9 de septiembre de 2010

El destino en su mano (parte 2/2)

Dika estaba en un campo de batalla. No sabía dónde, pero daba igual, porque las balas zumbaban a su alrededor y las explosiones levantaban nubes de tierra. Había cadáveres en el suelo, árboles quemados, sangre, desolación. La muchacha corría de un lado a otro buscando un refugio, pero no había ninguno a la vista, ni siquiera una trinchera; eso la convertía en un blanco fácil.

Unos pocos soldados también corrían de un lado a otro, aunque no parecían tan desorientados como ella. No se fijaron en Dika, pero la joven sí contempló sus rostros, algunos decididos y otros llenos de miedo, todos sucios de polvo.

Uno de los hombres pasó muy cerca de la gitana. No tenía heridas de consideración, pero sí se veía aturdido por las explosiones, y no se había dado cuenta de que un soldado del ejército contrario le estaba apuntando con su rifle directo al corazón.

Un tercer soldado apareció en la escena y se interpuso en el camino de la bala. Ésta le dio en el pulmón derecho y el hombre cayó de espaldas, presionando el agujero con su mano. El soldado a quien le había salvado la vida salió de su aturdimiento y le disparó al enemigo, derribándolo; luego se volteó hacia su compañero, y al ver que estaba agonizando, le dijo:

—Lo siento. Gracias.

Luego el soldado se marchó corriendo, disparándole a más enemigos que se acercaban por el mismo sitio que el anterior.

Dika se arrodilló frente al moribundo, no porque pensara que podía ayudarlo, puesto que la herida era fatal, sino porque el rostro de aquel soldado le resultaba conocido. Tenía algunas cicatrices en las mejillas que ella no recordaba, pero ese pelo rubio, y esos ojos grises...

El soldado miró a Dika. Era como si ella no estuviera ahí. El hombre empezó a reír, a pesar de que la vida se le escapaba por el hoyo en el pecho. Sus carcajadas asustaron a la joven aún más que los disparos y las explosiones.

El soldado murió riendo.

Dika levantó la cabeza. Había una persona frente a ella y el cadáver, una cuyo pelo y vestiduras blancas se mecían en una brisa inexistente. Su rostro tenía una mirada de profunda tristeza.

—¿Abuela? —dijo la muchacha. De pronto sentía mucho frío, como si la hubieran expulsado a la intemperie durante una nevada.

Tshilaba no respondió. Sólo continuó mirando a Dika fijamente, y a la joven le pareció que la cabeza de su abuela se movía muy despacio de un lado a otro.

—¿De qué me acusas? —preguntó Dika—. ¡No he hecho nada malo! ¡Este soldado acaba de salvar a otro! Eso es bueno, ¿no?

Dos lágrimas brotaron de los ojos de Tshilaba, surcando las arrugadas mejillas. Poco a poco, la anciana desapareció. Su cuerpo se transformó en niebla y la niebla se deshizo, mezclándose con el polvo que flotaba en el aire.

Dika despertó en su cama. Aún temblaba de frío, y un mal presagio le hacía doler el corazón como si estuviera envuelto en alambre de púas. La joven encendió una vela y contempló su mano, sólo para comprobar que el mal presagio era cierto.

Lo que leyó en su diestra la llenó de horror.

*****

Se estaba incubando una tormenta, y la ausencia de luz hacía que todo se viera descolorido: las nubes, los árboles, los gruesos muros de cemento, las rejas. Un ambiente gris para las vidas que también se habían vuelto grises por dentro. Era eso lo que la falta de esperanza le hacía a las personas, así como la falta de agua marchita las flores.

Dika se hallaba en el patio, aprovechando un raro momento de descanso. Tenía poco más de treinta años, pero el cabello le estaba encaneciendo con rapidez. Sin embargo, incluso la vejez prematura estaría muy pronto fuera de su alcance.

Los guardias patrullaban por todas partes, llevando sus rifles en las manos o esos odiosos perros negros capaces de destrozar a un fugitivo en un santiamén. Pero los muros eran lo peor. Al mirarlos, Dika sentía que le faltaba el aire, y quería cerrar los ojos y gritar de desesperación.

Casi todos sus familiares habían muerto dentro de esos muros.

A pesar de su don, Dika no había logrado escapar de su destino. Aquello era demasiado grande, demasiado terrible, como un huracán de los que barren todo a su paso. Se los ve venir desde lejos, pero de nada sirve correr en la dirección opuesta.

La gitana había decidido quitarse la vida esa misma noche; al fin y al cabo, sus manos le auguraban una muerte próxima. Dika ya no soportaba los golpes, ni las violaciones, ni el trabajo forzado... ni la culpa.

Sí, todo eso era su culpa. Se había dejado tentar por unas monedas, y ahora millones de personas estaban pagando el precio de su codicia. Cuando se suicidara, probablemente iría a un infierno creado sólo para ella... si es que había algo más monstruoso que aquel lugar. Le costaba creer que eso fuera posible.

Ocho automóviles se aproximaron por la carretera como una fila de insectos. Dika los contó a medida que cruzaban el portón de la entrada, y se le ocurrió que en ellos debía venir alguien importante.

Dos oficiales descendieron del primer vehículo. La gitana reconoció los uniformes y sintió náuseas; entonces miró a la cara a uno de los hombres y abrió mucho los ojos, paralizada a causa de la sorpresa. Después se dio vuelta, pero ya era tarde: el hombre también la había visto, y se acercó al tejido de alambre que los separaba.

—No esperaba verla por aquí, señorita, pero me alegro de haberla encontrado —dijo el oficial—. Tengo algo para usted que debí entregarle hace mucho tiempo.

Dika cerró los ojos un momento, sintiendo que las lágrimas corrían por sus mejillas. Aun así, se dio vuelta una vez más y enfrentó a su interlocutor. Él no había cambiado nada en todos esos años; su rostro era tal como ella lo recordaba: el pelo rubio, los ojos grises, las facciones jóvenes y enérgicas.

—Yo lo vi morir —balbuceó Dika. El hombre sonrió.

—Es verdad. Pero mi comandante me recompensó por mis leales servicios.

—¿Se refiere a...?

El oficial dejó escapar una risa despectiva.

—No, no me refiero a esa marioneta, sino a mi verdadero comandante. Mi amo. Como sea, aquí está el resto del pago, señorita. Su don me fue de gran utilidad.

El hombre retiró algo de su chaqueta y lo dejó caer al suelo a través del tejido de alambre. Era una bolsita de cuero gastado, y el tintineo de su contenido fue suficiente para informarle a Dika de qué se trataba. Pero la gitana no se molestó en recoger las monedas de oro. ¿Para qué las quería, a esas alturas?

—Adiós, señorita —dijo el oficial, y después de tocar su gorra, se reunió con sus compañeros.

Dentro del grupo, hubo un segundo hombre a quien Dika reconoció, pero él sí había cambiado con el paso del tiempo. Era el otro soldado de su sueño, el que había sobrevivido. Los guardias del campo de concentración se llevaron una mano a la frente para saludarlo:

—Heil Hitler!

Gissel Escudero

2 comentarios:

  1. Joder, la hostia! Que buena historia. Gissel, te adoro. Dika metió la pata pero hasta el fondo.

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  2. ¡Gracias! :-) Me has alegrado por el resto de un domingo gris.

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