31 de octubre de 2010

El Pueblo de los Difuntos

Mi relato de este año para la Noche de Brujas (El Pueblo de los Difuntos) es un poco largo para ponerlo en el blog, así que se lo pueden bajar desde aquí. Si les interesa el relato del año pasado (El Duende de los Deseos) se lo pueden bajar desde aquí.

¡Que se diviertan! :-)

Gissel Escudero

15 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 3/3)

El verano dejó paso al otoño. Aún hacía calor y los árboles tardarían unas semanas en perder sus hojas, pero los rayos del sol eran menos intensos. Una tarde, por fin, llegó el momento que Felicia había estado esperando: la oruga dejó de comer y se dispuso a iniciar la metamorfosis. Felicia la pasó entonces a una caja más grande, con tapa lateral, puesto que la futura mariposa necesitaría espacio para extender sus alas; y considerando el tamaño de la oruga, iba a ser una enorme mariposa.

El insecto dio vueltas por la caja, que también tenía ventanas de tul, y se detuvo en una esquina. Entonces comenzó a hilar un capullo, como los gusanos de seda, y así la niña supo que su amiga sería una mariposa nocturna, una polilla gigante. ¡Qué bien! Las polillas gigantes no tenían unos colores tan brillantes como las mariposas diurnas, pero había muchas en el libro de Felicia, y ella pensaba que eran igualmente hermosas.

La oruga hizo un capullo del tamaño de un huevo. Era muy blanco y lustroso, y tan denso que no se veía su interior. Felicia sonrió y dijo:

—Nos vemos en la primavera, cuando tengas tus alas.

Pasaron los días, y luego las semanas. El otoño se convirtió en invierno, y aunque en la ciudad donde vivía Felicia nunca nevaba, sí hubo unas noches muy frías de tormenta, con vientos que quebraban las ramas de los árboles. A menudo el pasto se veía en la mañana cubierto de escarcha, cristales de hielo muy finos que relucían como joyas antes de que el sol los derritiera.

A Felicia la reconfortaba saber que su oruga estaba a salvo dentro de la casa, dormida en el capullo mientras su cuerpecito cambiaba de forma. De lo contrario, tal vez se hubiera congelado allá afuera, por más que tantas mariposas pasaran el invierno como crisálidas, e incluso bajo la tierra.

Tras la noche más larga del año, Felicia despertó en la madrugada por unos sonidos que escuchó en su habitación. Era un ruidito muy suave, un roce sobre cartón. La niña encendió la lámpara en su mesita de luz.

El ruido venía de la caja donde estaba el capullo blanco. Pero aquello no tenía sentido; ¡era demasiado pronto! Frunciendo el entrecejo, la niña caminó hasta la caja y abrió la tapa.

Ahí estaba la polilla gigante, colgada boca abajo para que sus alas terminaran de estirarse. Era tan grande como Felicia había pensado que sería, y tenía un intrincado diseño de líneas y ocelos plateados sobre fondo blanco. Todo el insecto parecía hecho de terciopelo, incluso las antenas plumosas.

Felicia casi se echó a llorar.

—Ay, eres tan hermosa... Pero ¿qué voy a hacer contigo? ¡Te equivocaste de estación! ¡No puedo soltarte ahora, te morirías!

La mariposa abrió y cerró un poco sus alas, que casi rozaban el piso de la caja. Debía ser el insecto más grande del mundo; el más grande y el más bello.

Tal vez no tuviera que dejarlo ir, pensó Felicia. Todavía no. Quizás pudiera darle de comer hasta la primavera, y así no se moriría de frío. Ya antes había alimentado mariposas con miel disuelta en agua, cuando no podía soltarlas de inmediato a causa del viento o la lluvia.

Felicia cerró la caja y apagó la luz. Hablaría con su tío en la mañana, para pedirle consejo.

Cerca del amanecer, la mariposa comenzó a aletear dentro de la caja. La niña volvió a levantarse.

—¡Quédate quieta, o te lastimarás! ¡No puedes salir ahora!

Pero el insecto no dejó de aletear, y cuando Felicia abrió la tapa, la mariposa comenzó a revolotear por la habitación como un pájaro. Luego se prendió a las cortinas, atraída por la débil luz que se colaba a través de una rendija. La niña supo entonces que no podría retener a la mariposa; quería irse, aunque ello significara su muerte.

