11 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 1/3)

Cuando la vio prendida en la rama, Felicia pensó que aquello era un pedazo de tela, o quizás una bola de algodón. Entonces empezó a moverse, y la niña caminó hacia el rosal para echarle un vistazo más de cerca a la cosa blanca.

Era una oruga. Tenía pelos suaves como algunas semillas, pero su cabeza y patas eran de color plateado. Felicia jamás había visto una criatura más bonita, y por eso se quedó allí parada un buen rato, admirándola.

A Felicia le gustaba criar mariposas. Tenía sólo ocho años, pero su tío, un entomólogo, le había regalado un libro muy grueso, y por lo tanto ella conocía por su nombre todas las especies que visitaban su jardín. Había plantado en él comida para las orugas, que solía poner en cajitas para cuidarlas personalmente y protegerlas así de sus enemigos naturales. Cuando se volvían mariposas, las dejaba ir. Pocas cosas le producían tanta felicidad como soltar a las hermosas criaturitas, que ella seguía con la vista hasta que se perdían en la inmensidad del cielo.

Sin embargo, en su libro no figuraba aquella oruga blanca. Era totalmente desconocida para la niña. Entonces, ¿qué debía hacer? ¿Dejarla donde estaba o meterla a su casa para criarla? No era una decisión fácil. Cualquier cosa podía matar a la oruga ahí en el rosal: avispas, pájaros, parásitos, lluvias fuertes, días muy calurosos; pero había orugas que no se criaban con facilidad, porque no soportaban los cambios de ambiente.

Que se quedara en el rosal, al menos por el momento. Felicia la vigilaría para asegurarse de que estuviera bien, y así también averiguaría qué clase de mariposa era.

A lo largo de la semana, Felicia siguió muy de cerca los progresos de la oruga. Como todas las larvas de insecto, parecía crecer cada vez más rápido: al principio era tan grande como un dedo de la niña, pero continuó engordando hasta alcanzar en tamaño a los dedos del papá de Felicia. Cada día estaba más bonita. Se comía las hojas del rosal y también sus flores, pero a la niña eso no le molestaba. Tal vez era de las flores que la oruga obtenía su belleza.

Una mañana de domingo, Felicia se llevó un susto tremendo. Acababa de salir para echarle un vistazo a la oruga, y entonces descubrió que había un pájaro muy cerca de la misma. Era verde, excepto por un llamativo copete rojo, y al parecer estaba buscando la manera de meterse entre las ramas del rosal para atrapar a la oruga. Felicia acudió al rescate.

—¡Vete! ¡Vete, largo de aquí, pájaro malo! ¡Fuera!

El ave graznó, esponjando sus plumas, y se marchó volando hacia un árbol.

Una vez recuperado el aliento, Felicia examinó la oruga. Estaba bien, por suerte; el pájaro no había logrado alcanzarla. Menos mal que las ramas del rosal eran densas, y sus espinas afiladas. La niña suspiró de alivio.

—Tranquila, chiquita. No dejaré que nada malo te pase.

La oruga se volteó hacia la niña como si pudiera escucharla. Qué brillante era su cabeza, pensó Felicia. Los ojos del insecto parecían joyas.

El pájaro levantó vuelo y regresó al jardín, dando vueltas en el aire alrededor de la niña y del rosal.

—¡Te dije que te fueras! ¡Serás testarudo!

Felicia, enojada, empezó a dar saltos mientras agitaba los brazos, siempre tratando de ahuyentar al pájaro verde, pero éste parecía empeñado en comerse a la oruga. Sin embargo, se marchó al poco rato, perdiéndose en la distancia.

—Qué bicho tan atrevido —murmuró la niña, y decidió quedarse un rato más en el jardín para asegurarse de que la oruga estuviera a salvo. No podía dejar que un ave se la comiera, ahora que estaba tan enorme y tan linda.

Cerca del mediodía, una voz femenina salió del interior de la casa.

—¡Felicia! ¡A comer!

—¡Ya voy, mamá! —contestó la niña.

Felicia corrió hacia la puerta, pero antes de cruzarla se dio vuelta hacia el rosal... y otra vez vio al pájaro acechando a la oruga. La niña resopló.

—¡¡Fueeeraaa!! —gritó, y de nuevo agitó los brazos. El ave se fue.

Era obvio que el pajarraco del copete rojo no iba a darse por vencido, pensó Felicia. Al parecer no tenía más alternativa que sacar a la oruga del rosal y criarla ella misma. Con mucho cuidado, la niña metió la mano entre las espinas y rozó a la oruga para saber si picaba o no. No sintió nada. Felicia desprendió al insecto de la rama y lo sacó del rosal. Se rasguñó un poco la mano, pero la oruga no sufrió daño alguno.

Sosteniendo al animalito contra su pecho, Felicia entró a la casa.

(Continuará...)

Gissel Escudero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario