13 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 2/3)

A la oruga pareció gustarle su nuevo hogar. Felicia le ponía hojitas y pétalos frescos en la caja de cartón, y cuando no estaba comiendo, el insecto se quedaba pegado a una de las paredes como si durmiera la siesta. La tapa de la caja tenía ventanitas tapadas con tul.

De cualquier manera, cada tanto la niña llevaba a la oruga al jardín, para que estuviera en el rosal y tomara un poco de aire fresco y luz solar. Por supuesto, siempre se aseguraba de que el pájaro verde no anduviera rondando por ahí, ya que aún se aparecía en busca de la oruga blanca.

Un día la niña estaba en el jardín, con el insecto caminando por sus dedos, cuando alguien le dijo desde el otro lado del muro:

—Qué bicho más espantoso. Deberías matarlo.

Felicia levantó la mirada. Quien hablaba era un niño de su misma edad, y se parecía mucho al pájaro del copete, porque tenía los ojos igual de verdes y su cabello igual de rojo. A Felicia no le gustó su expresión maliciosa.

—No es un bicho, es una oruga —replicó ella—. Y es bonita.

—Es un gusano, ¿qué podría tener de bonito?

—Pero qué ignorante. Las orugas son bonitas. Y aunque no lo fueran, luego se convierten en mariposas, y las mariposas siempre son bonitas.

—Las mariposas son bichos. Si les arrancas las alas, parecen hormigas gigantes y peludas.

A Felicia la horrorizó la idea de arrancarle las alas a una mariposa.

—¡Eres muy malo! —exclamó la niña—. ¡Deja de molestarme y vete de aquí!

—No quiero.

—Llamaré a mis papás.

—Ellos no pueden hacerme nada. Estoy en la vereda, y la vereda es de todos.

—Entonces yo me voy. Hasta nunca —dijo Felicia, y le sacó la lengua al malcriado niño.

—¡Es un bicho horrible, y si lo encuentro por ahí lo voy a pisotear! —gritó el muchachito. De pronto su voz también se parecía mucho a los graznidos del pájaro verde.

Felicia cerró la puerta tras ella y espió por la ventana. El niño permaneció ahí un rato más, observando la casa con el ceño fruncido, y luego se marchó calle abajo.

—Eso, márchate ya —murmuró la niña—. Y no vuelvas.

Felicia acarició a la oruga. Era muy suave, como los gatitos.

—No le hagas caso a ese tonto. Tú no eres horrible. A mí me gustas.

La oruga siguió caminando por la mano de Felicia, pegándose con las ventosas de sus patitas plateadas.

Por la tarde, la niña salió a jugar con sus amigas. Dejó a la oruga en su casa, pero antes de irse se aseguró de que la ventana de su dormitorio estuviera cerrada. No se fiaba del pájaro verde, y ahora tampoco del niño; y aunque la ventana tenía reja, nada impedía que el ave pasara a través de ella o que el niño arrojara una piedra.

Felicia se rió. ¡No era fácil ser la mamá adoptiva de una oruga!

—Pórtate bien, vuelvo en un rato —le dijo ella al insecto, y se marchó llevándose su cuerda de saltar.

Cuando volvió a la casa y entró a su habitación, lo que vio la dejó paralizada en el umbral de la puerta.

El dormitorio era un caos. Casi todos los objetos pequeños estaban volcados o en el suelo, algunos de ellos rotos en pedazos. La cortina tenía desgarrones, y la almohada de la cama mostraba unos cuantos agujeros.

La ventana estaba abierta. Había una pluma verde sobre la alfombra, y la cajita de cartón... la cajita yacía en el piso, abierta. Felicia no vio a la oruga por ninguna parte.

—¡Ay, no! —exclamó la niña.

—¿Qué sucede? —dijo la madre de Felicia, y caminó por el pasillo hacia su hija—. ¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí? ¿Qué hiciste?

—¡Yo no hice nada! ¡Dejé la ventana cerrada para que no entrara ese pájaro!

—¿Cuál pájaro?

—No importa —replicó Felicia, y se arrodilló en la alfombra en busca de la oruga.

—Ay, hija, lo siento. Abrí la ventana para que se ventilara tu dormitorio y me fui a charlar con la vecina. No sabía que hubiera un pájaro queriendo entrar.

La madre de Felicia levantó la pluma del suelo mientras la niña seguía buscando. La pequeña estaba a punto de echarse a llorar, y apenas podía creer que el maldito pájaro se hubiera salido con la suya. ¡No era justo! ¿Acaso no había otras cosas para comer ahí afuera? ¿Basura, por ejemplo? ¡Si hasta las palomas...!

La niña vio un destello plateado bajo el escritorio y soltó un gritito de alegría. ¡La oruga estaba viva! Felicia la tomó en sus manos. El insecto tenía una herida en el costado por la que salía un líquido transparente, pero eso era todo. La oruga parecía estar bien, y se enrolló en los dedos de la niña como si se alegrara de verla. Felicia le echó talco en la herida para que dejara de supurar.

—Vas a estar bien, amiguita. No dejaré que nada malo vuelva a pasarte, te lo prometo.

Felicia acarició a la oruga largo rato antes de devolverla a su cajita.

(Continuará...)

Gissel Escudero

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