El policía parpadeó. No debía haberse dado cuenta de que estaba herido, porque se palpó el rostro hasta dar con la lesión. Hizo una mueca.

—Estoy bien —dijo—. No tengo tiempo para eso ahora.

—Sólo me tomará dos minutos.

—Bien, de acuerdo. Gracias.

Tatiana puso manos a la obra, quitando la suciedad de la herida y aplicando un antiséptico con toques suaves. El hombre ni se inmutó; no dejaba de mirar el sitio por el que se había ido su compañero.

—¿Qué pasó? —dijo ella—. ¿Es verdad que el herido de bala es un asaltante?

—Es un
asesino. Estaba con otro tipo robando una tienda. Le disparó al dueño, y también a un colega mío. Los dos murieron. Hubo un tiroteo. Por suerte no le dieron a nadie más. Yo maté al otro.

Una pausa. El policía continuó, pero en voz más baja.

—Qué pena que no lo maté a ése también. Les habría ahorrado a ustedes un montón de trabajo. Pero no, ahora hay que curarlo para que pueda ir a juicio. Qué estupidez.

Otra pausa. Entonces el policía desvió su mirada hacia Tatiana, y dijo con el mismo tono raro del anciano:

—Alguien debería encargarse de que no salga de aquí, ¿entiende lo que digo? Total, nadie va a extrañar a un delincuente.

De nuevo, Tatiana no respondió, aunque sintió un nudo en la boca del estómago. ¿Acaso llevaba un cartel en la frente o algo así?


(Continuará...)

Gissel Escudero

2 de diciembre de 2010

La Reina de las Tinieblas

(Esta historia se me ocurrió en un sueño. En dicho sueño yo encontraba un libro, leía la sinopsis en la contratapa, y la sinopsis era, justamente, esta historia. ¡Vaya forma de tener una idea! Escribí el relato con relativa facilidad, como si se hubiera formado solo en mi cabeza. A veces me pregunto si no habrá llegado a mis neuronas desde algún lugar en el éter cósmico del inconsciente colectivo o algo así :-P)

Por la ventana sólo se veía una cortina gris de agua. La escasa luz que entraba a la habitación proyectaba el líquido sobre las paredes, en hilos serpenteantes que se deslizaban del techo al suelo sin que ningún objeto interrumpiera su recorrido. Allí dentro no había más que una mesita, un sillón y un hombre vestido de negro que en ese instante miraba hacia el exterior. El florero en la mesita hubiera podido dar un toque de color a la estancia, pero sus flores estaban marchitas.

Cerrando los ojos, el hombre de negro se concentró una vez más en el rostro que deseaba recordar. No le resultó difícil: lo tenía bien claro en su mente. Sin embargo, no era lo mismo pensar en una cara que trasladarla al papel; por alguna razón, los detalles se le escapaban.

Todavía con los ojos cerrados, Jean-Philippe casi podía sentir que ella lo observaba desde la página blanca. Él no sabía el nombre de la mujer. Tampoco sabía de qué color eran sus ojos, o sus labios. En realidad nunca la había visto más que en sueños y visiones, pero algo sí tenía por seguro: ella existía. Estaba allá afuera, en alguna parte, y cada día él la buscaba entre la anónima multitud. Tarde o temprano la encontraría, aunque se le fuera la vida en ello.

La puerta se abrió suavemente y un perfume exquisito alivió la pesada atmósfera del cuarto vacío. Pero Jean frunció el ceño, molesto por la intromisión.

—Vete —le dijo a la criada sin voltearse hacia ella.

—Señor, el jardinero acaba de cortar estas rosas...

—No me importa. Llévatelas.

—Las del florero están...

—Ya lo sé. Déjalas así.

La criada titubeó, de pie en el umbral. Criatura estúpida, ¿por qué no se iba?

—Lárgate ya. Y que nadie vuelva a importunarme hasta la hora de la cena.

—E-entiendo, señor. Disculpadme.

—Cierra la puerta al salir.

Y la criada se marchó, derramando un par de lágrimas sobre los pétalos ya mojados.

Así estaba mejor. Jean inclinó la cabeza hacia el cuaderno y afinó el carboncillo en el borde del papel.

El rostro de la mujer, apenas delineado, era muy hermoso. Delicado pero intenso, como el de un bello animal salvaje que es capaz de matar. Cutis de paloma, expresión de gato; fascinante combinación. El cabello oscuro se extendía por el resto de la página en fieros mechones.

Hacía muchos años que Jean la buscaba. Desde el primer momento que apareció ante él, como un contraste de luces y sombras en el abismo de su inconsciente. Ella le hablaba en susurros, y aunque nunca podía entender sus palabras, su voz lo atraía con mayor intensidad que cualquier otra cosa a su alrededor. Era el encanto de lo intangible.

Jean acercó el carboncillo al dibujo, pero su mano se negaba a complacerlo. Ofuscado, dejó el cuaderno sobre la mesita.

Junto al florero unas letras doradas reflejaban el agua con un brillo pálido. Era una invitación para el cumpleaños del rey, y aunque Jean, por su título nobiliario, estaba obligado a asistir, no tenía el más mínimo deseo de presentarse en la fiesta. Sin embargo, tampoco se le ocurría nada mejor que hacer.

¿Y si ella lo aguardaba ahí, en algún rincón del palacio?

Esta idea, que surgió de pronto, avivó el espíritu de Jean. La esperanza brotó en su corazón llenándolo de energía, y entonces el rostro anhelado se definió en todas sus líneas como si lo tuviera a un palmo de distancia.

Unos pétalos secos cayeron sobre el cuaderno, en los trazos ondulantes del cabello. Con un atisbo de sonrisa que raras veces aparecía en sus facciones, el hombre sacudió los pétalos, sujetó el carboncillo entre sus dedos y terminó el dibujo mientras la lluvia continuaba regando el paisaje.

(Éste es el comienzo del relato. Si les ha picado la curiosidad, pueden bajarse el resto desde aquí.)

Gissel Escudero