15 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 3/3)

El verano dejó paso al otoño. Aún hacía calor y los árboles tardarían unas semanas en perder sus hojas, pero los rayos del sol eran menos intensos. Una tarde, por fin, llegó el momento que Felicia había estado esperando: la oruga dejó de comer y se dispuso a iniciar la metamorfosis. Felicia la pasó entonces a una caja más grande, con tapa lateral, puesto que la futura mariposa necesitaría espacio para extender sus alas; y considerando el tamaño de la oruga, iba a ser una enorme mariposa.

El insecto dio vueltas por la caja, que también tenía ventanas de tul, y se detuvo en una esquina. Entonces comenzó a hilar un capullo, como los gusanos de seda, y así la niña supo que su amiga sería una mariposa nocturna, una polilla gigante. ¡Qué bien! Las polillas gigantes no tenían unos colores tan brillantes como las mariposas diurnas, pero había muchas en el libro de Felicia, y ella pensaba que eran igualmente hermosas.

La oruga hizo un capullo del tamaño de un huevo. Era muy blanco y lustroso, y tan denso que no se veía su interior. Felicia sonrió y dijo:

—Nos vemos en la primavera, cuando tengas tus alas.

Pasaron los días, y luego las semanas. El otoño se convirtió en invierno, y aunque en la ciudad donde vivía Felicia nunca nevaba, sí hubo unas noches muy frías de tormenta, con vientos que quebraban las ramas de los árboles. A menudo el pasto se veía en la mañana cubierto de escarcha, cristales de hielo muy finos que relucían como joyas antes de que el sol los derritiera.

A Felicia la reconfortaba saber que su oruga estaba a salvo dentro de la casa, dormida en el capullo mientras su cuerpecito cambiaba de forma. De lo contrario, tal vez se hubiera congelado allá afuera, por más que tantas mariposas pasaran el invierno como crisálidas, e incluso bajo la tierra.

Tras la noche más larga del año, Felicia despertó en la madrugada por unos sonidos que escuchó en su habitación. Era un ruidito muy suave, un roce sobre cartón. La niña encendió la lámpara en su mesita de luz.

El ruido venía de la caja donde estaba el capullo blanco. Pero aquello no tenía sentido; ¡era demasiado pronto! Frunciendo el entrecejo, la niña caminó hasta la caja y abrió la tapa.

Ahí estaba la polilla gigante, colgada boca abajo para que sus alas terminaran de estirarse. Era tan grande como Felicia había pensado que sería, y tenía un intrincado diseño de líneas y ocelos plateados sobre fondo blanco. Todo el insecto parecía hecho de terciopelo, incluso las antenas plumosas.

Felicia casi se echó a llorar.

—Ay, eres tan hermosa... Pero ¿qué voy a hacer contigo? ¡Te equivocaste de estación! ¡No puedo soltarte ahora, te morirías!

La mariposa abrió y cerró un poco sus alas, que casi rozaban el piso de la caja. Debía ser el insecto más grande del mundo; el más grande y el más bello.

Tal vez no tuviera que dejarlo ir, pensó Felicia. Todavía no. Quizás pudiera darle de comer hasta la primavera, y así no se moriría de frío. Ya antes había alimentado mariposas con miel disuelta en agua, cuando no podía soltarlas de inmediato a causa del viento o la lluvia.

Felicia cerró la caja y apagó la luz. Hablaría con su tío en la mañana, para pedirle consejo.

Cerca del amanecer, la mariposa comenzó a aletear dentro de la caja. La niña volvió a levantarse.

—¡Quédate quieta, o te lastimarás! ¡No puedes salir ahora!

Pero el insecto no dejó de aletear, y cuando Felicia abrió la tapa, la mariposa comenzó a revolotear por la habitación como un pájaro. Luego se prendió a las cortinas, atraída por la débil luz que se colaba a través de una rendija. La niña supo entonces que no podría retener a la mariposa; quería irse, aunque ello significara su muerte.

Felicia se puso un abrigo por encima del camisón, sus botas acolchadas y una gorra de lana. Ahora sí estaba llorando, y las lágrimas corrieron por sus mejillas hasta caer en la alfombra. La niña se subió a una silla, dejó que la mariposa trepara a su mano, y salió de su habitación tratando de no hacer ruido. Había imaginado que el insecto sería pesado, pero no lo era; por el contrario, Felicia no sentía más que el contacto de las seis patitas peludas.

La niña descorrió el cerrojo, abrió la puerta y salió al jardín. El frío le puso al instante la nariz colorada.

El paisaje estaba tan cubierto de niebla que la niña sólo veía un par de metros de pasto frente a ella. Se le ocurrió que tal vez la mariposa, al sentir el frío, cambiaría de idea; sin embargo, el insecto agitó de nuevo sus alas, listo para despegar.

—Adiós, amiga —dijo Felicia con la voz cargada de tristeza.

Una forma verde se lanzó hacia ella desde un costado, y la niña apenas tuvo tiempo de darse vuelta para escudar a la mariposa con su espalda. Felicia lanzó un grito cuando el pájaro la golpeó, y no tuvo más remedio que soltar al insecto porque el ave empezó a picotearla en la cabeza, tratando de herirla a través de la gorra.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Ya basta, pájaro chiflado!

Felicia luchó contra el ave, dándole puñetazos y arrancándole unas cuantas plumas, pero el animal no se rendía, y parecía determinado a llegar a la mariposa a través de la niña. Había crecido. Era difícil asegurarlo en medio de la pelea, pero Felicia igual se dio cuenta de que el ave era más grande que antes, y de pronto sintió miedo. No obstante, siguió luchando, y cuando vio una escoba que su madre había olvidado en el jardín, la levantó del suelo para usarla como arma. Tres golpes bastaron para mandar al pájaro contra un árbol. El animal chilló de dolor y cayó al piso patas arriba, con las alas extendidas, y ahí se quedó un rato, inmóvil pero vivo. Sosteniendo en alto la escoba, Felicia se acercó a él.

—Eso te pasa por meterte conmigo, pájaro estúpido. ¡A ver si aprendes de una vez!

El ave, que lucía bastante maltrecha, se levantó y miró a Felicia con una expresión de rencor muy humana. Ella alzó la escoba un poco más, lista para volver al combate.

—Vete y no regreses. Es tu última oportunidad.

Al fin el pájaro aceptó su derrota, y después de soltar un graznido, se marchó volando torpemente. La niebla se lo tragó.

Felicia soltó la escoba y se dio vuelta. No había señales de la mariposa por ninguna parte; la niña pensó que debía haberse marchado mientras ella estaba ocupada con el ave. Qué pena. Se había perdido el primer vuelo de aquella fantástica mariposa; el primer vuelo y quizás el último, debido al frío.

Con un suspiro de tristeza, y sintiendo muy pesado el corazón, Felicia empezó a caminar hacia la puerta de su casa. Apenas la veía, por culpa de la niebla... y entonces la puerta desapareció por completo. Felicia siguió caminando, un metro, dos, tres, pero aún no llegaba a la casa.

La niña escuchó un crujido suave bajo sus pies, y se quedó perpleja al descubrir que estaba pisando nieve. Ésta también caía del cielo, en pequeños copos que se posaban sobre los... ¿árboles?

Felicia miró en derredor. La niebla todavía era espesa, pero en ella se distinguían unos troncos gruesos. Un bosque. Aquello era un bosque, y la niña pensó que debía estar soñando. Sin embargo, todo parecía real. Felicia abrió una mano para atrapar los copos de nieve, que se derritieron humedeciéndole la palma.

Alguien se aproximaba, una figura que reía con un sonido de cascabeles. Felicia no se movió, y por unos segundos contuvo el aliento, aunque en realidad no tenía miedo. La situación era demasiado maravillosa, y ella estaba segura de que nada malo iba a pasarle.

La figura salió de la niebla. Era una niña de la misma edad que Felicia, y casi todo en ella era del blanco más puro: su piel, su cabello, su vestido con ribetes peludos. Iba descalza. Tenía los ojos y los labios plateados, y los dibujos de su vestido estaban bordados con hilos de plata que brillaban a pesar de la falta de sol, porque la niña entera resplandecía como la luna.

Dos enormes alas de mariposa se agitaban detrás de ella. Felicia reconoció al instante su diseño, y después de tragar saliva, consiguió formular una pregunta:

—¿Eres... eres ?

La niña blanca sonrió y movió la cabeza de arriba a abajo. Se veía muy feliz.

—¿Eres un hada? —preguntó Felicia.

Esta vez la niña blanca no respondió, pero extendió una mano hacia Felicia para entregarle un objeto de aspecto delicado. Era un broche en forma de mariposa, hecho de plata y con piedritas de cuarzo. Felicia le dio vueltas, admirándolo. Luego dijo:

—Me encanta. ¿Es un regalo?

La niña con alas de mariposa volvió a asentir.

—¡Gracias! —dijo Felicia, y también sonrió. Era el regalo más hermoso que le habían hecho en su vida.

La niña blanca dio unos pasos hacia adelante y besó a Felicia en la mejilla. Sus labios plateados eran fríos, pero no de manera desagradable, y el beso estuvo cargado de ternura. Después de eso, la niña señaló hacia arriba.

—¿Tienes que irte? —preguntó Felicia.

La niña blanca asintió por tercera vez.

—Te extrañaré —dijo Felicia—. ¡Fue divertido cuidarte! Pero no te dejes atrapar por ese pájaro, ¿eh?

Se oyó otra risa de cascabeles mientras la niña blanca hacía un gesto negativo. Luego ella empezó a agitar sus alas, y poco a poco se hizo más pequeña, cambiando de forma hasta convertirse de nuevo en una mariposa. Se fue volando con rápidos aleteos y desapareció en lo alto.

Había dejado de nevar. Felicia notó que ahora pisaba pasto, y que ya podía ver su casa. Sus padres estaban cruzando la puerta en ese momento, y corrieron hacia Felicia mostrando preocupación.

—Hija, ¿qué haces afuera? —preguntó la madre de la niña.

—Tenía que soltar una mariposa.

—¿Una mariposa? ¿En esta época? ¿Con este frío?

—Es que era una mariposa de invierno —contestó la niña, sonriendo.

—¿Qué tienes en la mano? —preguntó su padre, y Felicia le enseñó el broche.

—Me lo regaló una amiga. Una amiga muy especial...

Los adultos se miraron entre sí. No debían entender nada, pensó Felicia, pero daba igual. Lo importante era que su mariposa estaría bien, fuera lo que fuese en realidad. Ojalá volvieran a verse algún día.

Felicia le echó un último vistazo a la niebla, y sin dejar de sonreír, prendió el broche en su gorra y volvió a la casa cantando para sí.

Gissel Escudero

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