Felicia se puso un abrigo por encima del camisón, sus botas acolchadas y una gorra de lana. Ahora sí estaba llorando, y las lágrimas corrieron por sus mejillas hasta caer en la alfombra. La niña se subió a una silla, dejó que la mariposa trepara a su mano, y salió de su habitación tratando de no hacer ruido. Había imaginado que el insecto sería pesado, pero no lo era; por el contrario, Felicia no sentía más que el contacto de las seis patitas peludas.

La niña descorrió el cerrojo, abrió la puerta y salió al jardín. El frío le puso al instante la nariz colorada.

El paisaje estaba tan cubierto de niebla que la niña sólo veía un par de metros de pasto frente a ella. Se le ocurrió que tal vez la mariposa, al sentir el frío, cambiaría de idea; sin embargo, el insecto agitó de nuevo sus alas, listo para despegar.

—Adiós, amiga —dijo Felicia con la voz cargada de tristeza.

Una forma verde se lanzó hacia ella desde un costado, y la niña apenas tuvo tiempo de darse vuelta para escudar a la mariposa con su espalda. Felicia lanzó un grito cuando el pájaro la golpeó, y no tuvo más remedio que soltar al insecto porque el ave empezó a picotearla en la cabeza, tratando de herirla a través de la gorra.

—¡Ay! ¡Ay! ¡Ya basta, pájaro chiflado!

Felicia luchó contra el ave, dándole puñetazos y arrancándole unas cuantas plumas, pero el animal no se rendía, y parecía determinado a llegar a la mariposa a través de la niña. Había crecido. Era difícil asegurarlo en medio de la pelea, pero Felicia igual se dio cuenta de que el ave era más grande que antes, y de pronto sintió miedo. No obstante, siguió luchando, y cuando vio una escoba que su madre había olvidado en el jardín, la levantó del suelo para usarla como arma. Tres golpes bastaron para mandar al pájaro contra un árbol. El animal chilló de dolor y cayó al piso patas arriba, con las alas extendidas, y ahí se quedó un rato, inmóvil pero vivo. Sosteniendo en alto la escoba, Felicia se acercó a él.

—Eso te pasa por meterte conmigo, pájaro estúpido. ¡A ver si aprendes de una vez!

El ave, que lucía bastante maltrecha, se levantó y miró a Felicia con una expresión de rencor muy humana. Ella alzó la escoba un poco más, lista para volver al combate.

—Vete y no regreses. Es tu última oportunidad.

Al fin el pájaro aceptó su derrota, y después de soltar un graznido, se marchó volando torpemente. La niebla se lo tragó.

Felicia soltó la escoba y se dio vuelta. No había señales de la mariposa por ninguna parte; la niña pensó que debía haberse marchado mientras ella estaba ocupada con el ave. Qué pena. Se había perdido el primer vuelo de aquella fantástica mariposa; el primer vuelo y quizás el último, debido al frío.

Con un suspiro de tristeza, y sintiendo muy pesado el corazón, Felicia empezó a caminar hacia la puerta de su casa. Apenas la veía, por culpa de la niebla... y entonces la puerta desapareció por completo. Felicia siguió caminando, un metro, dos, tres, pero aún no llegaba a la casa.

La niña escuchó un crujido suave bajo sus pies, y se quedó perpleja al descubrir que estaba pisando nieve. Ésta también caía del cielo, en pequeños copos que se posaban sobre los... ¿árboles?

Felicia miró en derredor. La niebla todavía era espesa, pero en ella se distinguían unos troncos gruesos. Un bosque. Aquello era un bosque, y la niña pensó que debía estar soñando. Sin embargo, todo parecía real. Felicia abrió una mano para atrapar los copos de nieve, que se derritieron humedeciéndole la palma.

Alguien se aproximaba, una figura que reía con un sonido de cascabeles. Felicia no se movió, y por unos segundos contuvo el aliento, aunque en realidad no tenía miedo. La situación era demasiado maravillosa, y ella estaba segura de que nada malo iba a pasarle.

La figura salió de la niebla. Era una niña de la misma edad que Felicia, y casi todo en ella era del blanco más puro: su piel, su cabello, su vestido con ribetes peludos. Iba descalza. Tenía los ojos y los labios plateados, y los dibujos de su vestido estaban bordados con hilos de plata que brillaban a pesar de la falta de sol, porque la niña entera resplandecía como la luna.

Dos enormes alas de mariposa se agitaban detrás de ella. Felicia reconoció al instante su diseño, y después de tragar saliva, consiguió formular una pregunta:

—¿Eres... eres ?

La niña blanca sonrió y movió la cabeza de arriba a abajo. Se veía muy feliz.

—¿Eres un hada? —preguntó Felicia.

Esta vez la niña blanca no respondió, pero extendió una mano hacia Felicia para entregarle un objeto de aspecto delicado. Era un broche en forma de mariposa, hecho de plata y con piedritas de cuarzo. Felicia le dio vueltas, admirándolo. Luego dijo:

—Me encanta. ¿Es un regalo?

La niña con alas de mariposa volvió a asentir.

—¡Gracias! —dijo Felicia, y también sonrió. Era el regalo más hermoso que le habían hecho en su vida.

La niña blanca dio unos pasos hacia adelante y besó a Felicia en la mejilla. Sus labios plateados eran fríos, pero no de manera desagradable, y el beso estuvo cargado de ternura. Después de eso, la niña señaló hacia arriba.

—¿Tienes que irte? —preguntó Felicia.

La niña blanca asintió por tercera vez.

—Te extrañaré —dijo Felicia—. ¡Fue divertido cuidarte! Pero no te dejes atrapar por ese pájaro, ¿eh?

Se oyó otra risa de cascabeles mientras la niña blanca hacía un gesto negativo. Luego ella empezó a agitar sus alas, y poco a poco se hizo más pequeña, cambiando de forma hasta convertirse de nuevo en una mariposa. Se fue volando con rápidos aleteos y desapareció en lo alto.

Había dejado de nevar. Felicia notó que ahora pisaba pasto, y que ya podía ver su casa. Sus padres estaban cruzando la puerta en ese momento, y corrieron hacia Felicia mostrando preocupación.

—Hija, ¿qué haces afuera? —preguntó la madre de la niña.

—Tenía que soltar una mariposa.

—¿Una mariposa? ¿En esta época? ¿Con este frío?

—Es que era una mariposa de invierno —contestó la niña, sonriendo.

—¿Qué tienes en la mano? —preguntó su padre, y Felicia le enseñó el broche.

—Me lo regaló una amiga. Una amiga muy especial...

Los adultos se miraron entre sí. No debían entender nada, pensó Felicia, pero daba igual. Lo importante era que su mariposa estaría bien, fuera lo que fuese en realidad. Ojalá volvieran a verse algún día.

Felicia le echó un último vistazo a la niebla, y sin dejar de sonreír, prendió el broche en su gorra y volvió a la casa cantando para sí.

Gissel Escudero

13 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 2/3)

A la oruga pareció gustarle su nuevo hogar. Felicia le ponía hojitas y pétalos frescos en la caja de cartón, y cuando no estaba comiendo, el insecto se quedaba pegado a una de las paredes como si durmiera la siesta. La tapa de la caja tenía ventanitas tapadas con tul.

De cualquier manera, cada tanto la niña llevaba a la oruga al jardín, para que estuviera en el rosal y tomara un poco de aire fresco y luz solar. Por supuesto, siempre se aseguraba de que el pájaro verde no anduviera rondando por ahí, ya que aún se aparecía en busca de la oruga blanca.

Un día la niña estaba en el jardín, con el insecto caminando por sus dedos, cuando alguien le dijo desde el otro lado del muro:

—Qué bicho más espantoso. Deberías matarlo.

Felicia levantó la mirada. Quien hablaba era un niño de su misma edad, y se parecía mucho al pájaro del copete, porque tenía los ojos igual de verdes y su cabello igual de rojo. A Felicia no le gustó su expresión maliciosa.

—No es un bicho, es una oruga —replicó ella—. Y es bonita.

—Es un gusano, ¿qué podría tener de bonito?

—Pero qué ignorante. Las orugas son bonitas. Y aunque no lo fueran, luego se convierten en mariposas, y las mariposas siempre son bonitas.

—Las mariposas son bichos. Si les arrancas las alas, parecen hormigas gigantes y peludas.

A Felicia la horrorizó la idea de arrancarle las alas a una mariposa.

—¡Eres muy malo! —exclamó la niña—. ¡Deja de molestarme y vete de aquí!

—No quiero.

—Llamaré a mis papás.

—Ellos no pueden hacerme nada. Estoy en la vereda, y la vereda es de todos.

—Entonces yo me voy. Hasta nunca —dijo Felicia, y le sacó la lengua al malcriado niño.

—¡Es un bicho horrible, y si lo encuentro por ahí lo voy a pisotear! —gritó el muchachito. De pronto su voz también se parecía mucho a los graznidos del pájaro verde.

Felicia cerró la puerta tras ella y espió por la ventana. El niño permaneció ahí un rato más, observando la casa con el ceño fruncido, y luego se marchó calle abajo.

—Eso, márchate ya —murmuró la niña—. Y no vuelvas.

Felicia acarició a la oruga. Era muy suave, como los gatitos.

—No le hagas caso a ese tonto. Tú no eres horrible. A mí me gustas.

La oruga siguió caminando por la mano de Felicia, pegándose con las ventosas de sus patitas plateadas.

Por la tarde, la niña salió a jugar con sus amigas. Dejó a la oruga en su casa, pero antes de irse se aseguró de que la ventana de su dormitorio estuviera cerrada. No se fiaba del pájaro verde, y ahora tampoco del niño; y aunque la ventana tenía reja, nada impedía que el ave pasara a través de ella o que el niño arrojara una piedra.

Felicia se rió. ¡No era fácil ser la mamá adoptiva de una oruga!

—Pórtate bien, vuelvo en un rato —le dijo ella al insecto, y se marchó llevándose su cuerda de saltar.

Cuando volvió a la casa y entró a su habitación, lo que vio la dejó paralizada en el umbral de la puerta.

El dormitorio era un caos. Casi todos los objetos pequeños estaban volcados o en el suelo, algunos de ellos rotos en pedazos. La cortina tenía desgarrones, y la almohada de la cama mostraba unos cuantos agujeros.

La ventana estaba abierta. Había una pluma verde sobre la alfombra, y la cajita de cartón... la cajita yacía en el piso, abierta. Felicia no vio a la oruga por ninguna parte.

—¡Ay, no! —exclamó la niña.

—¿Qué sucede? —dijo la madre de Felicia, y caminó por el pasillo hacia su hija—. ¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí? ¿Qué hiciste?

—¡Yo no hice nada! ¡Dejé la ventana cerrada para que no entrara ese pájaro!

—¿Cuál pájaro?

—No importa —replicó Felicia, y se arrodilló en la alfombra en busca de la oruga.

—Ay, hija, lo siento. Abrí la ventana para que se ventilara tu dormitorio y me fui a charlar con la vecina. No sabía que hubiera un pájaro queriendo entrar.

La madre de Felicia levantó la pluma del suelo mientras la niña seguía buscando. La pequeña estaba a punto de echarse a llorar, y apenas podía creer que el maldito pájaro se hubiera salido con la suya. ¡No era justo! ¿Acaso no había otras cosas para comer ahí afuera? ¿Basura, por ejemplo? ¡Si hasta las palomas...!

La niña vio un destello plateado bajo el escritorio y soltó un gritito de alegría. ¡La oruga estaba viva! Felicia la tomó en sus manos. El insecto tenía una herida en el costado por la que salía un líquido transparente, pero eso era todo. La oruga parecía estar bien, y se enrolló en los dedos de la niña como si se alegrara de verla. Felicia le echó talco en la herida para que dejara de supurar.

—Vas a estar bien, amiguita. No dejaré que nada malo vuelva a pasarte, te lo prometo.

Felicia acarició a la oruga largo rato antes de devolverla a su cajita.

(Continuará...)

Gissel Escudero

11 de octubre de 2010

La oruga blanca (parte 1/3)

Cuando la vio prendida en la rama, Felicia pensó que aquello era un pedazo de tela, o quizás una bola de algodón. Entonces empezó a moverse, y la niña caminó hacia el rosal para echarle un vistazo más de cerca a la cosa blanca.

Era una oruga. Tenía pelos suaves como algunas semillas, pero su cabeza y patas eran de color plateado. Felicia jamás había visto una criatura más bonita, y por eso se quedó allí parada un buen rato, admirándola.

A Felicia le gustaba criar mariposas. Tenía sólo ocho años, pero su tío, un entomólogo, le había regalado un libro muy grueso, y por lo tanto ella conocía por su nombre todas las especies que visitaban su jardín. Había plantado en él comida para las orugas, que solía poner en cajitas para cuidarlas personalmente y protegerlas así de sus enemigos naturales. Cuando se volvían mariposas, las dejaba ir. Pocas cosas le producían tanta felicidad como soltar a las hermosas criaturitas, que ella seguía con la vista hasta que se perdían en la inmensidad del cielo.

Sin embargo, en su libro no figuraba aquella oruga blanca. Era totalmente desconocida para la niña. Entonces, ¿qué debía hacer? ¿Dejarla donde estaba o meterla a su casa para criarla? No era una decisión fácil. Cualquier cosa podía matar a la oruga ahí en el rosal: avispas, pájaros, parásitos, lluvias fuertes, días muy calurosos; pero había orugas que no se criaban con facilidad, porque no soportaban los cambios de ambiente.

Que se quedara en el rosal, al menos por el momento. Felicia la vigilaría para asegurarse de que estuviera bien, y así también averiguaría qué clase de mariposa era.

A lo largo de la semana, Felicia siguió muy de cerca los progresos de la oruga. Como todas las larvas de insecto, parecía crecer cada vez más rápido: al principio era tan grande como un dedo de la niña, pero continuó engordando hasta alcanzar en tamaño a los dedos del papá de Felicia. Cada día estaba más bonita. Se comía las hojas del rosal y también sus flores, pero a la niña eso no le molestaba. Tal vez era de las flores que la oruga obtenía su belleza.

Una mañana de domingo, Felicia se llevó un susto tremendo. Acababa de salir para echarle un vistazo a la oruga, y entonces descubrió que había un pájaro muy cerca de la misma. Era verde, excepto por un llamativo copete rojo, y al parecer estaba buscando la manera de meterse entre las ramas del rosal para atrapar a la oruga. Felicia acudió al rescate.

—¡Vete! ¡Vete, largo de aquí, pájaro malo! ¡Fuera!

El ave graznó, esponjando sus plumas, y se marchó volando hacia un árbol.

Una vez recuperado el aliento, Felicia examinó la oruga. Estaba bien, por suerte; el pájaro no había logrado alcanzarla. Menos mal que las ramas del rosal eran densas, y sus espinas afiladas. La niña suspiró de alivio.

—Tranquila, chiquita. No dejaré que nada malo te pase.

La oruga se volteó hacia la niña como si pudiera escucharla. Qué brillante era su cabeza, pensó Felicia. Los ojos del insecto parecían joyas.

El pájaro levantó vuelo y regresó al jardín, dando vueltas en el aire alrededor de la niña y del rosal.

—¡Te dije que te fueras! ¡Serás testarudo!

Felicia, enojada, empezó a dar saltos mientras agitaba los brazos, siempre tratando de ahuyentar al pájaro verde, pero éste parecía empeñado en comerse a la oruga. Sin embargo, se marchó al poco rato, perdiéndose en la distancia.

—Qué bicho tan atrevido —murmuró la niña, y decidió quedarse un rato más en el jardín para asegurarse de que la oruga estuviera a salvo. No podía dejar que un ave se la comiera, ahora que estaba tan enorme y tan linda.

Cerca del mediodía, una voz femenina salió del interior de la casa.

—¡Felicia! ¡A comer!

—¡Ya voy, mamá! —contestó la niña.

Felicia corrió hacia la puerta, pero antes de cruzarla se dio vuelta hacia el rosal... y otra vez vio al pájaro acechando a la oruga. La niña resopló.

—¡¡Fueeeraaa!! —gritó, y de nuevo agitó los brazos. El ave se fue.

Era obvio que el pajarraco del copete rojo no iba a darse por vencido, pensó Felicia. Al parecer no tenía más alternativa que sacar a la oruga del rosal y criarla ella misma. Con mucho cuidado, la niña metió la mano entre las espinas y rozó a la oruga para saber si picaba o no. No sintió nada. Felicia desprendió al insecto de la rama y lo sacó del rosal. Se rasguñó un poco la mano, pero la oruga no sufrió daño alguno.

Sosteniendo al animalito contra su pecho, Felicia entró a la casa.

(Continuará...)

Gissel Escudero